Para una filosofía de la universidad latinoamericana

 Miguel Rojas Mix

Cuando propuse este título para intervenir en este encuentro, lo hice un poco intempestivamente. Quedé con la duda si no parecería pretencioso. Tal vez, me dije, es un título que corresponde a las preocupaciones de mi generación, cuando en el mundo académico éramos filosofantes y sobre todo políticos. Hoy se es emprendedor y ante todo apolítico (que es una vieja categoría de ser político al sol que más calienta). Pero la verdad es que, en la medida  que avanzaba en mi actividad, cada vez me encontraba más con la filosofía. La filosofía en su sentido más original, como la definía Sócrates en el Eutidemo de Platón: como “el uso del saber para ventaja del hombre”. Lo que quiere decir que de nada sirve la ciencia si no sabemos servirnos de ella. La  filosofía y el filosofar son categorías modestas de conocimiento, no se lo atribuyen, sólo lo buscan. Era,  pues,  desde una  filosofía que me planteaba las preguntas sobre el  saber de la Universidad y desde una praxis donde me interrogaba sobre su función formadora y profesional. Pero “saber servirse” alude también a la pertinencia. En realidad es desde una filosofía que nos planteamos la pertinencia del uso del saber.

En este sentido es preciso abordar diversos campos que son esenciales..

En primer lugar el contexto. El contexto de nuestra universidad es el de América Latina. Lo que nos señala dos rutas. Una: La realidad en que se produce el saber ; y otra, paralela, el destino que damos a ese saber para servirnos adecuadamente de él. El concepto de América Latina es intercultural y se reúnen en él diversas comprensiones de América, Iberoamérica, Indoamérica, Afroamérica y para algunos incluso la de Panamérica. Cada uno de estos conceptos tiene un protagonista distinto y  nos remite a un sujeto social diferente. La evolución política más reciente lo señala. Estamos contemplando el surgimiento ciudadano de los pueblos indígenas, que solicitan una apertura cultural en la cual no sea solamente el hombre blanco el protagonista de la historia. El indigenismo andino ha saltado con   decisión a la política exigiendo protagonismo en las instituciones y visibilidad para su cultura y sus tradiciones en el cuadro nacional.

Una asignatura pendiente de las universidades, así como de los países, es la integración.  La Idea de América Latina fue fundada en el siglo XIX, más precisamente en 1856, por un filósofo latinoamericano nacido en Chile, Francisco Bilbao. Después se la apropiaron los franceses para legitimar,  en nombre de la “latinidad”,  su incursión en México. Nació la idea del espíritu progresista de la época, como bandera de la integración y para oponerse al imperialismo de los EEUU que acaban de despojar a México de la mitad de su territorio. No hizo cuestión de razas ni de regímenes. El concepto abarcaba a todos los abuelos de Nicolás Guillén: el abuelo blanco, el abuelo negro y el abuelo indio, a las repúblicas americanas y al imperial Brasil. En el siglo XX la idea fue llevada adelante por los intelectuales llamados “comprometidos”, Neruda que escribía “América no invoco tu nombre en vano”, García Márquez que encontró la América profunda en las soledades de Macondo y Cortázar que unía a América con Europa tirando un tablón entre los dos ventanas del océano para dialogar con la Maga. Y podemos seguir enumerando intelectuales, artistas y escritores que, desde el Río Grande al  Cabo de Hornos,  se comprometieron con la idea. Podemos hablar del “cinema novo” y,  en fin,  de tantos artistas que quisieron darle imagen  a Nuestra América. Ellos nos enseñaron a ser latinoamericanos. A ver la realidad desde nuestro horizonte y no desde la atalaya ajena. Al afamado pintor chileno Roberto Matta le preguntó un crítico: “Ud. Matta se reconoce como surrealista”. “No, respondió Matta: Yo soy un realista del sur”. Y aquí pasamos a la otra ruta. Al destino que damos al saber para servirnos de él adecuadamente: Al proyecto. El proyecto de nación, el proyecto democrático, el proyecto de integración. Ese destino es un norte y nuestro norte es el sur. Debemos ser realistas del sur.

Ése es el contexto latinoamericano. La universidad debe situarse dentro de él: Debe transmitir la identidad y enseñar a pensar en latinoamericano, eso es lo que hace el pensamiento conducente y nos permite abordar con pertinencia la información ajena. He dicho y reitero que en el mundo que estamos viviendo la sociedad de la información no nos pertenece. Pero sí la sociedad del conocimiento que es la información seleccionada y procesada  de acuerdo a nuestros intereses. Ella sí que es nuestra. La sociedad del conocimiento la creamos nosotros. Y seremos lo que nosotros hagamos de ella. Sobre todo, si evitamos que el conocimiento se transforme en mercancía.

