La cultura en las relaciones entre la UE y América latina y la especificidad de Iberoamérica.

Para tratar la cuestión cultural en el seno de las relaciones que se establecen en los procesos de integración, tenemos que situarnos en los diversos escenarios posibles. Tomemos tres ejemplos. El de la integración en el NAFTA, en el de la relaciones con la UE Y el de la Comunidad Iberoamericana.

En el primero tenemos que atender a lo que representa la enorme “colonización” cultural por la imagen que ha llevado adelante los Estados Unidos en este siglo.  Es un hecho que las dos grandes artes del siglo XX, el octavo y el noveno arte: el cine y los cómics, fueron esencialmente dominados por la creación e los artistas que trabajaron en los Estados Unidos. Artistas, directores de cine u otros que no necesariamente norteamericanos, pero que si hicieron cine norteamericano. Agréguese a ello la enorme importancia que ha tenido en el planeta la música popular de los Estados Unidos, en particular la negra, con los “Rythm and blues”; el relance de la literatura de aventuras y el arte a partir de los años 40 y de la exposición del “Armory Show”  La comunicación de esta cultura que en sus principios se llamó “Dime Novels” o “pulp”, cambió las pautas referenciales de la cultura, del siglo. Hasta hace poco esa cultura era rechazada como subcultura, pero permeaba la cultura popular en particular de los niños, que preferían leer en viñetas al  al pato Donald o a Superman que a Julio Verne o a cualquier otro autor en texto corrido, sin imágenes. Había así una doble cultura: la llamada alta cultura, referencial que en general se compraba en las “buenas librerías”, y  pasaba la influencia europea a América Latina, y la popular, en la que se formaban las nuevas generaciones que se adquiría en los kioscos de periódicos. La hegemonía política de los Estados Unidos se fue consolidando poco a poco como hegemonía cultural a través de estos medios de masa, y a través de la internacionalización del inglés como la koiné del siglo XX y más aún del siglo XXI, en particular si se tienen en cuenta que el medio de comunicación más potente de este siglo y del futuro inmediato, que es la informática, funciona en más de un 80% en inglés.

Ahora, para tratar la cuestión cultural en el seno de las relaciones de la UE con América latina tenemos que insistir en el distingo entre el marco europeo de relaciones y las relaciones de España y Portugal con las Américas hispano y lusohablantes. Creemos que en este campo se manifiesta de forma clara que si las relaciones de España y Portugal en cuanto miembros de la UE deben inscribirse en el cuadro general de la política comunitaria, ellas no deben agotarse allí, ni confundirse totalmente hasta desaparecer en ella. Deben mantener su especificidad en un marco propio, distinto aunque coordinado, un marco específico de relaciones fundadas en la integración cultural.

Observaciones y preguntas:

Para comenzar a reflexionar sobre el tema permítaseme algunas observaciones y un par de preguntas:

Primera observación: En general cuando hablamos de cultura esencialmente hablamos de lengua o de familias de lenguas, como en el caso de la latinidad. Con matices, como los que puede haber entre el español de la Habana y el de Buenos Aires, o el de un extremeño y un catalán, o como los que hay dentro de la cultura inglesa entre el slang y el cockney. Es así incluso cuando aludimos al mestizaje, cuando nos referimos al fenómeno cultural hispano en los EEUU en términos de spanglish.

De esta suerte nos parece más real hablar de cultura iberoamericana que de cultura europea (concepto que se intenta afirmar dentro de la UE). Una conclusión, que de aceptarla en su carácter obvio, debería ser de peso para reflexionar sobre la especificidad de las “relaciones ibéricas” (por ibéricas entiendo desde ahora las de España y Portugal) con América latina, más allá del marco de las que mantengan en tanto miembros de la UE.

