Los exilios filosóficos en tres movimientos

Casa de América,
Madrid marzo 2001

En la maravillosa Iconología de Ripa, que desde el siglo XVI rige las metáforas de los hombres, figura la alegoría del exilio, representado por un hombre que lleva ropas de peregrino, sostiene un bordón con la diestra y con la siniestra un halcón posado sobre el puño.

IntroitoLa expulsión de los jesuitas:

El de lo jesuitas fue el primer exilio masivo que sufrió  América. Más allá de las intrigas de Corte y Vaticanas tuvo por razón que la Compañía se había convertido en un poder demasiado independiente frente a la Corona. Su práctica evangelizadora, que organizaba a los indígenas en reducciones, donde difícilmente podían interferir las autoridades civiles  o diocesanas, unidas al prestigio y la influencia intelectual que habían adquirido los discípulos de Loyola, terminaron por indisponerlos  con las autoridades que decretaron su expulsión de todos los territorios americanos en 1767 y finalmente la disolución de la Orden en 1773.

La sensación de injusticia y la nostalgia del terruño provocó, entre estos primeros exiliados, un fuerte sentimiento crítico hacia la Roma Papal y encendió su pasión americana. Al llegar a Europa les resultó insoportable la imagen de América que allí circulaba. Como americanos se les miraba a través de una serie de tópicos desvalorizantes productos en gran medida de la difusión de la obra de Cornelio de Pauw : Recherches philosophiques sur les Américains, ou Mémoires intéressants pour  servir à l’histoire de l’espèce humaine. Estas “investigaciones filosóficas…” sostenían que el Nuevo Mundo era enervante para la vida, que allí todo degeneraba: las especies vegetales, animales; y, por cierto, el hombre: física y mentalmente.

La indignación de los exiliados alumbró un  sentimiento que fue precursor del espíritu independentista y de la formación de los Estados nacionales. Acuñó en ellos una actitud que no podemos llamar sino “patriótica”, aunque todavía la patria (nación) no estuviese constituida. Un sentimiento que creció con el exilio: con la necesidad de reivindicarse frente a Europa y de resistir a las razones de una iglesia oficial que los abandonaba. La atención de muchos de ellos se centró en la tarea intelectual -para la cual estaban bien armados. Se adentraron en la filosofía de la historia y en la teología con el fin de insertar la realidad americana en el suceder universal, o anunciar el fin de los tiempos y la consumación de los hechos de los hombres; redactando historias, ensayos, compendios y tratados para desvirtuar esas “calumnias” y explicar los aconteceres de sus “reinos”, sin olvidar el acaecer del reino escatológico: el Reino de Cristo del Fin de los Tiempos, de la Quinta Monarquía,  donde la Roma Papal,  convertido en la Prostituta de Babilonia, recibiría su justo castigo.

Instalados en Imola, cerca de Bolonia, dos jesuitas chilenos, abordaron estos cometidos. Juan Ignacio Molina, autor del Saggio sulla storia civile del Cile y otras obras [1],  y Manuel Lacunza, autor de La Venida del Mesías en Gloria y Majestad.

Lacunza y Molina representan dos filosofías completamente distintas y contrapuestas en la búsqueda del sentido de la historia. .  Lacunza, una concepción escatológica de la historia, que venía de la Edad Media y Molina el pensamiento racionalista engendrado por la Ilustración y centrado en el progreso. Con  la idea de progreso la Ilustración cancelaba el Antiguo Régimen. Se dice que fue Voltaire en sus Essaies sur les moeurs et l’esprit des nations el primero en afirmar que le motor de la historia no es la voluntad de Dios; sino la razón humana. Para ello forjó el concepto de filosofía de la Historia, oponiéndolo a la interpretación teológica de los hechos del hombre. Si Lacunza hace todavía Historia teológica,  historia de la salvación, Heilgeschichte, y es de la estirpe Irineo, Tertuliano y Lactancio hasta Joaquín de Fiore (c. 1131/1202), el abate Molina concibe ya filosofía de la Historia, Weltgeschichte y pertenece a la familia espiritual de Vico, Voltaire, Herder y Humboldt…

Desarrolla el abate una interpretación sistemática de la Historia Universal, donde los hechos se unen en secuencias lógicas y coherentes y se dirigen hacia un objetivo, un telos, que les da sentido. Es ese sentido de futuro peculiar del alma fáustica de que habla Goethe. Molina seculariza el esquema y desarrolla una morfología de la historia, donde las sociedades pasan por edades, que  son etapas del progreso. Dentro de este esbozo sitúa la preocupación principal de su exilio filosófico.

