Noli me tangere : La cultura, bien público

Las dos últimas décadas han estado presididas por la economía como dimensión principal de la realidad y como paradigma ideológico dominante: Fuera de la economía no hay salud, se diría parafraseando una sentencia latina. Actualmente la crisis financiera mundial ha demostrado los enormes riegos del agotamiento del milagro financiero. Como los chicos bien cuando se declaraban revolucionarios,  el neoliberalismo hace un viaje al mercado en libertad pero con un boleto de vuelta hacia el Estado-interventor en el bolsillo, por si se declara la crisis. Y la crisis se declaró. Y el Estado tuvo que intervenir. La mano invisible se metió en el fondillo y quedó silbando bajito. El agotamiento del milagro financiero, la transformación de los procesos económicos en operaciones monetarias y especulativas, la regresión social, el desprestigio de la política, el aumento de las desigualdades, los estragos de la miseria han puesto fin al paradigma económico neoliberal y vuelto a situar la cultura en primera línea.

El modelo neoliberal se planificó poco después de terminar la Segunda Guerra Mundial. En abril de 1947, treinta y nueve intelectuales se reunieron en el Mont Pellerin, un lugar aislado, cerca de Vevey en Suiza. Los intelectuales se repartían entre economistas, filósofos, juristas, historiadores, cientistas políticos, críticos literarios y publicistas. Venían desde distintas partes del planeta y ocupaban sitiales destacados e influyentes en el mundo universitario y en el aparato de formación de la opinión que opera en la sociedad capitalista. Al cabo de diez días de reflexión decidieron formar una sociedad con el nombre del lugar que los acogía y redactaron una declaración denunciando la crisis moral en la que el socialismo hundía al mundo,  crisis activada por un debilitamiento de la fe en la propiedad privada y en el mercado competitivo. Concluían afirmando que sin la iniciativa asociada a estas instituciones era difícil imaginar una sociedad en la cual la libertad pudiera ser efectivamente resguardada.

Sin embargo, el momento decisivo para la implantación del modelo neoliberal –o mejor, neoconservador- en el plano político nacional y luego planetario fue el año 1975 cuando llegó Milton Friedman a Chile y con él los economistas de la Escuela de Chicago. Poco después, la muy conservadora Margaret Thatcher, impuso el modelo en Inglaterra en su largo gobierno de 1979 a 1990. En 1991 Maastrich lo extendió a Europa a la vez que creaba la UE de los 12.

En lo que se refiere a la cultura, la política comercial neoconservadora –en particular la de los EEUU-extendida a la política cultural exterior, tenía como propósito hacer del american way of life la cultura común del mundo, una cultura fundada en el consumo, que algunos analistas (Alan Riding en el New York Times, mayo 2004), considerando que Europa necesitaba adoptar una cultura común, globalizada, estimaban que no podía ser otra que la cultura popular norteamericana. En el campo cultural, la lógica empresarial redujo drásticamente la riqueza de la pluralidad, encorsetó la espontaneidad, llevando a la monotonía y sobre todo al conformismo repetitivo de lo unánime, al pensamiento único y a vaciar al individuo de conciencia crítica, haciéndolo seguir borregamente las consignas publicitarias. La cultura indiferente es la que los romanos llamaban ignava ratio, la razón perezosa. La comercialización de la cultura, transformada en puro espectáculo o en turismo, mengua su capacidad cohesionadora y su potencial transformador, por lo que es necesario refundarla, anclándola en sus raíces, que no son otras que las que crecen en el futuro y cuyos señeros caminos son la creación y la diversidad.

La sociedad de mercado se impuso en el planeta, vendiendo la idea de que era de la iniciativa privada de donde nacía el bienestar de la sociedad, y del mercado donde procedían todos los derechos; que la dinámica del progreso estaba en ser cada vez más competitivo y que las universidades debían prioritariamente dedicarse a formar emprendedores para que, de acuerdo a la Declaración de Bolonia y al Tratado de Lisboa, Europa llegase a ser la economía más competitiva del planeta. Las universidades debían concentrarse en esta tarea, actuando con criterios de mercado y organizando su formación para desarrollar la economía del conocimiento (a no confundir con la sociedad del conocimiento). Todo lo que no estaba en esta línea parecía no rentable y convenía suprimirlo. Así se propuso suprimir en España toda asignatura que tuviera menos de 70 alumnos inscritos por año. Lo que en primera y en segunda instancia afecta esencialmente a los estudios culturales, aquellos en que se formaba el ciudadano y el intelectual portador de valores. En otras ocasiones he repetido que éste era un propósito que surgió como reacción a Mayo del 68, manifestándose en un informe a la Trilateral de 1972 que aconsejaba restringir el acceso a la universidad, que formaba intelectuales portadores de valores –filósofos, sociólogos y humanistas- y la tendencia al militantismo que en ellos podía desarrollarse, representaban un peligro para la sociedad capitalista. Silenciarlos y remplazarlos por el intelectual integrado, el emprendedor que trabaja para el mercado. El Fin de la Historia, el pensamiento único y la posmodernidad. Todos se unían para sostener esta tesis.