Segunda observación. Para hablar de la cuestión cultural en un proceso de regionalización (término que se impone cada vez más en el discurso de los sociólogos y economistas), o de las relaciones entre regiones, creo preferible el término comunidad al de región, porque región alude más bien a una dimensión geográfica, aunque puede estar doblado por una dimensión política o económica, y la cultura es un fenómeno esencialmente humano y social, que si solapa la geografía en la mayoría de los cuadros regionales, no se agota en sus límites. Región y comunidad cultural pueden no coincidir y se translimitan constantemente: o bien la región sobrepasa la comunidad cultural, cuando el marco de la región es más amplio que el espacio de la lengua, o bien la lengua excede la región.

En el primer caso, como ocurre cuando se trata de una comunidad pluricultural pactada, la cultura puede funcionar como un enclave, como un discurso de identidad diferenciador y con relaciones específicas, políticas y económicas, dentro de la cultura que domina en la región. Circunstancias como ésta explican a menudo el conflicto entre nación y “minorías culturales”, e incluso el reflorecimiento y la agudización de sentimientos nacionales en el marco de sistemas de globalización, más amplios que los nacionales.

Pero también la lengua puede exceder la región, creando una comunidad cultural multiregional, y abriendo un abanico de intereses contrapuestos entre comunidad cultural y región económica, que a menudo resultan difíciles de arbitrar y que plantea serios problemas de equilibrios a los países que estando dentro de una comunidad cultural, se integran en distintos procesos de regionalización.

Tercero, es necesario insistir en que en los hechos tanto los procesos de integración, cuanto las relaciones entre bloques comunitarios (salvo en el caso de la Comunidad Iberoamericana) han sido concebidas fundamentalmente como comerciales y económicas, con una sospecha política más o menos viva, pero en general indefinida; que por el momento la integración expresa los pragmatismos del mercado, y que prácticamente nadie se ha planteado seriamente la función activa de la cultura en este proceso. No hay un proyecto cultural de integración. Se espera que la cultura responda espontáneamente a esta cuestión. Hay en esta actitud una idea ciertamente mecanicista de la cultura.

Cuarto, es precisamente por eso que cuando reflexionamos sobre la cultura en la perspectiva de los procesos de regionalización, de sus relaciones entre sí, o de las perspectivas del EstadoNación en el contexto geopolítico del próximo milenio, resulta difícil obviar a Gramsci, al Gramsci que sacó la cultura de la superestructura pasiva a que la reducía la interpretación mecanicista del pensamiento de Marx (ínsita todavía en muchas metodologías no necesariamente declaradas marxistas) y le devolvió su rol activo y, sobre todo, creativo, en el proceso transformador de la sociedad.

En cuanto a las preguntas, aunque puedan parecer archiconocidas conviene plantearlas por afán metodológico y porque ellas permiten enmarcar la cuestión. Son las siguientes:

¿Qué queremos decir por “cuestión cultural”?; y

¿Cómo enfocar esta cuestión en el contexto de los procesos de integración, de globalización y de la relaciones de las comunidades entre sí?

No voy a repetir lo que todo el mundo sabe: las diversas concepciones filosóficas o antropológicas de cultura, ni entretenerme en sus distingos con el concepto especular de civilización; voy a utilizar cultura en su significado original, como formación del hombre, lo que los griegos llamaban paideia. En este sentido la cultura aparece bajo su noción formadora, galvanizadora, que crea y une la comunidad, haciéndole asumir una serie de valores comunes. Valores que en la Hélade s encarnaban en la areté, un modelo de virtud de identidad colectivos, representado en su grado máximo por un héroe de la época: Aquiles u Odiseo. La búsqueda de este modelo fue una de las grandes preocupaciones de la “Generación del 98”, que algunos de sus representantes más notables creyeron encontrar en el Quijote y el “quijotismo” castizo. Unamuno consideraba gemelos al Quijote y al Martín Fierro y la defensa de la “argentinidad” le parecía idéntica a la defensa de la “hispanidad”, pues desembocaba en una lucha “contra la Argentina afrancesada”.

Ya desde los griegos la idea de comunidad descansaba sobre la lengua; los otros, a quienes no se les entendía el idioma, se les llamaba “bárbaros”: los que hablaban como los pájaros. Y Unamuno declaraba reiteradamente: “La lengua es una patria”.

