Schulz. El adios de Carlitos, Snoopy, Lucy, Linus y otros…

Primero fue el interés de los aficionados al cómic que, a comienzos de los cincuenta,  éramos en su mayoría niños o adolescentes. Nos fascinaban. Veíamos algo nuevo y único en el humor de Peanuts, algo de lo que carecían los humorous comic strips (como se llamaba a ese género de tebeos en los Estados Unidos) que acostumbrábamos a leer: no era ni el gag-strip de las primeras épocas, inspirado en el cine mudo, ni los personajes monofacéticos, al estilo de Popeye o Henry “cabeza de melón”, que animaron las series continuadas a partir de los años 20 y 30. Los más enterados comenzaron a hablar del carácter neurótico de Charlie Brown (Carlitos en castellano), atravesado constantemente por dudas y depresiones; de la inseguridad freudiana de Linus, aferrado a su manta de seguridad (“Security blanket”,  concepto que Schulz aportó al inglés corriente de Manhattan ¿Cuánto debe Woody Allen a la inseguridad de Linus?) o que Schroeder “se salvaba de las neurosis cotidianas sublimándolas en otra forma de locura artística” (como apunto Umberto Eco en Apocalípticos e integrados ante la cultura de masas).

Pero había más. Había la fantasía humanizada de Snoopy, que soñaba sobre el techo de su doghouse: se planteaba cuestiones trascendentales, discutía con el despeinado canario errático Woodstock o se imaginaba piloto de la Primera Guerra Mundial, en duelo constante con el Barón Rojo. Snoopy tiene vena de escritor y es frecuente verlo sobre su destartalada máquina de escribir iniciando el relato de lo que será su best-seller: las aventuras del Barón Rojo. Nunca pasó de la primera línea: “Era una noche oscura y silenciosa…” hasta que Schulz lo solicitó para que trasladase su último texto a los lectores.

Comprender a Schulz en el marco de la historia del cómic de los Estados Unidos es complejo: Por una parte es el continuador de una gran corriente, por otra un innovador. Inició una nueva era del humor, pasó de la tarta a la crema a la sutileza de las personalidades. Desde el nacimiento del género, las estrellas  habían sido los niños, comenzando por el Yellow Kid y los Katzenjammer Kids , y los que vienen detrás, sin olvidar al europeísimo Tintín. Pero Schulz innova radicalmente, porque sus niños son y no son niños: no hablan como niños. Viven en un universo por donde los adultos no circulan y discuten y reflexionan sobre la condición humana, mezclando el baseball con la metafísica y la teología ¿La sopa es el sentido último de mi existencia?,  se interroga Snoopy, y le hace un gesto de asco al plato. Sin embargo en la última viñeta se le ve con el hocico enterrado en la cazuela, diciéndose a guisa de conclusión “Algún día tendré que pensármelo”. Qué unos nenes y un perro se interroguen sobre el sentido de la vida, puede parecerle inverosímil al lector que está lejos del lenguaje infantil, mas no deja de despertar su humor: la sonrisa nace de la incongruencia de ver a  unos mocosos sentando doctrina sobre temas tan trascendentales. Y no faltan quienes  ven en los Peanuts modelos de comportamiento. Considerando que el ferviente metodismo de Schulz se reflejaba en su daily strip, un autor llegó a escribir El Evangelio según los Peanuts ¿Qué diría Saramago?

Otros elementos constructores de la notoriedad de Peanuts han sido la afinidad de sus obsesiones neuróticas con la crisis de la siquis usamericana y el que se dirija a diversos públicos. El adulto y el niño lo leen en claves distintas. Con los mayores comparte las incertidumbres del yo y su circunstancia, y las necesidades de encontrar respeto y autoestima. Para el niño, así como para algunos adultos, es simplemente cómico

Peanuts es el primer daily strip francamente “intelectual”. Francis Lacassin, conocido analista del género, habla de humor metafísico, “porque no cuestiona solamente las estructuras sociales sino incluso las estructuras del pensamiento y los mecanismos del destino” (Lettres françaises). Además de indagar agudamente en la naturaleza humana, y de ahondar en comportamientos sicóticos, dignos del sicoanálisis (“estoy inquieto, pienso en el fin  del mundo” cavila Snoopy, hasta que Carlitos le acarrea su pienso, lo que le hace volver a ver la vida color de rosa), naturaliza al lector en un mundo fantástico y hasta surrealista. Y no hablo sólo de la humanización de Snoopy y Woodstock, que ya Esopo hizo hablar y reflexionar a los animales, me refiero a las interpretaciones de Beethoven por Schroeder en su piano de juguete, a notas y pentagramas que quedan en el aire para que se pose Woodstock; o al Gran Pumpkin, calabaza mítica, cuya venida espera Linus cada Halloween.