Quienes fundaron la universidad moderna en los siglos XIX y XX presentaron la universidad como una institución esencial  para el progreso  de la nación, del ciudadano y del individuo planetario.  Tesis esencial de quienes desarrollaron esta concepción como Guillermo de Humboldt (1767-1835), fue que había que anteponer la formación a la acumulación de conocimientos e impedir por todos los medios que las facultades se convirtieran en meras escuelas profesionales. Si se orientaban prioritariamente por la perspectiva profesional, eso significaba que sus grandes funciones iban a estar absolutamente limitadas.

En América, en 1942, Andrés Bello fundó la Universidad de Chile basado en una concepción formadora,  en el humanismo integral

Muchos pensadores terciaron en el debate sobre la universidad: Max Weber, Max Scheller, Karl Jaspers. De particular interés es el pensamiento que Max Adler, que en Neue Menschen. Gedanken über  sozialistische Erziehung (1923), unió el marxismo al imperativo kantiano.  Señalaba que el crear hombres nuevos era una empresa puramente educativa. Implicaba educar en términos de formación Bildung,  concepto que destacaba, y que significaba que la educación no debía ser exclusivamente pragmática sino dirigida a la renovación y creación de la sociedad futura.

En el siglo XX, en el 18, anterior a la reflexión de Adler y anticipando sus conceptos, la universidad latinoamericana fue marcada por un hecho relevante: la Reforma de Córdoba.  Sólo entonces se asume el celo democrático. Su aporte esencial fue que integró la equidad a la función social: la universidad para todos según sus capacidades, no según sus medios.

En 1930  apareció Misión de la universidad, de Ortega y Gasset. Venía publicando ensayos sobre la educación desde 1910. En 1916 Ortega estuvo en Argentina, conoció a Deodoro Roca, principal ideólogo de la Reforma de Córdoba, de quien dice en sus escritos “es el hombre más inteligente que conocí en Argentina”. Volvió a Argentina el 28. Ortega retomó muchas de las ideas de la Reforma de Córdoba. Su reflexión esencial era definir la universidad como instrumento de modernidad y desarrollo.

 

Ortega señalaba que eran tres  las funciones de la universidad: la docencia, la investigación y la cultura. Es preciso detenerse en ellas porque no han perdido actualidad.

La docencia. Comprende por una parte la Instrucción profesional y por otra la formación. La primera consiste en enseñar destrezas  para ejercer una profesión  u oficio.

La formación es el principio básico de la educación. Así lo concibieron los griegos desde la época de Homero: El concepto griego de educación “paideia” estaba enfocado en la formación del hombre y del ciudadano. Platón y Aristóteles consideraban que la pedagogía debía ponerse al servicio de fines éticos y políticos. La paideia formaba mediante la mímesis de un modelo de virtud:  la areté.

Hasta fines del siglo XX la educación se consideró como una etapa en la vida del hombre. Hoy se afirma la idea de que la educación debe ser formación para la vida. Esto tiene que ver con el mayor e incesante acceso a la información y la rápida obsolescencia del conocimiento y el tiempo necesario de renovación. En 1920, en las ciencias duras,  lo aprendido en la universidad tenía una validez de cuarenta años; en el 2000 se estima que tiene una validez de dos años.

En el contexto de América Latina, en particular  se necesita una educación que contribuya eficazmente a la convivencia democrática, a la tolerancia y a un espíritu de solidaridad  y de cooperación que redistribuya las oportunidades. En un continente con países, que viene saliendo de la terrible crisis democrática que provocaron las dictaduras y que figuran en el triste ranking de tener las mayores desigualdades sociales del planeta, el capital humano será el principal recurso de todos cuantos disponemos; en particular considerando  la rapidez con  que  circula el conocimiento y la creciente interdependencia de los países. No podemos dilapidarlo.

El sistema educativo que se elija debe depender esencialmente de la sociedad que los conciudadanos deseen para ellos mismos y para sus descendientes.

