Picasso

“Nada es más difícil que hablar de  Pîcasso”, escribió hace años Luis Aragón, “todo lo que uno pueda decir de él ha sido ya de antemano desmentido por el mismo”  Y la verdad es que todavía  todo lo que se pueda decir de Picasso parece lugar común, ni siquiera estos breves párrafos hacen excepción a la regla. Pocos artistas, salvo quizá Miguel Angel con quien a menudo se le compara, han marcado con su presencia tan fuertemente un siglo. Su magnitud es desde el principio tan manifiesta, tan dominante su creatividad que, a poco de haber llegado a París, en el 1900, con apenas veinte años,  el poeta chileno Vicente Huidobro escribe: “Aquí estás delante de la puerta del siglo y en tus manos tienes las llaves”.

El siglo XX comienza y termina con Picasso. Lo que más sorprende en las grandes retrospectivas que se han hecho en años sucesivos de su obra, o en la visita que de tanto en tanto  uno se regala al Hotel Salé en el barrío judío de París o al Museo del barrio gótico de Barcelona, vecino a donde se encontraba la calle de los prostúbulo que dio su nombre a las Señoritas de Avignon, es la multiplicidad de su genio. Todo lo que ha sido el siglo XX se puede encontrar en su obra. No sólo la historia completa del cubismo, también las raíces del dadaísmo, del informalismo, del pop art y otras escuelas y tendencias. Como nadie Picasso condicionó el arte de su época.

¿Dónde reside su trascendente genialidad? Probablemente nos lo aclararán mejor los críticos y los historiadores del arte a la vuelta del 2000, cuando se defina mejor la perspectiva histórica y hagamos el balance del siglo. Para mi –como para otros muchos- reside simplemente en que toda su obra, a través de  la heterogeneidad de sus estilos y de la multiplicidad de sus técnicas, está constantemente marcada por la impronta de sí mismo. El representa una dimensión casi divina de lo humano: la creativa- Todo lo que tocaba lo hacía suyo. Se diría que Picasso hubiera podido firmar el mundo. Incluso en la línea que se dispara como alejándose sin concierto de su mano se encuentra la suma de su personalidad y de su estilo, en un sólo gesto entrega la totalidad de su genio.

En los primeros años se pueden distinguir en su obra capítulos y períodos; más tarde es sólo la obra de Picasso.

Las exposiciones de grabados tienen la ventaja de mostrar rápidamente las diversas etapas del arte de Picasso y familiarizan al visitante con algunos de sus temas favoritos. Cada período parece centrarse en un tema: Si la época azul rezuma cierta tristeza, tal vez la que dejó en esa generación la catástrofe del 98, el período rosa  (1905) se puebla de saltimbanquis y escenas circenses, hasta que las señoritas de Aviñón,  inician un nuevo y decisivo período, el cubista, en el que Picasso se aproxima a la abstracción, pero sin nunca  dejar de ser figurativo.

Dentro de las series de grabados destaca la suite Vollard, que pertenece al período surrealista, una época más tardía, en que estaba fascinado por el Minotauro, nombre que dará a una de las más famosas publicaciones de los surrealistas. El Minotauro es uno de los temas preferidos de Picasso. Siguiendo el hilo de Ariadna paga su deuda con la Antigüedad clásica y, desde las raíces, se aproxima a España a través de otro de sus temas favoritos: la corrida. El toro y el caballo son fuerzas de la naturaleza y emblemas de lo político. Así de claro queda en ese par de  grabados-tebeos, que titula “Sueño y mentira de Franco”, como en el mismo Guernica. Sin duda es en las 26 aquatintas de la serie de la Tauromaquia donde Picasso culmina el tratamiento del tema. Una serie que realizó de una vez y en pocas horas en el año 1957.

Otro de los temas que persigue constantemente es el del “Pintor y su Modelo” o el “Taller del Artista”. Es en esta escena es donde mejor se da a conocer Picasso, se devela la dualidad de su expresión: la del artista frente al objeto que transfiere a la tela y la del hombre frente al deseo.

Picasso es el pintor más revolucionario de la pintura europea, no sólo de este siglo, sino probablemente desde el  Temprano Renacimiento hasta ahora. En 1907 con las Señoritas de Avignon cambió la gramática formal de Occidente. Desde que Giotto cancelara la estética medieval, no se había producido una obra que transformara tan radicalmente le lenguaje del arte. Las Señoritas cancelan la estética renacentista que todavía regía  en los impresionistas y que había impedido valorizar las creaciones de cualquier otro pueblo que no fuera europeo. Con ellas rompió con todos los cánones tradicionales, especialmente con aquéllos que hablaban de la “objetividad” de la pintura y que medían la objetividad por la capacidad de reproducir la apriencia, la estética de “la manzana que está de morderla”;  y con las ideas tópicas que hacían pensar hasta los  filósofos que la calología era reproducir una ideal de belleza: blancas, gordas, rubias como las mujeres de Rubens, o menos populares, menos entradas en carnes, como las chicas de Rafael, pero lo suficientemente rubias y blancas como para imponer su tipo de belleza urbi et orbi, canon que la Extera-Europa vivió como una forma más de colonialismo.

Ninguna tendencia, ni las que marcaron el arte del siglo XIX, ni las del XX: ni el impresionismo ni el fauvismo, representaron una transformación tan profunda de la estética renacentista como los “encuentros” de Picasso (“Yo no busco, encuentro” afirmaba). El termina con una ideas tradicional del arte, con un etnocentrismo estético que marginaba todas las producciones culturales que no cuadraban  con la estética renacentista, confinándolas a la condición de objetos “pintorescos”, curiosos o folclóricos. Una estética que había tomado un carácter fundamentalista en el siglo XVIII con la obras de Winkelmann sobre la belleza en el arte clásico y que todavía dominaba en el siglo XIX en críticos reconocidísimos como Ruskin, que estimaba que “no existía el arte en ninguna parte de Africa, Asia o América”. La estética tradicional creía que sólo podían producir arte las sociedades civilizadas, las europeas, en las que el espíritu humano había alcanzado su perfección, jamás los pueblos bárbaros, que eran todos los otros…”

Picasso plantea una pregunta que es esencial para para todos los que se empeñan en construir la Comunidad Iberoamericana: ¿En qué medida su obra sirvió para que fuese reconocida la dignidad cultural de los pueblos no-europeos? ¿En qué medida esta reivindicación de las formas estéticas de las culturas de Oceanía, Africa y América sirvió para que el hombre negro, de uno y otro lado del Océano, el americana  y tantos otros  pueblos no-europeos tomaran conciencia de su identidad, valorizaran sus producciones y rompieran el trauma y el complejo de inferioridad en que los mantenía el colonialismo, reivindicando sus derechos a participar en la sociedad y a crear cultura, que no fuera marginal ni clandestina? Detrás de Picasso nacieron grandes artistas latinoamericanos que reencontraron sus formas en los espacio de libertad y de compromiso que él abrió. Si sus figuras neoclásicas, sumadas a la exploración del espacio a que lo llevó el cubismo,  inspiraron un realismo político, del cual el mejor ejemplo lo da Diego Ribera y los muralistas mexicanos; sus incursiones en el surrealismo, donde acuñó una anatomía inédita, fueron seguidas de cerca por artistas tan grandes para América latina como son  el cubano Lam  y el chileno Matta.

MRM. .Picasso. Museo de los Caballos. Cat. Cáceres 2.3.99