Su tesis fundamental es que las primeras artes derivan de la constitución  de la propiedad privada: “derecho plenamente establecido entre los chilenos (se refiere a los aborígenes)…  De este principio fundamental comenzaron a brotar las primeras artes, que pedían las necesidades de la natural conformidad, no menos que aquellas de la constitución política”[2].Del comercio depende, según Molina, el número de la población y el grado de cultura de un país.

Al mismo tiempo que el comercio acrecienta las formas materiales de la cultura, engendra y perfecciona una serie de cualidades en los hombres: “Los hace humanos, complacientes y amantes de hacer el bien”[3].  Los convierte en lo que acostumbramos a llamar un “hombre civilizado”.

En este marco afirma que los pueblos americanos no son sociedades degeneradas –como se decía en Europa-, sino sociedades que han tenido un ritmo de progreso más lento.

Por otra parte, proclama “la singularidad de América”.  Nuestro continente no es aprehensible de acuerdo con los valores y formas europeas, sino que tiene sus propios valores y formas.

El valor de Molina radica principalmente en estos puntos.  La reivindicación de Chile y América y su incorporación en el flujo de la historia universal en una plan que ya anunciaba las concepciones evolucionistas y desarrollistas de los siglos siguientes. Nadie en su época supo señalar como él la singularidad de Nuestra América.  En este sentido reivindica una nueva imagen de América e inicia lo que podríamos llamar una antropología filosófica del hombre americano, camino por donde se han aventurado y continúan adentrándose muchos intelectuales del exilio.

*   *   *

Lacunza es , sin duda,  el más enigmático de los pensadores americanos del siglo XVIII.. En 1790, termina de escribir La Venida del Mesías…, pero nunca obtuvo la licencia para publicarla. Probablemente por su crítica al Papado y a la Iglesia institucional,  aunque mantiene que esta iglesia corrompida-que había expulsado la orden- , no por ello deja de ser depositaria de la verdadera fe.

La obra tuvo gran difusión pese a la censura. Antes incluso de que hubiese completado el texto ya circulaban extractos o copias más o menos auténticas. Fue incluida en el Índice en 1824, pero sólo en 1941 el Tribunal del Santo Oficio declaró que el milenarismo no podía ser enseñado en ninguna de sus formas.

Como todo milenarista, Lacunza se fundan en el Apocalipsis[4] para afirmar que, después de la muerte del Anticristo,  se instaurará el reino de Cristo y de los santos, que durará mil años.

Característico de la concepción providencial de la historia,  es que tiene como  motor la Voluntad de Dios y por fin la Salvación, es decir la vuelta a Dios. Los hechos de los hombre se ordenan en razón de el telos escatológico en estaciones precisas: la Creación, la Caída,  la Redención y el  Apocalipsis,  con un factum decisivo: la muerte de Cristo.

A diferencia de Molina, para  Lacunza, la historia sigue siendo concebida como un plan providencial, en el que se cumple la voluntad divina.

Todos los exegetas que comentan el Apocalipsis, se ocupan del sentido de la historia, porque ahí termina el imperio del hombre y comienza el reino de Dios. Es el caso de Lacunza, para quien, en definitiva, el sentido de la historia es que conduce a un mundo nuevo, físico y moral: a un reino terrenal, donde renace la justicia, la paz y la solidaridad. En ese sentido podemos hablar de utopía; incluso de “utopía concreta”. Porque no es un mundo inalcanzable, sino uno que no existe todavía pero que está en el futuro del hombre.  Un “en-ninguna-parte  todavía!”, pero que estaría situado en el tiempo y en el espacio: en esta tierra y al fin de los tiempos. Allí donde surja la Nueva Jerusalén.

Para Lacunza es en la sociedad de los Bienaventurados donde llega la caridad a su perfección (o la sociedad a su perfección)- Sociedad idílica, que  concibe como una especia de socialismo primitivo, pues de ella desaparecerá la propiedad privada[5]. Dado que todos son herederos de Dios, coherederos, todos heredarán los bienes de la tierra.