De ahí la urgencia en  diseñar un nuevo paradigma educativo para el siglo XXI. En materia de educación superior el mayor esfuerzo debe dedicarse a rediseñar las instituciones para hacerlas capaces de adaptar sus medios a las nuevas necesidades sociales e individuales y las nuevas formas de conocimiento e inteligencia. Se hace indispensable un nuevo pacto académico curricular que incorpore -entre otras- la cultura de paz, los derechos humanos, la cultura visual, la bioética (al estudio de las implicaciones morales de los descubrimientos biomédicos), la biodiversidad, la inteligencia animal, etc. Temas todos que llevan a repensar cuál es el puesto del hombre en el Cosmos. La gran pregunta de  hoy parece ser ¿Podemos seguir pesando la filosofía y la ciencia, como si el hombre fuera la medida de todas las cosas? Y cuando digo hombre más que referirme al género humano me refiero al hombre blanco.

Las nuevas tecnologías generan también cambios de inteligencia. En realidad una de las grandes mutaciones del siglo es que estamos pasando de una inteligencia alfabética a una inteligencia visual. De una inteligencia analítica, estructurada y jerarquizada, como es la inteligencia del logos, a la inteligencia del ícono que no tiene una sucesión de orden , que es genérica, no descompone el contenido del pensamiento sino que lo evoca globalmente, designa categorías más que individuos. Con el desarrollo de la inteligencia visual pasamos a la cultura del imaginario. Los últimos años se han caracterizado por una gradual pérdida de la afición por la lectura y un considerable aumento del consumo de imágenes.

Acción urgente de nuestras  universidades  es el aggiornamento universitario ( la puesta al día). La puesta al día no es sólo dejar de pensar la universidad como si estuviéramos en el siglo XIX, y pensarla para el siglo XXI, tampoco se limita a dejar de pensarla bajo la torre de marfil para pensarla dentro de la torre del Shoping Center. Es eso,  y más que todo eso. Es pensar la universidad en valores y frente a las nuevas formas de transmisión del conocimiento. Lo que exige renovar pedagogías, métodos de investigación y repensar la relación profesor/estudiante. Implica asimismo descubrir lo obsoleto, diseñar los nuevos curricula y desterrar las cegueras. Platón definía la ignorancia como “la ilusión de la sabiduría”. Pero para mí eso es más bien la ceguera. Kubrik tituló su última película “Eyes wide shut”. Así tiene uno la impresión que avanzan algunos que proponen políticas universitarias. Se adaptan con los ojos cerrados al “Nuevo Orden Mundial”,  a la economía de mercado, sin reflexionar sobre sus consecuencias sociales;  o al Consenso de Washington –para ser directos- que no ha producido ninguna expansión económica significativa en Latinoamérica; en cambio sí algunas crisis severas. Y que integra mecanismos que aseguran el desarrollo de un pequeño grupo elitista de altos ingresos económicos, que busca acceder al poder y sustentar políticas económicas y educacionales que los privilegian, mientras se mantiene a los sectores más desfavorecidos en el subdesarrollo y la pobreza. El futuro de la universidad latinoamericana debemos pensarlo con “The Eyes wide open”.

Base del conocimiento es la comprensión. Ésta implica incluso la ignorancia, pero la ignorancia positiva, enriquecedora, que consiste en  saber cuándo no se sabe.  Y esta ignorancia positiva la universidad sólo puede comunicarla activando su función intelectual.  Ejercer la ignorancia es una habilidad. No se puede ser líder si no se está dispuesto a correr el riesgo de no saber. Pero ese no saber hay que saber practicarlo. Una importante función intelectual de la universidad consiste en saber que es necesario asumir la ignorancia y desterrar la ceguera.

La ignorancia positiva forma parte de la cultura. La cultura comienza por saber qué no se sabe.

Hablar de las curricula del futuro no es ciencia-ficción, pero es anticipación, y eso requiere un esfuerzo de imaginación que debemos hacer. Pero hacerlo en conjunto.

Otra función de la universidad es la investigación. En la mayoría de los países de Nuestra América la investigación sólo se hace en la universidad. A menudo con medios precarios y poco presupuesto. Lo que produce una importante fuga de cerebros, investigadores y científicos que buscan condiciones favorables para su trabajo en países industrializados. Muchos de ellos siguen conectados con sus universidades de origen, otros pierden el contacto con la universidad o con la ciencia, como muchos de los que tuvieron que salir empujados por la represión dictatorial o sobrevivieron en la precariedad clandestina del exilio interno.  Los jóvenes que se forman hoy como científicos en nuestras universidades, aparte de su afición por la ciencia, buscan resultados cuantificables para sustentar su currículo universitario en vista a consolidar su situación académica. En este campo lo más preocupante respecto a la pertinencia social de la investigación, son los mecanismos de manipulación que se pueden ejercer desde fuera a través del sistema de indexación.

