Los Mayas de vuelta en México

 Los Mayas: agosto a diciembre de 1999, Antiguo Colegio de San Ildefonso. México D.F

Con un catálogo formidable, se inauguró, en agosto de 1999, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, la exposición “Los Mayas”. La muestra ya había sido presentada en Venecia en el Palacio Grassi. Pero como es habitual en aquélla hubo piezas y montajes que aquí no están: hubo préstamos importantes de museos europeos, se reprodujo en tamaño real una estancia con los frescos de Bonampak -una opción didáctica, útil para europeos, menos conocedores de esta historia  que los mexicanos-. En el montaje mexicano la muestra no cuenta con préstamos de museos europeos, pero se enriquece con obras de los museos vecinos, de Centroamérica. Las pequeñas desviaciones no alteran sin embargo para nada lo esencial: la apabullante riqueza artística de las civilizaciones mesoamericanas.

El Colegio de San Ildefonso, magnífico edificio colonial, vecino al zócalo, modernizado por los murales de Orozco, resultó un marco extraordinario para una de las más impresionantes exposiciones que las culturas americanas pueden ofrecer.

Monumentales estelas de piedra de hasta 3 metros de alto y de varias toneladas de peso, alternan  con las figurillas  Jaina de apenas 20 centímetros y un par de kilos de greda, pero no menos monumentales por la presencia y la fuerza de sus formas.

Inauguran en el atrio el peregrinaje del espectador la estela de Calakmul de Campeche de 7 toneladas, ahora que le han cercenado los relieves laterales, y el Chac Mool de Chichen Itzá, personaje yacente esperando que depositen en la pátera que sostiene sobre el vientre un corazón humano. Las forma recostada del Chac Mool fertilizó la imaginación británica de Henry Moore,  quien en sus “Reclined figures” ancló en la horma maya sus escultura para el siglo XX.

La exposición, que representa un trabajo de equipo de 5 años, abarca obras que datan de 1000 A.C. hasta c. 1400 de nuestra Era: desde los olmecas hasta las culturas de Mayapán y Tulún. Hachas y figuras olmecas -vecinos de los mayas-, de rostros en el clásico estilo “baby-face”, pasando por las estelas de Copán,  que alternan con aquella figurilla jaina que sale de un pétalo de delicado azul, como si los dioses nacieran de las flores según relata un mito lacandón: No faltan las piedras lustrales con el rostro serpentino de Quetzalcoátl ni los incensarios con la nariz proboscidea de Chac, ni las vasijas zoomorfas de las culturas yucatecas, ni las máscaras de mosaicos ni los cajetes y cuencos policromados, ni las joyas. Si los cilindros portaincensarios con mascarones de dioses logran impresionarnos por su misterio, los retratos modelados en estuco del mismo Palenque lo logran por su modernidad. Nada falta. El amplio abanico cultural del tiempo y el espacio en que vivieron  los mayas y sus vecinos se abre plenamente. Las piezas vienen de excavaciones hechas en todos los países por donde se extendió la cultura maya; y, entre las aproximadamente 600 objetos que la componen, se incorporan hallazgos de los últimos 30 años

Desde luego el concepto de maya como una solo pueblo es preciso desterrarlo, son 28 etnias, cada una con su lengua pero probablemente unidas por una escritura común. El problema es que todavía estamos muy lejos de descifrar la escritura para comprobar estas hipótesis. Hasta el momento no se ha leído ni siquiera el 50% de las inscripciones de que se dispone. El misterio de los mayas no será resuelto hasta que se conozca perfectamente su lengua.

El concepto de maya encierra también formas distintas, unidas por una  visión del mundo común  y, en gran medida, por una misma gramática formal.

29 artículos explican todo lo que se sabe hoy de los mayas. En la Introducción Mercedes de la Garza, directora del Museo Nacional de Antropología y coordinadora de esta exposición, junto con Peter Schmidt y Enrique Nalda, comienza por sacarnos del error de que los mayas fuesen una comunidad de pacíficos hombres de espíritu, dedicados a la astrología, también fueron guerreros ambiciosos y hábiles comerciantes. Al igual nos ilustra el catálogo sobre la religiosidad profunda de estos pueblos, librándonos de algunos estereotipos fuertemente extendidos: sus dioses  nunca fueron ídolos, sino fuerzas invisibles que se manifestaban en diversos elementos, por lo que eran reproducidos en el arte por rasgos estilizados que entrelazaban lo vegetal, lo animal y lo humano.

La pregunta que nace espontáneamente frente a algunas piezas, de altura comparable a  los más impresionantes tesoros del arte griego o romano, es cómo, durante siglos, se les pudo negar la calidad de obras de arte ¿Dónde radicó la ceguera? ¿En el eurocentrismo estético o en el estéticocentrismo europeo? ¿Qué o quién levantó el velo y dejó ver?  ¿Fueron los viajeros del siglo XIX, como Humboldt, que visitaron los primeros las ruinas y redescubrieron estas culturas para Europa o las tendencias del arte del  siglo XX: el cubismo, los fauves, la abstracción…, que al sublevarse contra la gramática del arte clásico, nos hicieron abrir los ojos, ampliar el gusto y romper el dogmatismo de la estética de Occidente? ¿Son ellas lo que hoy  nos permite saborear la belleza de estas obras? En gran medida sí. También hay lo propio: el descubrimiento para sí, la puesta en valor a partir de un proceso de reivindicación de identidad que redescubre el pasado, que revisa la historia y el arte desde una visón del mundo diferente. Una tarea a la que se han entrega artistas, poetas y filósofos americanos. Gracias a ellos estamos hoy en condiciones de apreciar la inmensa capacidad creativa de las sociedades precolombinas y cuánto se ha enriquecido el patrimonio de la humanidad al liberarse de esa ceguera.

¡Y cuando se piensa en lo que todavía queda por descubrir…!

MRM