Schulz influyó enormemente en las generaciones posteriores, pero de una manera sutil. Anticipó y abrió el  camino a la historieta inteligente. Muchos lo siguieron: B.C., The Wizard of Id, Doonesbury, Calvin y Hobbes y, entre nosotros, Mafalda (1964) de Quino. Una de las grandes novedades de su strip fue introducir un amplio reparto de personajes , dando a cada uno una personalidad fuerte y bien perfilada. La pandilla de la primera versión publicada por The Saturday Evening Post con el título de Li’l  Folk (Gente menuda), se deshizo un poco cuando la tira  pasó a llamarse Peanuts en 1950. No obstante poco a poco se fueron agregando otros, Pigpen que atrae el desorden y la suciedad, Peppermint Patty, la mujer liberada y el afroamericano Franklin.

Otra novedad fue que estableció una larga lista de rutinas en las que se sitúa cada personaje. El humor nacía así por si solo, del simple hecho de mezclar los personajes y las situaciones.

Muchos son, urbi et orbi, los artistas e intelectuales que han reflexionado sobre los Peanuts, y más aún quienes los utilizan en su imaginario o como referencias. Uno de los primeros fue Umberto Eco en Apocalípticos e Integrados; siguió Oscar Masotta, en Argentina, que le dedicó unas pocas, pero lúcidas líneas en La historieta en el mundo moderno. En Francia la famosa revista Communications, en el número especial sobre la bande dessinée, le dedicó uno de los artículos eje. Y, apenas ayer, en un ensayo brillante, Pilar Rahola, se servía de Lucy para analizar precisamente el esteretipo del que no deseaba que naciera la mujer nueva  y para agradecerle a Schulz “por las figuras femeninas que, con precisión de poeta, nos ha regalado” (Mujer liberada, hombe cabreado, Planeta, 2000)

Su talento fue reconocido por importantes premios y grandes exposiciones. Dos veces obtuvo el ReubenAward, Cartooning Oscar (1955 y 1984) y el gobierno francés le otorgó la medalla de las Artes y las Letras en 1990,  con ocasión de la gran exposición retrospectiva que organizó el Museo de Artes Decorativas del Louvre. Ya en 1985 el Museo de Oakland en California le había consagrado una muestra itinerante.

El 13 de febrero anunció que se retiraba y publicó su última tira, para despedirse de más de 350 millones de lectores. Al día siguiente murió. Había nacido en Minneapolis en 1922. Peanuts es el comic strip más conocida de todos los tiempos. Su popularidad ha sido enorme. No sólo porque se mantuvo día a día durante cincuenta años hasta en 3000 periódicos y se tradujo a cerca de 30 lenguas, también por las versiones en dibujos animados y la difusión de sus personajes como productos para la mercadotecnia: spots publicitarios, videojuegos, calendarios, pins, camisetas, carteras, estatuillas:  sobre todo Snoopy.

A su muerte le rindieron homenaje personalidades de todos los horizontes:  políticos, desde el Presidente de los Estados Unidos hasta Jesse Ventura el Gobernador de Minnesota y antiguo titán del ring; deportistas; escritores y  dibujantes, algunos que le debían mucho como Trudeau y Don Wright… Clinton dijo: “sus personajes dieron voz día tras día a aquéllo que nos hace más humanos”

Charlie Brown. Linus, Lucy, Snoopy, Schroeder, Woodstock… se van con Schulz. Él, que nunca quiso que un asistente lo ayudara con una sola línea, al concluir la serie prohibió terminantemente que nadie continuara su trabajo

Buen viaje.

Miguel Rojas Mix