Los Escritores e intelectuales latinoamericanos frente al Quinto Centenario

Conferencia

por Miguel Rojas Mix

Fundación Patiño: Ginebra, 18 de noviembre de 1992:

La conmemoración del Quinto Centenario tuvo, al menos, un mérito: el haber relanzado el di logo sobre las relaciones entre España y América. Este di logo, con más apariencias de  polémica de lo que en realidad fue, se centró en algunos grandes temas. Problemas que si, por un parte, llevaron la atención por los caminos del revisionismo histórico, por otra, insistieron en la cuestión de hasta qué punto era posible pensar en un destino común y, ¿en qué términos?

Podría decirse que estos grandes temas a que aludimos fueron tocados, y reiteradamente, por todos los escritores. El más somero inventario los precisa:

1. Valoración de la empresa española. La posición tipo la fija un artículo de Ernesto S bato en El País de 2 de enero de 1991, que titula: “Ni leyenda negra ni leyenda blanca”. La mayoría de los escritores se situó a proximidades de su posición. S bato, sin olvidar la destrucción que representó la conquista, rechaza la “historia tribunal”. Recuerda las atrocidades, pero a la vez, afirma -y se dirige a los acusadores- que hay que reconocer “las positivas consecuencias que con el tiempo produjo la conquista hispánica”. Y lo positivo, como escritor, lo ve en su campo, en el literario: “Bastaría tener presente que la literatura de lengua castellana ha producido en América, con una inmensa cantidad de mestizos, una de las literaturas más originales y profundas de nuestro tiempo. Si la leyenda negra fuera una verdad absoluta, los descendientes de aquéllos  indígenas avasallados deberían mantener at vicos resentimientos contra España, y no sólo no es así, sino que dos de los más grandes poetas de la lengua castellana de todos los tiempos, mestizos, cantaron a España en poemas inmortales: Rubén Darío en Nicaragua y César Vallejo en Perú”.

Concluye repitiendo que la leyenda negra fue divulgada por los enemigos de España, por quienes competían con ella en la dominación del mundo; y que las atrocidades del imperialismo anglosajón han sido peores, pues se han visto agravadas por el racismo. En cambio, en América no hubo “esa inferioridad espiritual” que es el racismo: El mestizaje es la prueba.

Una posición an loga es la de Roa Bastos. La veremos.

Por cierto, tampoco faltan quienes le conceden poco o nada al conquistador. Entre los más críticos podría situarse a Eduardo Galeano. Galeano se niega a contribuir al autoelogio de los dueños del poder, y la utilidad hipotética que ve en en la “celebración” es para denunciar un mundo que est  patas arriba. Es a los vencidos y no a los vencedores que habría que celebrar.

A través del lenguaje entra Galeano en algo que, aunque no se ha interpretado así, es una reformulación de la “leyenda negra”: la visión de los vencidos. En realidad no es azaroso que el título que inauguró León Portilla, lo haya divulgado un francés ¿Acaso no figuraron ellos entre los más activos sostenedores de dicha leyenda? Sin embargo, la idea de un aborigen genérica y continentalmente vencido parece admitir muchos matices. Las encuestas de los atropólogos muestran, por ejemplo, que los araucanos no se sienten para nada vencidos, se quejan mucho menos que sus portavoces, y con lógica implacable responden a quienes les lanzan la pregunta sobre las consecuencias de su derrota: Fuimos nosotros los que ganamos la guerra…Si no, no estaríamos aquí.

La crítica a la conquista no debe olvidar un aspecto capital: la imagen que el indio ha tenido del español y la que tiene del criollo. Ha tenido y tiene, porque ha evolucionado. No hay que imaginar que ella quedó fijada en el momento del primer choque. Durante la Independencia fueron muchos los pueblos indios que tomaron partido por el español y contra los “americanos”. Lo que al menos debe hacernos pensar, cuando reproducimos las críticas de la leyenda negra, en si lo hacemos con resentimientos de indio o con resquemores de criollo.

2. La vuelta a la indianidad: La idea de que de algún modo es posible volver a un modelo precolombino y sus variantes, es lo que he llamado en otra parte la “tentación de la ucronía” (Cf. Los Cien nombres de América, Barcelona 1991). La ucronía, como la utopía es lo que no existe. Es la historia de lo que podría haber sido, o de lo que podría ser si se reconstruyera… Esta tentación acecha numerosas variantes de aquello que designamos como indigenismo; desde los discursos del APRA y del andinismo a lo Valc rcel, en el Perú; hasta algunas tendencias indianistas más recientes, como las de Fausto Rainaga en Bolivia.

