Maza: cábalas del signo y del espacio

Formas que recuerdan estructuras arquitectónicas con memorias de antiguas culturas: mayas, aztecas o babilónicas dominan en esta muestra de comienzos de siglo,  del maestro Fernando Maza. Parecería que la metafísica del signo a la que me referí en otra ocasión hubiera desaparecido de sus paisajes cromáticos; pero no es tan simple, la cábala está subyacente. En las obras que se encuentran dos pirámides los escalones 4 + 3 reproducen el acertijo pitagórico del numero 7.

Fernando Maza nació en Buenos Aires un día de 1936. Nunca entró en una escuela de arte. Fue jugando con las acuarelas que aprendió la técnica  del oficio. Si en sus primeras exposiciones mostraba obras semi abstractas, podría decirse que inspiradas en Ben Nicholson, pronto se integró al grupo informalista creado en Buenos Aires en 1959. Al año siguiente partió a Nueva York. Allí en el 63 su imagen se transforma:  a las manchas las remplazan estructuras geometrizantes que recuerdan estudios de fachadas y arquerías, con memorias de diseños arquitectónicos y dinteles mozárabes. El lenguaje se va a haciendo cada vez más personal, las formas  deambulan entre lo abstracto y lo concreto: construcciones de madera en collage recogen y encajonan signos y letras de colores planos que toma de la tipografía y la publicidad y sugieren textos enmigmáticos.

A partir de 1963 sus espacios se desarrollan como paisajes cabalísticos que aluden a la paradoja de las ciudades en el Nuevo Mundo, dice él entonces: “punto de esperas entre la demolición y la construcción”. La situación actual de la Argentina no ha llegado desmentirlo. Son paisajes poblados por tipones y tipocromías, letras y números dominados por  el ampersand (&) el más disléxico de los signos gráficos: como la eses en la vitrina de los bares vistas desde dentro. Caracteres gráficos:  que resultan “designificados” para lograr con la magia de un color voluble, cuya única lógica es la armonía cromática del conjunto, un nueva semántica del signo. “Un nuevo sonido semántico” explica Maza en una catálogo de 1965 que presenta los premios nacioanles e internacionales de arte del Insituto di Tella en Argentina. Sonido, porque, amante de la música, el busca la armonía policroma como una polifonía.

De los años 1965‑1970 sus obras están hechas de figuras más o menos decorativas que se encuandran en bastidores caprichosos, un poco en el estilo de los shaped ‑canvas  . A fines de la década de los sesenta, la imagen desborda la pintura y se continúa como volúmenes  reales en el espacio, como si las telas adquirieran peanas, Cuando Maza vuelve al formato tradicional los signos se transforman en auténticos personajes, que se instalan  en cosmos de formas puras.  Concierta volúmenes geométricos, ilusiones de paisajes y atmósferas de color: La simplicidad de los colores luminosos, con sutiles sombras genera relieves y volúmenes en juegos de trampanatojo. Espejismo  que Masa intensifica dándo a sus signos y letras perspectivas volumétricas.

En otro texto señalé que durante un largo período que va, días más días menos,  del 64 al 97, Maza se sumerje en una pintura que parece buscar la metafísica del signo. Su lenguaje plástico conectaba con una larga y enigmática tradición de los secretos del lógos y el ícono. Desde que los hombres descubren los números y el alfabeto van a ver en las letras símbolos que dejan vislumbrar un mundo oscuro pero superior. De los números nacieron las reflexiones pitagóricas y en el misterio de números y letras se forjaron muchos de los secretos de la magia y de los acertijos de la alquimia. Con  ellos el hombre creó un mundo en donde pudo expresar precisamente, su condición humana y desarrollar su espíritu. Este carácter de la letra y el númer, unido a  lo aparentemente deshumanizado en su grafía: el signo aislado apenas denota su existencia, llevó al hombre por numerosos laberintos, espacios, arquitecturas y paisaje, por donde el signo volvía a humanizarse. En el tercero de los Viajes de Gulliver, cuenta Swift cómo los sabios de la Isla de Laputa se enfrentaban al lenguaje:  en un inmenso rompecabezas,  haciendo girar la rueda para que se combinaran innumerables letras y, cada vez que el azar producía algo coherente, rescataban el texto;  querían abolir todas las palabras consabidas, porque desde el momento que las palabras eran nombres para las cosas,  es mejor llevar éstas consigo para expresarse. Algo semejante desarrolla Wittgenstein en el Tractatus que ve el lenguaje como configuración pictórica del mundo: el nombre significa el objeto, el objeto es su significado; y algo semejante parece buscar Maza en este período.

En el fin de siglo Maza pasa a un lenguaje más arquitectónico, pero no menos enigmático. Los signos ceden el paso a juegos de mosaicos, estructuras en forma de pirámides  escalonadas que recuerdan las formas de los zigurats babilónicos o las priámides mayas y aztecas. Pero el esoterismo está subyacente; los escalones 4 + 3 reproducen el acertijo pitagórico del numero 7. La pintura de Maza es el espacio donde se desarrolla un un mundo diferente, único; marcado por el juego enigmático de una cábala personal,  pero que recoge enigmas ancestrales-Maza es pintor de turbadora cultura- y al que sostiene una sutil  maestria del oficio, que acierta en la plasmación emotiva del color y en el juego de espacios y formas. Es un pintura que interroga al espectador –sin violentarlo con el mensaje- Pero interroga sólo al que descubre el juego. Lo desafía a desentrañar un enigma, a veces, cuando hay más sentido en la tela que el sentido de la tela misma.

Miguel Rojas Mix