De paso, hemos respondido aquí a la segunda pregunta: la cuestión de la cultura debe enfocarse en un proceso de integración, precisamente así, en forma pleonástica, como cultura integradora.

Integración e identidad en la perspectiva posmoderna:

Esta función integradora la cultura la cumple en la medida que se hace identidad. Y en este sentido es necesario volvernos sobre los diversos discursos de integración que ha conocido Nuestra América (noción que ya es uno) para entender algunos de los conceptos que estamos manejando. Actualmente se escucha hablar de neobolivarismo y de neopanamericanismo y de si el latinoamericanismo es conciliable o no con el panamericanismo. Tal vez para ver cuál es la cobertura cultural de un eventual proyecto de integración; en el caso en referencia el Tratado de Libre Comercio (TLC o NAFTA), pero que nació con el nombre significativo y memorioso de “Iniciativa de las Américas”.

Sobre los discursos de integración ya me he extendido en un libro todavía reciente, Los cien nombres de América, donde analizo las ideas de Hispano, Ibero, Afro , Indo , Latinoamérica y otras, y me remito a él. Permítaseme ahora hacer una sola observación, que equivale a una puesta al día de la cuestión. Una observación para tratar de avizorar qué es lo novedoso. Porque sí hay cosas novedosas, y que son específicas de nuestra posmodernidad. Una de ellas es que hoy día hablamos de integración sin apenas referirnos al marco político de los proyectos en cuestión: ¿son de izquierda?, ¿de derechas?, ¿o da lo mismo?; o mejor aún: ¿obviamos el problema casi no mencionándolo? ¿Habría sido igual nuestro debate sobre la integración en la década del sesenta? Y si así no fuera, ¿no es éste ya un signo de una gran transformación cultural?, ¿de un cambio esencial en nuestra cultura política?

¿Cuál sería pues la función de la cultura en los procesos de integración?

En primer lugar la democratización.

Por principio la cultura autoritaria es contraria a la idea regional. Dentro de una comunidad internacional es más difícil sostener el autoritarismo, que se funda esencialmente en el reforzamiento del Estadonación, en una idea blindada de nación, jingoísta; definida por concepciones geopolíticas hacia el exterior y la teoría de la seguridad nacional hacia el interior.

Por paradójico que parezca, el autoritarismo convenía a la instalación del modelo neoliberal en América latina, al menos tal cual éste era propuesto por Friedmann. No es una casualidad que Chile, donde la dictadura ha sido más tenaz, sea el mayor ejemplo de éxito de dicho modelo. En Capitalism and Freedom, donde Friedman desarrolla su idea de libertad a través del mercado, reduciendo en materia económica el papel del Estado, señala que éste es sólo necesario fortificarlo para defender la libertad de dos grandes amenazas: de “the external threat coming from the evil man in the Kremlin who promised to bury us…” y del “internal threat coming from the men of good intentions and good will who wish to reform us…” (1975 p.201). Es decir del enemigo externo e interno. Dos razones que se utilizaron en años recientes para reforzar el aparato militar represivo y legitimar los regímenes autoritarios. Friedman, que escribía esto en el calor de la “guerra fría”, creía más en la libertad del mercado que en la igualdad de la democracia.

Bien que el mundo ha cambiado sigue siendo cierto que las dictaduras se encierran en el modelo Estado-Nación; en cambio las democracias se abren hacia procesos supranacionales.

Por otra parte, la ideología neoliberal reivindica la noción de “aldea global”, que excluya la especificidad cultural. Un ejemplo flagrante fue la lucha electoral en Chile en 1989, en que el candidato de la derecha económica hizo campaña con el siguiente lema: “Pronto Chile dejará de formar parte de América latina”.