El Citation Index (del Institute for Scentific Information de Filadelfia, USA), mide el impacto de los artículos por número de citas. Igual cosa para las revistas científicas (Journal Impact Factor). La aceptación generalizada de esta forma de evaluar ha hecho que los investigadores tiendan a publicar sus resultados en las revistas de más elevado índice, lo que a su vez provoca cambios muy importantes en la orientación de la investigación en muchas disciplinas, los investigadores se orientan a producir aportes más breves en campos de rentabilidad curricular: biodiversidad o recursos naturales, por ejemplo.

Este sistema de evaluación plantea serios problemas: Orienta la investigación de los países en desarrollo según los intereses de los países que manejan los sistemas de evaluación y no tienen en cuenta los criterios de pertinencia regionales, nacionales o locales.

Como dice en una entrevista el físico y epistemólogo Rolando García, fundador de COINICET: “La ciencia debe estar incluida en un plan nacional de desarrollo”.

La gran pregunta es: ¿qué investigación es sostenible en los países en desarrollo? Porque la investigación es indispensable para que la universidad exista. Pero es evidente que los países en desarrollo, por una parte, no cuentan con los medios para emprender líneas de investigación de punta como  pueden disponer las grandes universidades del mundo desarrollado o los mayores institutos científicos. Esto no quiere decir que la investigación no tiene que tender a una alta calidad, pero hay que intentar que sea pertinente. Sin duda que es preciso invertir en una investigación científica de calidad. Todo el mundo entiende ahora que el progreso pasa por invertir en I+D. Pero asimismo es necesario aumentar su rentabilidad promoviendo modalidades innovadoras de aprovechamiento compartido del saber. Adecuado sería desarrollar  el “colaboratorio” virtual, que permite a los investigadores trabajar en redes transfronterizas, lo que podría disminuir seriamente la brecha científica entre el Norte y el Sur.

Un nuevo criterio que adquiere cada vez mayor importancia en la panificación de la investigación es el de I+D+I. La idea de base es que para lograr el desarrollo del conocimiento es necesaria la interacción de todos los agentes sociales. No basta con la apuesta decidida de la Administración, la participación empresarial es indispensable. El Plan Nacional de España 2004-2007,  incide de manera especial en la aportación del sector privado en la I+D+I. El Plan pretende no sólo elevar la capacidad tecnológica e innovadora de las empresas, sino también promover un tejido empresarial innovador y crear un entorno favorable a la inversión en I+D+I, sin perder de vista que es necesaria una mayor interacción entre el sector público y el privado. El plan también apunta a mejorar las salidas laborales de los titulados.

Finalmente, entre las funciones de la universidad  definidas por Ortega, la extensión cultural es una función de extrema importancia en América Latina. Mucho más que en Europa. En Europa las ciudades cuentan con un acervo cultural  que traza el pasado histórico de Occidente y que forma parte de la educación ambiental y cotidiana del ciudadano. La cultura y la historia están en la calle. Aparte de la actividad editorial, las universidades europeas no tienen un aparato cultural de importancia. En América en la mayoría de las ciudades –salvo en las que guardan los restos del pasado precolombino o de las que fueron importantes focos coloniales-, ese patrimonio no existe. Incluso en éstas es un patrimonio reivindicado culturalmente en forma reciente.  Como no hace parte del legado occidental, se consideraba fuera  de la historia universal,  que es la historia del progreso. Ser depositarios de la historia occidental da validez universal al pensamiento europeo y hoy al euroamericano. La historia de Occidente y la historia universal se confunden. Representan el valor de la civilización y la cumbre de la cultura. Lo que es sustentando por un poderoso aparato de mercado, ediciones y sistema de galerías que presentan la creación o el pensamiento europeo como valores.