Uno de los grandes debates planteados en torno al Quinto Centenario ha sido la cuestión de la indianidad. Y nótese que esta vez hablo de indianidad para distinguirla del indigenismo y del indianismo. La indianidad difiere del indigenismo, aunque a menudo se les meta en el mismo saco. Al indigenismo se le critica ser una literatura de mestizo, es el mestizo el que habla por el indio. En la indianidad, en cambio, es el indio quien habla por sí mismo. Uno puede preguntarse si éste no es otro mérito del Quinto Centenario, que el indio haya tomado la palabra. Hace un siglo, con ocasión del Cuarto Centenario, a nadie se le ocurrió ni siquiera preguntar qué pensaban los indios.

¿Cu les son las aspiraciones y las reivindicaciones de los indígenas?.

Dos tendencias divergentes se perfilan en esta indianidad, divergentes como fueron las posiciones integracionistas y secesionistas en el seno del movimiento negro. La última, a la que aludimos a propósito de la ucronía, la representa Fausto Reinaga con su teoría de “El poder indio”; la primera, Rigoberta Menchú.

Rigoberta Menchú enfoca la cuestión indígena en términos de un modelo de desarrollo. Se trata de un modelo particular. Pero, en realidad, si la escuchamos con atención vemos que nos est  hablando de los grandes temas de los derechos humanos de Occidente y que sus reivindicaciones no son puras ni específicamente indias. Denuncia la marginalización, la explotación inhumana que, agrega, “no es sólo la nuestra -de indios y mestizos- sino la de todos los oprimidos de ayer y de hoy”. Centra su indianidad en un modelo autónomo de desarrollo y en la defensa de la Tierra (con mayúsculas para insitir en su car cter mítico y comunitario). A la vez que pide respeto por las culturas indígenas, su lucha es por imponer la democracia -concepto que, por supuesto, era abolutamente ajeno a las civilizaciones extra europeas, y que el mismo Occidente sólo va a revalorar a partir de fines del siglo XVIII (Entrevista a Rigoberta Menchú, Fundadora del CUC: Comité de Unidad Campesino cuando se le otorgó el Premio Nobel: El Día Latinoamericano (Mexico, octubre de 1992).

3. El mestizaje: La gran cuestión que subyace en el discurso de Menchú es la compatibilidad entre modernidad e identidad ¿Es posible armonizarlas, o la una destruye la otra? ¿Cómo organizar la defensa del indio: ¿como fauna?, “conserv ndolo en su estado natural”, como podría concluirse de algunos atolondrados discursos ecologistas; o ¿como seres con derechos a gozar de los beneficios del mundo moderno?

La única respuesta posible es el mestizaje.

Pero el mestizaje también ha hecho divagar. Frente a él se han definido diversas posiciones. Desde la que desconfía visceralmente del mestizo (el cromo del ladino traidor), hasta aquellas que creen que el futuro le pertenece. Estas últimas ligadas al mito de “pueblo joven”. La historia de este mito es la de una ilusión: la del espera y ver s, ya te llegar  tu turno,… cuando crezcas. Como todo sueño (porque los sueños sueños son, dice un autor para recordar toda una vida), tiene este mito el incoveniente de ser desmovilizador, demovilizador de las conciencias… Llama a la espera, a la paciencia, a la resignación frente a un presente desatroso, con la esperanza de un futuro prometido. Es la idea de la Raza Cósmica de Vasconcelos, que en forma no menos optimista, aunque con más picaresca, se encuentra todavía en Darcy Ribeiro. Dice en una entrevista el sociólogo brasileño:

“-No, el mestizaje es lo mejor que ha ocurrido en América latina. Mejoró mucho la humanidad. La mezcla de blanco con indios y negros dió como resultado la población morocha, bella, con gran interés por realizar cosas, con gran voluntad de vivir y divertirse. Y ese es nuestro gran capital. Somos quinientos millones de personas. Si lo latino dependiera de ustedes los europeos, se perdería en le futuro. Hoy la presencia latina se debe a nosotros.

“- ¿Sobramos entonces?

– No lo digo por usted. Pero sobran, eslavos, chinos, neobrit nicos y faltan latinos. Somos nosotros, los morochos, los que estamos prepar ndonos para ser la esperanza del futuro” (América 92, enero-febrero 1991, Nø7).

Actitud muy distinta frente al mestizaje es la de José María Arguedas. En un cuadro más realista, reivindica al mestizo como célula b sica de la sociedad y de la identidad peruana, rechazando como pur literatura la idea de un Perú indígena. Y, cuando habla de mestizo, Arguedas habla de cultura: “No tenemos en mente para nada el concepto de raza; Quienquiera puede ver en el Perú indios de raza blanca y sujetos de piel cobriza, occidentales por su conducta”. Lo único vivo es el mestizaje: “La vitalidad de la cultura prehispánica se prueba en su capacidad de cambio; es decir, en el mestizaje” (Formación de una cultura nacional indoamericana, México, 1981).

