La cuestión cultural en las relaciones Iberoamericanas

A fines del mes de enero fue presentado en México y Washington el informe de la CEPAL y el Banco Mundial: Inversión extranjera en América Latina y el Caribe, mostrando que Europa, gracias a España,  comenzaba a superar a EEUU en inversión en América Latina. España era el primer inversionista de la UE. Iba detrás de los EEUU, incluso los superaba en el sector financiero, donde los bancos españoles representan el 32,5% de los activos totales de los 20 bancos extranjeros más importantes (Los EEUU un 30%). Michel Mortimer que coordinó el informe,  señalaba que este rápido ascenso de las empresas españolas en América Latina contrastaba con la dificultad con que se expandían dentro de Europa y el engorro aún mayor que tenían para ello en el mercado mundial, concluyendo que lo que les permitía este desarrollo eran sus ventajas comparativas, esencialmente sus vínculos históricos, culturales y lingüísticos. Comentando El País (27/02/2000), el informe de la CEPAL, dedicaba el resto de la página a una entrevista a David de Ferranti, Vicepresidente del Banco Mundial, cuya afirmación sustancial era que “los españoles deberían hacer más relaciones públicas con América Latina”.

Las relaciones públicas son esencialmente relaciones culturales.

Las aproximación de España a América Latina pasó por diversas fases, fue de la idea de comunidad iberoamericana, a la idea de puente y de portavoz. Así, apagadas el 92 las luces de la Expo de Sevilla y, a medida que España avanzaba en su  integración dentro de la UE, parecía debilitarse su interés por Iberoamérica. Hoy es tarea realizada y España no sólo es un miembro más de la UE, es la quinta economía de Europa, y está a la cabeza de los países de la Comunidad a la hora de invertir en el Nuevo Mundo. Lo paradójico es que el desarrollo económico la llevó de forma natural de vuelta a América Latina. Allí encontró el campo privilegiado para sus inversiones. Su expansión en Iberoamérica fue la forma de responder al reto de la globalización. Se dejó de especular sobre el paradigma de las relaciones, porque difícilmente un país que es el primer inversionista en la región puede considerarse sólo un  portavoz o un puente. La idea de comunidad volvió por otro camino, la restituyó la fuerza de la cultura; porque es ella la que ha llevado de la mano a la economía y no a la inversa.

Un aspecto negativo que señala el Informe, es  la preocupación que existe en Latinoamérica de que esta  expansión sea parte de una reconquista española. Dicha  preocupación, más que de la precariedad de las relaciones públicas de España con América, es consecuencia de la globalización que se orienta casi exclusivamente a aspectos económicos y comerciales, sin que vayan acompañados de un desarrollo de las relaciones culturales, que contribuyen a afirmar esa identidad común sobre la que se construye la confianza. La confianza que reconoce el valor mutuo, donde las relaciones son horizontales y de tú a tú, donde el trato no pasa ni por la extranjería ni por la hegemonía. Ese respeto que hoy reina, por ejemplo, en las relaciones literarias, donde todos los escritores que escriben con eñe se miden con los mismos criterios de valor y se admiran o se critican desde los matices de una misma lengua. El reconocimiento de la literatura latinoamericana  ha sido uno de los factores que ha consolidado la idea de comunidad, tal vez más que la economía;  porque no genera desconfianza. Ha sido un gran paso adelante. No hay que olvidar que en pleno modernismo, don Marcelino Menéndez Pelayo no podía creer que Rubén Darío  fuera un buen poeta, porque la poesía americana todavía estaba en la infancia, decía…

Las dificultades  para consolidar la idea de comunidad, que siempre será la unidad dentro de la diversidad, son múltiples  y, por cierto, muchas son las rémoras que vienen del pasado: el desconocimiento mutuo en que hemos vivido;  los prejuicios y estereotipos con que en general se ha abordado esta relación, y ellos de parte y parte; la poca atención que las universidades españolas han dispensado a los estudios iberoamericanos,  lo que ha hecho que durante siglos la interpretación de las realidades históricas hayan quedado confiado a la pluma de especialistas, no necesariamente afectos a España, como fueron los autores de la llamada Leyenda Negra: franceses, ingleses, holandeses; a los que ingenuamente España respondió con una leyenda blanca, no menos mistificadora ni más fiable. Finalmente, pero no por último, la desconfianza que en los medios progresistas e intelectuales de América inspiró una idea de la Hispanidad con la cual se pretendía construir la comunidad hispanoamericana; desconfianza que empezó a desaparecer con la transición, pero que sólo puede terminar de disipar la cultura solidaria y democrática.

¿Cuál es la función de la cultura en el proceso  de integración iberoamericana? Fue la primera. Dado que, como España en su época, se trata de países que acaban de  salir o están saliendo, como es el caso de Chile, de una  “década oscura”, en primer lugar la democratización.

Por principio la cultura autoritaria es contraria a la idea regional. Dentro de una comunidad internacional es más difícil sostener el autoritarismo, que se funda esencialmente en el reforzamiento del Estado‑nación, en una idea blindada de nación, jingoísta; definida por concepciones geopolíticas hacia el exterior y la teoría de la seguridad nacional hacia el interior.