La gran crisis del mercado financiero que estamos viviendo muestra que en vez de formar emprendedores lo que se ha formado han sido especuladores.

Por otra parte,  el estado de incertidumbre política que creó la  caída del muro de Berlín tuvo decisivos efectos sobre la cultura: La desintegración del sistema Estado-providencia, la atomización de la clase obrera, la desintegración de los sindicatos, el abandono de los compromisos republicanos, el avance de un liberalismo caricaturesco reducido a puras formulas de mercado, la privatización de la educación, el pensamiento único y el silencio de los intelectuales posmodernos, dejaron las iniciativas neoconservadores sin contrapeso. Llevados por la ola neoconservadora incluso los gobiernos progresistas se rindieron a la economía de mercado.

La cuestión de las identidades si hizo patente después de la caída del Muro de Berlín que sacó a la luz la pluralidad de identidades que hasta entonces se ocultaban bajo las grandes ideologías dominantes: capitalismo y socialismo.

La crisis exige hacer borrón y cuenta nueva. Una nueva política económica antes de ser estrangulados por la mano invisible del mercado.

Hasta aquí ha llegado el mito de que la iniciativa privada es más eficaz que el Estado. Pues es a él a quien tiene que recurrir la economía para salvarse de los desajustes creados por la especulación privada.

Ya en los años noventa, contra la idea de la OMC que pretendía someter el comercio de los servicios culturales, comunicativos y educacionales al puro intercambio de mercancía, Francia reaccionó con la excepción cultural exigiendo que la cultura quedara al margen de las discusiones de la OMG. Jack Lang, entonces Ministro de Cultura,  estableció una red  FRAC (Fondos Regionales de Arte Contemporáneo) de ayuda a la producción y subsidios a los actores (Intermitentes de Espectáculo). La economía de mercado suprimió estas ayudas,  considerando a la cultura secundaria en relación con la economía. Es la educación ahora la que necesita encontrar su política de “excepción educacional”.

La auténtica política cultural consiste en la asignación de recursos a la consecución de determinados objetivos, fijados democráticamente. Para ser eficaz debe funcionar en el marco de una estrategia productiva y patrimonial que proponga paradigmas creativos en el marco de la interacción de los diferentes contextos: históricos, sociales, eventualmente políticos y por cierto los  que plantea el espíritu de los tiempos. En Nuestra América, en particular en el mundo andino, el paradigma principal es identidad/diversidad articulados en torno a la interculturalidad.

Por otra parte, no podemos pensar en acciones aisladas en el campo de la cultura. Las políticas culturales si bien son locales, se nutren de experiencias colectivas nacionales e internacionales surgidas por la acción conjunta de numerosos países. La diversidad cultural, el reconocimiento del otro, la construcción de ciudadanía junto con la lucha por la igualdad y la inclusión social, la revalorización del patrimonio tangible e intangible, la construcción cotidiana de la identidad no pueden ser pensadas sin una estrategia clara y sostenida de cooperación. Los organismos supranacionales y las agencias nacionales de cooperación desempeñan un rol fundamental en los procesos de reflexión y en la acción concreta.

La crisis actual ha reafirmado la necesaria intervención del Estado en los rubros sociales que podemos considerar socialmente estratégicos. Todos aquellos que podamos considerar bienes públicos merecen estar atendidos por un servicio público. Aunque me voy a concentrar sobre la cultura, para que nos entendamos mejor cito algunos: La salud, la protección de la infancia y de la vejez, la educación, el resguardo del medio ambiente.

Particularmente en sociedades tan desequilibradas como las nuestras tenemos que organizar  la cultura como bien público, como factor de equidad, de integración y cohesión social

Hablar de la cultura como bien público sobrelleva referirse a la cultura como servicio público, lo que implica directamente la responsabilidad del Estado. Significa fijar la línea del posicionamiento del sector cultural en la agenda pública. Hablar de la cultura como bien público globalizado resulta peligroso porque es un concepto que la OMC entiende como un mercado abierto al capitalismo. Decir bien público socializado me parece un pleonasmo: Lo público por definición es socializado a diferencia de lo privado.

La cultura no es un bien más de mercado, es un bien público, al que deben atender los poderes públicos en su totalidad. No desde un único ministerio. Deben apoyarla con criterios objetivos, sin dirigirla, pero formando en criterios de pertinencia y relevancia. Se trata de rechazar una cultura oficial, pero sostener una cultura pertinente.

Pertinente es lo que conviene a nuestra identidad y nos prepara para afrontar los grandes desafíos económicos y geopolíticos que genera el futuro.

