La main de Dieu, Nouvelle

19 avril 1981

La Mano de Dios

Le Monde Dimanche, 19.04.1981

Y a Ti ¡oh Dios Todopoderoso! Que ayudaste  con tu sabiduría infinita a desenvainar la espada y empuñarla para recuperar la libertad de esta Patria que tanto amamos, te pido ante mis conciudadanos , lo que tantas veces te imploré en el silencio de la noche antes de ese 11 de Septiembre: ayuda hoy a este pueblo que con fe en Ti busca su mejor destino

General Pinochet. (Discurso en el primer aniversario del golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1974)

Un día lo sorprendí jugando con la mano de Dios. Era un ritual que acostumbraba antes de cada siesta. La sacaba de su caja y la ponía en la mesa, apagando la luz para que brillara radiante el triángulo luminoso con que se entornaba. La acariciaba. Mudo la observaba largamente, como esas madres que en imágenes piadosas contemplan su hijo. De un golpecito de palma la impulsó hacia el techo. La mano se elevó, subió  y quedó flotando unos instantes (estaba habituada a las alturas, pues era la única capaz de alcanzar el cielo). Luego descendió lentamente, posándose sobre el escritorio de caoba. Volvió a tomarla, examinándola atentamente durante un instante, pasó su mano por el dorso y, después de un silencio, comenzó a darle rápidas y sucesivas órdenes,  de hacer todo aquello que pasaba por su cabeza: que le recortara el bigote, rascara la oreja, hurgara la nariz…Pero, lo que más le gustaba y le pedía empeñarse a cada rato, era verla sacara las castañas del fuego, que tostaban en la chimenea al otro lado del gigantesco despacho.

La mano de Dios hacía todo con humildad, segura de si misma; más, de tiempo en tiempo, fallaba. No lograba, por ejemplo, aplastar una mosca. Entonces, para castigarla, la enviaba contra el muro   a hacer líneas y la mano escribía largo rato con su dedo luminoso y en letras babilónicas, veinte, cincuenta, cien veces, según la importancia del traspié: MENE TEQUEL PARSIN, MENE TEQUEL PARSIN, MENE TEQUEL PARSIN.

No crean que la mano de Dios posee un signo particular. Yo pensaba que era color cielo y sus uñas rosadas como la aurora. Pero no. Es exactamente igual a la mano que la utiliza. Cuando era él quien jugaba con ella, la mano de Dios era idéntica a la suya; mismos pelos erizados sobre el dorso, mismos dedos cortos y gruesos, mismas uñas aplastadas… Y más tarde, cuando fue la Primera Dama que la manipuló, le vi dedos finos, palma rosa y uñas largas  carmesíes

Después de jugar largo rato, se dio cuenta de mi presencia. Parpadeó repetidamente, incómodo por haberse dejado sorprender entretenido con un juguete tan insólito o, quizá,  de que yo fuera testigo de su relación con la mano de Dios.  Pomposamente la volvió a guardar en su caja de cartón. ¿ Viste lo que hay dentro? me preguntó secamente señalando la caja con el dedo:¿ Viste lo que hay dentro? “Si, mi General” respondí, vacilante, temiendo que mi indiscreción me costara caro.

Me miró con el rabillo del ojo, medio de espaldas. Deslizando una sonrisa lenta y  torva  dejó pasar un dilatado silencio. Al cabo del cual concluyó que podía tener confianza…  y me entregó la caja luminosa (debía envolverla cuidadosamente en papel de estraza, oscuro, para que la luz no escapara por las dobleces). A continuación me ordenó (hablaba sólo en órdenes):  “Llévala a mi señora esposa”. La necesitaba para el discurso que iba pronunciar esa tarde en la Plaza de Armas. Antes de salir me advirtió, una vez más. que debía llevarla con extremo cuidado, pues era una reliquia de gran valor, muy útil al régimen y lo sería mucho más –agregó- si un pequeño grupo de obispos,  ”¡ah!, los hijos de puta”, no se obstinara en contradecirlo permanentemente. Pero incluso así era muy útil. “Es una reliquia histórica”, repetía, asegurando haberla heredado de los primeros españoles que llegaron a América –La mano de Dios era muy hispanizante-. Para probarlo se esforzaba en citar de memoria una cronista del siglo XVI que, a propósito de la masacre de Cholula, había escrito: “Los españoles iban guiados por la mano de Dios y no pensaban que cometían crimen alguno,  pues la voluntad del Señor era que esas tierras  fuesen conquistadas, salvadas. Arrancadas de manos del demonio”.

