Recordar a Bilbao en el Bicentenario: padre de la idea de América Latina

Siempre me ha sorprendido lo poco que los chilenos nos hemos dedicado a valorar nuestro pensamiento. Tal vez, porque en un país demasiado marcado por la política se deja de lado a unos autores por progresistas y a otros por conservadores;  acaso porque tenemos un reflejo de historiografía positivista más interesada en los hechos que en las ideas;  quizá porque nunca se creyó en el pensamiento propio y prefirió destacar el ajeno, como pasa en la mayoría de los países donde no se atreven a valorar sus pensadores dándole una dimensión universal. Una inseguridad que pesa todavía en nuestra comprensión de la historia y nos impide apreciar y reivindicar la dimensión trascendental y universal que pueden tener nuestros  intelectuales. Un síndrome de colonizado que la mayoría de las universidades tienden a reproducir enseñando a  sus alumnos a citar (lo ajeno) y no a pensar (lo propio).  Un complejo al que la literatura latinoamericana ha dado un decidido mentís, con brío y genio, convirtiéndose en uno de los más importantes capítulo de la literatura universal ¿Es posible tener una literatura rica y un pensamiento pobre? La verdad es que pensamiento y escritura –sea histórica o de ficción- no viven separadas. Un país que escribe bien piensa bien. Lo que ocurre es que a menudo quienes están obnubilados por los maestros europeos o anglosajones nos negamos a verlo o a creerlo.

Una de las tareas fundamentales de la historia es sostener el imaginario nacional. Mantener la memoria de los hechos y los valores que nos hacen sentir orgullosos de ser chilenos y reivindicarlos cuando ellos han quedado olvidados o la historia no ha sabido valorarlos. Un par de ejemplos antes de llegar a Bilbao, tal vez me explique. Siempre me sorprendió el ver en la lista de los llamados cronistas a dos personalidades singulares: al abate Molina y a Lacunza. Me pregunté ¿Por qué incluirlos en esta categoría? Cronista define el Diccionario de la Real Academia  es quien escribe una crónica, un libro en que se refieren los sucesos por orden del tiempo. Nada tienen nuestros autores de cronista, la categoría los rebaja. El uno, Molina es un importante filósofo de la historia y el otro, Lacunza, un incisivo teólogo. Ya en el Día Mundial de la Filosofía de la UNESCO que se celebró en Santiago de Chile, el  23 de noviembre del 2005, para conmemorar los 60 años de la fundación de la institución, planteaba la cuestión con interrogantes de escepticismo ¿Existe una filosofía latinoamericana? Presenté entonces un ensayo con  el título “El cronista que oculta al filósofo”: refiriéndome a los jesuitas  Manuel Lacunza y Juan Ignacio Molina , ambos en exilio entre Imola y Bolonia. Lacunza (La Venida del Mesías en Gloria y Majestad) que adelantó  una teología milenarista tuvo decisiva influencia en la teología protestante y en importantes círculos de reflexión católica. Tanto, que produjo alarma pontificia, y su obra incluida en el Índice en 1824, aunque  sólo en 1941 el Tribunal del Santo Oficio declaró que el milenarismo no podía ser enseñado en ninguna de sus formas. Molina (Saggio sulla storia civile del Cile), aparte de  que su respuesta a los detractores de América alumbrar  un  sentimiento precursor del espíritu independentista –que es preciso reivindicar en torno al Bicentenario-, desarrolla una interpretación de Chile inspirada en el pensamiento racionalista engendrado por la Ilustración y centrado en el progreso.. Si Lacunza es de la estirpe de los grandes teólogos, el abate Molina concibe ya filosofía de la Historia, y pertenece a la familia espiritual de Vico, Voltaire, Herder y Humboldt… Es en esas categorías donde hay que situarlos a ambos, sacarlos del limbo intelectual de los cronistas- y valorarlos como filósofos.

Pero Bilbao en el umbral del Bicentenario es un olvido o una inadvertencia aún más flagrante.

Un apresurado especialista en  estudios latinoamericanos, John Leddy Phelan,  hizo autoridad durante años  afirmando que el término América Latina había aparecido por vez primera en 1861en la Revue Races Latines., y que sólo más tarde habría sido empleada por los propios americanos, por Carlos Calvo y José  María Torres Caicedo,   pero no antes de 1864. La tesis, aparte de llevar la idea subyacente de que los latinoamericanos no eran responsables ni siquiera de su propio nombre, complacía a los franceses y éstos la divulgaron  convenciendo a españoles y americanos.

Todavía hoy circula tenaz el error de que fueron los franceses  quienes inventaron  el término. Incluso la última edición del Diccionario de dudas y dificultades para la lengua española, Manuel Seco repite que los vocablosLatinoamérica, América Latina y latinoamericano fueron creados en Francia en 1860 «y para arropar la política imperialista de Napoleón III en su intervención en México”. Agrega que, ambas locuciones, fueron rápidamente adoptadas por escritores hispanoamericanos residentes en Francia»..