Hace años que muchos de los que estamos aquí llevamos repitiendo que la cultura no es una mercancía más. Los sofismas del neoliberalismo convencieron al planeta que el único futuro posible de la humanidad estaba en el mercado. Hoy la mayor crisis financiera que conoce el capitalismo desde  hace casi un siglo pone fin a esa patraña. Sin lugar a dudas que este es un acontecimiento que exige una reflexión profunda sobre  hasta dónde podemos llegar con el concepto de mercancía; en particular en dos terrenos, la cultura y la educación. No podemos seguir aceptando que sea la  oferta y la demanda que definan prioritariamente lo que es cultura ni que sea la construcción de la economía del conocimiento y no la de la sociedad del conocimiento la que oriente la instrucción y formación en nuestras universidades. El señuelo de que había que formar emprendedores ha sido desenmascarado por la crisis que ha demostrado que desvalorizando la formación cultural y humanista, olvidando la ética social y ciudadana  y las responsabilidades identitarias,  sólo se termina por formar especuladores que no tienen más identidad que la de Wall Street. Frente a las devastaciones causadas por la globalización los ciudadanos descubren la necesidad de exigir nuevos derechos: derecho a la información, a la paz, a la protección de la naturaleza, de la infancia y la vejez, derecho al desarrollo, derecho a proteger sus economías…

Cultura no son sólo las artes y la letras, es el zócalo que sostiene la construcción de la nación. En la integración latinoamericana  el lugar de la cultura es el más visible, y tiene que ser parte integrante de la programación del futuro. Es uno de los campos de acción pública fuertemente creadores de cohesión nacional, regional y continental.

Hay múltiples definiciones de cultura. Todas son válidas desde una u otra perspectiva. Yo he ensayado la mía pensándola la más simple y abarcadora: “Cultura es todo lo que el hombre agrega a la naturaleza y transmite al grupo y a su descendencia”. Para los efectos de mi reflexión sobre la identidad acoto el concepto y adopto  la que formuló la UNESCO en México en la Conferencia Mundial sobre políticas culturales de 1982: “Cada cultura representa un conjunto de valores únicos e irreemplazables, ya que  las  expresiones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar en el mundo”. Es obvio que definió la cultura como identidad.

La cultura así tiene varias funciones públicas;

1.Debe proteger nuestro patrimonio histórico y artístico, así como el llamado patrimonio intangible. El patrimonio cultural no es un complejo estático, es mutable y dinámico. Nuevas categorías acuñadas en sectores distintos de los tradicionalmente habituales, lo enriquecen permanentemente.

2.La gestión cultural pública implica a todos los ciudadanos. En ese sentido es un instrumento de cohesión interior y proyección exterior. Preserva y activa el imaginario simbólico, de identidad colectiva, que ayuda a cohesionar la nación y sirve de argamasa para la construcción de la  identidad continental. Lo más importante es la cultura como universo simbólico,  estructurada en  valores,  como productora de sentido en la sociedad contemporánea en la medida que organiza la identidad.

3.La apropiación de este patrimonio por la comunidad es el punto de partida de la democratización. La cultura es el instrumento básico de construcción de la nacionalidad. En el proceso de integración latinoamericano la cultura, y en gran medida la interculturalidad supone un importante factor de cohesión regional. La cultura española y portuguesa constituyen los grandes arrimos para la cohesión de nuestros países. En esa línea los editores españoles desempeñaron un papel decisivo en la valorización de la literatura latinoamericana. No sólo enriquecieron nuestra cultura al hacernos percibirla como grandes obras de la literatura universal y convertirla en un patrimonio cohesionador de la idea continental, sino que la hicieron trascendente, revelando en el exterior el potencial creador de América Latina. Cuando yo estudiaba, la literatura latinoamericana no existía. Era el capítulo final de una Crestomatía, al que jamás llegaban los profesores y que en  los colegios monacales se satisfacía dando a leer a los escolares el escribidor  best-seller del integrismo católico de la época: un cordobés de seudónimo Hugo Wast.

4.Por otra parte, como lo ha señalado Habermas, Die postnationale Konstellation. Politische Essays (1998) (La constelación pos nacional) la mundialización obliga a los estados nacionales a abrirse a diversidad de formas de vida cultural que le son ajenas y desconocidas. Un descubrimiento importante es cuando nos percatamos que no existe una cultura sola (lo que Occidente siempre nos ha querido hacer creer señalando que civilización occidental es sinónimo de universalismo) sino que existen varias culturas.

