LA DICTADURA MILITAR

por Miguel Rojas Mix

Es preciso distinguir diversas formas de dictaduras en América Latina. En todo caso, podemos distinguir tres tipos distintos de dictadura  que se instalan en la historia de América Latina: la dictadura positivista, la bananera y la militar del occidentalismo integrista, separándose ésta última de las otras por su concepción del Estado y porque aparece bajo la forma de ideología continental.

El positivismo va a tener una importancia política capital en México, Brasil y en general en toda América durante el siglo pasado. Porfirio Díaz es el que mejor encarna el tipo. El dictador mexicano encontró en el positivismo de Augusto Comte la base ideológica que necesitaba dar a su gobierno. En síntesis, definíase la dictadura positivista como un régimen autoritario opuesto a la anarquía, de la misma forma que la razón se oponía a la confusión; y asignábase la tarea de mantener la unidad social durante ese período de transición en que las creencias teológicas desaparecían rápidamente. Para los “científicos”, que así se denominaban sus prosélitos, correlato del orden político era el proyecto económico. Lo que concluía por la imposición de una económía liberal.

Jorge Ubico en Guatemala y Tiburcio Carias en Honduras son en realidad prototipos de la dictadura bananera. “Honduras —repetía un decir popular— es el país del ganado y las bananas: el ganado pertenece a Carias, las bananas a la United Fruits”.

Caracterízase la dictadura bananera por la mistificación de la persona del dictador. Trujillo en Santo Domingo construyó cerca de dos mil estatuas en su honor y el lema del país era: “Dios y Trujillo”;  la familia Somoza había convertido Nicaragua en su heredad. E1 dictador bananero es un patrón y un “patriarca”. Vargas Llosa descubre con buena pluma estos rasgos en La fiesta del Chivo.

Carentes de ejército profesional y con un alto grado de desorganización política, señálanse también estas dictaduras porque su base de sustentación es un cuerpo de policía, una guardia pretoriana o de palacio que depende directamente del “hombre fuerte”; es decir, guardias cuya razón de ser era la persona del jefe.  “Si renuncio, me llevo mi gente y mis armas”, declaró Somoza poco antes de ser derrocado.

La diferencia entre la dictadura bananera y la dictadura militar es que en ésta es el ejército quien  está en el poder. En el Estado dictatorial, el dictador es el ejército y no un individuo. El Presidente es el general en jefe del ejército. La persona del dictador puede cambiar, como es el caso de Brasil, donde se ha calificado de “dictadura sin dictador”  al régimen militar nacido en septiembre de 1968, y Argentina, cuando cambia el jefe de las fuerzas armadas, pero la dictadura continúa, porque el dictador no es el individuo sino la institución: se trata de una dictadura institucional. Y el caso de Pinochet, pese a sus apariencias, no hace sino confirmar este aserto, pues incluso después de abandonar la presidencia conserva la jefatura del ejército. Por ello, más que el dictador, el problema para la transición democrática es ése ejército; que aún cuando se retire de los organismos tradicionales de poder estatal, se pone en reserva de los intereses del modelo que defiende: en América Latina, el del capitalismo occidental.

 

El Estado dictatorial en América latina.

Comprendemos por Estado dictatorial aquél que surge como consecuencia de las dictaduras militares de la década del sesenta y del setenta.

Antecedentes de esta forma de dictadura, en particular en sus supuestos ideológicos “cristiano-occidentales”, tenemos en diversos países de América, pero en particular en Argentina. El nacional catolicismo es presentido ya  en el año 1932, cuando el R.P. Julio Meinvielle publica Concepción católica de la política, en la cual fustigaba la democracia y sostenía que el poder venía directamente de Dios. La obra, que es una justificación de la dictadura de Uriburu, constituye el vernissage político de esta ideología en Argentina. El militarismo integrista que ha triunfado con Uriburu vuelve al poder con Ramírez, cuya dictadura es denunciada en 1943 por el Partido Comunista argentino como clerical, militar y fascista. Los ideólogos de Ramírez –entre ellos Hugo Wast- son desbancados por Perón que los llamaba nacionalistas de Acción Católica. Pero vuelven al poder efímeramente con Leonardi, para instalarse en forma más estable con Ongania y nuevamente con Videla.