En realidad fue Bilbao el primero que habló de América Latina en una conferencia dada en París el 24 de junio de 1856, que se conoce con el título de Iniciativa de la América; utilizó allí incluso el gentilicio «latinoamericano». En escritos posteriores, habla de « raza latinoamericana».Tres meses después, el 26 de septiembre, José María Torres Caicedo, también en París y probablemente presente en la conferencia de Bilbao, escribe en  Las Dos Américas:

La raza de América Latina al

frente tiene la sajona raza.

Bilbao fue un marginal de la historia, un personaje subversivo, difícil de encajar, y, tal vez por eso, los historiadores y los filósofos lo olvidan. En la época, sin embargo, su impacto sobre la intelectualidad del continente y en los filósofos progresistas franceses fue relevante ¿Quién no lo cita? En América, tanto liberales como conservadores; para alabarlo o denigrarlo. En Europa, Lamennais, Michelet y Quinet mantuvieron con él una nutrida correspondencia. Quinet lo llama «cher Poncho» (por Pancho, diminutivo de Francisco) y lo menciona en Le Christianisme et la Révolution française. Madame Quinet le rinde homenaje en Mémoires d’ exil. Entre los americanos es él quien sirve de referencia cuando se habla de identidad. Hostos repite otro de los nombres agraciados que el chileno dio al continente: «Los Estados Desunidos de América, como el buen Francisco Bilbao llamaba a los de América Latina.»

El chileno no sólo fue el primero en utilizar la noción, sino que le dio un sentido muy distante de las concepciones de la «latinidad» de entonces. Precisó la idea de América Latina como un paradigma de identidad anticolonial. Incluso el hecho de haber dejado de utilizarla es coherente: La abandona cuando ve que en nombre del panlatinismo, las tropas de Napoleón III invaden México. Bilbao desde La Tribuna, de Buenos Aires, advertía: «América está en peligro.»

La visión anticolonialista de Bilbao comienza con la crítica de los aspectos colonizadores de las nociones de progreso y civilización. En una carta a Miguel Luis Amunátegui de 28 de octubre de 1861, le habla de la doctrina vulgar del progreso como de un sofisma que hace desaparecer bienes, pueblos y verdades, y retroceder la dignidad, la fraternidad y la prosperidad de las naciones. Le parece un sofisma porque bajo la capa de la civilización no se pretende sino imponer la dominación política. Y si critica el colonialismo europeo, tampoco escatima las políticas criollas. La misma falacia advierte en las actitudes “civilizatorias”  de Francia y de los Estados Unidos que en la política clasista y racista de un Sarmiento. En  La América en peligro (1863), discurre:  «El conservador se llama progresista… y el civilizado pide la exterminación de los indios y de los gauchos.»

Bilbao hacía tiempo que manejaba la idea de latinidad. Antes de 1856 la expresa desde Guayaquil en “Mensaje de un proscrito a la nación chilena”. Ella circulaba ya a comienzos de la década del cincuenta entre los que formaron la Sociedad de la Igualdad en Chile, como lo prueba una carta de Bilbao a Santiago Arcos de 1852: “Demos el grito de “pan y libertad” y la estrella de Chile será el lucero que anuncia la luz que ya viene para la América Española, para las razas latinas que están llamadas a predominar en nuestro continente”.

Bilbao considera  el continente americano compuesto de tres partes: la latina,  la sajona y la indígena. Cuando habla de unión se refiere a la unión de América Latina. Para él esa es la unión que constituye las fronteras naturales y morales de la  patria, “porque la unión es el verdadero patriotismo de los americanos del Sur” (El sur para él es el sur del Río Bravo). Esta unión,  bajo la forma de una convención del Sur, regada por el Amazonas y el Plata y sombreada por los Andes,  es el cuadro de la identidad americana y latina, que ha de perpetuar la raza y permitir la creación de la gran nación americana. Sólo esta unión pensaba en los años cincuenta podía detener el imperialismo de los Estados Unidos. Sólo ella podía defender la libertad, el sistema republicano y la democracia.

Por lo demás, su latinoamericanismo se concreta en una serie de elocuentes medidas: formar un congreso americano, conceder la ciudadanía universal, un código internacional, un pacto de alianza federal y comercial,  la abolición de las aduanas, uniformización del sistema de pesos y medidas, creación de un tribunal internacional, un sistema de colonización de las grandes áreas desiertas, de educación universal y de educación para los bárbaros, la formación del libro americano y la creación de una universidad, de un diario  y de fuerzas armadas comunes.

Bilbao no sólo fue el fundador de la idea de América Latina,  sino también quien la formuló en su versión moderna: una América que más que por la lengua se define por el proyecto de futuro, que es la integración.

Estamos empezando a conmemorar el Bicentenario de la Independencia en América Latina. Hay que recordar a Bilbao porque él fue el creador de este concepto de identidad que hoy suscribe el continente.  En particular los chilenos tenemos que reivindicarlo y difundirlo, pues su pensamiento forma parte de nuestro patrimonio intangible.