Por otra parte, en el contexto regional, función específica de la cultura es participar en crear una nueva conciencia comunitaria. En Iberoamérica ya existe un fuerte basamento de integración cultural consecuencia de la lengua, más la nueva conciencia de comunidad debe reforzarse con el intento de unir en el marco comunitario el conocimiento de la historia, de la literatura, el arte, las problemáticas sociales, económicas, etc., unirlas en estructuras consecutivas y comprensivas, por períodos e instituciones, con el objetivo de afirmar su continuidad histórica. Se trata de investigar y establecer las relaciones de inseparabilidad de acción y reacción entre los fenómenos y el contexto. Y pasamos de la ciencia a la política, de la reflexión a la acción, cuando esta relectura del conocimiento la realizamos desde el punto de vista del desarrollo de la comunidad, lo que equivale a preparar su lugar en el mundo. En este sentido la cultura hace una alianza con los propósitos políticos y con las emociones. Lo que requiere por cierto que la cultura desarrolle símbolos de reconocimiento colectivo. Un puñado de ellos nos vienen de la ya citada literatura. Si los franceses se reconocen en la realidad cartesiana, nosotros nos reconocemos en el quijotismo, en el donjuanismo, en la fantasía borgeana, en la soledad de Macondo o en la utopía romántica del Ché o en el camino democrático que se abre junto a las “Grandes Alamedas” de Salvador Allende.

Pero para desarrollar un espacio cultural común y afirmar una cultura iberoamericana, con los matices o las especificidades de lo hispano, lo lusitano y lo americano en un permanente dialéctica de mestizaje es preciso cambiar las tradiciones hegemónicas, cuestionar la legitimidad de las versiones dominantes de lo que es cultura y crear tradiciones culturales alternativas. Disipando así los temores de una “reconquista”

A fines de 1993 una gran movilización de intelectuales franceses exigían que se excluyera del GATT sobre libertad de comercio los productos culturales, en especial cine y televisión, porque la industria audiovisual de los EEUU estaba pulverizando a la francesa. Lo que pedían era la “excepción cultural”

La idea de excepción cultural no deja de tener sentido. Frente a la globalización y al modelo de economía neoliberal debemos proteger esa cultura que constituye una identidad común, abre las puertas a nuestras relaciones, y, en particular, debemos defender la del mercado, porque si agregamos a lo dicho el valor que el mercado fija a la cultura y veremos cómo ésta puede ser manipulada por aquél. En este punto habría que invertir el razonamiento de los neoliberales. No es el papel del Estado el que hay que reducir (aunque haya que controlarlo), es el papel especulativo del mercado el que es cada vez más preocupante, como poder fáctico esencial para asigna sentido y valor a la cultura: a través del circuito de galerías, de los monopolios editoriales, de la concentración de los medios de información, etc.

La globalización cultural es siempre la cultura de un centro, y es manejada por ese centro, por lo tanto es monocultura. Ello produce en la periferia la proletarización cultural. Es frente a este concepto que debemos defendernos de la globalización y desarrollar la regionalización, a través de formas de resistencia cultural, o mediante la defensa de una excepción cultural en el marco regional. Debemos castizar y americanizar la cultura global. Los productos artísticos son también mercancías pero El Greco, Velázquez, Goya y Picasso forman parte del alma de España, como lo forman el estilo “manuelino” y el coro de voces de Pessoa el espíritu de Portugal; y las plumas de Cortázar, Amado y Carpentier… dan fuerza a América Latina. Es la defensa del estilo lo que significa regionalizar, de un estilo específico que es también visión del mundo, como lo puede ser el Macondo maravilloso de García Márquez, el pantagruelismo geográfico de Neruda, el afroamericanismo rítmico de Nicolás Guillén, o el universalismo babélico de Borges…

El papel de las instituciones regionales y los poderes públicos consiste en defender un espacio lingüístico y cultural (también político de proporciones insospechadas en el próximo siglo), evitando el “dirigismo” y el “clientelismo cultural”: Dentro y por la cultura iberoamericana todas las formas de creatividad son legítimas y necesarias. Defender una cultura no quiere decir rechazar la crítica, indispensable a toda cultura, ni evitar el diálogo sincrético que recoge las influencias de otras culturas, que son fundamentales para alimentar y diversificar el espíritu creativo. Aludimos simplemente a lo que atenta a su continuidad o a sus referentes emblemáticos, como el intento de suprimir la “ñ”, por ser una letra incómoda para el lenguaje informático.

Se trata de proteger los valores y la identidad cultural, pero no con simples mecanismos administrativos, sino dando posibilidades de calidad para competir en las mejores condiciones con los factores globalizadores y para mestizar éstos. La cultura iberoamericana se define por el mestizaje, es una sociedad indo‑hispano‑afro‑asio‑euroamericana, y ahora menos que nunca puede renunciar a ese particularismo, frente al fenómeno de globalización.

Si ampliamos el tema, lo analizamos desde la perspectiva de la globalización, y lo llevamos más allá de la pura industria audiovisual, la idea de que la cultura debe ser protegida y puesta aparte de los retretes y las salchichas, y defendida de una competencia en la que podría desaparecer, privando al pueblo de su tradición y de su identidad espiritual, ¿tiene sentido? ¿Tiene sentido la idea de una excepción cultural en una geopolítica de bloques, donde los países se integran en regiones económicas que no sólo no coinciden con su comunidad cultural sino que la lógica comercial puede tender a separarlos cada vez más? .¿Tiene sentido utilizar este criterio para defender el contexto iberoamericano frente a lógicas de integración diferentes esencialmente económicas y comerciales?

Es más fácil responder por un sí que mostrar el cómo.

¿Cuáles serían las funciones de la cultura para fundamentar la idea regional en el cuadro de mundialización que manifiestamente va a  caracterizar la geopolítica de este siglo? Simplemente una función que nos compete a todos: preparar el futuro.