Participación ciudadana, inclusión política y educación integradora

                                                                      Inédito 2005

 “Participación ciudadana, inclusión política y educación integradora”, es un tema fascinante, pero sin duda más propio de un extenso tratado que de un breve ensayo como el que tengo entere manos. Es una tema que en Iberoamérica es preciso pensarlo inicialmente desde la cultura

Cuando hablamos de cultura esencialmente hablamos de lengua o de familias de lengua, como son la española y la portuguesa, idiomas dominantes en Iberoamérica. Sin olvidar la importancia de lenguas indígenas que delimitan regiones lexicales, cuyo aporte configura el castellano de América, ni las diferencias dialectales que encontramos cuando aludimos al mestizaje, ni lo que representa el fenómeno cultural hispano en los EEUU en términos de spanglish.

Así nos parece mucho más real hablar de cultura iberoamericana, que de cultura europea (concepto que se intenta afirmar dentro de la UE). Conclusión ésta de peso para reflexionar sobre la especificidad de las relaciones de España y Portugal con América Latina, más allá del marco de las que con estos países puedan mantener en tanto miembro de la UE.

Para hablar de la cuestión cultural en un proceso de regionalización (término que se impone cada vez más en el discurso de los sociólogos y economistas), o de las relaciones entre regiones, creo preferible el término comunidad. Entre otras cosas porque el término de comunidad alude a la participación ciudadana y a la inclusión política; en cambio el de región alude más bien a una dimensión geográfica, aunque puede estar doblado por una dimensión política o económica, como es el desarrollo y plantear un tema cultura, como es la interculturalidad. La cultura es un fenómeno esencialmente humano y social, que si solapa la geografía en la mayoría de los cuadros regionales, no se agota en sus límites. Un ejemplo mayor es sin duda la propia Iberoamerica en que la cultura hispano-lusitana se extiende a lo ancho y a lo largo de todo un continente.

La única manera de hablar de participación ciudadana e inclusión política en un marco de la diversidad de países que constituyen Iberoamerica es hablar de integración. Más aún teniendo en cuenta las situaciones de crisis que están viviendo algunos, y  considerando las diferencias  históricas, políticas y económicas e incluso la composición étnica de cada país. Las circunstancias son muy variadas, así como es la inclusión política y la participación ciudadana de los diversos grupos sociales y étnicos. Ecuador, Perú y Bolivia presentan perfiles sociales y étnicos muy distintos a los  de las capitalidades de los países de MERCOSUR. En Argentina constatamos grandes diferencias regionales entre las provincias del Norte, con marcada población indígena y Buenos Aires. En Bolivia los movimientos indígenas han hecho caer a los dos últimos presidentes y han reavivado un conflicto con Chile,  que se resume en una herida abierta y una salida al mar interceptada desde la Guerra del Pacífico.

No creo que sea necesario insistir en que hasta ahora los procesos  de integración han sido concebidos fundamentalmente como comerciales y económicos, y que el paso a la integración política –como lo han demostrado los recientes plebiscitos en Francia y Holanda- está muy lejos de ser una idea  aceptada. Por el momento la integración expresa los pragmatismos del mercado; y prácticamente nadie se ha planteado seriamente la función activa de la cultura en estos procesos. No hay un proyecto cultural de integración. Se espera que la cultura responda espontáneamente a esta cuestión. Hay en esta actitud una idea ciertamente mecanicista de la cultura. Se comenta que Jean Monet, considerado como uno de los padres de la Unión Europea le preguntaron en una ocasión qué es lo que él añadiría si pudiera volver a empezar su obra de construcción europea, respondió que comenzaría por la “c” de la cultura. Y no falta quien glosa la frase, dándole este envez “si pudiera empezar otra vez, empezaría por la educación”

Cuando reflexionamos sobre la cultura en la perspectiva de los procesos de regionalización, de sus relaciones entre sí, o de las perspectivas del Estado‑Nación en el contexto geopolítico del próximo milenio, no puedo dejar de pensar en Gramsci, en Gramsci más que en Althuser y su comprensión de la cultura como aparato ideológico del Estado, porque fue precisamente Gramsci el que sacó la cultura de la superestructura pasiva a que la reducía la interpretación mecanicista del pensamiento de Marx y le devolvió su rol activo y, sobre todo, creativo, en el proceso transformador de la sociedad.

En este sentido la cultura tiene una función integradora del cuerpo social pues constituye la comunidad de valores que configura espiritualmente una comunidad. Crea y une la comunidad haciéndole asumir una serie de valores comunes. La búsqueda de este modelo, denominado en primer lugar Hispanoamericano, fue una de las grandes preocupaciones de la “Generación del 98”. Un modelo identitario, un lazo espiritual –además de histórico y lingüístico, que algunos de sus representantes más notables creyeron encontrar en el Quijote y el “quijotismo” castizo.

Esta función integradora la cultura la cumple en la medida que se hace identidad. Y en este sentido es necesario volvernos sobre los diversos discursos de integración que ha conocido Iberoamerica (noción que ya es uno) para entender algunos de los conceptos que estamos manejando. Actualmente se escucha hablar de neobolivarismo (en labios de Chávez)  y de neopanamericanismo (el Tratado de Libre Comercio no es otra cosa)  y de si el latino americanismo es conciliable con el panamericanismo. Tal vez para ver cuál es la cobertura cultural de un eventual proyecto de integración; muy distinto en la propuesta de Chávez, que la propuesta del Tratado de Libre Comercio que lideran los Estados Unidos.

