¿Te acuerdas Raúl, Raulito te acuerdas?

¿Te acuerdas de las columnas de granito rosa de la Escuela de derecho en la calle Pió IX de Santiago del Nuevo Extremo, que atravesamos por vez primera por allá por los años cincuenta y pocos? ¿Te acuerdas de los años que vivimos en el vientre de esa arquitectura neoclásica, que guardaba la memoria de las pilastras de la Cancillería del Reich de Berlín construidas por Speer, o la arquitectura neoclásica y totalitaria del Duce, estilo Palazzo de. la Civilita Italiana en Roma? Claro que te acuerdas, pero de eso de la arquitectura totalitaria todavía nosotros no sabíamos nada. Tu te enteraste en Roma, cuando una beca te llevó a doctorarte en derecho. Allí, fatigando calles con Odette, advertisteis monumentos que todavía guardan una memoria mussolineana. Y yo me enteré cuando fui a vivir a Alemania.

Nos conocimos en el patio interior donde está la fuente, en la que se acostumbraba lanzar a los alumnos recién llegados para festejar las novatadas. Que yo recuerde ni a tí ni a mí nos tocó.

Al correr de los cursos fue componiéndose un grupo de amigos que siguen muy presentes en nuestra memoria: Julio Luna, vástago de una pesquero, el mejor alumno; Alfredo Gutiérrez, un yugoslavo gigante y flemático; Lucho Ortiz, seductor de amigos y amigas; el chico Correa, a quien cordialmente llamábamos ,,Pomponio,,, Alfredo Nazar, absorbente y grandilocuente, Cucho Figueroa, de achinado rostro…. Y las chicas: Marcela Bunstcr, cuyo mayor mérito fue -presentarme a su hermana, que me ha acompañado en una carrera de fondo de casi cincuenta años, Mónica Lira, Yolanda Marshall, Eliana Bernasconi, Alena Lang y paro de contar.

Fue una generación excepcional la nuestra de la Escuela de Derecho. Donde, aparte de los mencionados, salieron de ella personajes que han hecho historia en Chile. Ricardo Claro, de nuestro curso, hoy una de las mayores figuras empresariales y de las más ricas de un país en que los ricos se hacen cada vez más ricos. Es dueño de casi todo, desde los vinos Santa Rita hasta la más grande empresa de vapores, sin olvidar una cadena de televisión. Algunos cursos más abajo, venían Andrés Zaldívar y Ricardo Lagos, que más se puede decir de Ricardo que no digan hoy las encuestas sobre su popularidad como presidente; Y más arriba, apenas un año, figuras tan notorias de la política chilena como han sido Anselmo Sul1e o Enrique Krause.

Nuestro paso por la Escuela, como lo hemos saboreado más de una vez, está atiborrado de recuerdos. Desde el primer año tomamos costumbres noctivagas, de bares y cafés charlantes y de estudiar los exámenes por las noches. Los exámenes los “calentábamos” en mi casa de José Miguel Infante , cerca del Estadio Nacional, recinto que conserva tanto los más fantásticos recuerdos como los más tristes y siniestros. Siniestros, los de haber servido de campo de concentración y de tortura durante los peores días de la represión pinochetista. Fantásticos cuando íbamos a torcer en los clásicos por la Universidad de Chile (Sé que siempre has guardado la camiseta). Más fantástico todavía cuando el Chuncho le ganaba a la Católica. Fantásticos e inolvidables algunos partidos que desde la galería tuvimos el privilegio de ver ¿Te acuerdas cuando Santos en un cuadrangular después del Mundial del 62, le ganó 6 a 4 a la selección checoslovaca? Pelé y Cutinho hicieron goles y jugadas inolvidables. Me decías que creías no haber visto partido mejor en tu vida Y, te acuerdas de aquél otro partido fantasmagórico en que la niebla descendió sobre el estadio hundiendo pelota y jugadores hasta la cintura, de suerte que nadie veía las jugadas sólo torsos que se desplazaban como fichas en un tablero y de cuando en cuando la pelota que emergía como un delfín de los fondos oscuros.

El fútbol ha sido siempre una de tus pasiones Raulito. Incluso cuando estudiábamos de noche en la Plaza Balamaceda, girando por la parte alta de derecha a izquierda, mientras que las putas hacían su negocio por la parte baja girando de izquierda a derecha. Nos arreglábamos para detenernos a eso de las dos de la mañana a jugar una pichanga. El fútbol clavo fuerte en tu memoria y por ello cuando construiste tu bella casa en Cuernavaca, tuviste la necesidad de un gran patio con un peinado césped y dos arcos para seguir jugando tú, tus yernos y tus nietos. Sé por eso que donde quiera que estés, cerca de ti habrá una cancha de fútbol.

Tu otra gran pasión fue el derecho. En la Escuela, ya después del primer año te consagraste al derecho procesal y tu vida profesional comenzó en el Departamento Jurídico de la Universidad de Chile ubicado en la Casa Céntrala Allí nos veíamos a menudo, puesto que en esos años era yo jefe de redacción de los Anales de la Universidad y trabajaba en el mismo edificio. Cada vez que nos cruzábamos cumplíamos con el ritual de ir a tomamos un café en el Haití. Ahora ha cambiado tanto la ciudad que cuando voy me cuesta dar con ese antiguo café que fue un punto de reunión de tantos amigos durante tantos años.