Una verdadera petición de principios constituye en este sentido el discurso que en el año 1965 sostuviera Ongania en la Academia de West Point, siendo general en jefe de las fuerzas armadas. Declaró entonces que el ejército debía defender la legalidad siempre que ésta no llegara a amenazar el estilo de vida tradicional de la Argentina. Al preguntársele cuál era  el estilo de vida tradicional de la Argentina, respondió : “El occidental y cristiano”. Es ésta una fecha simbólica, pues fue entonces que se unió explícitamente al integrismo la ideología del occidentalismo; un occidentalismo redefinido pues implicaba la adhesión al american way of life, el cual según se sabe era rechazado por el hispanismo tradicional y por el nacionalismo argentino hasta Perón. Luego del cuartelazo, la doctrina apareció reiterada en un texto de legitimación, Los objetivos de la revolución, señalando que constituían objetivos prioritarios del gobierno militar: la neutralización de la subversión marxista y la supresión de la acción del comunismo. Era la doctrina de las “fronteras ideológicas”.

En Brasil, la ideología del occidentalismo integrista se transforma en los hechos en doctrina oficial del régimen a partir del putsch de 1964, siendo sus mentores más conocidos  el general Golbery autor de una Geopolítica do Brasil,  y Correa de Oliveira, fundador del movimiento “Tradición, familia y propiedad”. Por su parte, Bordaberry proponía a guisa de modelo para la organización del Estado uruguayo la del Opus Dei en la España de Franco.

El Estado dictatorial se funda en una doctrina: la de la Seguridad Nacional; y un mito: el de la civilización cristiana y occidental. Este  mito lleva enracimando otros. Analizaremos tres de ellos: el jingoísmo, el hispanismo y la decadencia. Lo más importante, sin embargo, es que la dictadura militar es una concepción del Estado.

El Estado dictatorial nace fundado en una doctrina internacional y nacional, que da a los ejércitos el papel de censor de la vida política. Nace después de la Segunda Guerra Mundial, como consecuencia de la aparición del poder nuclear, que deja a los ejércitos regionales incapaces para asegurar la defensa externa de sus países contra una potencia de este orden. Por ello delegan la seguridad externa en una alianza con una gran potencia. En el caso de América Latina, la alianza con los Estados Unidos a través  del TIAR (Tratado Interamericano de Alianza Recíproca). Les queda como función, a los ejércitos nacionales,  asegurar el “orden interno”. Esta función resulta coherente con la lógica Este/Oeste y la “guerra fría”, que ve el conflicto planetario simultáneamente como una guerra externa e interna, con un enemigo interior que hay que combatir. Esta lógica engendra una concepción del Estado en que el ejército, lejos de estar subordinado al poder civil, como es lo propio de los regímenes democráticos, es quien debe controlarlo. Es la llamada doctrina de la Seguridad Nacional.

La concepción fundamental de esta doctrina es que entiende la política como continuación de la guerra. Lo que tiene varias consecuencias: entrega el poder al ejército, transforma éste en un ejército de ocupación en su propio país y militariza la sociedad civil; ideológicamente la militariza, pues la hace funcionar mediante la represión.

 

La concepción del Estado de Hegel a Gramsci.

Hegel distinguía entre sociedad política y sociedad civil. Antonio Gramsci (1891-1937), pensador y político italiano,  en sus notas de Cuadernos de la Prisión (murió en prisión por oponerse al régimen de Mussolini), analizando las sociedades avanzadas, en que la clase gobernante ejerce además  el poder militar y político, la hegemonía intelectual afirmó que el estado no sólo se extendía sobre la sociedad civil, sino se reproducía en ella. Louis Althusser (1918-1990), filósofo francés e influyente teórico marxista, definió dentro de la sociedad civil los aparatos ideológicos del Estado. En definitiva, para decir que si en una sociedad democrática la sociedad civil marchaba “a la persuasión” temporizaba para reproducir la idea de nación, de valores nacionales y de enemigos nacionales. En la sociedad autoritaria la sociedad civil marchaba “a la represión”. Esto se unía a la concepción orgánica del estado que era una noción básicamente  antidemocrática.

