Rodolfo Opazo, pintor de la finitud humana

OPAZO es uno de nuestros pintores jóvenes más singulares. Sus cuadros, inconfundibles, se encuentran cubiertos de grandes figuras blancas y macilentas que ocupan la tela casi en su totalidad. Estas imágenes nos hablan del mundo del pintor: un mundo onírico y boschiano, en el que habitan seres contrahechos: enanos, mujeres de vientres repletos y tirantes, seres que chorrean sangre y descabezados de ojos rasgados que se abren en un tórax o en un vientre para mirarnos con ironía. Sin embargo, no hay en estos seres una actitud de lucha o de rebelión, más bien un digno abandono frente a la tragedia humana y un hastío de existir.

Se trata de una pintura alucinada, en que el pintor plasma visiones que surgen de la toma de conciencia de un estado futuro. “Pinto, dice Opazo, para conocer mi destino”. Este afán de autoconocimiento lo lleva a procurar plasmar en sus telas estados de alma que se avecinan y que intuye con un sentido macabro de la existencia —la idea de la muerte lo obsesiona. Hay una actitud mística y casi ritual en la forma en que aborda sus temas. En primer término, trata de liberarse del proceso racional y de dar curso a su psiquis; con este afán, usando su propia caligrafía, pero dejando que sus estados de ánimo guíen sus formas, comienza a dibujar automáticamente. De este modo, sondea el inconsciente hasta lograr una toma de conciencia del momento. En última instancia, lo que procura es fundir en un plano el mundo racional con el inconsciente. Su pintura es, pues, una forma de conocimiento del “yo”, que extrapolada a la relación con el prójimo permite un conocimiento del mundo. Como otros surrealistas, Opazo piensa que el “mundo real” es el mundo del inconsciente. “Desde la infancia he dudado de la vida real, sólo en sueños encuentra el hombre su verdadera liberación. Allí uno se entrega sin frenos a sus temores y debilidades, a su pequeñez y a su miseria”. “En realidad, continúa, lo que lo lleva a uno a expresarse es la conciencia de la finitud humana la cual hace que el hombre sienta como necesario apoderarse del “instante” de una realidad que se altera permanentemente”. Así pues, en última instancia lo que inspira al artista es la presencia de la muerte y no la vida.

Esta angustia que nace del sentimiento de lo efímero, despierta en Opazo una aguda sensibilidad para percibir lo ridículo en lo trágico, lo que se advierte en el sombrío humor con que titula sus cuadros “Cuando la mañana es fresca se aconseja cantar”… (y la tela nos muestra cinco fantasmagóricas   figuras   de   mujer,   de   cuyas   cabezas,   como muñones, salta la sangre), y “Te quiero más que a mi vida” (que es un desnudo cuyas partes venéreas cubre la huella sangrienta de una mano). Como si burlándose de ello se conjurara lo trágico.

En su afán de expresividad, el pintor pinta ciclos que abordan el hecho desde diversas perspectivas, parece que siente como necesario cerrar los acontecimientos para expresarlos plenamente. Esto convierte su pintura en narración, pero a la vez, aumenta sus posibilidades expresivas. En particular, lo obsesiona el ciclo de la existencia, desde la germinación (“Todo comienza así” —un huevo dentro del cual aparece una figura tendida) hasta la muerte. Este ciclo es el que mejor se presta para expresar las inquietudes de Opazo, pues en el pintor el sentimiento de lo trágico no nace de la situación comprometida en que se encuentra el hombre, sino del hombre mismo. Lo que lo tortura es la condición humana, la miseria del “ser creado”, y no la condición histórica, política o social. Frente a la tragedia que significa el solo existir, la sensibilidad de Opazo reacciona en forma agresiva. La compasión, parece pensar, degrada al hombre, y él quiere rechazar la deformidad a golpes e injurias. Hay algo en el pintor que recuerda a aquellos gnósticos que para liberar el espíritu prostituían el cuerpo, “pues era necesario rebajar lo que es bajo y elevar lo que es elevado”. Esta actitud, lo hace concebir sus  seres  como  deformes  y  macilentos, formas  que poseen una extraña mezcla de fuerza y blandura, pues aún cuando hay en ellas un contenido vigor, dan la impresión de ceder al tacto, deformándose para continuar su metamorfosis.

« Mis monos son horribles” me dijo un día el pintor, y esta afirmación es consecuente con su actitud frente al arte. En realidad, la preocupación de Opazo no es lo bello, sino la vida, y el hombre como creador de una realidad efímera. Lo que obliga al hombre a expresarse es el afán de apoderarse de la realidad, y no una preocupación metafísica por la belleza. En el fondo, el arte es para Opazo una especie de autodefensa que lo ayuda a asegurarse de que vive un mundo real y de que él es una persona. Es como la preocupación del que sale de un estado de inconciencia y comienza a palparse para ver si es él mismo, si está completo, si todavía existe.

El pintor confiesa que entiende el arte como Borges entiende la literatura: “El autor argentino dice que hay solo libro que se comenzó a escribir cuando la Humanidad fue letrada y que todavía no se termina”. Así también , comenta el pintor, hay una sola obra plástica. En la que cada hombre trabaja, es decir, vive, desarrollando una parte; pero esta parte no alcanza sentido sino en su relación con el todo. Lo trágico es que nadie va a poder contemplar la obra terminada, ¡Y que gran obra va a ser!”.

M. A.  ROJAS MIX