Los latinoamericanos no contamos con ese gigantesco aparato promocional, lo que hace que el pensamiento de los países centrales  se difunda mucho más que el  nuestro y se refleje dominantemente en las universidades latinoamericanas, generando modas de colonización académica. Es tarea de la universidad latinoamericana, crear valor de lo propio, formar en el pensamiento crítico. En una conferencia  reciente hablé de la citorrea, una enfermada contagiosa –dije- de quienes en coloquios y defensas de tesis nos ahogan con citas.  Al final de cada párrafo una. Como si las citas los liberaran de la necesidad de pensar. Revisando una reciente edición de las obras completas de Ortega y Gasset encontré este texto inédito que reitera lo que entonces dije: “Los que son sabios de opiniones ajenas, pero no se las han incorporado y hecho propias, no son íntimamente sabios”. Es preciso curarse de esta enfermedad  colonial. Para tener un pensamiento propio es necesario desarrollar la educación en valores. Respecto a la globalización -uno de los grandes temas de nuestro tiempo- la universidad debe discernir criterios de pertinencia. Para instaurarlos  debe formar culturalmente  y entender la cultura desde un punto de vista específico, como la definió la declaración final de la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, celebrada en México durante julio y agosto de 1982: “Cada cultura representa un conjunto de valores únicos e irreemplazables, ya que  las  expresiones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar en el mundo.” Es obvio que se definió la cultura como identidad. Y es fundamental plantearla así, porque sólo desde la cultura podemos crear criterios de pertinencia. ¿Qué son estos criterios? Simplemente herramientas conceptuales necesarias para discernir en ese enorme caudal de información que nos trae la globalización, aquello que conviene a nuestro desarrollo y que refuerza nuestra identidad.

La universidad debe formar al hombre culto para que sea innovador. El innovador es alguien que rompe la ceguera antes que los otros, que visualiza posibilidades antes de que se realicen.

No basta con enseñar la cultura para formarnos una idea del mundo, es también necesario que nos formemos una idea de cuáles son nuestras acciones posibles en él y sobre él,  y que esto lo hagamos con realismo. Necesitamos desarrollar un plan. Ese plan, cuando encarna una idea colectiva de futuro, es una utopía, pero una utopía concreta, una sociedad como la quisiéramos. Un lugar que no existe. Pero que no existe todavía y  podemos construirlo. La universidad debe estudiar la utopía, y preparar a la sociedad para que ésta se transforme en topía, lugar concreto que la voluntad  humana hace posible.

En síntesis, la universidad debe formar en los valores de nuestra identidad y con un proyecto de futuro; los  que en el fondo son la misma cosa, porque las raíces de la identidad, en realidad no están en el pasado,  están en el futuro

Es desde el compromiso ético de la universidad latinoamericana que creo que es necesario pensar su realidad, los retos a los que debe hacer frente en el siglo XXI y  las diferencias que hay entre ella y las universidades de otras civilizaciones; en particular de la civilización euroamericana, que aparte de ser hegemónica, es la que tenemos más cerca y sin lugar a dudas la que más influye en nosotros. Debemos reflexionar sobre estos temas en lo conceptual y en lo práctico.

Es preciso desarrollar la solidaridad internacional y la cooperación con el objetivo de erradicar la pobreza. Asumir nuevos conceptos de educación, indispensables si consideramos las exigencias de la aceleración del tiempo. Ello va a producir una rápida obsolescencia de determinados saberes. Implicará el reconocimiento de nuevos derechos humanos que defiendan la vida privada frente a las tecnologías intrusivas. Provocará grandes cuestionamientos sobre los límites éticos del crecimiento y de la ciencia: ecológicos,  bioéticos… Sin hablar de lo político. Cambios que nos llevan a reformular la ética como una moral dinámica, atenta a la historia y anticipadora de ella: una ética del futuro que ya es presente.

He señalado ya en otras ocasiones lo que ha sido para mí la autonomía. Creí en ella,  hasta que se esfumó como un sueño de verano con la irrupción de las dictaduras A nadie se le ocurrió ni siquiera mencionar la palabra frente a Videla o Pinochet. En grandes líneas era una forma de defender a la universidad de la ingerencia del Estado, pero del estado democrático. No del estado dictatorial que funcionaba a la represión. Hoy en día –en la sociedad neoliberal-, el Estado lejos de amenazar a la Universidad, acercándose oficiosamente  a ella, más bien se aleja y la autonomía universitaria se ve más acosada por los poderes fácticos que por el Estado. En la situación actual me parece oportuno redefinir la autonomía. Cornelius Castoriadis nos proporciona un concepto que es válido para pensarlo en el marco universitario. La autonomía es una idea central en su propuesta filosófica. La sociedad –afirma- se debate entre dos conflictos: la heteronomía (alienación) y la autonomía (manifestación de libertad). Comento. Si la heteronomía equivale a la razón perezosa, la ignava ratio,  (aquella con que miramos desidiosos horas y horas la televisión); si corresponde  a la postura del ser alienado (dependiente) que no puede accionar y está imposibilitado para instrumentar propuestas de cambio, la autonomía –en cambio- se expresa en la capacidad de reflexionar, de reflexionar  sobre las significaciones e instituir de modo lúcido otras nuevas significaciones. Nada describe mejor el pensamiento crítico. La autonomía universitaria está hoy en el pensamiento crítico y no en el pensamiento único.