La concepción de la guerra de la doctrina de la seguridad nacional (DSN) implica una violación permanente de los derechos humanos. Se inspira esencialmente en la guerra contrarevolucionaria y sus fuentes son las teorías de la OAS francesa en Argelia y de la counterinsurgency en los EEUU, que es la lucha contra la revolución. Los militares argentinos tradujeron y estudiaron los textos de Bauffret y  Tranquier : Guerre, Subversion, Revolution, (Laffont 1968), y la mayoría de los oficiales de América Latina tuvieron períodos de formación en La Escuela de las Américas de Panamá o Fort Levenworth en los EEUU, donde aprendieron que en la guerra interna hay que vencer al enemigo por el terrorismo de Estado, que no es un guerra convencional porque no hay un  frente de guerra, sino  que el enemigo esta en “la foule” , en la multitud.  Por lo tanto es preciso cortarlo del apoyo que le puede dar la población civil, generando el terror mediante la represión generalizada; que es necesario recurrir a todos los métodos para descubrir al enemigo y aterrorizar a la población: la delación, la tortura, la extorsión, la desaparición de personas;  y que hay que extirparlo del pueblo como un cáncer peligroso; metáfora que usaron casi todos los golpistas. En Chile “vamos a extirpar el cáncer marxista” fue la frase clave del discurso del general Leigh. La guerra sucia y la concepción de un enemigo interno al que hay que extirpar es absolutamente incompatible con el respeto a los derechos humanos, como lo han demostrado las dictaduras del Cono Sur. A la legitimación de la represión que implicaba esta doctrina contribuyeron los mitos ideológicos a los que me referiré a continuación.

Desde el punto de vista ideológico se advierten dos períodos en las dictaduras institucionales. Un primer período hasta la mitad de los setenta en que hay un discurso de legitimación, que retoma los temas clásicos del franquismo español: hispanidad,  cruzada del ejército, la familia, así como una afirmación de los valores del catolicismo tradicional e integrista. Una serie de mitos de legitimación aparecen asociados a estos: la legitimación por el derecho natural: defensa de la propiedad privada; legitimación del golpe por el derecho al tiranicidio; y el discurso sobre la defensa de la Sociedad Cristiana y Occidental.

El segundo período aparece hacia los años 75/76 cuando la legitimación del poder militar se funda en la defensa de la economía de mercado. Tesis que permite el apoyo sucesivo de Reagan y Bush y que termina por imponerse como discurso planetario después de la crisis de los regímenes socialistas, y del éxito del famoso Fin de la historia de Fukuyama.

Hablemos del primer período y en particular de la DSN que organiza el comportamiento represivo de las dictaduras.

Los fundamentos de la DSN se encuentran desarrollados en la Geopolítica do Brasil del general Golbery. El brasileño comienza su obra con un capítulo dedicado a Hobbes. No es un capricho  literario, es que la concepción leviatánica del Estado conviene a las dictaduras.

La DSN  entiende la política como un conflicto planetario; como  guerra total. Es el  enfrentamiento entre “bloques”: Occidente contra el mundo socialista.  Para fundar su teoría recurren a la historia, se inspiran en Toynbee y en Spengler: en la teoría de decadencia del alemán y en la noción de  “guerra interna” del inglés. En la guerra total impera la lucha sin cuartel, por ello la geopolítica de la DSN denuncia lo ilusorio de la búsqueda de la paz y lo disparatado de una política de distensión. La détente es irreconciliable con la doctrina de la Seguridad Nacional, pues ésta última supone un mundo en guerra, en tensión y no en distensión bélica. Para reforzar su imagen se insiste en que en el mundo contemporáneo se habría vuelto al estado de inseguridad de la época de Hobbes: en que Europa se desgarraba en guerras de religión y los ingleses esperaban con angustia la llegada de la Invencible Armada. Ante una inseguridad tal, los hombres tienden a defenderse sacrificando su libertad por la seguridad individual y colectiva.

