Logos e Icono : Identidad Iberoamericana e integración: Factores culturales

Cáceres, 16-20 de julio 2001

Una reflexión sobre la identidad parece necesaria cuando enfrentamos el proceso de globalización. Sólo la identidad puede permite definir los criterios de pertinencia que convienen a nuestra cultura, definir la relevancia de los problemas que, a menudo, se presentan como planetarios, pero que sólo representan los intereses de potencias o grupos hegemónicos.

Los intereses comerciales y económicos han unido a Europa en una comunidad, que hoy día habla reiteradamente de identidad europea, buscando galvanizar sobre bases culturales una idea de colectividad entre países que llevan cerca de mil años de beligerancia. Pero, ¿es posible una identidad común sin tener por base una lengua, o la menos una familia de lenguas? Europa no será nunca un melting pot con vocación cultural única.

La historia ha conocido antes formas de globalización en los límites de los que era en la época de la comunicación por mensajeros o por chasqui, un mundo posible. Todavía nos referimos a ellas con un término de origen latino, el de imperio. La geopolítica del siglo XIX intentó definir comunidades supranacionales y asociar el poder y la legitimidad colonialista a familias culturales asentadas en la lengua. Así se habló de pan latinismo, paneslavismo y pangermanismo y los anglosajones abiertamente de Imperio Británico, retomando el término latino e imponiendo el inglés en todas sus colonias. El concepto de globalización ha borrado con el codo el término de imperio, pero lo lleva en el vientre del ordenador,  al igual que el concepto entroncado de colonialismo..

La comunicación no tiene hoy los límites del chasqui, ni de tiempo ni de espacio. Los días de Miguel Strogoff están vertiginosamente distantes de la sociedad de la información, por eso hablamos de globalidad ¿Pero esta globalidad será menos imperial culturalmente, menos colonizadora que las que parcialmente hasta ahora ha conocido la historia?

Depende de la forma en que los pueblos sean  capaces de defender su cultura, su identidad, y de la capacidad que conserven para fijar sus pertinencias y definir sus relevancias.

La educación, y precisamente la educación superior, desempeña en esto un papel fundamental.

En un libro ya antiguo. Los cien nombres de América, intenté orientarme en lo diferentes conceptos de identidad que circulaban en “Nuestra América” (que ya es uno). Investigué entonces los orígenes y los proyectos sociales y políticos de los conceptos de Hispanoamérica, Latinoamérica, Iberoamérica, Panamérica, Indoamérica. Afroamérica y otros.

Afirmé como un concepto fuerte de los años 60, el concepto de Latinoamérica, nombre creado por una  de los más importantes pensadores del siglo XIX, Francisco Bilbao, y no por los franceses  como indocumentadamente repiten numerosas publicaciones, para satisfacción del orgullo galo. En realidad la utopía revolucionaria se hizo con el término de América Latina. Menos por la familia de lenguas que él recoge, cuanto porque el concepto evolucionó para unir bajo su bandera todos los pueblos de América que tenían los mismos problemas económicos y sociales y el mismo supuesto enemigo: el imperialismo.

En su origen, sin embargo, la noción de América Latina reflejó la idea de Latinidad, un concepto geopolítico característicos del siglo XIX, que pretendía asociar en un  solo bloque los pueblos de origen latino, que se enfrentaban por la hegemonía del planeta con el imperio anglosajón.

La familia de pueblos de habla hispánica se reflejó en el concepto de Hispanoamérica, idea continental que se reivindica, desde Bolívar y Andrés Bello hasta Martí, como la lengua que une;  pero que, a partir del siglo XX, adquiere perfiles autoritarios y de clase, asociados a la idea de Hispanidad y sirviendo de base a la política del franquismo.

Para desligarse de esta idea de comunidad lingüística asociada al franquismo, durante la transición se prefirió recuperar la idea de Ibero América, que correspondía por una parte a una familia más restringida de lenguas, que la de Latinidad y, por otra, a los intereses de alianza de España con  la comunidad europea, pues incluía el Portugal y su antigua colonia en Brasil.