5.La accesibilidad al arte, a la cultura visual, a la música y a la lectura. Es preciso poner el reloj a la hora de los tiempos. Resabio del  siglo XX es pensar las políticas de lectura dando mayor apoyo a las bibliotecas públicas. Es eso y algo más. Estamos en un momento privilegiado para tener plena accesibilidad a la lectura y es algo para lo cual la sociedad tiene que prepararse. La Biblioteca de Babel está ad portas. En cuanto a los museos nacionales su  principal valor es enfatizar la Identidad. Su papel como soporte de la memoria es clave. Especialmente cuando el museo está destinado a desarrollar la idea de nación, Es así para el Museo Antropológico de México, no lo es ni para el Louvre ni para el Museo Británico. Es más complejo el caso del Prado que se afirma fuertemente en la historia de España. No sé cuánta es la cuota de mercado del cine usamericano en Uruguay ni en América Latina. En España ronda el 80%.  Tampoco sé cuál es la cuota de difusión de los programas de radio con música uruguaya o latina. Todos éstos en los países que lo han adoptado son espacios protegidos por el concepto de excepción cultural. La televisión pública es uno de los grandes espacios de la excepción cultural. Se afirma que dado que el audiovisual encarna la identidad nacional, parece poco probable que esa identidad pueda afirmarse nutriéndose  esencialmente  de animadores extranjeros.

6.Las políticas y los proyectos de cooperación internacional en asuntos culturales, vienen a la zaga de muchísimas otras materias que están ya consolidadas.  Hay contenidos transversales acordados internacionalmente: todos los proyectos tienen que tener una concepción de Género, una noción sobre Preservación del Medio Ambiente, de Integración Regional. El contenido cultural se tiene que sostener con programación.

7.Sobre estos criterios es necesario sentar las bases de una política de estado, frente al tema de Industrias Culturales. El concepto de Industrias Culturales ha evolucionando desde sus orígenes en el siglo pasado hasta la actualidad. En sus umbrales fue una plena noción de mercado. Hacia  los años 50, la Escuela de Francfort comenzó a manejar el concepto de industria cultural para definir una homogeneización de los bienes culturales producidos en serie y consumidos de manera masiva. En inglés el término  masscult  adquirió una carga negativa. Más tarde,  el mercado mostró que las industrias culturales podían generar un gran movimiento económico e institucionalizó el concepto. Finalmente la UNESCO decide presentarlo como algo positivo, revisando lo que se puede obtener desde la Industria Cultural como aporte  al desarrollo. A la vez especificó  que la reproducción de contenidos simbólicos destinados a un mercado conforma parte del sector cultural en una doble dirección: hacia el interior, organiza y favorece la actividad artística; hacia el exterior,  sirve de vehículo comercial, cuando presenta bienes y servicios que configuran un modo de vida deseable. Un claro ejemplo lo suministra el cine usamericano; consumimos un modo de vida, y hasta una manera de estar en el mundo a través de sus películas. Desde la perspectiva de los estudios del imaginario es muy importante analizar el agregado de contenido simbólico en la producción de bienes y servicios. Es un  hecho que uno de los mayores tropiezos para defender la diversidad cultural es que en este terreno la lógica del mercado hace que las empresas multinacionales se queden con la parte del león y hagan desaparecer a las más débiles. Son ellos los que imponen sus valores. ¿Cómo hacer para defender el derecho de las sociedades  periféricas o colectivos discriminadas a expresar sus valores, manifestar sus diferencias y  hacer que circulen sus contenidos simbólicos, en particular dentro de sus propios territorios? Hablar del derecho a la diferencia debe asociarse siempre al respeto a la diferencia; lo que implica hacer que ésta pueda manifestarse. Eso sí, las diferencias culturales deben ejercerse en el marco de leyes fundamentales sobre los derechos humanos. Este es uno de los grandes retos para siglo XXI,  que va más allá del wishfull thinking retórico  ¿En qué términos se puede realmente pensar en una Alianza de civilizaciones? He aquí uno de los lances más importante en estos momentos para la América Andina. Para sentar las bases de una política de estado, frente al tema de industrias culturales hay que empezar por hacer un diagnóstico y ver cuáles son las fortalezas y debilidades de cada una de las ramas de la  industria y fijar prioridades.

8.Difundir y ampliar la información cultural sobre nuestros países debería ser una tarea prioritaria de las políticas públicas. Hace años publiqué un libro, América Imaginaria,mostrando la profunda ignorancia que se tenía de Nuestra América en los países centrales. Chomsky señala que la ignorancia es un arma del poder. La cuestión es analizar cómo funciona la ignorancia. La información y los medios transmiten la ignorancia a través de diversos estereotipos. Debemos proteger a nuestros  jóvenes para que no se formen una idea de sí mismos a través de estas caricaturas. En EEUU la cobertura periodística sobre América Latina es lamentable. En Europa la imagen de América está configurada por los cómics y los programas turísticos. En el mejor de los casos América se exalta como naturaleza. Rara vez como cultura. Cuando esto ocurre pasa por los escritores consagrados por el mercado o se remite a las antiguas culturas precolombinas, folklorizándolas como turismo o utilizándolas como escenario de aventuras en producciones de ficción. Y es raro que ni se les agregue  el rasgo de primitivismo cruel con que Mel Gibson nos presenta la civilización  maya en Apocalypto.