Cultura y conciencia regional:

Función específica de la cultura es participar en crear una nueva conciencia regional. En América hispana, Iberoamérica o Hispanoamérica como quieran ustedes llamarla, ya existe un fuerte basamento de integración cultural consecuencia de la lengua. El hecho de escribir en castellano en América, hace que el escritor se convierta en escritor latinoamericano (por cierto hispano o iberoamericano también, aunque en diverso grado)

¿Esto deja afuera a los brasileños que escriben en portugués?

En realidad no, porque como un efecto superfetatorio de lenguas consanguíneas que se hacen cultura en el mismo entorno telúrico, el español y el portugués han confluído en una cultura común, en una cultura “portoñol” como la llamó un día Darcy Ribeyro. El escritor de América, por el mundo que recoge su literatura, por la mirada que lanza sobre él, por la emotividad con que lo siente, por el realismo mágico o por el realismo a secas que fijan su estilo, por su prosa empedrada de nativismos, y por tantas otras señas de identidad, sea que escriba en castellano o portugués, se ha hecho latinoamericano. Además de, pero más que, hispano o iberoamericano, que son espacios de la lengua y la geografía. América latina es el espacio de los contenidos: una región temática. También se ha hecho latinoamericano porque su éxito editorial ha permitido valorar su prosa y con ella significar la cultura emergente del continente (siempre tópicamente nuevo, aunque lo menos novedoso, por lo original). Dándole no sólo singularidad a sus letras, sino que reafirmando con ellas la idea de unidad regional. Hoy sus frases con citas válidas de un pensar maduro, referencias de sentido de lo nuestro, no del pensar ajeno, y el lector se reconoce en esa literatura, afirmando el sentimiento de su propia estimación.

En la medida que esa literatura se transforma a la vez en una cultura valorizante, quiero decir reconocida, permite que la idea de cultura se vuelva sobre lo suyo. Hasta hace treinta o cuarenta años esto no era así. Un hombre que se decía “culto” en América latina hablo en sentido de cultura general, podía preciarse de conocer a Homero, al Dante, a Shakespeare, a Camus y etc., sin haber hojeado a Darío y apenas a Neruda. Hoy debe comenzar por leer los clásicos latinoamericanos.

La nueva conciencia de comunidad debe reforzarse con el intento de unir en el contexto comunitario el conocimiento de la historia, de la literatura, el arte, las problemáticas sociales, económicas, etc., unirlas en estructuras consecutivas y comprensivas, por períodos e instituciones, con el objetivo de afirmar su continuidad histórica. Se trata de investigar y establecer las relaciones de inseparabilidad de acción y reacción entre los fenómenos y el contexto.

Reescribir la historia es un punto central en una política cultural. Pero no se trata sólo de reescribirla, se trata igualmente de el cómo aparecen representados los actores en los textos de historia y en los análisis políticos (Cf. el amplio capítulo de los estereotipos). Sergio Villalobos, conocido historiador chileno, en Historia del Pueblo chileno, habla a propósito de la resistencia mapuche de “rebelión” de los indios y califica su lucha de resistencia de “fechorías de los nativos” (2.109). Este lenguaje, en un historiador que se pretende “progresista” y nativista, da la medida del cómo aparecen representadas las sociedades no-occidentales en la historia oficial, y no en la historia ajena, sino en la propia. En el cómo se expresa el colonialismo de nuestra reflexión.

Y pasamos de la ciencia a la política, de la reflexión a la acción, cuando esta relectura del conocimiento la realizamos desde el punto de vista del desarrollo de la comunidad, lo que equivale a preparar su lugar en el mundo. En este sentido la cultura hace una alianza con los propósitos políticos y con las emociones. Lo que requiere por cierto que la cultura desarrolle símbolos de reconocimiento colectivo. Un puñado de ellos nos vienen de la ya citada literatura. Si los franceses se reconocen en la realidad cartesiana, nosotros nos reconocemos en el quijotismo, en el donjuanismo, en la fantasía borgeana, en la soledad de Macondo o en la imagen romántica del Ché.

Para desarrollar un espacio cultural común y afirmar una cultura iberoamericana, con los matices o las especificidades de lo hispano, lo lusitano y lo americano en un permanente dialéctica de mestizaje es preciso cambiar las tradiciones hegemónicas, cuestionar la legitimidad de las versiones dominantes de lo que es cultura y crear tradiciones culturales alternativas.

