La cultura en la encrucijada

       Conferencia en la Universidad de Córdoba, Argentina 2009

En la Declaración Final de la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, celebrada en México durante julio y agosto de 1982, se decía: “Cada cultura representa un conjunto de valores únicos e irreemplazables, ya que  las  expresiones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar en el mundo.” Sin lugar a dudas que unívocamente se entendió cultura como identidad. Cultura como identidad implica en primer lugar en sentido socrático: un “conócete a ti mismo”. Pero decía Unamuno refiriéndose a España a comienzos del siglo pasado: Andamos muy mal del conócete a ti mismo colectivo. ¿Sigue siendo válida esta afirmación, para una España democrática arropada en la Comunidad Europea, donde hasta hace poco la gente de mi generación al cruzar los Pirineos decían que pasaban a Europa? Una frontera que hoy los españoles pueden cruzar libremente… siempre que no sean gitanos. No es a mi el que me corresponde contestar esta pregunta, si no a mi colega en la mesa de diálogo.

Para América Latina, creo que sigue siendo válida. En gran parte porque es un continente “cósmico” en que se citan diversas identidades de extensión continental, junto a Hispano América, Latino América e Iberoamérica, existe una Afroamérica y una Indoamérica, desdeñadas por la historia. Han sido mayorías étnicas y minorías cívicas. Pero, constatamos que con el nuevo milenio comienzan  levantar cabeza y,  el indigenismo andino, que es un rico pero confinado  patrimonio cultual, empieza a ser reconocido y protegido y ocupa un gran espacio en el concepto de “patrimonio intangible” que acuñó la unesco. Al mismo tiempo, es combatido. El conflicto de civilizaciones que profetizó Huntington, con el fin de preservar el nativismo blanco en los EEUU, parece haber encontrado un miniescenario en Bolivia.

Sin embargo,  hay algo que mantiene la cohesión de este taraceado. Y no es otro que la cultura, una cultura que reposa sobre la lengua. Incluso ya durante la Independencia –con que se inicia este Bicentenario- los más fieros discursos dirigidos contra España, como el del propio Bolívar, bautizaron al continente Hispanoamérica, porque de la dominación española lo que guardaban era la lengua. Este concepto con ese contenido dominó en el siglo XIX hasta que fue remplazado por otra Hispanoamérica, la de la generación del 98, que nació con tinte liberal con Unamuno, y adquirió tono conservador con Ramiro de Maeztu. Lengua, historia y cultura nos unen con América, decía el preclaro y cascarrabias don Miguel “La Lengua es una patria” Y en esa línea se afirmó la idea continental. Todos los grandes escritores latinoamericanos desde Bello a Neruda, García Márquez y Cortázar… afirmaron la idea.

¿Y el Brasil? Consecuencia del proyecto colonizador portugués, el encuentro de Brasil con la cultura fue más tardío que en la América española. Un solo dato es significativo. La Primera Universidad en América, la Primada de Santo Domingo, fue fundada en 1538, la primera Universidad brasileña, la USPI  de Sao Paulo, fue fundada en 1933.  Pero, el Acta de fundación del Brasil contemporáneo, ese que Lula ha llevado a octava potencia mundial, la firma un gran evento cultural. “La Semana de Arte Moderno” de San Pablo en 1922. Brasil nace mirando el modelo francés, se codea con Le Corbusier, Lévy Strauss, Blas Cendrars y otros, pero con un sentimiento caníbal, como propone  el Movimiento Antropofágico: “devorando la modernidad y devolviéndola brasileña”. Todavía en esa época mira más hacia África, por su pasado colonial, que hacia el resto de América. Son significativos hechos político-culturales.  compartidos por toda Iberoamérica los que lo hacen volver la mirada hacia sus vecinos e integrarse en la identidad continental: el cinema novo, la teoría de la dependencia y la teología de la liberación. Un connotado sociólogo que nomadizó el continente, Darcy Ribeiro acuñó el término de acercamiento en un lenguaje comunicante: el portuñol

En el marco de esta andadura me refiero a la cultura en su significado original como formación del hombre, lo que los griegos llamaban paideia: formación en torno a un modelo de virtudes sociales, la areté, encarnado en diversos momentos de la historia griega por sucesivos personajes: Aquiles, Odiseo, Solón, etc. Este modelo tiene una función integradora del cuerpo social, constituye el conjunto de

valores que configura la comunidad. En este sentido la cultura aparece en su función inclusiva. Genera familiaridad, un saber básico que crea y une la comunidad y en cuya configuración la cultura popular desempeña un papel fundamental. La búsqueda de este modelo fue una de las grandes preocupaciones de la “Generación del 98”, que algunos de sus representantes más notables creyeron encontrar en el Quijote y el “quijotismo” castizo.