Hoy la cultura ha ensanchado sustancialmente sus dominios, ha acogido a la cultura popular, a las industrias culturales de masas, la cultura cotidiana,  e incorporado nuevos territorios: cultura de paz, de la naturaleza, cultura y turismo, cultura y ciencia, cultura de la solidaridad, cultura intangible, etc. Y obviamente lo que se ha llamado “alta cultura”,  la de las musas: poesía, música, teatro, historia, danza- más la prosa que no tenía musa, y menos la astronomía, porque su musa Urania se ha pasado a la ciencia.

Por otra parte, el naufragio de los modelos y doctrinas políticas (el fracaso de la universalidad de la conciencia de clase) ha hecho resurgir las ideologías regionales e identitarias. En ese sentido el latinoamericanismo, la idea de interculturalidad e integración cultural adquieren más fuerza que nunca. La mejor respuesta, la exclusión social, resulta ser la inclusión cultural. En los procesos de estabilización y de integración de comunidades diferentes en áreas conjuntas, convergen la dimensión ecocultural y la geopolítica.

Las políticas culturales se precisan como defensas del patrimonio.  A partir de  la  década del 90 la noción de patrimonio se ha extendido enormemente, en gran medida gracias a la acción de la UNESCO. Así hemos pasado de un patrimonio anclado en la nación a un patrimonio de carácter simbólico y de identificación, de un patrimonio heredado a un patrimonio reivindicado, de un patrimonio visible a un patrimonio invisible. El patrimonio material ha descubierto su correlato: el patrimonio inmaterial, intangible;  el  patrimonio estatal se ha proyectado en el social, ético y comunitario.

Hoy todo el mundo coincide en que el patrimonio de una nación es tangible e intangible. Las naciones con mayor tradición histórica, las que construyeron grandes civilizaciones como son las mediterráneas, la china o la india, o las mexicanas y peruanas, tienen un rico patrimonio tangible. Patrimonio que ha sido hipervalorado cuando aparecía como fundador de la idea de civilización occidental. Las culturas periféricas, como son muchas en América Latina,  tienen una tradición cultural que descansa mucho más en el patrimonio intangible. Para precisar lo que entendemos por uno y otro, podemos hojear el DRAE y los diccionarios etimológicos. Ellos no remiten al vocablo latino “tango”  que significaba tocar, gustar, catar, de ahí viene tocar, “tangir” (tangere) que también significa “tañer”. Tangible es lo que se puede tocar. Si seguimos con las etimologías, intangible es lo que no se puede o no debe tocarse. De ahí el “Noli me tangere” con que Cristo, recién resucitado, detiene a Magdalena: Él se ha hecho intangible.

Patrimonio intangible es, pues, el que no se puede tocar, el que está en suspensión en una atmósfera cultural llamada identidad. Podríamos afirmar que el patrimonio intangible engloba lo más profundo de la identidad, de la cultura viva de un pueblo, de sus tradiciones orales, de sus manifestaciones culturales, su sabiduría. Una frase del escritor mali, Amadou Hampâté Bâ se ha hecho famosa: “En África cuando un anciano muere es como si una biblioteca se quemara”. Actos y hechos históricos forman parte de este patrimonio; en particular en la medida que generan identidad. Así en Uruguay donde se ha instituido el “Día del Patrimonio”, que paradójicamente son dos (el 21 y 22 de septiembre)  el Presidente de la República abre su residencia, y permite a la gente que entre. Es un acto simbólico.  La sede de la República pertenece a los ciudadanos. Hay también hechos trasladados a imágenes que sostienen la nacionalidad: en Uruguay dos títulos de campeón mundial de fútbol, Maracaná y el triunfo de Peñarol contra River en la Copa de Libertadores de América, de puro coraje, en 1966, por 4 a 2, forman parte del orgullo al ser uruguayo.

La cultura  es el soporte material del bien intangible más importante para un pueblo, la identidad. La identidad está unida tanto a la memoria como a su proyección. Si por una parte es el patrimonio intangible de las tradiciones lo que permite la construcción de valores comunes, por otra, su proyección comporta la pertinencia necesaria a la reflexión para anticipar el futuro. La ruptura del cuerpo social como la que han vivido nuestros países con las dictaduras genera grandes tensiones en la memoria de los distintos actores comprometidos.

El poder -y no hablo sólo del poder político sino igualmente de los poderes fácticos- tiende a manipular la memoria, por ello es fundamental pensar y repensar la relación entre memoria y política cultural en todo proceso de construcción de la memoria colectiva. La memoria es preciso incluirla a través del pensamiento crítico en la reconciliación del cuerpo social. Una pregunta que todavía se plantea en Iberoamérica y que ahora está de actualidad en el debate político español, es si el olvido hace parte de la memoria. Las políticas de la memoria son el modo en que los países tienen hoy de responsabilizarse de su historia.