Así Lacunza concluye:” mas como la caridad, que es el vínculo de la perfección, estará entónces en el grado mas perfecto á que puede llegar, no habrá ni podrá haber entre tantos hijos de Dios, aquella fría palabra, mío y tuyo; sino que será tuyo lo que es mío, y mío lo que es tuyo, lo que es de todos será de cada uno, y lo que es de Cristo será de todos: Dios será todo en todos.”[6]

A Lacunza y a Molina es preciso analizarlos en el marco del pensamiento filosófico de fines de la Colonia y comienzos de la Ilustración. Tiempos revueltos, de acabamiento de “antiguos regímenes”, secularizantes, de renovación del pensamiento; y de cambios sustanciales en las concepciones y en el imaginario social e histórico. Si los analizamos en el contextos de la problemática actual se descubren anacrónicas paradojas y contradicciones. Lacunza ha sido recuperado –salvo escasas excepciones- por el pensamiento tradicionalista conservador; sin embargo su idea del Reino de Dios sobre la tierra del cual desaparece la propiedad privada los sitúa en el socialismo utópico. Por otra parte, Molina ha sido reivindicado por el pensamiento progresista, pero su idea de que las artes y el progreso nacen del mercado lo haría un precursor del neoliberalismo.

Lo que es claro es que ambos fueron pensadores de fines del siglo XVIII, y el marco de su comprensión debe situarse en el paso del siglo XVIII al XIX. Una épocas-bisagras, donde conviven hombres del ayer y del mañana. De ahí el interés de compararlos. En stricto sensu  cronológico Lacunza y Molina.  fueron contemporáneos, pero no en sentido filosófico.

 

Solo:

Bilbao y el hallazgo de América Latina

Murió en exilio en Buenos Aires  a los 42 años (1823-1865). En su vida el exilio fue una constante. A los 11 años partió al Perú acompañando a su padre. Cinco años después volvió a Chile. A los 20  volvió a exiliarse, como consecuencia de la publicación, en “El Crepúsculo”,  revista de Andrés Bello, de su escrito Sociabilidad chilena , donde criticaba duramente la iglesia. Esta vez en Europa . Al volver a Chile funda “La sociedad de la Igualdad”. All fracasar la revolución liberal de 1851, en la que estuvo implicado, vuelve al Perú. No retornará más,. En 1855 abandona el Perú, pasa dos años en Europa, y  va a morir a Buenos Aires..

El concepto fundamental que Bilbao acuñó en el exilio fue el de América Latina. Todavía hoy circula tenaz el error de que fueron los franceses  quienes lo inventaron  Incluso la última edición del Diccionario de dudas y dificultades para la lengua española, Manuel Seco repite que los términos Latinoamérica, América Latina y latinoamericano fueron creados en Francia en 1860 «y utilizados para arropar la política imperialista de Napoleón III en su intervención en México”. Agrega que, ambos términos, fueron rápidamente adoptados por escritores hispanoamericanos residentes en Francia»[7]. Esto de robarle a los latinoamericanos el mérito de sus ideas, parece ser una tradición europea.

Bilbao habló de América Latina en una conferencia dada en París el 24 de junio de 1856, que se conoce con el título de Iniciativa de la América; utilizó allí incluso el gentilicio «latinoamericano». En es­critos posteriores, habla de « raza latinoamericana»[8].Tres meses después, el 26 de sep­tiembre, José María Torres Caicedo, también en París y probablemente presente en la conferencia de Bilbao, escribe en  Las Dos Américas:

 La raza de América Latina al
frente tiene la sajona raza.

Bilbao fue un marginal de la historia, un personaje subversivo, difícil de encajar, y, tal vez por eso, los historiadores y los filósofos lo olvidan. En la época, sin embargo, su impacto sobre la intelectualidad del continente y en los filósofos progresistas franceses fue relevante ¿Quién no lo cita? En América, tanto liberales como conservadores; para alabarlo o denigrarlo. En Europa, Lamennais, Michelet y Quinet man­tuvieron con él una nutrida correspondencia. Quinet lo llama «cher Pon­cho» (por Pancho, diminutivo de Francisco) y lo menciona en Le Chris­tianisme et la Révolution française.[9] Madame Quinet le rinde homenaje en Mémoires d’ exil. Entre los americanos es él quien sirve de referencia cuando se habla de identidad. Hostos repite otro de los nombres agracia­dos que el chileno dio al continente: «Los Estados Desunidos de América, como el buen Francisco Bilbao llamaba a los de América Latina.»[10]

El chileno no sólo fue el primero en utilizar la noción, sino que le dio un sentido muy distante de las concepciones de la «latinidad» de entonces. Precisó la idea de América Latina como un paradigma de identidad anticolonial y antiimperialista. Incluso el hecho de haber dejado de utilizarla es coherente: La abandona cuando ve que en nombre del panlatinismo, las tropas de Napoleón III invaden México. Bilbao des­de La Tribuna, de Buenos Aires, advertía: «América está en peligro.»