Función específica de la cultura es participar en crear una nueva conciencia regional. En América hispana, Iberoamérica o Hispanoamérica como quieran ustedes llamarla, ya existe un fuerte basamento de integración cultural consecuencia de sus lenguas comunicantes. El hecho de escribir en portugués o en castellano en América, hace que el escritor se convierta en escritor latinomericano. El escritor de América, por el mundo que recoge su literatura, por la mirada que lanza sobre él, por el realismo mágico o por su realismo a secas, por su prosa y por tantas otras señas se convierte en referente de identidad. Sus frases son citas válidas de un “nosotros”, no del pensar ajeno, y el lector se reconoce en esa literatura que se asocia a lo político, afirmando el sentimiento continental.

Incluso en el marco de la integración es necesario distinguir entre cultura autoritaria y cultura democrática. Por principio la cultura autoritaria es contraria a la idea regional. Dentro de una comunidad internacional es más difícil sostener el autoritarismo, que se funda esencialmente en el reforzamiento del Estado‑nación, en un idea blindada de nación

Vinculada la cultura a la lengua nos parece más real hablar de cultura iberoamericana, que de cultura europea (concepto que se intenta afirmar dentro de la UE). Conclusión ésta que debería ser de peso para reflexionar sobre la especificidad de las relaciones de España con América Latina, más allá del marco de las que con ella pueda mantener en tanto miembro de la UE. Es sobre la cultura que se construye la Comunidad Latinoamericana. Es gracias a ella que España ha llegado a ser  el primer inversionista de la UE en America Latina. La aproximación de España a América Latina pasó por diversas

fases, fue de la idea de comunidad iberoamericana, a la idea de puente y de portavoz. Así, apagadas el 92 las luces de la Expo de Sevilla y, a medida que España avanzaba en su  integración dentro de la UE, parecía debilitarse su interés por Iberoamérica. La actual ley de inmigración a terminado de debilitarla. Cada vez más, es gracias a la lengua que se mantiene

La  identidad común se construye sobre la confianza, que reconoce el valor mutuo, donde las relaciones son horizontales y de tú a tú, donde el trato no pasa ni por la extranjería ni por la hegemonía. Ese respeto que hoy reina, por ejemplo, en las relaciones literarias, donde todos los escritores que escriben con eñe se miden con los mismos criterios de valor y se admiran o se critican desde los matices de una misma lengua. El reconocimiento de la literatura latinoamericana  ha sido uno de los factores que ha consolidado la idea de comunidad, tal vez más que la economía;  porque no genera desconfianza. Ha sido un gran paso adelante. No hay que olvidar que en pleno

modernismo, don Marcelino Menéndez Pelayo no podía creer que Rubén Darío  fuera un buen poeta, porque la poesía americana todavía estaba en la infancia, decía… Hoy, sin embargo, podemos constatar,  con Vargas Llosa en plus, que son en mayoría premios Nobeles latinoamericanos los que han enriquecido en este último medio siglo la cultura en lengua española.

Si la cultura tiene que reproducir la identidad, tiene a su vez que abrirse a la modernidad. Tienen que tener en cuenta asimismo la evolución del conocimiento. En las últimas décadas del siglo XX, se ha verificado en forma radical la transición epistemológica que representa la aceleración del paso de una forma de conocimiento a otra, de la cultura del logos a la cultura del icono. De una cultura del símbolo volvemos a la cultura del pictograma

Es la naturaleza misma del conocimiento la que ha cambiado. Se pasa de la exigencia de verdad del conocimiento alfabético a la búsqueda de lo verosímil del conocimiento visual. A diferencia de la inteligencia verbal, que tiene como exigencia la verdad, la inteligencia visual opera en términos de eficacia (le interesa convencer no razonar) La inteligencia visual es retórica, mientras que la alfabética es dialéctica, busca hacerse verosímil, no desentrañar la verdad. Aristóteles definía lo verosímil como el conjunto de lo que es creíble para la opinión del común.