Un capítulo relevante del patrimonio intangible en América, y en estrecha relación  con la identidad, lo constituye el patrimonio indígena. Implica asimismo un rescate y una reivindicación de las culturas sometidas por la conquista. El intento de desarraigo de sus cosmovisiones indígenas comienza con la conquista y la evangelización. Se continúa en la época republicana con  la idea de crear un estado nacional en cuyo interior se desarrolla una cultura nacional que es la cultura dominante a la que las otras tenían que someterse. El liberalismo en el siglo XIX al  decretar la igualdad de derechos civiles para todos los habitantes, terminó de desmantelar la propiedad indígena comunitaria.

Rescatar la cultura implica ir a sus fuentes primigenias y articularlas al pensamiento moderno, donde se escuchan voces hasta hace poco inaudibles, las de la mujer, la del indígena, de la naturaleza… Voces que enriquecen nuestra sabiduría y  adquieren dignidad intelectual a la vez que alertan nuestra percepción ética. Son formas de conocimiento que han estado estigmatizadas con los nombre de superstición, magia o hechicería pero que resguardan las bases de nuestras identidades regionales y nos dan luces para respetar la diversidad que finalmente será nuestra identidad unificadora, una identidad concreta y dialéctica (unidad en la diversidad), con timbres diferentes.

Durante mucho tiempo se confundió el patrimonio cultural indígena con aspectos folclóricos. La cultura dominante lo sometía transformando su actividad en folclore, la coca en vicio y su cosmovisión en supersticiones, cuando no en hechicería. La infantilización del indio y su regeneración por medio de la occidentalización era un imaginario al cual no supieron escapar ni siquiera los filósofos más progresistas. El mismo Mariátegui sólo pensaba que el indio podía salvarse transformándose en proletario.

En años recientes y gracias a la función de la UNESCO y otros organismos de Naciones Unidas, como la Comisión de Derechos Humanos de la Comisión de Derechos Económicos y Sociales, se revela que lejos de ser superstición el saber indígena es conocimiento y ciencia. Que su saber representa un patrimonio intangible que hay que preservar. A contrapelo muestra su importancia el hecho de que  de inmediato surge el mercado para transformar este conocimiento en mercancía. Se afanan en localizar  las plantas medicinales usadas por los indígenas y patentan todo elemento que pueda globalizar la industria farmacológica. Un trabajo éste que debe ser realizado por las propias comunidades indígenas. Son saberes en los cuales afirman con mucha fuerza su identidad y la reivindicación de sus derechos. Es una experiencia histórica que estamos viviendo en la América andina. Conocimientos que permitirán el tránsito al siglo XXI de pueblos que manteniendo su identidad se incorporan a la nacionalidad continental como hombres modernos.

La Comisión de Derechos Humanos del Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas define así el patrimonio indígena: “Constituyen el Patrimonio de las Naciones Indígenas todos los objetos, lugares y conocimientos, cuya naturaleza o carácter se haya transmitido de generación en generación y que se consideran herencia de un pueblo, un clan o un territorio concretos” A esto habría  que agregar  todos los bienes culturales inspirados en esa herencia, narraciones,  obras de arte, música, baile, ceremonias, símbolos y diseños, todo tipo de conocimientos científico, agrícola, técnico,  ecológico y las artes culinarias. La adopción por la UNESCO del concepto de Patrimonio Oral e Inmaterial abre un camino para la preservación de la cultura oral de centenares de idiomas todavía no constituidos en grafolectos y protege las culturas amenazadas tanto en América como en África y Asia.

La lengua es patrimonio intangible y foco de identidad. El español, heredado de la Península, se modifica por nuestras modalidades regionales,  gestándose una lengua  que se conforma y expande muy tempranamente con rasgos propios; el seseo, el yeísmo, el voseo, el ustedes por vosotros. Configuran un léxico que se va a ir diferenciando paulatinamente y geográficamente. Hay una variedad de la lengua uruguaya, argentina y chilena así como de cada país y hasta de cada región. Nos permite jugar con el sentido de las palabras,  pero no afecta la unidad esencial.

Es necesario proteger la cultura como un derecho y no como un objeto de consumo,  fomentar la diversidad y la supervivencia de las culturas alternativas. Los productos culturales deben ser objeto de un cuidado especial de parte del Estado porque de ellos depende de manera primordial la identidad del pueblo. La mundialización lleva a la uniformización de los comportamientos y de los modos de vida. En ese contexto, banalizar el tratamiento de la cultura no ayudará a preservar las identidades lingüísticas y culturales. Una ley que entiende la protección como desarrollo cultural nacional tienen que tener en cuenta lo que se avecina, y no son sólo con los productos culturales tangibles e intangibles, también está el ciberespacio.