Por su parte los Estados Unidos difundían la idea de Panamérica, que no era una concepto de identidad ni de comunidad, sino una política  de unión interamericana, bajo la hegemonía de los Estados Unidos. Este fondo sin duda está latente en el interés que los Estados Unidos puedan tener en el TLC o NAFTA.

La defensa de la identidad cultural se juega hoy en dos planos. En  del logos y el  del ícono.

Logos e ícono  representan antagonismo que se alzan desde el las profundidades de culturas religiosas: La culturas del libro, en sus orígenes rechazaron  al ícono. Condenaron la representación de Dios, incluso del ser humano. La gran revolución cultural, que comienza a fines del siglo XIX es la del triunfo de la cultura de la imagen y del imaginario. Y,  pese a las dimensiones gigantescas que hoy ha alcanzado, todavía somos incapaces (salvo aventurándose en la ciencia ficción), de vislumbrar las dimensiones que puede adquirir,.

Esto nos lleva a precisar ciertos conceptos:

¿Qué queremos decir por “imaginario”, y qué por  “cultura”?; y ¿Cómo enfocar esta cuestión en el contexto de los procesos de integración, de globalización y de la relaciones de las comunidades entre sí? Estas preguntas tocan de lleno los temas de la identidad y en cuanto hablo como latino o iberoamericano la reflexión sobre la globalización se encuentra con la de la integración cultural y de la lengua, porque es la única respuesta viable a una globalización que se construye en inglés y en la simbología cultural  del mundo anglosajón

El concepto de Imaginario lo utilizamos en el doble sentido que acusa el DRAE: “Lo que sólo tiene existencia en la imaginación”, y en el sentido de “imaginería”: Conjunto de imágenes alusivas a un tema usadas por un autor, escuela o época. Podemos hablar de diversos imaginarios, que nos sitúan en el medio social, orientan nuestras motivaciones y dejan un testimonio específico del acontecer colectivo

El imaginario opera de manera axiomática (es un a priori sobre lo bueno, lo justo, lo deseable o lo histórico o políticamente correcto). En el mismo sentido funcionaba la ideología según Marx, que era igualmente una representación que manipulaba las conciencias. Al operar así funciona como la ignava ratio, la razón perezosa (el argumento que se sigue por inercia).

Asomémonos ahora a la pregunta sobre la cultura. La Declaración Final de la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, que se celebró en México julio-agosto de 1982 definió, en su punto primero, lo que los 140 países ahí reunidos aceptaban entender por cultura: Rezaba así:” Cada cultura representa un conjunto de valores únicos e irremplazables, ya que  las  expresiones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar en el mundo”. Es decir, definió  cultura como identidad.

La lengua tiene en este concepto de cultura una función capital, es el elemento integrador. Unamuno declaraba : “la lengua es una patria”

El lenguaje como constitución de la realidad se expresa en la noción de escuchar. Para no quedarse exclusivamente en la noción del lenguaje articulado y escrito, digamos que se expresa en la noción de captar. Captar comprendería a la vez escuchar y ver. Y el ver, en particular con las nuevas tecnologías, aparece como el sentido básico de una nueva inteligencia.

Pero a su vez el “captar” pasa por el filtro de la identidad. Se ve y se escucha de una determinada manera según la perspectiva cultural. Nada más ejemplificador que la “paradoja de la cebra”. Los antropólogos han constatado que si se le pregunta a un blanco cómo es una cebra, responden: blanca con rayas negras; en cambio los negros africanos aseguran que es negra con rayas blancas. El escuchar y el  ver gatillan reflejos; desde los que maravillan hasta los que aterran, como los racistas, los xenófobos o los machistas…

La lucidez intelectual y el pensamiento crítico deben adiestrarnos a captar  el escuchar y el ver como   una revelación de la historicidad.  Hay un captar, un percibir y un comprender que le es dado al hombre por su historia. Escuchamos de una manera porque pertenecemos a una forma de ser histórica en la cual hemos crecido y hemos sido socializados.

En particular, el pensamiento crítico no solo debe hacernos ver lo vigente para nuestra cultura sino también lo que está obsoleto.