La visión anticolonialista de Bilbao comienza con la crítica de los as­pectos colonizadores e imperialistas de las nociones de progreso y civiliza­ción. En una carta a Miguel Luis Amunátegui de octubre 28 de 1861, denuncia la noción hu­manitaria y pacifista de progreso, que, asociada a la idea de civilización, debería irradiar esas virtudes, pero que no lo hace. Bilbao descubre la fa­lacia de la civilización cuando los franceses invaden México. Bajo la capa de un «proyecto civiliza­dor» no pretenden sino imponer una dominación política. La misma falsedad advierte en las acciones de los Estados Uni­dos y en el discurso racista de Sarmiento. En La América en peligro (1863) dice: «El conservador se llama progresista… y el civilizado pide la exterminación de los indios y de los gauchos.»[11]

 

La América en peligro y El Evangelio Americano (1864) fueron escri­tos justamente después de producirse la invasión francesa. En El Evange­lio muestra a América nuevamente amenazada de ser conquistada por Euro­pa. Frente a esta contingencia es preciso salvar «la civilización americana» de la «invasión bárbara de Europa». La violencia y la arbitrariedad, el im­perialismo y el afán de conquista han cambiado los términos. La civiliza­ción se hace barbarie cuando no se rige por la idea del derecho. Agresora, pues, Europa se vuelve bárbara. La civilización se transforma en engaño. Nada lo muestra mejor que la estúpida afirmación de las «grandes poten­cias» de que civilizan conquistando. El progreso es, así, un arma de doble filo. Todo depende del lado del que disparan los cañones. La ciencia es barbarie cuando sirve para producir la guerra. Más o menos los mismos argumentos desarrollarán, en los preámbulos de la Primera Guerra Mun­dial, los anarquistas y los impugnadores del progreso.

Bilbao denuncia la políti­ca imperialista de los Estados Unidos que  le habían arrebatado la mitad del territorio a México e intentaban imponer su modo de vida: el individualismo, en Iniciativa de la América, y, posteriormente, por su  intervención en Nicaragua en La América en peligro de 1863 y El Evangelio Americano de1864. Pese a ello, rechaza el antagonismo entre temperamento latino y sajón en que se fundaba el panlatinismo.  Mira incluso con simpatía una alianza entre América del Norte y  América del Sur. «La combinación de los genios sajón‑americano y américo‑europeo debería además formar la síntesis de la civilización americana, que habría de regenerar el Viejo Mundo y dar a América el predominio de la civilización».»[12] América debe apropiarse de todo lo bueno que poseen los Estados Unidos: la ciencia, la industria y el arte.[13] Combinar el ge­nio sajón con el genio latino para formar la síntesis de la civilización americana,[14] porque ella está destinada a regenerar el Viejo Mundo y a cum­plir sobre la tierra los destinos del hombre soberano.[15]

El problema como lo señala en otros escritos es los Estados Unidos, se ha convertido en  una amenaza para la «autonomía» de la América del Sur.

Habla de una América compuesta de tres partes: la Latina, sajona e indígena.. Más, en realidad, Bilbao únicamente se refiere a la unión de América Latina. Esa unión que constituye las fronteras naturales y morales de la patria, porque «la unión es el verdadero patriotismo de los americanos del Sur»;[16] y porque esta unión debe ser un vínculo solidario que domine el nacionalismo estre­cho.[17] Esta unión, bajo la forma de una confederación del Sur, regada por el Amazonas y el Plata y sombreada por los Andes, es el cuadro de la iden­tidad americana y Latina, que ha de perpetuar la raza y permitir la crea­ción de la gran nación americana.[18]

Sólo esta unión de los Estados de América del Sur podrá detener el imperialismo de los Estados Unidos del Norte, que «cree en su imperio como Roma creyó en el suyo».[19]

El latinoamericanismo de Bilbao, se concreta en una serie de proposiciones: formar un congreso ame­ricano, conceder la ciudadanía universal, un código internacional, un pac­to de alianza federal y comercial, la abolición de las aduanas, uniformización del sistema de pesos y medidas, creación de un tribunal internacional, un sistema de colonización de las grandes áreas desiertas, de educación universal y de civilización para los bárbaros,[20] la formación del libro ame­ricano y la creación de una universidad, de un diario y de fuerzas armadas comunes … [21]