En la necesidad de seguridad se funda, justamente, la Doctrina de la Seguridad Nacional. Pareciera, de la pura lectura del texto de Golbery, que no hay diferencias entre los totalitarismos de izquierda y de derecha. Más adelante, sin embargo, Golbery denuncia a su verdadero enemigo: el marxismo. Es el único totalitarismo temible. En todo caso, apunta en páginas posteriores que lo que diferencia a los países occidentales que aplican la doctrina de la Seguridad Nacional de los totalitarismos comunistas, es que los primeros no sacrifican totalmente las libertades, porque “Alem de certos limites, a Liberdade sacrificada determinará, de su parte, perda vital da Segurança. Os escravos nâo sâo bons combatentes”. Así la seguridad nacional sería la idea matriz a partir de la cual todo debe ser redefinido: el patriotismo, los derechos humanos, la moral¼

Y en el informe de junio de 1976, presentado por la delegación chilena con descargos a la condenación que por segunda vez pronunciaba la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la O.E.A., después de repetir las monsergas de la salvación, se afirmaba que: “Chile no podía darles a los marxistas que había derrocado y que violaron todos los derechos humanos el ejercicio de estos derechos. El delincuente no puede ampararse detrás de la ley que ha sido dictada para sancionarlo…”

Los dictadores se preguntan qué es el hombre y cuál es su esencia, y sostienen que su característica fundamental es la tendencia a la agresión. Con Hobbes repiten que en la sociedad rige la ley de la selva. Y agregan que en la economía de mercado, bajo las formas de afán de lucro y competencia, cada individuo queda entregado a sí mismo en un estado de sálvese quien pueda. Es el sistema que mejor corresponde a la naturaleza humana. Aseguran, siguiendo a Friedmann, que éste es el único modo de organización posible de la sociedad cristiana y occidental,  ya que la alternativa, la sociedad rebaño, donde el Estado aplasta las iniciativas de las personas, es el único Leviatán temible.

Esta concepción hace de puente para entrar en el segundo período, que se inicia en los años 75/76,  cuando la legitimación del poder militar se funda en la defensa de la economía de mercado.  Pero antes de hablar de él quiero referirme a los mitos de legitimación, que por lo demás son los que organizan el pensamiento de la extrema derecha.

Los mitos de legitimación muestran las ideologías en que se funda la doctrina represiva, a la vez que legitiman la violencia. Ellos constituyen el discurso de la derecha extrema, pero no son el monopolio de ésta; muchos de sus axiomas forman parte del imaginario de clase, del imaginario nacional,  o circulan  a través del sentido común expresándose en reflejos racistas, sociales y culturales.

 

La Hispanidad y el Nacional Catolicismo.

La Declaración de Principios de la junta de gobierno militar de Chile afirmaba, enfática, que los militares habían rechazado la solución marxista “dado su carácter totalitario y anulador de la persona humana” y porque, concluía,  “contradice nuestra tradición cristiana e hispánica”.

Era el discurso del nacional catolicismo, ya desarrollado por el franquismo y que apoyaba la legitimidad de su acción en la voluntad de Dios. Es el discurso de algunos obispos en Chile, como  Monseñor Tagle, obispo de Valparaíso, que afirmaba que un baño de sangre era necesario para purificar el país, y de muchos vicarios castrenses en Argentina y Chile que manejaban esta idea de “cruzada”. El propio Pinochet confesaba todavía en El Día decisivo que fue “guiado por la Divina Providencia” que había preparado el putsch, e implorando al
Todopoderoso al conmemorar el aniversario del golpe: “ Y a Ti, ¡Oh Dios Todopoderoso!, que ayudaste con tu sabiduría infinita a desenvainar la espada y empuñarla para recuperar la libertad de esta Patria que tanto amamos, te pido ante mis conciudadanos lo que como tantas veces te imploré en el silencio de la noche antes de ese 11 de septiembre: ayuda hoy a este pueblo que con fe en Ti busca su mejor destino”.