La visión cultural dominante está constituida por instituciones y prácticas que exudan valorización. Un ejemplo de cómo se ha institucionalizado la idea eurocéntrica de lo que es Arte, me parece más elocuente que cualquier comentario. Si queremos ver Arte (así, con mayúscula) en París vamos al Louvre, que es un museo de Arte; pero si queremos ver arte precolombino tenemos que ir al Museo del Hombre que no es un museo de arte, sino uno antropológico.

Hay versiones dominantes de la Cultura, el Arte, la Historia y los Valores, incluso de la Geografía. Piénsese cómo en esto últimos años los cartógrafos han tenido que modificar el planisferio, para restablecer la realidad de los continentes. En cuanto a los valores. Es claro que hay una visión jerárquica y eurocéntrica de ellos, comenzando por la del humanismo llamado liberal, y continuando por la del llamado socialista. Ambos han privilegiado el pensamiento y los valores europeos.

Y con esta afirmación estoy muy lejos de rechazar el humanismo. Si privilegió el pensamiento europeo, también a él le debemos la legitimación del movimiento por los derechos humanos y civiles. Pero su lado progresista y liberador no es su único aspecto, también puede ser etnocéntrico, colonialista y racista. Es por ello que defendemos la idea de una cultura contextualizada, mestizada por nuestras realidades y nuestros intereses, una cultura que asuma los grandes valores pero que los integre en la comprensión y los intereses de sus realidades.

Es el conjunto de estas cuestiones: culturales, históricas, políticas, emblemáticas, económicas (no hay que olvidar el proverbio latino “ubi panis, ibi patria”), vinculadas a un

proyecto de futuro volorizante lo que constituye, o con lo que se construye, la identidad. Como lo he afirmado en otro lugar, la identidad es un proyecto, y no se hace conciencia mientras no se transforme en tal.

Historia e identidad son temas gemelos:

La historia está claveteada de ejemplos que lo demuestran: la función de los historiadores prusianos preparando la unificación alemana, o de los italianos en el mismo sentido. La difusión de los valores del imperio británico por la literatura de Kipling. Los mitos fundadores de la “Nación Americana”, léase los EEUU, como El Alamo, El Maine o Búfalo Bill entre otros, tan profundamente anclado como referentes nacionales (nacionalistas incluso), porque han sido, y siguen siendo, reiterativamente difundidos por los medios de comunicación de masas: cine, cómics, etc.

Y éstos son sólo unos pocos ejemplos.

Contextualización de la cultura:

Lo más importante para una política cultural de identidad en un marco comunitario es su contextualización. Ahora bien si el contexto de todo conocimiento político, económico, etc. es hoy por hoy el planeta, esta contextualización se realiza en conjuntos diferentes: que van de las realidades más próximas a las más distantes. Dentro de ellos se articula la información. Es en el contexto donde la información adquiere sentido, en la medida que permite conocer y reconocer. Se reconoce en la medida que afecta lo real, que no es otra cosa que el contexto. Para asimilar así el conocimiento es necesario reformar el pensamiento. En el sentido que implique el desarrollo de la contextualización iberoamericana.

Solo la racionalidad contextualizada es realista (en el sentido que atiende a la realidad regional o local). La falsa racionalidad es la racionalización abstracta y unidimensional.

Debemos pensar en términos latinoamericanos o iberoamericanos. De esta forma comprendemos el auténtico sentido de problemas que son planetarios, pero en los cuales las interpretaciones de una óptica unidimensional, del puro contexto dominante, nos llevan a ir contra nuestros propios intereses. Es así que la óptica planetaria debemos captarla desde la perspectiva regional. Así, incluso, que dentro de la mirada de la UE debemos incluir el punto de vista iberoamericano, y que la política ibérica respecto a América no debe desaparecer dentro de las relaciones UE/América latina. Como tampoco deben desaparecer las relaciones específicas de América con España y Portugal en una eventual regionalización del continente dentro del TLC.

