Luis Caballero, Entrevista

Luis Caballero, Entrevista a
sistemas represivos sea frontales éticos u otros. Yo pienso que de ahí, de este enfrentamiento, nace la verdadera creación… Pero, esta es una discusión larga y con muchos matices que dejaremos para otra vez. Volvamos a sus dibujos.

–   Es curioso, de Ud. podría decirse que está recorriendo la historia del arte hacia atrás. Comenzó con formas y anatomías surrealistas que evocaban a Bacon o a Matta, grandes telas en que todo parecía metamorfosearse: los brazos se alargaban como seudópodos, los cuerpos se encogían y una figura se unía a la otra por tinas especies de puentes anató­micos o extremidades comunes. Vino luego una época de tipo Linder en que la anatomía se afirmó de manera casi caricaturesca, una anatomía de blouson noir  —fuerte y sádica— pero en la que el rostro se escamoteaba ya sea en un esfumatto o en un contorsión del torso. Sus demonios dieron entonces un salto hacia atrás y fueron a buscar inspiración en los maníeristas. Sus telas se poblaron de un ambiento religioso-erótico. Las anatomías se hicieron clásicas y la preocupación anatómica minuciosa. Los efebos se mostraban en el martirio y algunas “Magdalenas”—poca— inflamadas parecían vacilar entre la devoción y el erotismo. La serie actual ha desterrado el “santoral”, los personajes no se vinculan ni se esconden bajo ninguna similitud con la iconografía religiosa. Las “Magdalenas” han desaparecido y sólo quedan los ”Pablos”. Subsiste, sin embargo, el pathos del martirio. Esta noción del martirio del erotismo o del erotismo del martirio parece obsesiva en Ud. Es acaso el lenguaje con que expresa su vivencia del erotismo?

–   Tal vez…

–   Por otra parte su gusto por el cuerpo masculino y atlético llega a verdaderos refinamientos. Su preocupación fundamental son los torsos y las manos. El espacio lo reduce al máximo, a primeros planos. Sus encuadres son especies de close-up, cuyos límites corta de manera fotográfica. Esta reducción del espacio le permite desarrollar más libremente lo significativo de la pirueta o del reposo de los cuerpos e insistir sobre el dibu­jo. En efecto, su dibujo se hace verdaderamente virtuoso cuando a Caballero.

–   Voy a comenzar su crítica hablando de Víctor Brauner —le dije mientras nos instalábamos en un café de la rue Bonaparte frente a la Escuela de Bellas Artes.

–   Es cierto lo que cuentan de Braune? me preguntó Luis adelantando el bigote ciproso y haciendo girar las córneas hasta dejar las pupilas colgando de las cejas.

–   Bueno…, es lo que se repite: que previó en un cuadro que una flecha le atravesaría un ojo.

Veníamos saliendo de la exposición de dibujos de Caballero en la Galería Loeb y no podía dejar de pensar en el pintor rumano (o es suizo?). En  mi memoria asistía como frente a una linterna mágica a la repetición en serie de las imágenes que colgaban de los muros: figuras de mancebos que yacían sobre el lecho, solitario o en parejas, anudados a veces en posiciones insólitas. Todos estaban cubiertos de sangre: sangre que salía de las bocas o emanaba de fuentes secretas en estertores a la vez agónicos y eróticos. Era como si sus héroes hubieran reventado por dentro pues los cuerpos no parecían lacerados. Yo sabía que el arte había sido premonitorio y que poco después de haber terminado sus dibujos las vida del otro lado del caballete, reconstituiría la escena para Caballero…

Nuestra conversación continuó. Caballero hacía girar la bolsita de té en la taza y miraba la superficie lisa de la mesa… —Ud. trata de interpretar todo el arte como una proyección de la vida del artista— me criticó.

–   No! —le respondí categórico. —Eso y más… Por ahora me interesa particularmente entender como se sitúa la obra, en relación con la ideología dominante y la lucha del artista contra este aparato, que en el fondo no es sino el conjunto de muestra en primor plano abdómenes musculosos o enseña manos que se abren hacia el espectador al modo de un Miguel Ángel del Juicio Final o de un Pontormo. Y es cierto que su gusto por los clásicos invade cada vez más sus pinturas. Dos pequeños bocetos a la salida de la exposición lo demuestran. Bocetos?, pseudobocetos en realidad. Bocetos après la lettre con los que Ud. se entretiene en trufar al espectador…

–   No me descubra —me interrumpió Caballero sonriendo.

–   Espere, déjeme continuar que pierdo el hilo —contrapunté, mientras aprovechaba para vaciar la taza de café con leche (Estaba helado!). Son “apuntes”, croquis de pies y manos que se encabalgan en un misma hoja sobre un trozo de espalda a el perfil de un muslo. Se diría n Rafal. Sólo que no son bocetos ni esbozos, son obres que Ud., aranero, presenta como proyectos. Ellos sirven, en todo caso, como referencia de algo que Ud. quiere evidenciar; su interés por los clásicos, por una forma clásica que martiriza y erotiza.