Las Casas para latinoamericanos: Modo de empleo

as Casas murió hace más de cuatrocientos años. En 1566 para ser precisos. No sé lo que hay grabado sobre su tumba. Es probable que sea algo como “Apóstol y Protector de los Indios”. En su lugar yo habría puesto una cita, una frase que me parece el mejor testimonio del personaje y de su obra: “Todas las naciones del mundo son hombres…” Esta afirmación, que se repite en la Apologética Historia y en la Historia de las Indias, está destinada a atestiguar el libre albedrío del indio, su inteligencia y voluntad y su capacidad de discernir entre el bien y el mal. En la época estaba destinada a oponerse a quienes sustentaban que los naturales de América pertenecían a aquellos pueblos que por su naturaleza deberían ser esclavos. Tesis fundada en Aristóteles y defendida en la famosa polémica de Valladolid (1550-1551) por el humanista Ginés de Sepúlveda.

La declaración de las Casas era, si no lo es todavía, una doña afirmación para la época: significaba oponerse a un sistema de dominación. Sin embargo, para ser justos, hay que decir que el dominico no fue el primero,  él reanudaba el mensaje de quien lo había llevado al apostolado: Fray Antonio de Montecinos, que en un célebre sermón de 1511, había emplazado a los colonizadores para que dijeran con qué derecho hacían trabajar a los indios y guerreaban contra ellos. La razón se formuló varios siglos más tarde: en nombre de progreso y la civilización  y para exterminar la barbarie…

He aquí, tal vez, el por qué Las Casas, a más de cuatrocientos años de su muerte, continúa siendo en América Latina el objeto de una feroz polémica.

Resulta incluso curioso constatar cómo los sectores qué sostienen y han sostenido con mayor asiduidad las dictaduras se declaran sistemáticamente enemigos del dominico. Tienen razón, son coherentes con ellos mismos. Todos los autoritarismos militares que han aparecido estos últimos años, han comenzado apoyándose ideológicamente en el integrismo católico, que en América hispana se identifica con el franquismo español y los valores y mitos que él publicitaba. Uno de estos mitos era el de la Hispanidad, que afirmaba que el mayor bien que España había transmitido a América era haberle dado un Dios y un rey. Correlato de esta afirmación era una leyenda dorada y afable de la historia de la Conquista y Colonización españolas. Extraordinariamente benéficas para el indio, y, si excesos hubo —y había hispanistas que lo dudaban— estos eran despreciables en comparación con los inmensos bienes aportados por el español.

Esta visión, proyectada en el presente, implicaba defender un modelo autoritario y elitista de sociedad: fundado en la dominación de un grupo sobre otro; entonces el español sobre el indio, hoy las burguesías o las oligarquías —como quiera que se llame— sobre las clases trabajadoras. Es decir, un modelo político axiomáticamente fundado en las jerarquías naturales entre los hombres y en un orden natural, que relegaba la democracia a los llamados pecados “contra natura”. Una sociedad del mismo estilo que la quería el gran ideólogo de la derecha católica francés, Charles Maurras, para Francia.

Por lo que respecta a Las Casas, él aparecía socavando este esquema desde la base, refutaba su legitimidad histórica y lejos de reproducir la “leyenda dorada” denunciaba el genocidio y los crímenes excesivos de la conquista, descubría los abusos desmesurados de la Colonia y defendía al indio, exigiendo para él un trato de ser humano. A partir de la afirmación de que todas las naciones del mundo son hombres (bien que esta afirmación hay que matizarla, pues él la utiliza fundamentalmente para la defensa del indio), Las Casas se opone a la esclavización y a la explotación del indio y denuncia a los conquistadores que en nombre de Dios y de la Corona, querían convertir al indio en esclavo. Todavía hoy, los sectores más reaccionarios, los que defienden a las dictaduras, siguen viendo en el indio la barbarie, el salvaje que hay que combatir en nombre de la civilización. La defensa de la hispanidad se ha convertido ahora en la defensa de la sociedad cristiana y occidental, el indio en las clases trabajadoras y Las Casas en los intelectuales que prestan su voz a los perseguidos para oponerse a las dictaduras.

Es por eso, que apenas unos años después del putsch, El Mercurio (9.9.1976), el diario de mayor circulación en Chile, en un artículo titulado “Las Glorias del Ejército”, señalaba entre éstas, el haber sido “protector  de la civilización cristiana, contra la insurgencia aborigen durante tres siglos”.

Manifiestamente en esta óptica Las Casas, no puede ser sino el enemigo de las dictaduras militares.

Por otra parte, él y Montesinos, al igual que los iusnaturalistas españoles del siglo XVI: Vitoria, Suárez o Molina, son los verdaderos precursores del derecho internacional, que tan brillantemente inaugurara Hugo Grotius:  De jure belli et pacis (1625). Su defensa del indio los lleva a renovar el ius gentium, derecho de las naciones o ley natural en que se fundan los derechos del hombre. Así, Las Casas aparece como el iniciador de una lucha que se continúa en América desde hace ya casi cinco siglos: la lucha por la libertad. Y si su figura adquiere hoy día un relieve particular es no sólo a causa de su mensaje, sino porque además, prefigura al intelectual comprometido, a aquel que presta su voz al pueblo, ese intelectual que en estos momentos de crisis de los esquemas políticos tradicionales, ha adquirido una importancia como nunca antes la tuvo. Su voz representa el derecho a opinar, a denunciar y a oponerse a la voz oficial, su pluma escribe meticulosamente la historia contra la historia oficial, conservando otra memoria.

Last, but not least, Las Casas representa el origen de una teología y de una actitud al interior de la iglesia. Con él se inaugura una doctrina social, el compromiso del cristiano con un prójimo, que excede los límites de la pura armonía celestial o platónica para transformarse en un compromiso en la tierra, para rebasar los límites de la pura caridad y entrar en el terreno de la esperanza, la justicia y la utopía concreta, que sale del amor edénico y escatológico y entra en el amor activo y concreto ¿Quién mejor que Las Casas puede presentarse en estos tiempos revueltos como el iniciador de las luchas por los derechos humanos en América latina, como el defensor de una sociedad de justicia, como el precursor de una teología de la liberación…?

He aquí su modo de empleo.

Nogent S.M. 2.05.1983

 

Este artículo sólo ha sido publicado antes en francés: “Las Casas pour le latinoaméricains: Mode d’emploi”, Echanges, Paris N173 (Mayo).