Salomón Lerner habló ayer de obsolescencia

He desarrollado en otras circunstancias lo importante que es la percibir la obsolescencia para prever el futuro y en particular en la formación de las nuevas generaciones. A este respecto La Cumbre de Lisboa (marzo 2000) que reunió a los 15 jefes de Estado de la UE, señaló, junto con los grandes cambios en la economía y en la enseñanza, las grandes obsolescencias. La del trabajo tradicional, con   la aparición del teletrabajo. Obsoletos están los conceptos mismos de relación con el estudio, con el conocimiento y deberá revisarse en el futuro. Obsoleta resulta la presencia misma del estudiante en las aulas, o del obrero en la fábrica. Obsoletas las nociones de lugar de trabajo u horas de trabajo. Lo que se necesita no son horas de presencia, sino la capacidad de crear conocimiento. La imaginación y la creatividad son para la nueva economía y la nueva enseñanza los factores más apreciados.

Frente a las obsolescencias están los territorios emergentes. El Foro de la Cultura reunido en Bruselas propuso, por ejemplo, agregar a la cultura nuevos territorios: la cultura cotidiana, la cultura de la paz, la cultura de la naturaleza, la cultura y la ciencia, etc. Situó así la problemática cultural en las puertas del siglo XXI.

El Foro demostró también que hay consenso entre los político de que la política de la cultura es hoy tan importante para la paz ciudadana como la política del desarme para la paz de las naciones, y que la lucha contra la exclusión y la pobreza tiene en la cultura su mejor aliado si se quiere establecer el vínculo social entre los incluidos y los excluidos.

¿Cómo responde la Universidad a este desafío, cómo adecua su enseñanza hacia la formación creativa, además de las técnicas profesionalísticas?

Las nuevas tecnologías generan también cambios de inteligencia.

En realidad una de las grandes mutaciones del siglos es que estamos pasando de una inteligencia alfabética a una inteligencia visual. De una inteligencia analítica, estructurada y jerarquizada, como es la inteligencia alfabética, a la inteligencia visual que no tiene una sucesión de orden , que es genérica, no descompone el contenido del pensamiento sino que lo evoca globalmente, designa categorías más que individuos. Con el desarrollo de la inteligencia visual pasamos a la cultura del imaginario. Los últimos años se han caracterizado por una gradual pérdida de la afición por la lectura, por un considerable aumento del consumo de imágenes. Una frase corriente es  “No he leído el libro, pero he visto  la película”

La visualización creciente de la cultura sustenta la globalización, porque, la imagen no se ve ni en inglés, ni en francés ni en castellano, simplemente se ve.

Hay un fundamental cambio epistemológico  Avanzamos hacia nuevas categorías: en el lenguaje, en la figuración, en la inteligencia simbólica…La nueva cultura del ordenador va a producir una revolución mucho más radical que la de Gutenberg. Tal vez sea el comienzo de un nuevo mundo…Pondrá fin a un   modelo cultural “esencialmente verbal”, que “desde sus orígenes hebreo-griegos hasta más o menos el presente” ha prestado soporte a la civilización occidental: la cultura alfabética iba detrás de la verdad, el logos era la palabra de Dios. La cultura visual, cada vez desarrolla más lo virtual, por la cual se funda en lo verosímil. Recientemente Umberto Eco, con el escándalo de muchos críticos, proponía reemplazar los museos por galerías virtuales, dado que las técnicas actuales permitía el facsímil casi perfecto de las obras de arte.

Si hablamos de cultura es porque le atribuimos una función capital en nuestra integración. Ahora bien, la función integradora la cultura la cumple en la medida que se hace identidad, y como tal genera un tipo de comunicación específica, fundada esencialmente en lo que Américo Castro llamó “La vividura”.

Cuando nos comunicamos dentro de la cultura iberoamericana estamos conectados a diversos niveles según los pisos que recorramos de nuestras identidades. Mexicanos, ecuatorianos y otros países de América están conectados con España por los toros, Es probable que todos estemos conectados por el bolero, el tango la rumba y la salsa, y por la historia: desde la más distante a la más reciente. Las dictaduras militares  dejaron también su huella en la identidad de todo el Cono Sur, desde la lengua hasta el  cotidiano, cambiaron un modo de vida por un modus vivendi., que es el acuerdo que se lleva a cabo entre dos partes contendientes mientras se llega al arreglo final de las diferencias.