Es preciso estar en los dos frentes, en el de la integración económica y en el de la integración cultural. Entre otras cosas porque si la integración económica todavía estamos realizándola, la integración cultural y lingüística es una realidad desde hace siglos, pero una realidad que a menudo olvidamos y descuidamos, en particular en ese proceso de contextualización al que hacíamos referencia más arriba. Piénsese sólo lo mucho que ignora la educación española de las realidades hispanoamericanas: ¿qué se aprende en el colegio de Hispanoamérica? América latina forma parte de los últimos capítulos de la historia o no figura. Y esto es así incluso en países de América latina ¿En cuántas universidades españolas existe la especialidad? Si practicamos la retórica del concepto Iberoamérica (aunque lo hemos ido bajando de tono, de Comunidad, a Conferencia y a Cumbre), ¿por qué no lo enseñamos como tal,dando a conocer sus componentes e insistiendo en la importancia del conocimiento mutuo?

Es el contexto en que los pensamos lo que nos hace comprender la dimensión de los problemas en el cuadro de nuestros intereses y no de los beneficios ajenos: debemos rechazar no sólo las políticas colonialistas, sino también la ciencia colonialista, que nos impone una visión de nosotros mismos a partir de intereses exteriores. Si analizamos determinados problemas dentro de los criterios tan de moda del “desarrollo sostenible” en el marco de los intereses de América latina, podemos ver cómo los contenciosos sobre la droga, o la defensa de la biodiversidad, de los tesoros ecológicos, la cuestión de la validez del modelo económico, o de las culturas indígenas o nacionales, adquiere el sentido de su “rentabilidad” dentro del marco u “horizonte” en que se piensan.

¿Cuáles serían las funciones de la cultura para fundamentar la idea regional en el cuadro de mundialización que manifiestamente va a a caracterizar la geopolítica del próximo milenio?

Simplemente preparar el futuro. En ese sentido cuando hablamos de cultura como identidad, no pensamos que haya que ir a buscar esta identidad con método de arqueólogo, con pico y azada en el pasado. Partimos de una realidad composita, es verdad, como lo demuestran los diversos discursos identitarios que ha conocido Nuestra América, pero las raíces de la identidad no están en el pasado, están en el futuro, en el proyecto integrador de esos elementos que sustentan la idea de que formamos todos parte de un cuerpo social.

¿Cuáles son las relaciones entre región y comunidad cultural?

Complejas, porque al mismo tiempo que la cultura puede favorecer la idea de comunidad, en el caso que ella se base en una lengua, en cuanto es percibida como cultura nacional, en un marco en que coincidan comunidad lingüística y región, puede tener efectos diversos: uno de los cuales es el de despertar los nacionalismos bajo sus múltiples formas: desde las simples y sanas reivindicaciones culturales, pasando por los separatismos, independentismos, resurgimiento de movimientos y tendencias fascistas, afirmación de la identidad nacional como exclusión del otro, hasta llegar a la “purificación étnica”… En esto todo es relativo. No hay que olvidar, por ejemplo, que la cuestión de la “excepción cultural” tiene un sentido si la entendemos como una defensa de valores y otro si la miramos en el cuadro del aumento de tendencias xenófobas o de las ideas y prácticas ligadas a la preferencia nacional que han ganado mucho espacio en la vida cultural y laboral estos últimos años.

¿La tendencia separatista puede acentuarse en una nación multicultural, cuando el cuadro nacional aparece “superado” por una comunidad supranacional?

¿Cuáles son los intereses y contrapartidas en el diálogo UE/ América latina?:

Decíamos que estas relaciones se perfilan preferentemente económicas y comerciales. A grandes rasgos ellas se pueden verificar entre líneas en el Acuerdo Marco Regional, MERCOSUR/UE (sep. 1995, Montevideo):

Interés de Europa: Tomar posición frente a los EEUU en uno de los mercados que se perfila como de mayor desarrollo a medio plazo; y, last but not least, mantener protagonismo político en el Cono Sur frente a la influencia geográfica de los EEUU.