Si la idea de pueblo joven promete un futuro pasivo, la posición de Arguedas, en cambio, habla de un futuro activo: es el hombre el motor del cambio, no la mec nica del tiempo.

4. La cuestión colonial: Pero aparte de esta visión

ucrónica, hay otra gran secuela de la valoración, o desvaloración histórica del “Encuentro”. La idea de que la culpa de nuestro fracaso la tiene el pasado colonial, del cual seguimos sufriendo. Esta tesis, que se impone cada vez más; sobre todo después de la crisis de la geopolítica “Norte-Sur” y de las consecuentes teorías marxistas sobre el subdesarrollo y la dependencia, y que encontramos en Vargas Llosa y Octavio Paz, entre otros, fue anticipada por un bien divulgado libro de Carlos Rangel: Del buen salvaje al buen revolucionario. Actualmente se ha convertido en el caballo de batalla de una escuela de sociólogos, historiadores y politólogos de los Estados Unidos. El subdesarrollo est  en la mente, un polémico libro de Harriman, es un ejemplo. Pero no hay que olvidar otro, más reciente: el propio Fukuyama se apoya en esta interpretación en El fin de la historia. Según estos autores el caudillismo, ese espíritu que viene directamente de la colonización española, sería el causante de las dictaduras, y la mentalidad colonial dificultaría el acceso a la modernidad.

Estos temas fueron ya expuestos por Bolívar: “Ni siquiera tuvimos la suerte de tener una tiranía activa” -escribió, queriendo decir que el oscurantismo español, pasivista, nos había dejado inaptos para el mundo del progreso.

Octavio Paz los retoma.

El mexicano, después de anunciar una identidad formada por  diversas raíces, concluye: “Somos los hijos de la Contrarreforma. Esta circunstancia, así como la influencia de las culturas prehispánicas han sido determinantes en nuestra historia y explican las dificultades que hemos experimentado para penetrar en la modernidad” (El País, 7 de abril 1990). Concluye extendiéndose sobre el fracaso de las grandes tentativas de reforma, consecuencia de las dificultades de conciliar el caudillismo con la modernidad. Esa, podríamos agregar, parafraseando un texto cl sico, ha sido la gran chingada.

5. Cuestión de Vocabulario: descubrimiento, encuentro/ celebración/ conmemoración… Sobre estos términos se extendió Augusto Roa Bastos en “El controvertido Quinto Centenario”, un  artículo publicado en El País  el 18 de junio de 1991. Sobre el vocablo “descubrimiento” terció en el ABC Germ n Arciniegas, señalando la polisemia del concepto y la ambiguedad de su uso por los americanos: ¿Quién estaba en la playa y quién en el barco cuando se produjo el “descubrimiento”? (31, enero,1991)…

Y ya que estamos aquí, entremos al ruedo. A los vocablos señalados habría que agregar los de “genocidio” y “etnocidio” para que nos entendiéramos mejor. Descubrimiento tiene como una de sus acepciones la de desvelar: descubrir lo desconocido, pero en las otras es un término fieramente etnocéntrico. Encuentro es un eufemismo, cuando no un “encubrimiento”. En este caso yo prefiero el de encontronazo o estrellón, que es más americano. Conmemorarción parece más neutro y menos autobombístico que celebración, y lo es. Genocidio constituyó la gran polémica y donde los mismos españoles, que tocaron esto de los términos con pinzas, entrechocaron astas. En torno a él reapareció esa división que Menéndez Pelayo y Machado llamaron las “dos Españas”: la una que lo asumía, con hidalguía y con conciencia política, y la otra que lo consideraban un insulto incalificable. Para los americanos genocidio en realidad significa matanza, mucha muerte, pero sin que esto implique la voluntad de una “solución final”, como acotó a su significado el Tercer Reich. Etnocidio es otra cosa. Eso sí que no admite discusión. Sobre todo si entendemos este término como destrucción de las pautas culturales de un grupo.

Esta polémica de los nombres fue específica del Quinto Centenario, no figuró en la polémica del Cuarto Centenario, que se interesó únicamente por repetir que habría sido más justo llamar al continente Colónida que América.

En este punto cabe ver no sólo cómo perciben los términos los escritores latinoamericanos, sino la reacción frente a ellos de los intelectuales españoles. Citemos sólo a tres: S nchez Ferlosio, Rubert de Ventós y V squez Montalb n, quien, refiriéndose al término conmemoración, resume así la opinión de los anteriores:

“De momento las dos actitudes dominantes tienen sus m ximos representantes en dos intelectuales opuestos por el vértice. Rubert de Ventós asume la inevitabilidad del llamado “encuentro” y la necesidad de asumir lo ocurrido y lo realmente resultante sin graves revisiones ni traumas. S nchez Ferlosio denuncia la historificación del descubrimiento como una fascistización de la memoria colectiva y no quiere entrar en las rebajas éticas del justo término medio o de la inevitabilidad de la historia”

V squez Montalb n no se sitúa entre los dos, decididamente toma partido. 1492 -insiste- en una fecha de derechas y el 92 también y los socialistas han caído en la trampa de meterse en una fecha que no les pertenece. Sólo tendría sentido histórico si, a la vez que se conmemorara se hiciera un ejercicio de reflexión sobre el imperialismo pasado y presente ¿Y por qué no futuro?, podría uno agregar. Pero aunque no lo dice es seguro que el autor de la Autobiografía de Franco lo piensa. Neg rselo sería hacerle un falso proceso.