La conciencia continental debe reforzarse con el intento de unir el conocimiento de la historia, de la literatura, el arte, las problemáticas sociales, económicas, etc., unirlas en estructuras consecutivas y comprehensivas, por períodos e instituciones, con el objetivo de afirmar su continuidad histórica. Se trata de investigar y establecer las relaciones de inseparabilidad de acción y reacción entre los fenómenos y el contexto.

Este espacio es el sentido común históricamente condicionado como estilo. Por ejemplo  si los derechos humanos nos vinculan como ciudadanos planetarios, el diario vivir nos hace ciudadanos de comunidades más pequeñas. Las comunidades son diferentes, pero los armonizamos. En caso contrario caemos en los fascismos en los jingoísmos o en los regionalismos agresivos, etc. Pero tenemos que aprender a vivir como ciudadanos del planeta desarrollando una cultura de paz.

Y pasamos de la ciencia a la política, de la reflexión a la acción, de la teoría a las políticas culturales, cuando esta relectura del conocimiento la realizamos desde el punto de vista del desarrollo regional, lo que equivale a preparar su lugar en el mundo. En este sentido la cultura y el imaginario hacen una alianza con los propósitos políticos y con las emociones. Lo que requiere por cierto que tanto la una como el otro desarrolle símbolos de reconocimiento regional.

El imaginario puede ser un importante vehículo de colonización. En particular en las relaciones Europa-América Latina, por no hablar sino de nuestro continente. Ha sido un factor decisivo para desarrollar una visión euro céntrica, o imponer la imagen política, cultural y mercantil de nuestros vecinos del Norte, a la vez que desplegaba una imagen negativa de nuestras culturas.

La extranjería como identidad de prestigio ha sido una de las características de nuestra cultura.

La historia social y política de América está marcada por esta sistemática búsqueda de extranjería: Es la mentalidad del colonizado. La colonia estructuró la sociedad en un sistema de castas,  según el grado de mestizaje, donde la movilidad social consistía esencialmente en blanquearse. Durante el siglo XIX,  en el proceso de formación de las nacionalidades el mito del progreso, desarrolló como paradigma de la modernidad el triunfo de la  civilización sobre la  barbarie. El siglo XX preocupado sintiendo que América había perdido el tren del progreso, culpó del fracaso al indio, el negro, el mestizo y el mulato, designándoles como “un pueblo enfermo”,  que impedía que la civilización europea triunfara en el. Continente . Muchos países quisieron igualarse con Europa, Uruguay se decía la  Suiza de América, de Argentina que miraba más a Europa que a América y de Chile que era la Prusia de América. Las dictaduras militares los hicieron aterrizar en la cruda América, pero también ellas se declararon defensoras de la “civilización cristiana y occidental”

Hoy estamos todos bajo el imaginario de la globalización y la sociedad de mercado ¿ Cuáles serán las consecuencias que esto tenga sobre nuestro futuro? ¿Y sobre nuestra identidad?

La globalización afecta nuestra forma de conocer. La “hipermediatización” enajena  nuestras experiencias y sólo nos entrega experiencias de segunda mano. Lo que es grave, entre otras cosas porque nos priva de nuestros errores.  El que desde el exterior se determine cuáles son tus errores es una de las formas más sibilinas y deletéreas del colonialismo. El demos dirigido por los medios no sólo nos lleva aun exotismo de nosotros mismos, fija el valor en  sucesos y modelos ajenos, de los cuales nos trata de convencer que somos parte y compartimos en la medida que estamos integrados en la aldea global. Sólo que, como diríamos parafraseando a Orwell, frente a la pantalla todos somos iguales , pero hay unos más iguales que otros. Desde luego son más iguales los que selecciona la información, la jerarquizan y construyen y administran los dominios simbólicos de las masas.

¿Dónde surgen y cómo defender y desarrollar, los símbolos de reconocimiento propios?