El de Bilbao es un discurso idealista, de ideas abstractas, de grandes principios. La oligarquía lo teme, lo destierra y trata de acallarlo, pero en último término tiene con él la condescendencia debida a un hijo de su cla­se. Su enemigo principal es el compañero de Bilbao, con quien funda la Sociedad de la Igualdad, un español exiliado en Chile,  Santiago Arcos. «Car­bonario” le llamaban, porque planteaba reducir la pobreza y proponía medidas concretas que herían los intereses de la oligarquía. Hablaba de expropiación, redistribución, justicia social, reforma agraria.[22] Sus «teorías niveladoras» eran consideradas pérfidas y destinadas a sublevar los «instintos egoístas de la plebe».[23]

En realidad, resulta difícil separar las ideas de Arcos y Bilbao. Éste también se refiere al conflicto de clases, y el sentimiento americanista de Arcos no era menos fuerte ni su crítica a la «civiliza­ción» menos acerba.[24] En todo caso, ambos son los iniciadores de un pensamiento po­lítico revolucionario en Chile y en América Latina. Y, Bilbao, el creador de la noción moderna de América Latina. Una América que, más que por la lengua, se define por el sentimiento anticolonial y antiimperialista. Una idea, que, pese a haber sido difundida al calor de la intervención francesa en México, ha sido retenida por los latinoamericanos, por ese otro sentido del término: detener el avance del mundo sajón en «Nuestra América».

Coral

El exilio masivo del Cono Sur:

Sin duda que el mayor exilio que ha conocido América Latina ha sido el del último tercio del siglo XX. Exilios deberíamos decir, mejor en plural, puesto que los hubo políticos y económicos.  Como creo que es más riguroso relativo a este último hablar de emigración, al referirme aquí de exilio entiendo por él sólo el político. Me atengo a una distinción que hacía ya  en sutiempo la  Iconología de Ripa. Aclara que hay dos suertes de exilio: el uno privado, cuando un  hombre por voluntad propia se destierra de su país; y el otro público, cuando un ciudadano, por su culpa o por sospechas, es exiliado de la Patria. Es este último el que llamamos exilio político.

Los exilios masivos, sin embargo comenzaron antes en Iberoamérica. Dos son particularmente significativos para nuestra historia: El republicano español, que dejó honda huella en el pensamiento latinoamericano,  y el cubano que, igualmente, representó un gran éxodo de intelectuales. Con una particularidad. Si la cultura popular cubana, se reprodujo y se desplegó  preferentemente en los EEUU, al igual que la cultura académica (muchos profesores encontraron cátedra en las Universidades usamericanas), la cultura literaria de la disidencia se publicó y difundió sobre todo desde Europa.

Personalmente fui arrastrado por la última ola del exilio del siglo XX, la que desencadenaron las dictaduras militares. Marejada que me devolvió a Europa, donde había hecho mis estudios doctorales en la Universidad de Colonia, Alemania.

En la década de los sesenta, en el marco de la guerra fría y como reacción a una floreciente utopía revolucionaria, se desarrolla en el Cono Sur el concepto de enemigo interno. Noción estratégica y axiomático que servía de base a la Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN). Paradigma de intervención militar que impuso el Pentágono, a través de las diversas academias donde formaba a oficiales de los ejércitos de América Latina:  Panamá, Fort Levenworth y otras. Estaba destina a hacer que los ejércitos nacionales cooperan en la guerra fría, persiguiendo y exterminando al enemigo ideológico en el seno de sus países. La DSN se inspiraba en las estrategia para la “guerra interna” que había desarrollado la OAS francesa durante la guerra de Argelia, y transformaba a los ejércitos nacionales en ejércitos de ocupación en sus propios países, organizando la violencia antidemocrática en su formas más abyecta, la de “guerra sucia”.

Esta acción del ejército que comenzó en 1964 en Brasil, se agudizó en 1968 y se extendió por Uruguay, Argentina y Chile durante la década del setenta. Varios millones de personas salieron entonces al exilio. Sólo en Chile más de un millón. Entre ellos numerosos intelectuales.

Tuvo este exilio diferencias esenciales con los anteriores. Fue  masivo y  con retornos (en plural). La voluntad de retorno modifica sustancialmente el sentimiento de angustia, estimula la saudade del país como se dice en lengua hermana y mistifica la memoria. El retorno genera, a su vez, otra angustia, la del desexilio, que no es más que una frustración de la memoria: el no encontrar lo que se espera. Es un “volver”, en el que pese a lo que decía Gardel, veinte años son muchos años. Un regreso que se desarrolla en una situación compleja, incluso conflictiva, pues se encuentra con otro exilio. El exilio interno, creado por las dictaduras con sus políticas de censura y represión. Sobre éste se ha hablado mucho, pero se ha escrito menos, porque resulta más difícil definirlo. Por último este exilio fue diferente porque afectó a distintas clases sociales y se extendió por los cinco continentes, por países de marcos culturales, políticos e incluso religiosos muy diversos. En cada caso la acogida y la  vividura fueron muy diferentes.