Se caracterizan dichas dictaduras por la mistificación del occidentalismo y la ficción de su defensa; por una concepción orgánica y jerárquica del Estado, fundada en la familia y opuesta a la democracia, al sistema de partidos y, sobre todo, a la lucha de clases; por su elitismo; por el deseo de reactualizar una teoría del poder fundado en la voluntad divina y en el derecho natural, negando valor a la concepción contractual de la autoridad; ergo, por una confusión de la sociedad religiosa con la civil; por una defensa de la propiedad privada y un rechazo violento contra todo “estatismo”; por una exaltación de la dictadura y la contrarrevolución; por el descubrimiento de un “enemigo interno”… En Maurras, además, la defensa de Occidente se vincula al antisemitismo.

El concepto integrista del nacional catolicismo lo precisa Maurras: él dice que es católico, pero no cristiano.

 

Jingoísmo.

A partir del momento mismo de la asonada, los militares comenzaron a fomentar y difundir el imaginario nacionalista. Apenas unos días después, en Chile, uno de los miembros de la Junta se dirigía a los estudiantes (los que quedaban después de una expulsión masiva) diciendo: “Aspiramos a un  régimen  profundamente  nacionalista  en el  cual  Chile y los chilenos sean nuestra fuente inspiradora”. Y, seis meses más tarde, Pinochet declaraba, solemne, delante de las autoridades nacionales y el cuerpo diplomático reunidos en pleno: “A la acción desquiciadora del comunismo internacional se opone la vía nacionalista y liberadora del pueblo chileno”.

El desarrollo del nacionalismo fue también uno de los objetivos declarados de la dictadura uruguaya. Contra la política disolvente de los partidos, se afirmaba, era preciso promover una  “mística de la orientalidad” que unía a las distintas clases sociales en el sentimiento de que por encima de todo eran uruguayos. Esa mística debía exaltar los valores de la tradición y el concepto de patria y permitir el desarrollo “en seguridad”. Adjetivación que quería decir que únicamente los militares podían garantizar el desarrollo, a la vez que deslizaba la idea de que desarrollo  y Seguridad Nacional estaban indisolublemente unidos. 

Empero, lo más importante para los dictadores es que la alusión a la patria sea una exaltación del ejército.  Así, el Bando Nº 5 de la dictadura militar en Chile, que declaraba: “Las Fuerzas Armadas y de Orden han asumido el deber moral que la patria les impone, de destituir al gobierno que, aunque inicialmente legítimo, ha caído en 1a ilegitimidad flagrante y han decidido asumir el Poder por el sólo lapso de tiempo que las circunstancias lo exijan apoyados en la evidencia del sentir de la gran mayoría nacional, lo cual de por sí,  ante Dios y ante la Historia, hace justo su actuar”.

Para ellos la historia no es otra cosa que crónica militar. De ahí la identificación, la amalgama patria igual a ejército.

“La presencia castrense en Chile se evidencia desde su descubrimiento y conquista en el siglo XVI. Almagro y Valdivia eran antes que nada soldados, como lo fueron también muchos de los gobernadores que en la llamada Colonia echaron bases sólidas para el afianzamiento de la nacionalidad. La Independencia tuvo en el ejército chileno su actor fundamental. Lo mismo cabe decirse durante la “segunda independencia”, o sea el triunfo sobre la confederación Perú-Boliviana en los albores de la República. Pasan los años y nuevamente las fuerzas armadas definen la contienda en 1879, incrementando el país su territorio. En 1891, si bien al precio de una guerra civil, las fuerzas armadas ponen fin a un gobierno que extralimitó sus poderes, fortificándose desde entonces el régimen parlamentario. Pero son los propios uniformados los que en 1924 reclaman nuevos cauces sociales y políticos frente a una profunda crisis nacional y, finalmente, en 1973 deponen a una administración que llevaba a una catástrofe cierta. En otras palabras, en todos los momentos culminantes de la historia chilena las fuerzas armadas jugaron un rol trascendente[1].

Al identificar la patria con el ejército, las dictaduras oponen dicha noción al marxismo y al socialismo. La discordia se transforma en la antipatria.