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Lo que está en juego hoy es la naturaleza de los vínculos entre cuatro grandes compromisos: el nacional, el  regional ( culturas indígenas, tradiciones afro, micro cultura (culturas maternas) de las colonias de inmigrantes semi-integrados: alemanas, árabes, judíos y otros))  el continental y el planetario. Una dialéctica entre la interdependencia y la independencia de los actores. En un largo libro, Los cien nombres de América, traté hace años la diversidad cultural a partir de los diferentes discursos continentales de identidad cultural: Hispanoamérica, Iberoamérica, Indoamérica, Afroamérica, Latinoamérica. Por razones de tiempo me remito a él. Me asomo a estos 4 compromisos desde la perspectiva de la cultura.

El Compromiso nacional es con la democracia.  La cultura autoritaria se desarrolló aún más allá de los regímenes autoritarios y se encuentra maquillada bajo diversas formas: el integrismo, el racismo, el sexismo. Como he hablado mucho en un libro reciente, El Dios de Pinochet, sobre integrismos y racismo, voy a ejemplificar con la cultura sexista. Las ideas sexistas sobre las funciones de género, tanto en el trabajo doméstico como en la vida profesional (discriminación en las remuneraciones) corresponde a una concepción autoritaria de la familia tradicional. En Iberoamérica desde Franco a Pinochet, los gobiernos dictatoriales han arremetido contra cualquier conato de liberación de la mujer, en gran medida porque se las asocia a su función reproductora, definiéndolas y fijándolas en el papel de ser depositarias de valores y virtudes (que por cierto no se le exigen al varón). Experiencias con niños del Norte Argentino para que dibujen a la madre, muestran que de inmediato reproducen la iconografía básica de la Virgen. De ahí su rechazo a las medidas de la contracepción que llegan con la democracia. Es idea sustancial de la familia patriarcal asociar la función reproductora a la sexualidad. Esta rémora culturalista aparece todavía hoy en el discurso del Papa Benedicto XVI y en el rechazo,  en defensa de los valores de la familia,  de la asignatura de educación para la ciudadanía, decretada por el gobierno español.

El Compromiso regional es el desarrollo.  Las políticas culturales son factores esenciales del desarrollo sostenible. La salvaguarda, conservación y protección del patrimonio cultural, se asocia con el desarrollo económico regional a través del turismo sostenible y la difusión de las artesanías.  La cultura es la que constituye la fuente y la finalidad del desarrollo, la que le da su impulso, calidad, sentido y duración. La que da un semblante a las promesas de futuro. Todo esfuerzo cultural que no se apoye en el potencial creador que ofrece la cultura, aparte de perjudicar el  intercambio, el dinamismo y el  diálogo de que se alimenta la diversidad cultural, está condenado al fracaso. Desde el punto de vista cultural no podemos pensar en la realidad nacional limitándola a las fronteras.  Existen muchos nexos que hacen que un pueblo continúe en el país de al lado. Continuidad cultural encontramos en el sur de Brasil, en Uruguay y Entre Ríos, Buenos Aires y Montevideo, Uruguay y  Río Grande do Sul, el Noroeste argentino con Chile y Bolivia; Cuyo con Chile. La cultura integra pueblos que sólo son cartográficamente fronterizos. La regionalización de los programas de acción, más concretamente en el ámbito del MERCOSUR, internacionaliza políticas y estrategias y permite afirmar a la vez identidad local y regional, superando los riesgos identitarios que supone la mundialización. La Conferencia Internacional de Educación en el año 2002, orientada aquerer y saber vivir juntos (Cuadragésima Sexta Reunión de la Conferencia Internacional de Educación: “La educación para todos para aprender a vivir juntos”. Ginebra, septiembre de 2001) plantea resolver en el diálogo intercultural muchos de los problemas económicos y sociales generados por el dispar crecimiento entre los países de regiones como la nuestra.

Un pueblo consciente de la diversidad del origen de las distintas manifestaciones culturales que constituyen su herencia, debería encontrarse  en una mejor posición para mantener relaciones pacíficas con otros pueblos, para sostener un diálogo enriquecedor basado en el respeto mutuo. Sin embargo no ha sido así; el occidentalocentrismo y el racismo han desvalorizado el saber de otras culturas. Han llamado curanderos a sus terapeutas, barbarie a sus costumbres, primitivismo a su arte, lasitud a su inteligencia, supersticiones a sus creencias… En América Latina debemos apoyarnos en los valores de la identidad común, que recoge las diversas herencias culturales, para promover el desarrollo humano en paz, justicia y democracia.

El compromiso continental es la integración. Una asignatura pendiente de nuestros países es la integración.  La Idea de América Latina fue expuesta en el siglo XIX, más precisamente en 1856, por un filósofo latinoamericano nacido en Chile, Francisco Bilbao. Después se apropiaron de ella los franceses para legitimar,  en nombre de la “latinidad”,  su incursión en México. Nació la idea del espíritu progresista de la época, como bandera de la integración y para oponerse al imperialismo de los EEUU que acaban de despojar a México de la mitad de su territorio. No hizo cuestión de razas ni de regímenes; el concepto abrazaba los dos abuelos de Nicolás Guillén

Sombras que solo yo veo, me escoltan mis dos abuelos

…El abuelo negro y el abuelo blanco.