Contrapartida para MERCOSUR: Más inversiones directas, nuevas empresas conjuntas y mayor acceso a la tecnología y al know how europeos.

Interés de MERCOSUR: El Instituto de Relaciones EuropeasLatinoamericanas reconoce que los países de MERCOSUR quieren incluir en el plazo más breve el conjunto de sus exportaciones agrícolas en una futura zona de libre comercio con la UE, dado que estos productos constituyen su ventaja comparativa más importante frente a Europa.

Temores recíprocos: MERCOSUR teme la competitividad de la industria europea, y la UE la potencia agrícola de MERCOSUR.

La especificidad iberoamericana  y la “excepción cultural”?:

A fines de 1993 una gran movilización de intelectuales franceses exigían que se excluyera del GATT sobre libertad de comercio los productos culturales, en especial cine y televisión, porque la industria audiovisual de los EEUU estaba pulverizando a la francesa. Lo que pedían era la “excepción cultural”

Si ampliamos el tema y lo llevamos más allá de la pura industria audiovisual, la idea de que la cultura debe ser protegida y puesta aparte de los retretes y las salchichas, y defendida de una competencia en la que podría desaparecer, privando al pueblo de su tradición y de su identidad espiritual ¿tiene sentido? ¿Tiene sentido la idea de una excepción cultural en una geopolítica de bloques, donde los países se integran en regiones económicas que no sólo no coinciden con su comunidad cultural sino que la lógica comercial puede tender a separarlos cada vez más? .¿Tiene sentido utilizar este criterio para defender el contexto iberoamericano frente a lógicas de integración diferentes esencialmente económicas y comerciales?

Es más fácil responder por un sí que mostrar el cómo.

¿Cómo se protege la cultura?: ¿con barreras? Cuotas mínimas del 50% en el audiovisual era la idea de los franceses.

¿Creando una comisión de censura para determinar qué es lo auténticamente iberoamericano y qué es lo espúreo?

Tengo una profunda desconfianza en el sistema de cuotas, porque puede confundir la cultura con el chovinismo cultural y este es un deslizamiento peligroso. Y ni hablar de la censura. La historia ha demostrado suficiente que ninguna cultura se protege con la censura. Todo lo contrario.

Tampoco se trata de adoptar posiciones derrotistas, como la que apunta que no hay nada que hacer, que ya hay grandes sectores de la cultura donde se ha producido una definitiva desnacionalización, y que ésta es la tendencia del planeta.

¿Es realmente así?

Es así en el caso de la industria audiovisual, por lo que respecta a los capitales invertidos y a la globalización del mercado financiero y empresarial. Todo el mundo sabe que la Cías distribuidoras cinematográficas constituyen un megasistema de distribución e imponen cupos a los exhibidores: cuando éstos quieren hacerse con una película de éxito les obligan a adquirir una veintena, y mantienen reservas de espacios y períodos de tiempo en las salas para impedir que películas no controladas por ellos puedan ocuparlas.

Agreguemos a lo dicho el valor que el mercado fija a la cultura y veremos cómo ésta puede ser manipulada por aquél. En este punto habría que invertir el razonamiento de los neoliberales. No es el papel del Estado el que hay que reducir (aunque haya que controlarlo), es el papel especulativo del mercado el que es cada vez más preocupante, como poder fáctico esencial para asigna sentido y valor a la cultura: a través del circuito de galerías, de grandes ediciones, prensa, etc.