En el país, el período del exilio estuvo marcado por el fuerte  apagón cultural que impusieron los regímenes autoritarios. En Chile duró 14 años. Período en el cual se produjo un trascendental cambio de valores en la sociedad,  consecuencia del efecto deletéreo que tuvo el fundamentalismo neoliberal. El  liberalismo económico sacrifica al mercado  el liberalismo cultural y el político. Este cambio de valores desempeñó un papel fundamental en el sentimiento del desexilio.

Tanto el exilio filosófico como el artístico-literario están marcado por estas circunstancias, por hablar sólo de ellos.

Preocupación esencial del exilio es la conservación de la memoria: la memoria coyuntural, la memoria nacional y la memoria regional o comunitaria. Estos son senderos que nos conducen directamente  a interrogarnos sobre la identidad.

La memoria coyuntural es la del hecho mismo que provoca el exilio. En el caso en cuestión puede incluso expresarse deformada en un marco de rentabilidad, de oportunismo o de consideración política. La memoria del exilio puede ser distorsionada  por lo que se considera “políticamente correcto”. Durante muchos años los exiliados chilenos mantuvieron  que el Presidente Allende había caído luchando en La Moneda, cuando era vox populi que se había suicidado.  Transferían a él la imagen del “guerrillero heroico”.  El romanticismo revolucionario buscaba amoblar la memoria asociando política y coraje guerrillero, sin darse cuenta que el suicidio en defensa de una ideal es un acto no menos digno de coraje que el de caer en la selva, y además coherente con el compromiso democrático que era el del Presidente Allende.

Gran parte de la acción cultural del exilio estuvo centrada en mantener le memoria del hecho represivo y transformarla en denuncia. La literatura, las artes, el teatro y el cine, al igual que el ensayo político o filosófico, de una u otra manera, surcaron este río profundo. Por allí navegaron Mario Benedetti, Eduardo Galeano o Ariel Dorfman, los cineasta Helvio Soto o Patricio Guzmán  y, entre los pintores, José Balmes,  Gracia Barrios y Ricardo Carpani, además de las numerosas brigadas internacionales de artistas que se formaron para denunciar la represión, a semejanza de “La brigada antifascista” de pintores, en la que se incorporaron los argentinos  Le Parc y Marcos, el uruguayo Gamarra y artistas europeos como Pignon Ernest, Cueco y otros. Particularmente importante para desarrollar la solidaridad internacional, la denuncia, sin embargo, puede convertirse en un oficio del exilio y la búsqueda del paroxismo llevar a exuberancias metafóricos que, por sobradas, dan una imagen caricaturesca y poco convincentes de una tragedia que no necesita retoques. “Tendría que orinar por los ojos para llorarte” , dice un poemario en una imagen grotescamente gráfica. Sin duda que nada favorece más la denuncia que la buena literatura.

Una tarea prioritaria de la denuncia es desarrollar el imaginario de la represión. El cartel, por ejemplo, conmueve más directamente, es más explicito y de percepción más fácil y expeditiva que el texto escrito. Es un medio particularmente eficaz para mover a la solidaridad. La imagen además pude ser usada por artistas lejanos a los hechos, sin que por ello pierda autenticidad, La efigie no sigue una sucesión de orden, evoca la situación globalmente y refleja categorías más que individuos, por eso es utilizable por todos. No necesita ser testimonial, la basta con ser alusiva. Es el medio perfecto para el artista que quiere expresar su solidaridad, pues, a diferencia del texto, la imagen es criticable, pero no refutable. Su verdad es la libertad creadora.

Pulsión característica del exilio es la de enriquecer la memoria,  ampliando la historia. Lo que va desde la literatura de ficción al análisis sociopolítico, pasando por la crónica testimonial, el reportaje y la confesión. Ficción histórica es la Isabel Allende, quien  después de situar su existencia y la de  la sociedad chilena frente al golpe militar en La Casa de los Espíritus y otros textos,  va y viene en Hija de la FortunaRetrato en Sepia, entre Valparaíso y California, descubriendo Chile en los avatares del continente. Ampliar la memoria es también tarea de los historiadores que penetran las fuentes para esclarecer mejor los hechos y sus causas.