Un puñado de ellos surge de la literatura, otros de la historia, la mayoría de la cultura. Si los franceses se reconocen en realidad cartesiana, nosotros nos reconocemos en la fantasía borgeana o en la soledad de Macondo, en las cosas de Neruda o en las imágenes históricos emblemáticos. Además nos reconocemos en los emblemas nacionales o continentales como lo es la Virgen de Guadalupe, o como son las figuras revolucionarias de Martí, Allende, Zapata o el Ché Guevara. Sin perjuicio de que esto símbolos puedan ser vivamente controvertidos.

Es el conjunto de estas cuestiones: culturales, históricas, políticas, emblemáticas, económicas, asociadas a un proyecto, es lo que constituye la identidad. La noción de proyecto es fundamental. Es por ello que la búsqueda de la identidad no es una cuestión arqueológica, que se desentraña a pico y azada, que tiene sus raíces en el pasado,  sino que sus raíces están en el futuro. La identidad se construye desde un proyecto.

Pensar en términos de nuestra identidad permite comprender la relevancia específica de cuestiones que son planetarios, pero en los cuales las interpretaciones de una óptica del puro contexto dominante, nos lleva a  ir contra nuestros propios intereses. Así, si analizamos determinados problemas dentro de los criterios tan de modo del “desarrollo sostenible”, en el marco de los intereses de América latina, podemos ver cómo los contenciosos sobre la droga, o la defensa de la biodiversidad, de los tesoros ecológicos, o de la Amazonía, por ejemplo; la cuestión de la validez del modelo económico, o de las culturas indígenas o nacionales, adquiere el sentido de su “rentabilidad” dentro del marco u “horizonte” en que se piensan.

Es el contexto en que los pensamos lo que nos hace comprender la dimensión de los problemas en el cuadro de nuestros intereses y no de los intereses ajenos: debemos rechazar no sólo las políticas colonialistas, sino también la ciencia colonialista, que nos impone una visión de nosotros mismos a partir de intereses exteriores.

Jorge Brovetto señaló cómo los sistemas de grants producían, por una parte, un brain-drain y, por otra parte una migración metodológica. A lo que yo designo como el colonialismo del método. Pero hay algo más, el Camelot…

En este sentido uno de los aspectos más amenazantes para nuestras universidades es el colonialismo académico, que se desarrolla desde las universidades del centro hacia las universidades de la periferia. Es papable en particular mediante los sistemas y métodos de evaluación, que controlan totalmente los países hegemónicos. El Citation Index (del Institute for Scentific Information de Filadelfia (USA). mide el impacto del artículo por número de citas. Igual cosa para las revistas científicas (Journal Impact Factor). La aceptación generalizada de esta forma de evaluar ha hecho que los investigadores tiendan a publicar sus resultados en las revistas de más elevado índice, lo que orienta la investigación de los países en desarrollo según los intereses de los países que manejan los sistemas de evaluación. Los investigadores se encasillan en campos de la máxima rentabilidad curricular: por ejemplo en biodiversidad o recursos naturales.. No tiene en cuenta los criterios de pertinencia regionales, nacionales o locales.

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El milenio se inicia con un vertiginoso proceso de globalización, marcado por una concepción dominante: el neoliberalismo o la economía de mercado. Una ideología que, aunque se declara gran defensora de la libertad, nos ha conducido a lo que llamamos el pensamiento único. Geopolíticamente nos encontramos con en un mundo en busca de un nuevo equilibrio. La lógica geopolítica Este‑Oeste, que era armamentista,  ha desparecido para dar lugar a la lógica Norte Sur que es alimentaria: que quiere separar a los que comen a destajo de los que se mueren de hambre.

Sin embargo, el  gran desafío de la sociedad del futuro, no es ni siquiera un desafío  económico, sino social. Sabemos que cada vez se producirá más riqueza con menos mano de obra. El problema, en consecuencia, nos es la producción de riqueza, sino como repartirla.

Elementos esenciales del futuro serán la comunicación y la sociabilidad. Ambos estrechamente asociados, porque sin saber  muy bien en qué consiste se está creando una nueva sociedad;  y lo que está cambiando es la manera de relacionarnos. Ya lo dije, el ícono gana terreno sobre el logos.

