La otra Guadalupe “la que viene de la région de la Luz”

Exposición y conferencia, Convento de Guadalupe, Extremadura.1996

Cuando se realizó la exposición de la Guadalupe mexicana en una sala lateral, un antiguo refectorio, a la entrada del Monasterio de Guadalupe escribí que por primera vez en casi 500 años se había encontrado la Virgen de Guadalupe con la Virgen de Guadalupe. Me corrigió adecuadamente D. Manuel Martín Lobo, digno Caballero de Yuste, señalándome que ya en 1950 la Virgen del Tepeyac había sido acogida en el Real Monasterio. Efectivamente su imagen señorea ahí para demostrarlo. Pero yo me refería a otro aspecto, me refería a que por primera vez la Guadalupe extremeña acogía un culto que circulaba en el cada día de los mexicanos, que daba forma a sus objetos más simples, un culto que se había convertido en identidad y bajo cuya protección se ponía el pueblo a esta y a la otra orilla del Río Bravo, como debe llamarse el Río Grande del lado de “Nuestra América”.

¿Son distintas la Guadalupe extremeña y la Guadalupe mexicana?

En realidad son la misma; como la hipóstasis de la Santísima Trinidad son dos imágenes distintas y una sola Virgen no más. Solo que como tantos otros españoles que partieron a América, ella se hizo allí mexicana y ahora nos vuelve indiana.

Dice Octavio Paz en El ogro filantrópico: Las antiguas diosas precolombinas renacen en la Virgen de Guadalupe, que es su traducción al cristianismo de Nueva España. Los criollos traducen la Virgen de Guadalupe —virgen española— al contexto mexicano. Doble traducción de mitología hispánica e india. La Virgen de Guadalupe es uno de los pocos mitos vivos de México.

En México la Virgen de Guadalupe se convirtió en un culto principal, y sobre todo —como decía—, en una devoción popular, que terminó por hacerse presente en todos los aspectos de la vida, incluso en aquéllos cuya cotidianidad los hacía parecer muy distante de cualquiera relación pía.

Esta exposición organizada por el CEXECI y el Centro Cultural de México en París y que se expone en Cáceres y Badajoz bajo el patrocinio de la Consejería de Cultura y Patrimonio, es una prueba de ello. Tanto la vemos figurar en cirios y retablos como ornar camisetas, bolígrafos, relojes o canicas de vidrio. Y la variedad de objetos que nos presenta no debe hacernos olvidar la frecuencia con que la encontramos en los murales de las calles de México o del otro lado del Río Grande, pues es una devoción de todos los hispanos, en particular de los chícanos. Si es así es porque todos viven bajo su protección y se refugian en su regazo sin distinción de credos ni doctrinas porque, como lo dice su nombre en náhuatl: Tonantzin, “mamacita”, ella es la madre del pueblo mexicano.

Desde su inicio la devoción a la Virgen de Guadalupe fue un símbolo de identidad. El pueblo la reconoció como uno de los suyos: su modelo de mujer, su guía, su protectora; le dio un enorme espacio en su imaginería y los más acreditados autores escribieron pliegos y pliegos explicando el porqué y el cómo de un tema que está muy lejos de haberse agotado. Si desde el comienzo fue un emblema de la mexicanidad, es porque nació del conflicto que formó lo americano y del sincretismo forzado de las dos culturas; donde una, para subsistir, tuvo que encubrirse bajo los dioses y las creencias de la otra.

Pronto “La Guadalupe”, como la llaman sus íntimos, es decir todo el pueblo, pasó de ser sólo mexicana a convertirse en símbolo de todos los hispanos. Ojo y no de la Hispanidad (como se escribió en una época), porque esa hispanidad era una idea de élite más bien conservadora. Hispano es hoy un término que personaliza más que a un élite señorial, a un mestizo discriminado, que, en el ‘Norte1, del otro lado del Rió Bravo: entre Nueva York y Los Ángeles, trata de sobrevivir como mano de obra no cualificada, ün mundo donde hay trabajo para él y su familia al precio del menoscabo de su dignidad. Para defenderla se aferra a los símbolos que garantizan su identidad, que le muestran lo que tiene de diferente y mejor que los “gringos”: los símbolos hispanos.

La Guadalupe para los hispanos que viven en condiciones de marginalidad, resume estas significaciones: es un símbolo católico, por oposición al protestantismo; es una señal de mestizaje, y es también un emblema de resistencia.

La apropiación del culto de la Virgen de Guadalupe por los nativos mexicas, y más tarde su reasimilación por los criollos, es vista por muchos como el símbolo supremo de la transculturación mexicana. Para los criollos la Virgen Morena era la posibilidad de enraizar en la Tierra de Anahuac y de naturalizarse americano.