Otro aspecto que no podemos olvidar es un tema que deslinda con la antropología filosófica: La  antropología como ciencia filosófica alude a lo que el hombre debe ser en relación a lo que es. El debe ser es un paradigma que subyace en toda propuesta educativa. Ya en la paideia homérica encontramos que Aquiles y Odiseo encarnaban un modelo educativo: la areté,  en que se condensaban los valores de la época La escolástica exaltó el santo como modelo. Para el Renacimiento, Maquiavelo propuso al Príncipe como ideal político formativo. Con la Ilustración, Rousseau insistió en que el objetivo fundamental de la democracia era educar al hombre en potencia. E insistió en la formación del ciudadano. El héroe fue el paradigma que Thomas Carlyle ofreció a la Época Victoriana. En On Heroes, Hero-Worship  (1841), sostiene que el avance de la civilización se debe a la actividad de los héroes, denigra la democracia y alaba la sociedad aristocrática. Émile Durkheim, convencido de que la pedagogía era producto de un determinado momento de la historia, le asignó como misión preparar al individuo para la sociedad en la que está llamado a evolucionar. John Dewey vinculó la idea democrática al american dream y al individualismo. Y en ese paradigma se formaron generaciones de estadounidenses hasta la guerra de Vietnam. La revolución cubana y en general los movimientos revolucionarios de América Latina, se plantearon la formación del “hombre nuevo”, un concepto que ya había avanzado Adler: La respuesta fue la Trilateral. Y se encuentra en el informe de 1972, presentado a la Comisión Trilateral por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joli Watanuki. En él  se manifiesta la alarma por el papel que desempeñan los intelectuales dentro del sistema democrático. El régimen democrático es demasiado permisivo ‑afirma‑  y hay que limitarlo. Su permisividad hace, por una parte, que demasiada gente tenga acceso a una educación superior y,  por otra, que en su seno se genere un intelectual “portador de valores”, que es el intelectual contestatario, el que se opone al sistema. El intelectual ”portador de valores”‑continuaba‑ es peligroso y es preciso hacerlo desaparecer y reemplazarlo por otro, por el “intelectual práctico”, aquél que se integra en el circuito económico y no reflexiona ni sobre problemas sociales ni sobre problemas filosóficos. Ese cambio de intelectual significaba modificar el proyecto de sociedad liberal para defender la economía capitalista, transformando los valores,  cambiando los signos de prestigio y, por ende, el modelo educativo.  En el  momento actual dos imágenes del hombre moderno dominan los proyectos pedagógicos: la del homo videns y la del homo economicus. Se piensa en ambos para preparar al hombre global. Volviendo a América Latina debemos reflexionar igualmente qué hombre queremos formar. Propuse llamarlo profesional  social  u hombre sistémico, que es el que conjugue las destrezas profesionales con las responsabilidades éticas del ciudadano. El hombre sistémico pertenece a la totalidad del sistema social, por oposición al hombre fragmentado o unidimensional.

Si estamos convencidos de que nuestro futuro planetario está en la integración, la universidad debe comprometerse con ese destino en una política de cooperación académica. Incluir en los curricula del futuro la creación de redes temáticas, multidisciplinarias y asociativas de universidades, destinadas a responder y anticipar los desafíos sociales, a desarrollar la pertinencia de la investigación científica, formando a las nuevas generaciones en concepciones mucho más amplias, que abarquen e integren el conocimiento de la historia, la literatura, la cultura, las ciencias y las artes en estructuras comprensivas de todo el continente latinoamericano. Ordenaciones que les hagan sentir que tienen una identidad común. A diferencia de la destreza profesional que se adquiere en el claustro de una especialidad, el conocimiento creativo es una obra abierta, de ingeniería. Consiste en saber tender puentes entre la vida, las artes y la ciencia.

Se me solicitó una reflexión  que comparara la universidad europea con la latinoamericana. En lo institucional la comparación es difícil por la diversidad estatutaria entre las propias universidades europeas y las  mismas entre las universidades latinoamericanas. La gran diferencia está en realidad en los fines que persiguen y en el contexto en que se piensan; es decir en la filosofía y en la sociología de la universidad. Particularmente me resisto a comparar y prefiero precisar las singularidades. Las comparaciones que no parten de las singularidades son siempre  peligrosas. En mis investigaciones sobre la imagen de América en Europa me encontré con muchas comparaciones que proyectaban una abominable imagen de nuestro continente. Por otra parte la historia ha mostrado que los convenios Norte/Sur a menudo conllevan el mismo riego que la  cooperación  que le propuso la gallina al cerdo. Por eso lo primero es fijar las singularidades y luego, establecidas a partir de ello, comparar.