No podemos dar la espalda al proceso de globalización o de mundialización. En economía, en comercialización, en avances tecnológicos, en desarrollar responsabilidades planetarias, en eso está claro, pero no en cuanto a la globalización de la cultura. Eso sería reducir al mundo a una sola interpretación. La globalización cultural es siempre la cultura de un centro, es manejada por ese centro, por lo tanto es monocultura, y en la periferia produce la proletarización cultural. La globalización del mundo audiovisual en un mercado en que domine sin contrapeso el mayor productor, por el impacto creciente del audiovisual en la configuración de valores y del imaginario social, tiene el inconveniente de crear una visión del mundo dominante e impedir que circulen otras. Si los pueblos tienen derecho a mantener su propia interpretación del mundo, entonces deben contar con los medios para hacerlo.

La globalización determina también una homologación cultura del mundo, en relación con los modos d vida y en las formas del pensamiento (el pensamiento único). Contra esta homologación se encuentran los fenómenos de resistencia territorial de la identidad. El problema de la identidad se convierte frente a la globalización en un problema central.

La globalización no quita vigor a la ley imperial de la  fuerza: en la “la aldea global” , la diplomacia de las cañoneras ha sido remplazada por las redes de distribución y la cultura dominante sigue siendo la cultura de la economía dominante.

En el mercado todo puede intercambiarse por todo, pero la cultura es un ámbito donde cualquier cosa no es igual a otra. Es necesario frenar el poder excesivo del mercado, si se lucha por la supervivencia del otro. Con el proceso de globalización, el otro empieza a ser una especie en vías de extinción y la alteridad un concepto obsoleto.

La cultura es la que constituye la fuente y la finalidad del desarrollo. Todo esfuerzo de desarrollo que no se apoye en el rico potencial creador que ofrece la cultura, se arriesga por tanto no solamente a estar condenado al fracaso , sino también a perjudicar a la diversidad de las culturas y a su dinamismo.

Es frente a este proceso que debemos resistir a la globalización y desarrollar la regionalización ¿Es posible castizar la cultura global? Los productos artísticos son también mercancías pero El Greco, Velázquez, Goya y Picasso forman parte del alma de España. Es la defensa del estilo lo que significa regionalizar, de un estilo específico que es también visión del mundo, como lo puede ser lo real maravilloso de Carpentier, el pantagruelismo  geográfico de Neruda, el minimalismo narrativo de Monterroso, o el afroamericanismo de Nicolás Guillén..

Por otra parte, es suicida no reconocer la necesidad de integrarse a la modernidad planetaria.  La defensa de la identidad no nos puede  llevar a rechazar la globalización en nombre de  ucronías o de utopías negativas. Por lo demás es imposible rechazarla, sería caer en el oscurantismo, porque la globalización es ante todo, la globalización del hecho comunicativo.

Hay el peligro de que una cultura global elimine la diversidad y la disidencia. Sobre todo a través de la imposición de criterios de valor, que minimicen los fenómenos que no encajan en la cultura dominante. El tema del valor y la valorización es capital para defender la identidad dentro de un proceso de globalización.

Es indispensable rechazar el “pensamiento único”,  que pone el rendimiento económico por encima de cualquier ideología y que tiene al mercado como referente fundamental y a la eficiencia como piedra angular del desarrollo, anteponiéndola a los valores de solidaridad y justicia.

La producción y difusión de bienes culturales debe responder siempre a las necesidades del desarrollo integral de cada sociedad. Incluso la economía no funciona con independencia de las pautas culturales.

Las macroindustrias culturales usamericanas y japonesas  amenazan la existencia de cualquiera otra posibilidad de hacer o crear cultura. Por ello es fundamental desarrollar criterios de pertinencia, porque están en juego la supervivencia de nuestros valores, y la construcción misma de Iberoamérica o Latino América como proyecto común.