Más el abuelo indio y el inmigrante. Desde el principio englobaba a las repúblicas americanas y al imperial Brasil. En el siglo XX la idea fue llevada adelante por los intelectuales llamados “comprometidos”: Neruda, que escribía “América no invoco tu nombre en vano”, García Márquez que encontró la América profunda en las soledades de Macondo, y Cortázar, que unía América con Europa tirando un tablón entre las dos ventanas del océano para dialogar con la Maga. Y podemos seguir enumerando intelectuales, artistas y escritores que, desde el Río Grande al  Cabo de Hornos,  se comprometieron con la idea. Intelectuales como Roa Bastos,  quien con Yo el Supremo puso a Paraguay en el mapa literario de América Latina. Podemos hablar del “cinema nòvo” y,  en fin,  de tantos artistas que quisieron darle imagen  a Nuestra América. Ellos nos enseñaron a ser latinoamericanos. A ver la realidad desde nuestro horizonte y no desde la atalaya ajena. Al afamado pintor chileno Roberto Matta le preguntó un crítico: “Ud, Matta, ¿se reconoce como surrealista?”. “No, -respondió Matta- Yo soy un realista del sur”. Y aquí pasamos a la otra ruta. Al destino que damos al saber para servirnos de él adecuadamente, al proyecto. El proyecto de nación, el proyecto democrático, el proyecto de integración. Ese destino es un norte y nuestro norte es el sur. Debemos ser realistas del sur. La cultura latinoamericana sólo tiene sentido en la medida que implica un espacio de solidaridad y progreso en el que millones de individuos se reconocen en un ámbito común en el cual se construye una sociedad más justa y un futuro prometedor.

El compromiso planetario es la globalización: Es a nivel global  que las culturas han de convivir. Así, buscar soluciones para la convivencia es una tarea común que muestra la importancia de la interdependencia.  Cuestión: ¿Qué hacer cuando entran en conflicto distintas cosmovisiones?: la condición de la mujer, el velo, la ablación del clítoris, la justicia, etc. Si es sólo un símbolo religioso(¿el velo?) no parece legítimo prohibirlo en sociedades pluralistas. Es distinto si es un símbolo de sumisión de un sexo frente al otro.

La uniformización que generan las sociedades mediáticas de masas y la globalización constituye una amenaza para la identidad política de los países y  de fragilidad para la autonomía de la creación cultural.  Frente a esta amenaza se ha reaccionado reivindicando el derecho a la diferencia. Proceso que va desde la excepción cultural hasta la condición multicultural de sociedades como son las de nuestros países mestizos y que toma en consideración los aspectos pluriculturales que representa la generalización del fenómeno migratorio.

Hay diversas formas de entender el pluriculturalismo, pero hay un fondo claro, debe basarse en el diálogo intercultural que respete todas las culturas. Toda cultura tiene riquezas. El diálogo comienza en la educación.

Multiculturalidad e Interculturalidad no son conceptos sinónimos. El Multiculturalismo es una afirmación múltiple y diferenciada de las culturas, que tiende a enquistarse en colectivos cerrados que componen una sociedad fragmentada y terminan por enfrentarse entre sí. Apuesta por la coexistencia (un modus vivendi)  de los diversos grupos, reconociendo que tiene  derecho a mantener sus diferencias y a participar en la vida común. Es una fórmula que aplica el Canadá desde 1970 fomentando la polietnicidad y no la asimilación de los inmigrantes. Esa es la diferencia con la interculturalidad.  La única forma de evitar la fragmentación y las rivalidades de los diversos grupos es englobarlos en un proyecto colectivo y solidario  que cree conciencia común de pertenencia ciudadana. En ese sentido la interculturalidad es una forma de poner las raíces de la identidad en el futuro. La Esperanza de futuro apacigua los resentimientos del pasado.

Dado que la cultura transmite la condición humana, siente la obligación de avizorar el futuro. Tenemos que diseñar una política cultural latinoamericana que contenga la integración nacional, regional y continental, y que se enmarque en el cuadro planetario desarrollando el concepto de paz y solidaridad y la internacionalización de las peculiaridades y excelencias de los diversos grupos y naciones que nos hagan más ricos y más sabios.

El fisiólogo argentino Bernardo Alberto Houssay que  fue galardonado en 1947 con el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, decía hace ya más de 50 años:“Sólo con el esfuerzo tenaz de todos, dirigidos por hombres preparados y con clara visión del futuro, podremos hacer adelantar a nuestra patria para que alcance los más altos destinos”.