Desde su origen, pues, la imagen va a representar lo popular y lo nacional, no sólo mexicano sino también americano. La leyenda es conocida: María se le apareció a Juan Diego y le ordenó (1531) decir al obispo, Juan de Zumárraga (1476-1548), que construyera en el mismo sitio, Tepeyac (en la punta de los cerros), al norte del lago Texcoco, una iglesia en su honor. Sobre el cerro existía ya un altar a la divinidad náhuatl Teteo Innan, la madre de los dioses, o “Nuestra Madrecita Tonantzin”. La hipóstasis parece haber producido de inmediato, porque ya antes la imagen se había sincretizado con otra: Teteo Innan se había identificado con una diosa de la tierra venerada por los ol-mecas y huastecas: Tlazoltéotl, madre de Centéotl, el maíz.

Cuándo se originó el culto no está claro. La primera mención a su origen en 1531 sólo aparece en 1648, en la obra de Miguel Sánchez Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe. Es entonces cuando es adoptado por los criollos. Pero ya en 1555, al fundarse la basílica por el arzobispo Montúfar, sucesor de Zumárraga, era una devolución importante.

El culto pasa de la Colonia a la República, donde, lejos de debilitarse, se consolida. A fines del siglo XIX es la devolución más popular, y numerosos son los que levan su nombre. Es el caso del que fuera probablemente el primer artista auténticamente americano; José Guadalupe Posada. Posada figura entre los devotos de la Virgen y la vemos aparecer en muchos de sus grabados. El más directo es el Coloquio para celebrar las cuatro apariciones de la Virgen de Guadalupe, que se conserva en el Museo Nacional de la Estampa, en México.

El grabado cuenta la leyenda. Describe el milagro tal cual aparece relatado en la obra de Sánchez: Como Zumárraga dudó de Juan Diego, la Virgen hizo florecer rosas en la colina y ordenó a Juan Diego que se las llevase al arzobispo en su manta. Pero cuando la abrió delante de Zumárraga, las rosas se desparramaron revelando la figura de la propia Virgen. Desde entonces se adora la imagen textil de la Guadalupe, considerada como la manta original de Juan Diego.

Desde sus orígenes fue también la Guadalupe un signo de combate. Tanto la devoción de las imágenes como el culto mariano formaban parte de los rituales que la Contrarreforma oponía al protestantismo.

Al desencadenarse el movimiento de la independencia mexicana, el grito de Hidalgo fue: “¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva América!”.

Cuando en 1895 se corona solemnemente la imagen, Ignacio Manuel Altamirano, el gran novelista mexicano, laico y liberal, se declara convencido de que el culto a la Virgen era lo que unía a todas las razas, las castas y todas las opiniones. Era la expresión de una conciencia nacional.

En 1910 fue nombrada por la Iglesia patrona de América Latina.

Tan vinculada se siente la Guadalupe a la identidad mexicana que en los años cuarenta circulaba una revista infantil llamada Juan Diego.

Durante un período la Virgen desaparece de la iconografía identificadora mexicana. Fue durante la época de los muralistas. Tanto Orozco como Diego Rivera, pero sobre todo Siqueiros, rechazaron los signos positivos de la cristiandad, para insistir en el discurso sobre la indianidad o en la temática obrerista. Estos últimos años, sin embargo ha vuelto a resurgir con enorme fuerza en el arte popular mexicano e hispano de los Estados unidos, y asociada a las reivindicaciones de los chicanos.

La renovación popular del culto guarda sus características tradicionales y agrega otras nuevas, dando así modernidad y actualidad a la imagen.

De las características tradicionales hay que señalar el sentido de protección del pueblo que ella guarda; en segundo lugar, su dimensión identificadora. Tener fe en ella es un signo de filiación para los chicanos. Un emblema que, como en la época colonial, más que mexicano es americano (de la otra América); o como ellos se llaman, hispano.

Entre los chicanos la Virgen se ha convertido en una referencia constante. Nadie podría imaginar una manifestación sin que en ella flameara su estandarte. Preside todos sus actos: sus fiestas, sus bailes. Figura en cada mural que se pinta en el barrio latino, incluso en los anuncios comerciales. Es así porque es un auténtico símbolo. Representa sus valores, su identidad, su dignidad. Para Octavio Paz, Tonantzin/Guadalupe fue la respuesta a la “chingana”: a la madre violada, abierta, desgarrada, la redimió como madre, virgen, cerrada, invulnerable.

La Guadalupe continúa siendo la devoción principal porque es la “Mamacita”, la defensora de su pueblo, claro que ahora con el lenguaje de la modernidad, incluso de la posmodernidad, como podrán verificar quienes visiten esta exposición.