En la civilización de la imagen en la cual nos adentramos vertiginosamente, el estudio y análisis del imaginario constituyen una opción esencial para entender el mundo en que vivimos.

En América Latina la cultura está estrechamente asociada a la Universidad. Tres eran las funciones que Ortega  atribuía a esa casa de estudios: la cultural, la profesional y la científica. Y antes que él,   la Reforma de Córdoba,  aparte de sus funciones docentes y de investigación, señaló tres compromisos de la universidad: con la modernidad, la sociedad y la cultura. Es fundamental esclarecer las relaciones entre universidad y la cultura en el marco de la pertinencia regional. Es un do ut des. Es desde la cultura que la universidad realiza su ministerio formativo. A su vez la educación superior es parte básica de la cultura y el progreso de los pueblos. Por función cultural de la universidad entendemos su responsabilidad de formar no sólo profesionales, sino intelectuales, de formarlos en la siempre novedosa tarea de pensar. Pero la cultura en la Universidad está en crisis. El modelo neoliberal, de Bolonia y el tratado de Lisboa, que introduce la rentabilidad en la vida académica ha situado la misión cultural en el campo de no rentable. Las cátedras humanistas se ven seriamente amenazadas, se frena la formación cultural. Y esto constituye un serie peligro , en espacial para las universidades pública cuyo prestigio viene de su tradición humanista, asociado a la formación en destrezas profesionales. En la continuación de Alicia en el País de las Maravillas, A través del Espejo, Lewis Carroll, matemático y sutil lógico simbólico, además de cuentero,  lleva a Alicia al país de la Reina Roja, que la hace correr lo más rápido posible, sólo para permanecer donde están. Interrogada por la atónita Alicia le responde : « hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido ». Entre las múltiples interpretaciones posibles, la que concierne a la universidad y a la cultura es que desmantelar una tradición presenta el serio riesgo de retraso frente a los sistemas con los que se está coevolucionado. Afamada por su historial  conservador, la catalana Universidad de Cervera hacía gala del siguiente lema: “lejos de nosotros, la funesta manía de pensar.” Hoy, a la sordina, parecen haberlo adoptado muchas universidades.  Un afán de cientifismo mal entendido llevó a las ciencias sociales a caer en un absurdo y desorbitado mar de citas. He escuchado disertaciones donde cada párrafo terminaba con una cita, ni una sola idea propia. Lo considero una enfermedad, una enfermedad  que en otro lugar he llamado citorrea, donde los árboles no dejan ver el bosque, donde las referencias al pensamiento ajeno no dejaban ver el propio. No estoy contra la cita oportuna y referente, pero combato la citorrea, cambia el pensar por el citar. La crisis cultural de la universidad radica, en parte, en que los científicos sociales se pusieron a calcular en vez de pensar. En el hecho, el famoso “Fin de las ideologías” expresa, de algún modo, que el intelectual que transmitía su conocimiento y ejercía su control mediante cuentos ha sido sustituido por el que ejerce su control mediante cuentas.

Es preciso componer un nuevo humanismo,  que aúne, en la reflexión,  las ciencias y las letras. Se equivocan quienes contraponen las ciencias a las artes. Todo forma parte del mismo forcejeo: La persecución de lo real

En el año 1947, en una pequeña localidad suiza que la da su nombre, se funda la Sociedad del Mont Pelerin. Se proponía instalar el modelo neoliberal en todo el planeta. En ella formaron fila Hayek, Milton Friedmann y acodaron filósofos como Popper y escritores como Vargas Llosa Su ideología, que remite el orden social al mercado, instala su laboratorio en el Chile dictatorial y pasa  dominar a partir de la década de los setenta. La democracia se presenta como mejor protegida por el  mercado y la cultura estrechamente vinculada a él. Hay una nueva visión del intelectual que desconfía del saber humanístico, manifestando una fe sin reservas en el saber tecnocrático. Hoy la economía de mercado parece dominarlo todo en el mundo y, lo que es más grave, orienta la educación e impone que el mercado determina lo que es la cultura.

Implementar otra cultura, instituir una alternativa  frente al mercado basada en el estímulo a la creación regional, es tarea que deben estimular el Estado, las autoridades regionales y las universidades. Es necesario incentivar la creatividad más allá de los puros intereses de la compraventa, sobre todo para generar valor. El tema del valor es esencial para la proyección de la cultura. Valorar la cultura es esencial para defender la identidad regional, nacional y continental.