Algunas singularidades importantes: Una fundamental es en lo que se refiere al proceso de integración. La Universidad europea se construye después de haberse constituido la UE y para afianzar el proceso de integración económica y comercial, teniendo como asignatura pendiente la integración cultural, que dada la diversidad lingüística y de tradiciones de los países europeos será extremadamente difícil de realizar. La universidad latinoamericana se construye para anticipar el proceso de integración económico y comercial  y tiene la ventaja de tener como basamento la integración cultural

Las funciones sociales que debe cumplir la universidad latinoamericana son otras. La extensión cultural como se ha dicho es una tarea de la universidad en América Latina. No así en Europa, al menos no en la misma medida.

El contenido ético. En los países periféricos el contenido ético de la universidad se plantea de forma diversa que se plantea en la universidad europea. La lucha contra la pobreza, la equidad y la democracia son temas éticos y que movilizan a las universidades. Tenemos un atraso considerable en la equidad, de suerte que el salto hacia la modernidad monetaria, está creando bolsones de pobreza y de marginados que en algunos países se designan como “desechables”. Esto ocurre cuando la política y el desarrollo se entienden como puro crecimiento. Ya he señalado cómo el compromiso social fue el incentivo de la reforma de Córdoba. La universidad no es un ente aislado y su aggiornamiento, cualquiera que sea, tiene importantes consecuencias sobre el tejido social Es indudable que la universidad alemana no supo, por ejemplo, anticipar los horrores del nazismo. Algunos de los mayores filósofos como Heidegger se unieron a él. Distinto fue la actitud de los universitarios en Mayo del 68 francés. En América en general las universidades fueron focos de resistencia a las  dictaduras. En Chile muchas de las víctimas emblemáticas de la represión murieron en las universidades, y permítanme que agregue, en las universidades públicas.

La privatización de las universidades es un problema serio en América Latina donde hay un déficit de equidad social. No es así para Europa. Es un problema porque la universidad privada tiene como objetivo de la formación otros valores, no necesariamente republicanos ni sociales. Sin que esto quiera decir que no los practique, pero no son su prioridad. El tema del laicismo es un  ejemplo claro. La Universidad laica tiene como objetivo la formación, la universidad confesional el adoctrinamiento. Para garantizar los derechos del ciudadano la universidad pública no puede ser confesional. Es un derecho de la universidad privada,  pero eso implica otro tipo de formación.

No podemos perder de vista la importancia que tiene la universidad abierta para sustentar el  equilibrio  social. Para el neoliberalismo –por ejemplo-  la equidad es inaceptable. Milton Friedman ridiculiza el sistema citando lo que dice el Dodó a Alicia en el País de las Maravillas: “todos deben franquear la línea al mismo tiempo. Todos ganan y todos deben tener premio”. Para él existe una contradicción fundamental entre la equidad y el ideal de libertad. Y esta contradicción termina inevitablemente en un estado de terror: como Rusia, China o Camboya –numera- . En materia de educación Friedman considera que la educación como servicio público, financiada por el estado atenta contra la libertad y la justicia. Los hacendosos tienen que pagar por la educación de los que no se han empeñado por trabajar. Y apela a la responsabilidad: las familias que no tienen recursos tienen que controlar la natalidad y tener sólo los hijos que puedan educar.

En Europa en general la universidad tradicional ha perdido prestigio con la economía de mercado: da títulos que no aseguran empleo y mantiene disciplinas que parecen inútiles frente a la lógica del mercado. Así, a nivel nacional, las universidades sin abandonar aparentemente la idea de aula abierta, sin introducir números clausus, buscan restricciones en los curricula formativos para rentabilizar lo profesional,  o  crean sistemas paralelos de educación superior cuyos titulados tienen automático acceso al mercado de trabajo.  En España se preguntan si pueden seguir manteniéndose titulaciones en las que apenas se matriculan alumnos. Expertos analistas universitarios han manejado el límite de 75 alumnos nuevos por año para que una titulación sea viable. Esto implica la desaparición de muchas asignaturas, todas formativas. En Francia son las grandes Escuelas de Comercio las que han remplazado en prestigio a las universidades. En Alemania comienza a desarrollarse  un proceso discriminatorio otorgando grandes porciones del presupuesto a universidades declaradas de excelencia. Ellas reciben el mayor trozo del pastel. Hasta ahora han sido declaradas de excelencia cerca de 10 universidades: en primer lugar las Technishe Hohschule y a continuación Götttingen, Heildeberg, Freiburg  entre otras. Todas ellas de la antigua Alemania Occidental. De la Alemania del Este, ninguna. Ni siquiera Dresde que es una Technische Hochschule, la más grande de  Alemania y que forma parte del grupo de las 9 universidades más prestigiosas del país.