Pertinencia no es un concepto estático, es dinámico. La pertinencia como criterio de selección de la modernidad vinculado a la identidad trabaja a favor del cambio histórico, lo acelera. Los latinoamericanos debemos en este contexto desarrollar nuestros esfuerzos y capacidades para crear nuevas pautas culturales, nuevos modos de ver y hacer las cosas. Podemos descubrir factores culturales de pertinencia en todos los campos. En forma perfectamente seria digo, a guisa de ejemplo,  que si el Pato Donald es la globalización, Mafalda es nuestra pertinencia

La única globalización aceptable es la multicultural. No podemos aceptar una globalización alienante.

El multiculturalismo significa por una parte que cada cultura es valiosa a su manera. Lo que no quiere que las democracias puedan  avalar en su seno en nombre de la identidad cultural todos los aspectos diversos  de cada cultura.. Las democracias no pueden asumir aspectos culturales que agredan o degraden al ser humano (ablación del clítoris, quema de viudas… )

En América Latina es además necesario pensar en los vastos sectores de  población de identidad cultural indígena ¿Cómo se van a integrar a la modernidad? ¿Internet será el verdugo de sus culturas en un proceso de homogenización cultural?  ¿Acabará con su historia o con su  identidad?,  ¿ o será posible que les permita relanzar su proyecto como pueblo? ¿Potenciará sus lenguas y sus costumbres?

Es preciso  pensar la globalización  desde nuestras realidades. En gran medida somos también nosotros responsables de lo que hemos llamado el colonialismo cultural, porque hemos abandonado la interpretación de nuestras realidades a una ciencia ajena, culturalmente hemos pecado y pecamos de xenofilia. Hemos exaltado a un intelectual distante, por el solo hecho de su extranjería prestigiosa, le hemos pedido que nos haga comprender nuestra realidad desde fueran y hemos desconfiado de nuestros propios pensadores. Los citamos como autoridad a veces cuando dicen las cosas más obvias sobre nuestras realidades.

Sería absurdo negar el valor de las investigaciones que en muchos dominios pueden realizar los especialistas extranjeros, pero debemos integrarlas con conciencia crítica, manteniendo la responsabilidad de determinar lo que es relevante y lo que es irrelevante para nuestro proyecto histórico‑político. .El colonialismo mental comienza precisamente cuando la globalización o el mercado deciden desde el exterior lo que es relevante en la tecnología, la historia, la cultura o el pensamiento del otro. Cuando nos comprendemos desde una “exterioridad interpretativa”.

La formación del  pensamiento crítico es una de las responsabilidades éticas de la educación superior . Debe desarrollar en los jóvenes la habilidad de pensar. Debe ser una resistencia al conformismo de las ideas preconcebidas y debe caracterizarse por su creatividad para desarrollar un pensamiento original. Hoy día la conciencia crítica tiene que ser además visual. No puede ser puramente textual. Este es uno de los grandes cambios que debe afrontar la Universidad.

Son los criterios de pertinencia lo que nos permitirán transitar de la sociedad de la  información a la sociedad del conocimiento.    

Es un hecho que la educación se verá afectada por lo que llaman la sociedad del aprendizaje. Entre otras cosas porque la globalización de lo medios tiende a derribar las fronteras geográficas del saber.

En este proceso intervendrán decisivamente las tecnologías de punta y los medios audiovisuales, transmitiendo todo tipo de información, transformando nuestros paradigmas del conocimiento. Será la sociedad del aprendizaje, pero más la del homo videns , que la del homo alphabeticus.

Por otra parte, la cultura de la imagen del homo videns,  plantea el problema del valor. La televisión transmite una visión del mundo fragmentada, basada en dos pesos y medidas diferentes. Los criterios que informan y la capacidad de enjuiciar se precisan desde el Norte.  Con la información recibimos un sistema de valorización (es lo que se llama priming ). No toda información tiene igual valor, aunque el hecho sea el mismo. Un terremoto que cobra miles de víctimas en México, Guatemala, Perú  o Chile, no ocupa en la información globalizada más segundos de pantalla o más columnas en los periódicos que un suceso crapuloso y mucho menos que una ventolera en París. En la información mundializada hay una gigantesca diferencia de pesos y medidas entre lo que ocurre en el centro y lo que sucede en la periferia. Las noticias televisivas determinan las prioridades que atribuimos a los problemas nacionales,  internacionales,  y a las personas y a las opiniones de los políticos, etc. La televisión avala una percepción euro céntrica del mundo, por lo tanto distorsiona el valor, trivializando nuestras realidades en relación con las del “Norte”. Debemos evitar una nueva colonización por la imagen; que esta vez, más que nunca, será la colonización del mercado. Al mismo tiempo que se forma la imagen se forma el público. Si a la gente se le suministra sólo producciones de las potencias  hegemónicas termina por acostumbrarse a ella y  a reclamarlas..

