La muerte no mata a nadie, pero…

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El 2 de noviembre los mexicanos se comen la muerte. La mastican en forma de calaveras de azúcar o la saborean en pastelillos. Los niños juegan con ella: hacen danzar esqueletos que se manipulan por detrás con una cuerda, se divierten con pequeñas figurillas llamadas “padrecitos”, que tienen un garbanzo por cabeza, o la hacen saltar de ataúdes de cartón como si fuese un polichinela de resorte. La verdad es que toda la ciudad se mueve al ritmo de una descomunal danza macabra: las vitrinas, las tiendas, las guirnaldas, los ciclistas, los charros, los mariachis, los juguetes, hasta las parejas vestidas de novio, todo se transforma en calavera.

Y, en el español de México, calavera no sólo quiere decir el conjunto de huesos de la cabeza, sino el esqueleto completo.

Eros y Tánatos, como decían los griegos. El 2 de noviembre la muerte se da a los placeres de la vida y encarga al artesano que la presente a llorar el hueso. La muerte es así vida de la artesanía. Vida de los que amasan las tradicionales calaveras de azúcar con el nombre de los familiares escrito en la frente, vida de los lozeros de Oaxaca, de Santa Fe de la Laguna, de Michoacán, que modelan incensarios y sahumerios para los altares de los extintos  o decorados floridos para las tumbas. Vida de los que fabrican los toritos vidriados de negro rodeados de velas y flores de zempasúchitl de Puebla, de los policromados que representan las almas, de los juguetes de barro cocido  con las calaveras bateristas de Guanajuato olas carrozas con las esqueletadas musicales de Metepec.

En la muerte se encuentran dos tradiciones que fundan la identidad mexicana: la precortesiana y la hispánica. La primera, que ha dejado obras tan maravillosas como los cráneos tallados en cristal de roca, y cuyo máximo expo­nente era la diosa de la Tierra y de la Vida, Coatlicue de rostro de calavera, se conserva sobre todo en el sentido de la vida del mexicano, completamente distinto al del Viejo Continente. Para el mexicano la muerte no es algo pavoroso, es necesaria para la resurrección. En el ciclo cósmico ella engendra la vida.

Recoge la muerte, por otra parte, la tradición de la mística española y europea. Es la historia de la danza macabra que se encuentra en los poemas de François Villon y en los grabados de Holbein y que se populariza en América a través del barroco. La calavera como danza de la muerte, como “vanitas”, cuestionaba el poder y las riquezas de este mundo. Su representación iconográfica en que el esqueleto arrastraba al rey, al obispo y al labriego, restablecía la igualdad humana. Como lo dice en sus coplas Jorge Manrique:

Que a papas y emperadores
Y prelados
Allí los trata la Muerte
como a los pobres pastores
de ganado.

La tradición precortesiana y española se sincretizan en el arte popular.

Con los grabados de José Guadalupe Posada, la muerte se convierte en una imagen del pueblo mexicano. La “pelona” —como se le dice popularmente— se pone parrandera, se va a la Revolución, parte con Zapata, llora baila, anda a cuchilladas, come mole y se emborracha con pulque. Las calaveras de Posada son corrosivas, precisamente porque se inscriben en una práctica de crítica social asociada a la muerte, y más antigua. Fernández de Lizardi nos cuenta en La Quijotita y su prima (1818), que para el 2 de noviem­bre se acostumbraba a enviar a los políticos y señorones, hojas, en las que se adelantaba la fecha del óbito y que contenían su necrología. Estas hojas que mostraban como vivía el muerto se llamaban “calaveras”.

En Arte en Colombia, N°28, 1985

 


[1] José Guadalupe Posada: “La calavera Catrina”