La civilización cristiana y occidental.

La segunda parte de la declaración de principios de la Junta Militar decretaba: “El gobierno de Chile respeta la concepción cristiana sobre el hombre y la sociedad. Fue ella la que dio forma a la civilización occidental de la cual formamos parte y es su progresiva pérdida o desfiguración la que ha provocado en buena medida el resquebrajamiento moral que hoy pone en peligro esa misma civilización. Todas las dictaduras militares, sean ellas brasileñas, argentinas, uruguayas u otras, se declaran defensoras de la civilización cristiana y occidental.La civilización cristiana y occidental no sólo se opone al comunismo y al socialismo, también al aborigen y al negro. Un texto publicado en el diario El Mercurio, titulado Las Glorias del Ejército, es significativo:

Protector de la civilización cristiana contra la insurgencia aborigen durante tres siglos, forjador de la Independencia y fundador de la República, el Ejército de Chile constituye la columna vertebral de nuestras instituciones“.

En lo político el mito de la civilización cristiana y occidental tiene dos funciones principales: permite la unión de las derechas, particularmente de liberales y conservadores; y la ficción de su defensa justifica los ataques contra la democracia y el socialismo y legitima el golpe.

Asociada a la idea de civilización cristiana y occidental está el mito de la decadencia.

El Occidente está en decadencia, pues se siente débil para defenderse del enemigo externo. En el interior de cada país la decadencia de Occidente se expresa en la decadencia de la democracia. “Desde la postguerra, la influencia comunista empezó a debilitar el sentido genuino de la democracia liberal y a convertirlo en un concepto amplio y equívoco de gobierno del pueblo. Debieron aparecer el terrorismo y la subversión (el enemigo interno) para que muchos se preguntaran si los mecanismos defensivos de la democracia eran bastante eficaces para resguardar la libertad… ‘Creo que la democracia es una superstición’ —repite el articulista citando al escritor argentino J. L. Borges; y agrega— “el gran argentino percibe que la democracia occidental se encuentra en crisis y que lo importante es la defensa del hombre y de la sociedad libre”.

Todo un capítulo de la afamada Geopolítica do Brasil del general Golbery, “O occidente amenaçado”, se dedica a estudiar la pérdida de vigor de que padecería la civilización cristiana. En Argentina, la noción de decadencia está implícita en la ya citada “Doctrina de West Point” en cuya formulación el general Onganía justificaba la intervención militar y la ruptura del régimen democrático en caso que el estilo de vida occidental y cristiano fuese amenazado. Y en Chile, señalábase “la honda crisis moral y económica que hoy conmueve a Occidente” ya en la Declaración de Principios. Y Pinochet, en su discurso inaugural a la VI Asamblea de la O.E.A. reunida en Santiago, declaró que la civilización occidental y cristiana se encontraba interiormente debilitada y exteriormente agredida; y que su ruina era la consecuencia del resquebrajamiento de los valores morales que han conformado esta sociedad.

El Imperio Romano es el gran modelo que sirve para desarrollar la noción de decadencia del Abendlandes o del West a los dos inspiradores mayores de la filosofía histórica de las dictaduras: Spengler y Toynbee.

 

Spengler y la biología de las civilizaciones. 

En 1918 publicó, Oswald Spengler (1880-1936), filósofo alemán, Der Untergang des Abendlandes (La decadencia de Occidente) Desarrolló una teoría morfológica de la historia, afirmando que todas las culturas recorren las edades del hombre-individuo.

La decadencia era la fase senil de una cultura. Características de esa época son la megalópolis y la crisis de la democracia y el dinero, que se corroen mutuamente; la lucha de clases, que destruye la virtud primigenia de  la unidad social; la manipulación de las masas por la prensa; la disciplina de hierro de los partidos; y  la inseguridad que se haría crónica. Entonces, los hombres, cansados, pedirán un salvador.

 

Toynbee.