Hay, sin embargo, varios vicios de imagen y de lenguaje en esta polémica de los nombres. Por vicio de imagen entiendo, por ejemplo, una visión deformada que podamos tener del nosotros. El que yo mismo me comprenda a través de estereotipos. Un ejemplo. Cuando mis estudiantes sudacas planteaban el tema lo hacían así: “Los españoles nos descubrieron; o mejor, no nos descubrieron, fue un encuentro…” Hay dos cuestiones en esta forma de expresarse. Una, de lenguaje ¿Es legítimo hablar de descubrimiento? De ella ya hablamos. Otra, de identidad ¿Quién es ese nosotros? Cuando le preguntaba su nombre al estudiante, me soltaba dos apellidos que, cuando no eran de más reciente origen euro-migratorio, venían como mastines feroces desde la España profunda. Sólo rara vez sonaba un altivo nombre indígena, y nunca sin ir acompañado de otro peninsular.

El nosotros pues debe ser más matizado, como variopinta es nuestra identidad.

6. La Idea de Comunidad: El futuro, en términos de cooperación, y la cuestión de la Comunidad Iberoamericana, fueron los temas centrales de la reflexión política, si la podemos separar de la cultural. Por muy crítica que sea la posición de los escritores respecto a la conmemoración, por lo general estiman, como Carlos Fuentes que “El destino de España es inseparable del de la América Española. Y con gran sentido pr ctico, pues cree que sólo España puede servir de puente entre América y la Comunidad Europea. En particular en momentos en que lo que ocurre en el mundo distrae la atención respecto a América española (América 92? Nø5. Entrevista de Carmen Garrido)

El propio García M rquez veía con preocupación el que España dentro de la CEE se apartara de América latina:

“- España no pudo preveer hace quinientos años que este centenario la sorprendería más lejos que nunca de sus antiguas colonias americanas y haciendo méritos para que Europa le reconozca su consolidación europea. Es decir: resuelta a fundar su perspectiva histórica en una simple integración económica, cuando la verdadera integridad no es de mercado sino de identidad. Y más que nada, en este caso específico, de identidad cultural. Por lo visto, se les olvidó que fuimos ellos y nosotros quienes cambiamos juntos, hace apenas cinco siglos, el destino del mundo” (Libro Blanco: “Entrevista de X. Ventós, Madrid, 1990)

Más o menos en los mismos términos habla Roa Bastos. Para el paraguayo el sentido del Quinto Centenario para América es afirmar y consolidar la identidad de los pueblos latinoamericanos en el contexto del Tercer Mundo, al cual pertenecen por su situación de dependencia; y en segundo lugar, afirmar y consolidar esta identidad en la unión y alianza con España y Portugal -(loc. cit.)

Referida a América latina, pues, la conmemoración reactualizó dos problemas fundamentales: la cuestión de la integración y la de la Identidad. La primera apareció con más fuerza en los comienzos de los ochenta: pero en la medida que el tiempo pasaba y España avanzaba en su integración en la CEE, el compromiso parecía más débil. De integración se pasaba a hablar de puente y, finalmente, de portavoz. Los escritores, como lo hemos visto, manifestaron su preocupación por este distanciamiento, pero no dejaron de insistir a lo menos en un punto irrenunciable de la integración, de la integridad como dice García M rquez: el cultural. Es en ese sentido que América piensa ahora fundamentalmente sus relaciones con España. Teniendo en cuenta que en el terreno económico, y frente a la Comunidad Europea y frente a un eventual grupo asi tico, América latina tiene que asumir su propia integración, o bien pensar en otra más vasta; como sería la Iniciativa de las Américas con los Estados Unidos.

6. La Identidad. En cuanto a la identidad, la cuestión va más all  del problema indígena pues se refiere a la identidad cultural continental. Ella no existe sin mestizar lo occidental. Y sin realizar este sincretismo sin un activo proyecto de futuro, para hacer de la nuestra una sociedad indo-hispano-afro-asio-euroamericana.

Pero este es ya es otro problema que he tratado in extenso, en el libro citado. Prefiero, en vez de entrar en una síntesis simplificadora, remitirme a él…