Antes de comenzar el discurso, y una vez que los generales, engalanados de charreteras y cubiertos de medallas, se instalaron jerárquicamente detrás ella como una línea de palitroques, la Primera Dama desenlazó el paquete  y sacó la mano de Dios, mostrándola a todo el mundo. Espectadores y auditores quedaron mudos, atónitos, enceguecidos por la luz que emanaba de ella. Salvo ese grupo de locas que iba todas las tardes a dar vueltas en torno a la plaza reclamando sus desaparecidos. Como si alguien pudiera devolverles sus desaparecidos. Los desaparecidos aparecen o no aparecen, pero nadie puede devolverlos… Por lo demás el gobierno había dicho que si no reaparecían al cabo de un mes, se les podía declarar oficialmente desaparecidos y que así las “locas” no podrían seguir dando vueltas, porque es ilegal que reaparezca alguien que oficialmente ha sido declarado desparecido. Pero esas viejas chifladas seguían sin darse por satisfechas… ¡Y no se podía negar que el gobierno había hecho todo lo que estaba en sus manos por solucionar el problema!.

La presencia de las locas inquietaba en alto grado a la Primera Dama –era muy sensible-. Temía que un incidente la hiciera tropezar en el  discurso que repetía vigorosamente delante su espejo, articulando cada frase, cuidando cada gesto, y llegase a ensombrecer ese maravillosos tercer aniversario del golpe de mano que había llevado el nuevo gobierno al poder. En todo caso la mano de Dios estaba con ella y la tranquilizaba. Así, después, sólo después de haberla mostrado en todas direcciones, comenzó su discurso:

“Queridos representantes de nuestras fuerzas armadas, Señoras y Señores, querido pueblo. Hoy se cumplen tres años que la mano de Dios apareció para salvarnos”,  adelantó a guisa de prólogo. Y la mano se infló, se hizo más luminosa y fue a instalarse detrás de la cabeza de la Primera Dama, dándole un aire de icono bizantino. Iba a continuar su alocución cuando, en medio del silencio expectante, se oyó una voz, opaca y lenta, que se levantaba en medio de la multitud. La voz de la “loca” resonó: “DEVUÉLVEME MI HIJO”

Visiblemente la Primera Dama se turbó… ¿Cómo continuar con su discurso, si se la interrumpía justo en el momento que se aprestaba a citar un pasaje de Borges que le había aconsejado deslizar en una parrafada el ayuda de campo literario de su marido “Que…qqueridos a…amigos”, balbució, tratando de recuperar coraje y mirando a derecha e izquierda para ganar tiempo, esperando que las fuerzas especiales se movilizaran para auxiliarla, y sacaran  a esa loca manu militari. Pero no tuvieron tiempo.  Antes de irrumpir en la plaza, otras voces altivas se escucharon: cinco, diez, cien, muchas…: “DEVUELVEME MI ESPOSO”… “LIBERA A MI HIJO”…”ENTRÉGAME A MI HERMANO”

Fue entonces cuando la mano de Dios tomó las cosas en mano y, separándose de la nuca de la Primera Dama, comenzó a agitar sus dedos por encima de la tribuna y a avanzar hacia la multitud. Al mismo tiempo crecía, se inflaba, se endurecía, cambiaba de color. Rockets metálicos aparecieron en su palma y su dedos se pusieron duros, brillantes y acerados. Entre las falanges crecieron remaches de grueso calibre, las rosadas uñas se convirtieron en bocas de cañón, las lúnulas en mirillas y las articulaciones en blindados ojos de buey de los que salían en racimo cabezas de hierro  apuntando a la multitud en las cuatro direcciones. Los cinco cañones comenzaron a disparar y centenas de personas cayeron desvencijados, anónimas, en el contorno de la plaza. Y mientras el pánico se apoderaba de quienes trataban de huir a la desbandada, solo las locas parecían indiferentes a la hecatombe.  Imperturbables se mantenían en su lugar, gritando de una sola y  misma voz: “Devuélvenos nuestros hombres”, “Entréganos nuestros hijos”, “queremos conocer a nuestros nietos” .Finalmente ellas también cayeron porque la mano de Dios, de la misma manera que había actuado en la época de la conquista de Cholula, para servir mejor al Señor, no dejó a nadie con vida.

Y cuando en la plaza no quedó un solo ser de pie, las bocas de los cañones volvieron a ser uñas, los dedos recuperaron su soltura, las articulaciones y la piel se ablandaron para volver a ser palma y la mano revoloteó mostrando palma y dorso como si la contemplara el ojo de Dios. Se restregó contra el suelo y en el monumento de un ilustre héroe ecuestre para limpiar las huellas de sangre. Volvió a vestir su luz dorada y triangular y se posó delicadamente en la mano temblorosa y agitada de la Primera Dama.

Al día siguiente todos los periódicos del país reprodujeron en primera plana el mismo titular:

ATENTADO EN LA PLAZA DE ARMAS CONTRA LA PRIMERA DAMA

LA MANO DE DIOS SE  HIZO NUEVAMENTE PRESENTE PARA SALVARNOS