La memoria feérica es asimismo  una dimensión literaria, que nace sin duda del realismo mágico, es fuertemente fecundada por el éxito de Cien años de soledad, y cultivada en abundancia por muchos autores. La propia Isabel Allende es un ejemplo, pero también Luis Sepúlveda de El viejo que leía poemas de amor y El techo de la ballena.

Mantener y desarrollar la memoria ideológica es tarea específica del exilio filosófico. Es un sentimiento que parecen repetirse de siglo en siglo. La legitimación del exilio y la recuperación de la identidad son preocupaciones dominantes. En una línea muy  critica y criticada, y en el contexto del exilio berlinés, lo ha hecho Víctor Farías. La memoria ideológica es el trasfondo de su análisis sobre Heidegger y el nazismo (1987), y de La Estética de la agresión,  donde reflexiona sobre los vínculos ideológicos  entre Borges y el cripto fascismo de Ernst Jünger. Por otra parte recupera la identidad chilena en la edición de la obra juvenil de Neruda: Cuadernos de Temuco(1996);  y,  recientemente, en Los nazis en Chile (200).

Alteridad e identidad son, desde siempre, los grandes temas del exilio.  En uno y otro me he enfrascado personalmente en dos libros, compuestos a la manera de un díptico: América imaginaria (Lumen, Barcelona 1992),y Los cien nombres de América (Barcelona, Lumen 1991)

El exiliado vive en la otredad. América Imaginaria estudia la alteridad como un imaginario. Pretende responder a la pregunta esencial del extrañamiento ¿Como nos ven?  ¿qué imagen de nosotros hay el país que nos acoge, y que recuerdo dejamos?.

El sentimiento de extrañamiento se alimenta primariamente de la acogida. La que se expresa en circunstancias sutiles y que nos parecen tan naturales que ni siquiera nos damos cuenta de lo insólitas que pueden ser. Por ejemplo en este seminario he escuchado a varios participantes hablar de los maestros españoles del exilio en América y de lo mucho que su saber contribuyó al desarrollo del pensamiento americano. Sin duda, que sin  la presencia de pensadores como José Gaos, Eugenio Imaz, Eduardo Nicol, David García Baca o María Zambrano el destino de la filosofía americana habría sido otro. Todos los latinoamericanos, por lo demás, les agradecemos, a ellos, y  a Wenceslao Roces, a José Medina Echeverría a Luis Jiménez de Azúa a Luis Recasens Siches a Adolfo Sánchez Vásquez, a José Prat, a Claudio Sánchez Albornoz y a tantos otros, que potenciaron en el pensamiento americano la herencia de Ortega  y de la Generación del 98, de Manuel Azaña y de Pablo Iglesias . Gracias por habernos ayudado en nuestra andadura por los grandes temas de la filosofía europea contemporánea. Gracias por habernos trasmitido el ideal democrático y republicano, gracias por habernos formado en el rigor jurídico, en la fenomenología de Husserl, el existencialismo y la ontología de Heidegger y en las grandes síntesis históricas  de Spengler y Toynbee. Gracias por  proporcionarnos grandiosas traducción de grandes obras, comenzando por El Capital de Marx y siguiendo por Economía y sociedad de Weber y el Ser y  tiempo de Heidegger, Gracias por haber creado las más importantes editoriales americanas del siglo y el Colegio de México. Gracias por haber sido nuestros trascendentales interlocutores en la búsqueda de un pensamiento propio. ..Los exiliados fueron ellos  y nosotros los que estamos reconocidos por haberlos acogido. La verdad es que la bienvenida fue tan fraterna que nunca sintieron ni destierro ni otredad. Hasta el punto que prefirieron llamarse trasterrados y decir que la suya era una “doble-patria-una”.

Sin embargo ¿No deja de llamar la atención que pese al gran número de intelectuales latinoamericanos que llegaron en exilio no se hable de ninguno gran maestro latinoamericano en España? (Salvo en literatura, y esto no ha tenido nada que ver con el exilio). En particular considerando que España venía saliendo de ese terrible apagón cultural que fue el franquismo.¿Ha sido esto consecuencia de los latinoamericanos somos menos cultos, menos inteligentes, menos creadores, menos filósofos que los europeos?, ¿o es que la acogida fue diferente? Sin duda que la endogamia de que sufren las universidades españolas no ha dejado en esto de desempeñar un papel.