En Europa (estrategia de Lisboa 2000/ Consejo de Barcelona 2002) se les ha dado particular importancia a las plataformas tecnológicas para mejorar el futuro de la competitividad aumentado el gasto en I+D+i para convertir a Europa en la economía basada en el conocimiento más competitiva del mundo. En diversas circunstancias la universidad latinoamericana se ha planteado seguir los pasos de la universidad  europea. Sin duda que la cooperación universidad empresa es hoy un horizonte al que es preciso atender. Pero la elaboración de nuevos contenidos “empresariales” no sólo despierta muchas críticas en sectores que temen una universidad al servicio de la empresa, sino que es preciso evaluar cuál es el costo social.

En mayo de 1998, los ministros encargados de la educación superior de Alemania, Francia, Italia y el Reino Unido suscribieron en París la Declaración de la Sorbona, instando al desarrollo de un Espacio Europeo de la Educación Superior (EEES). Un año más tarde la Declaración de Bolonia marcó los objetivos que apunta a crear dicho Espacio antes del 2010: evaluación de programas académicos convergentes que aseguren una calidad docente, adopción del sistema de transferencia de créditos que permitirá un reconocimiento académico inmediato de títulos y la movilidad entre países. De sus objetivos hay uno  que es indispensable para la integración académica y que nuestras universidades han obviado, que es la implantación de un sistema de créditos con un sistema de transferencia  que permita un reconocimiento inmediato de títulos, el  ECTS. A continuación está la introducción de nuevos curricula basados en contenido y competencias y la homogeneidad en titulaciones. Todo el sistema está basado en (ECTS) en el Sistema de Transferencia de Créditos Europeos  y es un sistema cerrado para los estudiantes de la UE. Su finalidad última es llegar a una formación de los estudiantes ajustada a un mercado de trabajo que supere las fronteras. El objetivo estratégico tanto de Bolonia como de la posterior reunión del Consejo Europeo celebrado el 2000 en Lisboa es poner la universidad al servicio de una nueva economía basada en el conocimiento.

¿Y qué dicen estos documentos sobre las relaciones entre el espacio académico europeo y otros espacios académicos, como el latinoamericano por ejemplo? Prácticamente nada. ¿Hay en el espacio europeo cabida para que puedan ejercer nuestros profesionales? Si nos remitimos  al decreto del Ministerio de Educación español sobre convalidaciones y homologaciones vemos que establece en sus artículos 1º y 2º una distinción sutil, pero que puede ser radical. En el 1º habla de la homologación de títulos extranjeros sin distinción; en el 2ª habla del reconocimiento profesional de títulos, restringiéndolo a la UE. ¿Quiere decir esto que se les reconoce el título pero no pueden ejercer?

En definitiva es peligroso seguir el modelo europeos en cuanto a su filosofía economicista, no así en cuanto a las organización de la infraestrucutra académica de la integración. Las reformas que tiene como prioridad formar para la “economía del conocimiento” aplicadas en países con estructuras académicas y científicas débiles y con dotaciones presupuestarias modestas, lejos de ser modernizador y progresista puede que tenga consecuencias sociales que hagan  retroceder la sociedad

El paradigma educativo en América Latina debe corresponder a lo que consideremos una sociedad deseable. Para la educación superior -si definimos este concepto como el de una sociedad creativa, justa y solidaria- implica, entre otras, las consideraciones siguientes: la defensa del pasado, si éste desarrolló valores que sustentan ese desiderata; la ruptura con el pasado cuando la problemática del presente sea fundamentalmente diferente de las realidades para las cuales la universidad fue concebida; y la anticipación del futuro. Es indispensable anticipar el futuro, pero nuestro futuro. No educar para el futuro ajeno. Ello implica la paradoja de entender que nuestro futuro cada vez está más inserto en un futuro planetario. El error está en confundir tempos y situaciones. El ritmo o la velocidad de ejecución  y la situación de las sociedades desarrolladas es uno, y el de las sociedades en desarrollo es otro, y requieren una construcción de futuro diferente.

Un país que no adopte medidas para una educación superior seria, sufrirá la degradación de su cultura, la confusión de sus pensadores y conocerá el fin de su progreso científico.