Pero si es así en tanto a la globalización del mercado cultural, no puede serlo en cuanto a la globalización de la cultura misma. Eso sería reducir al mundo a una sola interpretación. La globalización cultural es siempre la cultura de un centro, y es manejada por ese centro, por lo tanto es monocultura. Lo que en la periferia produce la proletarización cultural. Es frente a este concepto que debemos defendernos de la globalización y desarrollar la regionalización, a través de formas de resistencia cultural, o mediante la defensa de una excepción cultural en el marco regional. Debemos castizar y americanizar la cultura global. Los productos artísticos son también mercancías pero El Greco, Velázquez, Goya y Picasso forman parte del alma de España, como lo forman el estilo “manuelino” o el coro de voces de Pessoa de la de Portugal y Cortázar, Amado y Carpentier de la de América latina. Es la defensa del estilo lo que significa regionalizar, de un estilo específico que es también visión del mundo, como lo puede ser el Macondo maravilloso de García Márquez, el pantagruelismo geográfico de Neruda, el afroamericanismo rítmico de Nicolás Guillén, o el universalismo babélico de Borges…

¿Cuál es el papel de las instituciones regionales y los poderes públicos en la defensa y la promoción de los valores culturales? Deben mantener una política cultural y lingüística. Se trata de defender un espacio lingüístico y cultural (también político de proporciones insospechadas en el próximo siglo).

No se trata de “dirigismo cultural”: Dentro y por la cultura iberoamericana todas las formas de creatividad son legítimas y necesarias. Contra ella, nada. Y este “contra” no quiere decir la crítica, indispensable a toda cultura, ni el diálogo sincrético que recoge las influencias de otras culturas, que son fundamentales para alimentar y diversificar el espíritu creativo. Aludimos simplemente a lo que atenta a su continuidad o a sus referentes emblemáticos, como el intento de suprimir la “ñ”, por ser una letra incómoda para el lenguaje informático.

¿Qué se protege?: los valores y la identidad cultural, pero no con simples mecanismos administrativos, sino dando posibilidades de calidad para competir en las mejores condiciones con los factores globalizadores y para mestizar éstos. La definición de la cultura iberoamericana es el mestizaje, es una sociedad indohispanoafroasioeuroamericana, y ahora menos que nunca puede renunciar a ese particularismo, frente al fenómeno de globalización.

El problema esencial hoy para desarrollar una producción cultural, no es la creación ni la fabricación; hay que tener en cuenta lo que representa el desarrollo de nuevas tecnologías: el ordenador personal, el vídeo… El Desktop ha revolucionado la edición. Permite a los particulares editar sus propios textos. El problema esencial es la distribución. Es tal vez en este sentido que tiene que orientarse la “excepción cultural”.

La defensa de los valores, como de la identidad cultural, al igual que la “excepción cultural” parecen sospechosas cuando se asocian al nacionalismo cultural.

¿La defensa de la cultura iberoamericana puede ser una forma de nacionalismo?

¿El nacionalismo cultural como ideología de identidad, es un peligro?, ¿conduce inevitablemente a la mediocridad, como se empeña en afirmarlo en múltiples entrevistas Vargas Llosa?, ¿o es como el nacionalismo político populista o revolucionario que se dio en América latina hasta los años 60, y que era muy diferente del europeo, pues no era expansionista ni agresivo, sino que tenía por fin defender las riquezas nacionales y los mercados del “imperialismo”, como se decía en esos años por la expansión económica y política de los EEUU?

Nacionalismo artístico fue sin duda el muralismo mexicano y no lo podemos calificar de mediocre.

Decíamos más arriba que las raíces de la identidad no están ni única ni mayormente en el pasado, vienen desde el futuro, se descubren en el pantallazo que lanza sobre el pasado el proyecto integrador, a la luz de esos elementos que sustentan la idea de que formamos todos parte de un cuerpo social.

Es por eso que es preocupante la baja de tono que va de la idea de Comunidad Iberoamericana a la de Conferencia y Cumbre. La Cumbre es un foro, privilegiado y de alto nivel si se quiere, de autoridades que comparten una cultura, pero no guarda necesariamente el sentimiento de andadura y meta común, como el de comunidad.

La idea de una especificidad iberoamericana en el marco de las relaciones UE/América latina, tiene que ir más allá.

No puede pensarse en un cultura de identidad que simplemente nos diga quiénes somos, o de dónde venimos, tiene igualmente que decirnos adónde vamos.