Arnold J. Toynbee (1889-1975), historiador británico, fue apresuradamente leído por la inteligencia militar. Se inspiran en él no pocos de los teóricas castrenses. Entre ellos especialistas en geopolítica, ciencia nutricia de la dictadura. El propio Friedmann, por ejemplo,  parece haber tomado de su estudio las nociones de peligro externo e interno de que cree amenazada a la sociedad capitalista. A Study of History, que comienza a publicar en 1934, plantea una dinámica de las civilizaciones, que al igual que en el erudito alemán pasan por una serie de etapas. El avance de una sociedad depende de “minorías creadoras”. Mímesis Challange-and-response: Cuando las  minorías son incapaces de responder al challange, al desafío, las masas les retiran su confianza y, volviéndose hostiles hacia ellas, se transforman en “proletariado interno”. Cesa entonces, a la vez, el atractivo que la civilización ejercía sobre los pueblos vecinos, menos desarrollados, y surge un “proletariado externo”, que se convierte en enemigo. El cisma de la sociedad engendra un período de grandes conflictos que desencadenan, finalmente, la guerra total.

Si en el discurso de los dictadores latinoamericanos estas imágenes de enemigo interno y externo, referidas al marxismo, son interactivas es porque la geopolítica castrense está fundada en ellas. La decadencia de Occidente, el peligro de que la civilización fuese aniquilada, es lo que ha forzado a los militares a intervenir. Y en este punto las tesis de Spengler y Toynbee les parecen proféticas. Dice el general Golbery a los uniformados:  “E nâo é por simples acaso que dois espíritos tâo fundamentalmente antagônicos como o de Spengler e o de Toynbee vislumbran ambos —con absoluta certeza o primeiro e embora com uns ressaibos de dúvida esperançada e otimista, o segundo—, no futuro que de nós se avizinha, a sombra do grande Império Universal em que se aniquilará, por fim, a civilizaçâo ocidental.”

Dos circunstancias son significativas del inicio de una nueva era ideológica: la imposición del modelo económico neoliberal y la visión planetaria de la sociedad impuesta por las multinacionales. El inicio de ambas coinciden en el año 1975. Ese año se impone el modelo de la economía de mercado en Chile y se redacta el informe de la “Comisión Trilateral”, titulado The Crisis of Democracy.

En 1975, el discurso neoliberal se implanta en Chile y reemplaza al nacional catolicismo como legitimación del golpe; y los “chicago boys” irrumpen en política desplazando a los antiguos conservadores.

La historia del neoliberalismo, sin embargo, comienza mucho antes.

En abril de 1947, treinta y nueve intelectuales se reunieron en una pequeña localidad suiza llamada Mont Pellerin. Entre ellos figuraban Hayek, que convocaba, Milton Friedmann, Karl Popper, Polanyi… Juristas, filósofos, historiadores políticos, críticos literarios de los cuatro rincones del mundo, intelectuales todos de gran prestigio e influencia y sobre todo de gran presencia en el aparato de formación de la opinión. Al cabo de 10 días de reflexión dieron a luz una declaración de principios en la cual se afirmaba que la civilización se encuentra en peligro por las actuales tendencias políticas. La libertad humana y la dignidad han desaparecido ya de grandes sectores de la tierra y en otros se encuentra constantemente amenazada. Fenómenos que han sido provocados por el desarrollo de una visión de la historia que niega todas las normas absolutas de moral y por un debilitamiento de la fe en la propiedad privada y en el mercado competitivo. Por cierto, se referían al mundo comunista y al socialismo. Su crítica iba desde Marx a Keynes, del comunismo al Estado providencia.

La idea central que los unía era su crítica a la función intervencionista  del Estado y su convicción de que el mercado era el sujeto de la historia y la base de todos los derechos, incluyendo por cierto los derechos humanos. Afirmaban que el mercado no sólo garantizaba la libertad, sino que la generaba, y que era más democrático que la democracia misma.

Junto a Hayek y Friedmann, los miembros del Mont Pellerin sentaron las bases económicas e ideológicas del pensamiento neoliberal, que hoy domina el mundo: que impone el mercado como última solución,  y cuya lógica cierra la historia. Como afirma  uno de sus epígonos, Fukuyama, en El fin de la Historia, un libro que ha dado mucho que hablar… no necesariamente bien.