El otro libro, o la otra tabla del díptico. Eso que descubrió Colón, trata de la identidad.  De los grande proyectos de identidad continental,  de las reivindicaciones que en esos proyectos yacen y de las políticas hegemónicas que ocultan o traslucen: Analiza los términos de Hispanoamérica, en sus dos versiones: la reivindicativa de Bolívar y la tradicionalista de la Hispanidad, los de Iberoamérica, Afro- e Indoamérica y el de Panamérica, que se robustece hoy en día con el NAFTA, y que de modo alguno es un proyecto de identidad, pues nadie se llama panamericano, salvo que sea una carretera. Y,  por cierto,  analiza el término, comentado ya al hablar de Bilbao, de América Latina.

Verse en los ojos del otro, reforzar la identidad, nacional y cultural, agudizando la reflexión sobre lo americano, son confrontaciones y necesidades recurrentes para todos nuestros exilios filosóficos, desde los jesuitas hasta los “sudacas”. La noción de identidad cultural, que se convirtió a fines del siglo XX en un slogan de la UNESCO,  floreció en la década de los setenta. Venía de la sicología social, pero expresaba un sentimiento antiguo: designaba la participación afectiva del individuo en una colectividad y, su carencia, caracterizaba a las personas en condición de desarraigo, léase en exilio. La noción transitó abundantemente a fines del siglo XX por los discursos de resistencia al imperialismo y al colonialismo. Tal vez ello explique la presencia del halcón (el falco peregrinus) en la alegoría de Ripa. Ave de ataque de mirada aguda y perspicaz, que alegóricamente representa la esperanza y la luz que anima a quienes viven en la confusión. En lenguaje actual podría interpretarse como una metáfora de la resistencia y del espíritu crítico y esperanzado que alentaría al exilio, en particular al exilio filosófico.

Miguel Rojas Mix
Director del CEXECI

 


[1] Cf. Rojas Mix: La idea de la historia y la imagen de América en el Abate Molina.

[2]  H. Civ.; L.I, pág. 122.

[3]  H. Civ.; L. IV, pág. 265.

[4] XX,1-9

[5] El socialismo se puede definir in-extenso e ir muy atrás en la historia a buscar sus precedentes,en el profetismo judío y en el siglo de las Luces. Cf. A. Lichtenberg, Le socialisme au XVIII siècle, Paris 1895)

[6] T.III, C. xvi, 434

[7] Manuel Seco cita a Berschin, Helmut, «Dos problemas de denominación: ¿Español o castellano? ¿Hispanoamérica o Latinoamérica?, Estudios sobre el léxico del español en Amé­rica,                     M. Perl, 1982.

[8] Carta a Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui de 16 de enero de 1862. Cf. Bilbao, Francisco, La América en peligro, Santiago de,Chile, Ercilla, 1941, pp, 173‑175.

[9] Quinet, Edgard, Le Christianisme et la Révolution franpaise, París, 1857, p. 197.

[10] Hostos, Eugenio María, Obras, p. 245. El nombre hizo fortuna y no faltaron los auto­res que se lo atribuyeron. Un ejemplo es el folleto, «Los Estados‑Desunidos de Sud América» (1927), del ministro plenipotenciario de Chile en España Rodríguez Mendoza.

[11] Bilbao, Francisco, «La América en peligro» (1863), La América en peligro, Santiago de Chile, Ercilla, 1941, p. 38.

[12] Idem, ibídem, p. 56.

[13] Idem, «Iniciativa … », op. cit., P. 150.

[14] Idem, «La América … », op. cit., p. 58.

[15] En este punto, el pensamiento de Bilbao anuncia la Raza cósmica de José Vasconce­los. Cf. supra.

[16] Idem, ibídem, p. 155.

[17] Idem, ibídem, p. 159.

[18] Idem, ibídem, p. 147.

[19] Idem, ibídem, p. 148.

[20] A menudo Bilbao emplea el término «bárbaro» en el sentido de aborigen. Es el caso del ensayo sobre «Los araucanos».

[21] Bilbao, Francisco, «Iniciativa … », op. cit., p. 160 y ss.

[22] Idem, ibídem, p. 83.

[23] Cf. Orrego Luco, Bosquejo del desarrollo intelectual de Chile, Santiago de Chile, 1889, p. 86.

[24] Arcos, Santiago, «Memoria sobre la sujeción de los indios a la civilización en la Con­federación argentina». Se ha estudiado poco a Arcos. A partir de 1852 no volvió más a Chile, vivió muchos años en Argentina, publicó una obra abundante. Una en francés, La Plata, étude historique. Puso fin a sus días arrojándose al Sena.