La cuestión fundamenta es pues ¿Cuál es la función de la cultura en los procesos de integración?

 

Por principio la cultura autoritaria es contraria a la idea de integración y de comunidad regional:. En efecto, dentro de una comunidad internacional es más difícil sostener el autoritarismo, que se funda esencialmente en el reforzamiento del Estado‑nación, en una idea blindada de nación, jingoísta; definida por concepciones geopolíticas hacia el exterior y la teoría de la seguridad nacional hacia el interior. En este sentido esa idea, por paradójico que parezca, convenía a la instalación del modelo neoliberal en la región, tal cual era propuesto por Friedmann. No es una casualidad que Chile, donde la dictadura ha sido más tenaz, sea el mayor ejemplo de éxito de dicho modelo. En Capitalism and Freedom, Friedman decía:…. Su idea de libertad reduciendo en materia económica el papel del Estado, implica reforzarlo en dos puntos…., bien que escribía esto en el calor de la “guerra fría”, ahora que el mundo ha cambiado sigue siendo cierto que las dictaduras se encierran en el modelo Estado‑Nación; en cambio las democracias se abren hacia procesos supranacionales. La ideología neoliberal reivindica la noción de “aldea global”, que excluya la especificidad cultural. Un ejemplo flagrante fue la campaña presidencial en Chile en 1989, en la que el candidato de la derecha hizo la campaña con el siguiente lema: “Pronto Chile dejará de ser parte de América latina”.

El modelo neoliberal, que es también un modelo cultural como lo ha comprendido muy bien uno de sus devotos, Mario Vargas Llosa, gran escritor como novelista.  En uno de sus  artículos, regularmente publicados en El País,  afirma que  prefiere las leyes del mercado, que considera más justas, a las leyes de la democracia..

 

 

Función específica de la cultura es participar en crear una nueva conciencia regional. En América hispana, Iberoamérica o Hispanoamérica como quieran ustedes llamarla, ya existe un fuerte basamento de integración cultural consecuencia de la lengua y de una historia común. El hecho de escribir en castellano en América, hace que el escritor se convierta en escritor latinoamericano (por cierto hispano‑ o iberoamericano también, aunque en diverso grado) ¿Esto deja afuera a los brasileños que escriben en portugués? En realidad no, porque como un efecto superfetatorio de la lengua que se hace cultura, el español y el portugués han confluido en una cultura común, en una cultura “portuñol” como la llamó un día Darcy Ribeyro. El escritor de América, por el mundo que recoge su literatura, por la mirada que lanza sobre él, por el realismo mágico o por su realismo a secas, por su prosa y por tantas otras señas de identidad, aún cuando escriba en castellano, se ha hecho más latinamericano que hispanoamericano. También se ha hecho latinoamericano porque su éxito editorial ha permitido valorar su prosa y con ella la cultura, dándole unidad, lo que de paso ha permitido reafirmar la idea de unidad regional. Sus frases con citas válidas de lo nuestro, no del pensar ajeno, y el lector se reconoce en esa literatura, afirmando en su lectura su sentimiento regional. En la medida que esa literatura se transforma a la vez en una cultura valorizante, refuerza el sentimiento de integración.

La Iberoamerica del mañana, debe reforzarse hoy desarrollando un nueva conciencia regional, debe trabajar culturalmente para instalar  una educación  integradora, que una el conocimiento de la historia, de la literatura, el arte, las problemáticas sociales, económicas, etc., las acople  en estructuras consecutivas y comprehensivas, por períodos e instituciones, con el objetivo de afirmar su continuidad histórica. Se trata de investigar y establecer las relaciones de inseparabilidad de acción y reacción entre los fenómenos y el contexto.

Y pasamos de la cultura  a la política, de la reflexión a la acción, cuando esta relectura del conocimiento la realizamos desde el punto de vista del desarrollo regional y del futuro de Iberoamerica, lo que equivale a preparar su lugar en el mundo. En este sentido la cultura hace una alianza con los propósitos políticos y con las emociones. Lo que requiere por cierto que la cultura desarrolle símbolos de reconocimiento regional. Símbolos que van desde el deporte al arte y la literatura.  Reconocemos nuestra identidad común en las cabalgadas del Quijote, en el barroquismo de Quevedo, en la España en el corazón de Neruda, en la fantasía borgeana, en los diversos egos de Fernando Pessoa, en la responsabilidad de tener ojos que nos exige Saramago, en las soledad de Macondo. Es el conjunto de estas cuestiones: culturales, históricos, políticos, emblemáticos, económicos (no hay que olvidar el proverbio latino “ubi panis, ibi patria”), lo que constituye la identidad. En esta búsqueda la cultura tiene un papel constructor de primer orden. Es ella la que ha mantenido viva la idea de integración y comunidad iberoamericana, pese a los múltiples fracasos y traspiés que ella ha sufrido en sus repetidos intentos de unión comercial y económica.