La universidad debe recuperar la iniciativa cultural. No puede olvidar que su función última es conservar el conocimiento, pero también crearlo. Y crearlo a la altura de los tiempos. Es preciso que vuelva a enseñar cultura.  Más que como disciplina específica, como instancia formativa del intelectual. El hombre vive siempre desde ideas e imágenes referenciales que le indican lo que es el mundo, quién es su prójimo,  le advierten de las responsabilidades sociales inculcándole valores. Por ello es incluso justo decir que cultura  es el sistema de ideas e imágenes desde las cuales el tiempo vive.

Y, en última instancia, más allá de su función inclusiva ¿Cuál es la función de la cultura? Simplemente preparar el futuro. En ese sentido cuando hablamos de cultura como identidad, no pensamos que haya que ir a buscar la  identidad en el pasado con el pico y la azada del arqueólogo. La identidad se construye desde un proyecto de futuro, es desde él que tiramos las raíces y escenificamos la historia. Las raíces de la identidad no están n el pasado, están en el futuro.

Ahora bien, una de las características  más deslumbrantes de la modernidad es la aceleración del futuro. La realidad supera la ficción y nos lleva a lo que antes teníamos como fantasía. Cada vez que abro mi ordenador o enciendo mi teléfono móvil, siento que futuro está inscrito en él. El futuro se acelera y  renueva con cada generación. Quienes somos hombres del siglo XX, y estamos de allegados  en el siglo XXI nos cuesta ponernos al paso de esta aceleración. Mi abuela cuando llegó la televisión saludaba a quienes aparecían en pantalla.  Yo,  cuando tengo un problema con el ordenador, le pido a mi nieta que lo resuelva. La  generación que vivirá el futuro previsible, no es ni siquiera la de mis hijos,  es la de mis nietos:  “la generación del milenio”,  la que nació después de 1980 y alcanza la mayoría de edad con el milenio. Por encima de todo se caracteriza por su uso, desde la más tierna infancia, de las nuevas tecnologías. Son multifacéticos y no son capaces de entender una explicación oral sin consultar su móvil  o el ordenador. Captan el conocimiento de manera muy distinta a  las generaciones anteriores. Se informan a pantallazos,   en un zapping  rapidísimo.  Han pasado del hábito de una lectura lineal al de  una lectura en mosaico: de información simultánea y dispersa como cuando se leen las portada de los periódicos, o se busca en Google. Vivimos el presente con un futuro perceptible y tenemos que pensar en un futuro presumible.

En el espacio en el que estamos hablando no podemos dejar de pensar en un futuro especial: el del libro.  La revolución

digital y el Big Bang del ciberlibro precipitan el futuro. La realidad supera la ficción y nos lleva a la fantasía de ayer.. La Biblioteca Universal de Google que pretende volcar en la red todos los libros que existen, la difusión de Kindle, el libro cibernético, hacen realidad lo que hasta ahora leíamos como fantasía en la pluma de Borges: son libros escritos en la arena que se guardan en la Biblioteca de Babel: “El número de páginas de este libro es infinito. Ninguna la primera, ninguna la última”. No se si decir si el futuro nos promete o nos amenaza con mudar nuestros hábitos de lectura y escritura. Debemos prepararnos para los grandes cambios que con las nuevas tecnologías se van a experimentar en la forma de transmitir el conocimiento y los valores.  La revolución tecnológica sólo es comparable a la que produjo la invención de la imprenta por Gutenberg.

Me he repetido muchas veces afirmando que la universidad tiene la responsabilidad científica y cultural de prever el futuro. Y también he contado esta anécdota: En un bar de barrio bravo, en Chile, Los Tres mosqueteros, que tenía por lema en sus muros: “No son muertos los que yacen en la tumba fría, pero sí lo son los viven y no beben todavía”, me encontré con un borrachín-filósofo. Ambos  seguíamos  el lema al pie de la letra. Entre copa y copa, hablando de la vida, en una frase me enseñó a pensar el futuro. Me dijo: “El futuro no es ya lo que había sido”.

En la línea del borrachín aquel,  Ortega y Gasset  comentaba que “lo malo de la vida humana  es haber nacido ya”. En realidad siempre llegamos tarde al futuro, por eso tenemos la responsabilidad de pensarlo para las generaciones que nos siguen y que están en condiciones de alcanzarlo a tiempo.