Es preciso recuperar el valor. La educación y la cultura  deben

formar de manera crítica para recuperar el valor de lo propio, analizando con profundidad dialéctica esa sesgada percepción  del valor,  hecha a escala y en una perspectiva jerárquica, donde la dimensión de los hechos cambia según donde ocurran.

La Universidad debe recuperar su dimensión y su influjo cultural, en particular frente al mercado.

Es posible que una de las causas de la crisis de la cultura en la Universidad radique en que los científicos sociales se pusieron a calcular en vez de pensar. En el hecho el famosos “Fin de las ideologías”, expresaba que el control del conocimiento mediante cuentos había sido sustituido por el control mediante cuentas.

En la Educación Superior no hay un discurso fuerte sobre el futuro. Se habla del futuro como se hablaba en la década de los sesenta, sin tener en cuenta los cambios gigantesco del entorno científico-tecnológico ni de la geopolítica del poder. Todavía vivimos en el presente con diagnósticos que apenas llegan a los años más inmediatos. Padecemos de un desarme teórico: la principal tarea de los intelectuales debe ser la creación de nuevos conceptos y nuevos mapas el conocimiento. Una de las grandes crisis de la Universidad, es que ha dimisionado de su función intelectual, frente a la función profesional. Esta hace que hoy día haya una crisis de teorías. Faltan los elementos teóricos para interpretar la orientación de lo que está ocurriendo. O, lo que es peor, estos elementos teóricos viene de países poderosos, donde las universidades pueden permitirse, lo que hoy parece un lujo en particular para las universidades del Sur, de seguir alimentando el pensamiento teórico. Este es un grave peligro de colonización teórica, que la Universidad, entendida como responsable del pensamiento crítico de una nación, no pude permitir, ni menos aún como responsable de mantener la identidad cultural y orientar el país hacia el desarrollo razonable, que no sólo es el sostenible, sino el conveniente a las realidades sociales.

La Universidad no puede renunciar a la Utopía, porque su proyecto de futuro no puede ser otro que el de una sociedad mejor y su compromiso ético en la sociedad  democrática  no puede prescindir del ambición de formar un ciudadano más humano. Este optimismo docente, que es de la esencia de la universidad,  no lo pueden dispensar las tecnologías,  ni nuevas ni antiguas, requiere de profesores que no hayan perdido la esperanza, se requiere de maestros. Título humilde y enaltecedor, que alude tanto al maestro de escuela como a quien se le reconoce su sabiduría.

Finalmente la Universidad no puede olvidar frente a los criterios de eficiencia que le quiere imponer el mercado, su responsabilidad ética: En grandes líneas ella consiste, además de formar a los jóvenes en el pensamiento crítico, en promover una cultura de paz y un desarrollo inteligente, y en consolidar la democracia. Ante el auge de una economía de mercado a escala planetaria, tendremos que inventar una democracia que no se limite a un territorio, una democracia sin fronteras ni espaciales ni temporales. Una democracia que proteja los derechos humanos urbi et orbi. En ese sentido habla Edgard Morín en un Informe reciente  a la UNESCO: Los siete saberes para la educación del futuro.

En síntesis, hay que plantearse la creación de una nueva universidad. Establecer un nuevo contrato académico, que tome en cuenta todos estos desafío del siglo XXI. Ya lo está haciendo la economía. La universidad de no puede quedarse a la zaga, en particular teniendo en cuenta la aceleración del tiempo, los años de ahora son siglos del pasado.