Neruda, poeta del imaginario*

El destino me hizo estar con Neruda la última semana antes del golpe Estado. Me mandó llamar para que me reuniera con él en Isla Negra. Era el primer domingo de septiembre, y el tiempo pasaba rápidamente de una estación a otra. Recuerdo un día bello y perezoso, como se describe en el himno nacional: Puro Chile es tu cielo azulado… y ese mar (El que Neruda contemplaba por un gran ventanal desde su lecho) y ese mar que tranquilo te baña… La estrofa final ponía la duda: “Te prometen un futuro esplendor”. La situación tenía poco futuro y el esplendor se nos apagaba en las inquietudes de los tiempos.

Mi llegada lo interrumpió en plena faena. Estaba terminando de amarrar sus Memorias con el hilo verde de su plumada. Eran las confesiones de su vida, que quería presentar el año 74, al celebrar sus setenta de existencia.

Para eso me había llamado: por lo de su cumpleaños. Quería que, a un tiempo con sus memorias, saliese una colección de libros de viaje y que me ocupara de la iconografía.

Neruda era un apasionado de los libros de viajeros. Tal vez porque cuando niño su lectura favorita fue Sandokán, En ellos encontraba las aventuras que lo fascinaron en Salgari. Hablamos de Oexmelin, el cirujano pirata que contó las historias de bucaneros, corsarios y filibusteros, y cuya obra inspiró al autor de los Tigres de la Malasia, las aventuras de Morgan, el Corsario Negro, el Rojo y el Verde, sin olvidar a Yolanda…

En mi casa conservo a Morgan y a Drake, me dijo, aludiendo a dos mascarones que colgaban en el refectorio

Seguimos con Cook, a quien los naturales de Hawai se comieron tranquilamente, sin que el hecho de que hubiera reencontrado la Isla de Pascua les echara perder el apetito.

Hablamos de pájaros, de insectos, de Buffon y los libros ilustrados de zoología y botánica: de Claudio Gay, Félix de Azara, de Humboldt y Couvier. Recorriendo el tiempo, llegamos al inefable Carolus Clusii, autor de un libro de nombre imperecedero pues ha situado a los americanos hispanos en la imaginación europea, incluso en plena época de globalización: El Exoticorum. Su pasión por la historia natural,  Neruda la había confesado en múltiples ocasiones. En particular, cuando se creó la Fundación Neruda: «Estos libros zoológicos y botánicos, me apasionaron siempre. Continuaban mi infancia. Me traían el mundo infinito, el laberinto inacabable de la naturaleza. Estos libros de exploración terrestre han sido mis favoritos y rara vez me duermo sin mirar las efigies, de pájaros adorables de las islas o insectos deslumbrantes y complicados como relojes. »

Neruda era un panteísta. La suprema belleza, la perfección y la armonía, la encontraba en cada objeto, por modesto que el pudiera parecernos. Su verbo nacía de las cosas. Su poesía deslindaba con la fenomenología porque describía las estructuras de la experiencia, tal y como se presentan a la conciencia. Los objetos eran experiencias que,  incorporadas a su vividura,  trabajadas por su memoria, su sensibilidad y sus compromisos con la vida se transformaban en imágenes, y las imágenes en versos.

Nada más ejemplar que esta experiencia. Coincidimos un día en la playa de Isla Negra con un médico amigo y, en medio de la charla sobre gaviotas, piedras y arenas, Neruda preguntó:

– Dime Titín ¿Cual es el órgano más importante, después del corazón.
-El hígado
– Y que hace el hígado

Y Titín le dio una larga lista de sus funciones.

Así nació la “oda al hígado”

Como él dice voy “caminando contigo poesía”. Así de simple se construía el imaginario nerudiano: y de él, las palabras sacaban los poemas que llegaban hasta nosotros.

La exposición “Neruda poeta del imaginario” propone un diálogo poético entre el verbo y la imagen, por lo tanto reclama eso que llamamos «licencia poética». Aquella asociación libre que exige la poesía. Ventea la metáfora que sigue senderos inesperados para comunicar entre la palabra y las cosas. Y se entrega seducida ante la libertad de Neruda para redescubrir cada objeto, reverlo y renombrarlo, con asombro y certeza poética, cobijándolo, a menudo, en el misterio.

Como él mismo dice:
Yo pienso confundir las cosas,
unirlas y recién nacerlas,
entreverlas, desvestirlas,
hasta que la luz del mundo
tenga la unidad del océano,
una integridad generosa,
una fragancia crepitante.

Las cosas para Neruda son objetos. Como los define el Diccionario de la Real Academia Española, al que él dedica una oda: «Todo lo que puede ser materia de conocimiento o sensibilidad de parte del sujeto, incluso este mismo». O mejor aún según la acepción que de ellos da e1 diccionario francés Littré: «Tout ce qui est la cause, le sujet d’une passion. Figuré et par excellence: l’objet aimé». Las cosas son el mundo, lo que el hombre va viendo mientras hace camino al andar. El alemán más visual como lengua ha guardado mejor este sentido en su vocablo der Gegenstand:  El objeto es lo que se levanta contra, el mundo que se desvela y se revela. Etimológicamente este sentido sigue insito en la palabra objeto, como se advierte en el verbo objetar, pero la inconsciencia del uso ha hecho este significado invisible.