En la misma línea se encontraba Karl Popper, que acababa de publicar una obra titulada La sociedad abierta y sus enemigos, en la cual atacaba a todos los pensadores que él incluía bajo el rótulo de “historicistas”,  comenzando por Platón, siguiendo por Hegel y concluyendo con Marx, pero sin olvidar ni a Spengler ni a Toynbee. Historicistas eran para él todos los que veían un propósito en la historia, y especialmente quienes veían en la utopía una meta anunciada;  y, más aún, aquéllos que concebían la utopía como utopía concreta, como la posibilidad de cambiar la sociedad y crear un mundo más justo. A esta mentalidad, que calificaba de mítica, propia de una sociedad cerrada, la llamaba tribal, y afirmaba que el tribalismo se había extendido enormemente  y era la panacea del pensamiento totalitario, sin distinguir entre fascistas y  socialistas.

Con Popper, se unía al modelo neoliberal el pensamiento único.

No es una casualidad que Chile, donde el autoritarismo ha sido más tenaz, sea el mayor ejemplo de éxito de dicho modelo. La ideología neoliberal reivindica la noción de “aldea global”, que excluye la especificidad cultural, y por supuesto no postula una democracia global. Su idea señera de libertad le parece mejor garantizada por el mercado que por la democracia.

Significativo es comprobar que los militares reproducen una visión planetaria de la sociedad impuesta por las multinacionales. El documento que mejor ilustra sobre esta visión cósmica, que en definitiva no es sino el reflejo de la voluntad de instaurar un Estado multinacional, es el informe titulado The Crisis of Democracy (New York University Press, 1975), antes citado, presentado a la “Comisión Trilateral”: Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joji Watanuki. Allí los teóricos de la “Comisión”, que reúne los más grandes empresarios del mundo capitalista, se alarmaban profundamente por el papel que desempeñaban los intelectuales dentro del sistema democrático. El régimen democrático es demasiado permisivo, afirmaban, y hay que limitarlo. Su permisividad permite, por una parte, que demasiada gente tenga acceso a una educación superior y, por otra, que en su seno se genere un intelectual “portador de valores”, que es un intelectual contestatario, que se opone al sistema. Este intelectual —afirma el informe— es peligroso y hay que eliminarlo. Es preciso reemplazarlo por otro, por el “intelectual práctico” (técnicos, gerentes), aquél que se orienta hacia su incorporación en la industria y no reflexiona ni sobre problemas sociales ni sobre problemas filosóficos. Este cambio de intelectual implica, por cierto, modificar el proyecto de sociedad liberal, transformando los valores y cambiando los signos de prestigio. ¿Que si el proyecto se ha puesto en práctica? Basta con observar cómo en numerosos países los nuevos programas banalizan los estudios filosóficos y literarios, asignándole una importancia cada vez mayor a las disciplinas científicas y tecnológicas. A partir de los primeros tramos de la secundaria los alumnos que no son capaces de seguir un bachillerato en matemáticas no tienen derecho sino a una educación de segunda clase, sus posibilidades de desembocar en las universidades  disminuyen y posteriormente sus expectativas de empleo se restringen. El nuevo modelo apunta, pues, al desarrollo de un “intelectual práctico”, cuyo prestigio y cuyas posibilidades económicas nacen de su cultura tecnológica y no de su reflexión sobre el hombre y el mundo. Estamos lejos del intelectual comprometido.

Si agregamos el nuevo concepto de guerra terrorista, sobre estas bases quedó configurado el proyecto de sociedad global para el siglo XXI.

Y… ¡Sálvese quien pueda

 


[1] Mac Hale, Tomás P. “Los militares en la historia de Chile”. M. 13.7.1976. ”Ha sido siempre el soldado quien ha permitido la continuidad y permanencia de un sistema de vida”, decía el Comandante en Jefe del Ejército uruguayo con motivo de la inauguración en Montevideo de la conferencia de Ejércitos Americanos. 11.11.1976.