El exilio nos cortó el café y nos dispersó por el planeta. Salimos como una salva de perdigones que escapaba de una escopeta militar. Tu rumbeaste hacia México, a mi me cayó en suerte París. Pasamos años sin vernos. El destino y nuestros respectivos trabajos nos habían convertido en nómadas, en “patas de perro” volantes, como diríamos en el chileno de nuestra época. Sabía de ti por los amigos comunes. Sabía que te habías lanzado por un nuevo camino, – por una ruta innovadora, adecuada a tu espíritu y a los principios que constituyeron el núcleo esencial de tu vida, hecha de integridad, comprometida en defender los valores de solidaridad humana y de justicia social, y preocupado de defender el futuro de nuestros especie. Te convertiste en el mayor especialista en derecho ambiental. Y muchos países de Nuestra América tienen que agradecértelo. Trabajaste intensamente armando una estructura jurídica para defender el planeta de las agresiones a que lo sometemos con nuestro progreso, convencido de que la tierra es un legado del cual cada generación sólo tiene el usufructo. Cuentan que los indios sioux, que piensan como tú, condensan esta responsabilidad en una frase profunda: “Vivimos en una tierra que nos han prestados nuestros hijos y debemos devolvérsela mejorada”.

Fue cuando ya eras una autoridad en la materia que volvimos a encontrarnos. Como era previsible, en una aeropuerto. En el de Buenos Aires. Tú volvías de Chile para México y yo iba a Chile desde Madrid. Nos prometimos esa vez que nos veríamos a la brevedad. Y así fue. Como ambos teníamos horas de espera, hablamos largamente. Intercambiamos noticias sobre nuestras vidas. Me contaste de tu lucha por defender el medio ambiente y yo te escuché embelesado. En esas horas aprendí como a veces no he aprendido en años y^-si-no te lo_he dicho,hasta ahora, te lo agradezco. Comentamos del exilio, de lo mucho que había cambiado nuestras vidas, de las tantas cosas que nos había hecho comprender. Cómo, entre otras, nos había enseñado a ser latinoamericanos. A sentir la solidaridad y la fraternidad con nuestros vecinos, comprender que más allá de las fronteras formábamos una sola patria. Recordabas que el exilio nos hizo comprender y que tuvimos que aprenderlo, porque todavía cuando éramos estudiantes de derecho, cada año el 25 de mayo, fiesta de la Independencia de la República Argentina, sacábamos de su pedestal un busto de Sarmiento que estaba esquinado a la Escuela y lo lanzábamos al río Mapocho ¿Por qué lo hacíamos? No lográbamos explicarlo. Era un acto de nacionalismo primario e irracional, fascistoide por xenófobo. Un demonio que sin duda estaba vivo en la mentalidad de los militares que dieron el golpe. Inclusive en la primera elección después del plebiscito, estaba en el lema del candidato continuista que decía “Muy pronto Chile dejará de formar parte de América Latina”. El exilio nos había enseña do a ser latinoamericanos, nos habíamos comprometido con esa idea y comprobábamos que gran parte de nuestro nomadismo intelectual estaba enmarcado en una idea continental.

Me han comunicado que se prepara un libro para homenajearte. Nada más merecido.-Que será un libro hecho por especialistas en derecho ambiental, en ese derecho que tu contribuiste a inventar. Tu sabes, yo no soy jurista y tengo una desvaída memoria de lo que aprendí calentando exámenes en esa Escuela de la calle con nombre de Papa. Pero no puedo dejar de escribir y de escribir para tí. Allá los editores si lo publican. Mi relación con el gran tema de biodiversidad ha sido esporádica y el interés nació de tu influencia. Después de nuestro encuentro en el aeropuerto de Buenos Aires organicé dos cursos, en lo que tú participaste y fueron particularmente exitosos. Uno en Cosía Rica con el INBio, Instituto Internacional de Biodiversidad, que dirige Rodrigo Gámez. Y otro, en Los Cursos Internacionales Iberoamericanos que dirijo en Extremadura, España. Publiqué igualmente un número especial de la Revista con eÑe, titulado “Ibero América verde… que te quiero verde”, que unía naturaleza y poesía. Mí contribución fue histórica, sobre ,,Humboldt, el Arte y Ecología”. Podría haber escrito sobre lo mismo; pero como dice el tango he preferido dejar hablar al sentimiento. Ha sido particularmente grato para mí el que estos últimos años hayamos tenido repetidas ocasiones de vernos calmamente y compartir días en nuestro entorno familiar. Entre tus casas en México y Cuernavaca y la mía en París, con Odette, Mónica y las niñitas, como seguimos llamando a nuestras hijas cuando ya son unas mujeronas.

Del último viaje quedé de escribirte, pero el tiempo se me fue pasando y día a día me sentía en deuda contigo. Así llegué tarde. Por ello te escribo ahora. Sé que has partido y te envío mis recuerdos. Pronto nos volveremos a ver y te aseguro que a esa cita no llegaré ni con un segundo de retraso. Te abraza Miguel Rojas Mix