Neruda ama las cosas loca, locamente: las ama con sensualidad. Tiene la pasión del coleccionista y no la pierde ni en las circunstancias más difíciles. Mientras se esconde en Valparaíso perseguido políticamente, le avisan que están desguazando una vieja nave y que tiene una mona en la proa (mono o mona aclara Neruda- es para los chilenos la denominación de una estatua imprecisa). Desde la sombra logra recuperar la Mascarona y ocultarla en una barraca anónima. Es «La Medusa». El gusto por la colección es un juego apasionante. Ninguna expresión denuncia mejor dicha pasión que «Estoy loco por ese objeto» o Amo las cosas loca, locamente», como confiesa Neruda.

Las cosas de Neruda tampoco son ni decorados ni decorativas: son reliquias, esencias, cuerpos singulares, exóticos, folclóricos, barrocos… espíritus fetichizados. Testimonios, recuerdos, nostalgias de amistades y, sobre todo, amor. Amor al ser humano a través de objetos que han pasado por su mano; amor a la amada, porque las cosas son metáforas de los embates y escarceos amorosos. Recorriendo sus espacios se sigue el hilo de una simbología erótica. En el deprofundis de sus ritmos, los objetos están investidos por la libido: sublimados, hechos símbolos:

y nos metimos uno dentro del otro,
ella rodeándome como un agujero,
yo quebrantándola como quien
golpea una campana,
pues ella era el sonido que me hería
y la cúpula dura decidida a temblar

Remiten las cosas al mito de los orígenes, porque todo objeto que ha perdido su funcionalidad y se encuentra descontextualizado sólo existe por sí: es un hecho realizado, definitivo. La locomotora en el jardín es como el orinal que en 1917 envió Marcel Duchamp  al Salón de los artistas independientes de Nueva York. Se convirtió en un objeto mítico porque había  perdido toda su eficacia funcional.

Los espacios también son cosas para Neruda, y él los modela de forma absolutamente personal: ajeno a cualquier canon del gusto. Crea  ambientes interiorizados, colmados de intimidad, en oposición a los ambientes exteriorizados que imponen los criterios de la publicidad y del prestigio. Con sus bártulos entra en el universo del Stimmung de los románticos alemanes: de la unión «natural» de los movimientos del alma con la presencia de las cosas. Los enseres simbolizan una trascendencia interior. Sus mascarones, sus ídolos, sus relojes marinos… nos llevan más allá del espacio y del tiempo: a islas y leyendas; a la infancia del poeta. Nos hacen seguir los pasos de la aventura y escuchar el chapoteo de cascos en el sur boscoso de lluvia incesante donde, de niño, aprendió a amar la naturaleza.

Su agudo sentido visual lo hace mantener relaciones fuertemente afectivas con el color. Así confidencia: «Para mí el color azul es el más bello de los colores. Tiene la implicación del espacio humano, como la bóveda celeste, hacia la libertad y la alegría». Es un mensaje para el hombre. Pero también los colores son  para él cosas. Así evocando un tipo de amarillo no dice ni ambarino, ni cerúleo ni pajizo, sino amarillo cárabo, el que brilla en la armadura de un coleóptero de la selva austral.

Otra de las características de sus búsquedas, es que recupera las resonancias de los espacios populares, desde la tranquilidad del entorno campesino, pasando por el agitado bar del puerto de Valparaíso, hasta el revuelto cambalache del mercado de las pulgas. En sus casas casi no figuran objetos tan esenciales del interior burgués como el espejo que siempre estuvo ausente de la morada campesina-. Una excepción es «La Sebastiana», donde parece destinado a captar el paso de las sombras.

El ambiente es diferente del entorno. Es la coherencia que adquiere el conjunto de elementos que mueblan el espacio. El ambiente se crea cuando los elementos se transforman en un sistema de signos. En el caso de Neruda se inscriben en su poética. Sus casas son espacios poetizados. El ambiente en ellas es una creación ab-utero, engendrado en la simbología poética y metafórica con que Neruda une los objetos a la vida. El sentido y el valor de las cosas están asociados a las vivencias y su pasión por perpetuarlas. El poeta está ligado a ellas por una intimidad visceral. Sus raíces se hunden en la tierra y en el mar. Todo es poesía. Incluso los materiales y hasta el color son metafóricos. La madera es cálida como lo es la piedra tallada: La piedra y la madera extraen su sustancia de la tierra. La madera vive y respira, huele y envejece, arde y muere. Más que un material es un ser vivo. Como el mar. Ese mar que nunca lo bañó tranquilo y que Neruda recorre en su inmensidad, tratando de retenerlo en sus objetos, El vate navega en la poesía: lobo de mar del lenguaje, nauta de tierra, viajero inmóvil, el poeta se deja inundar por el mar.

Hace algo más de treinta años, conversamos por última vez frente al mar, Neruda tendido en su cama como un lagarto, hablándo lentamente de viajeros, libros y paisajes y yo bebiendo sus palabras, Cuando vi que sus grandes párpados comenzaban a pesarle me despedí. Al salir miré el mar de  Isla Negra por última vez: Anunciaba tormenta y comenzaba a anochecer.

* Veleta con el pez, logotipo de Neruda

Conferencia en la inauguración de la exposición Neruda poeta del imaginario, en conmemoriación de los cien años de su nacimiento, UNESCO,  París, 18 de marzo 2004.