La Comunidad Académica Iberoamericana

II Cumbre de Rectores de Universidades Estatales Iberoamericanas en Buenos Aires

Con una destacada participación extremeña y con una nutrida representación de universidades desde Río Grande a Tierra del Fuego, en la que cabe destacar una activa intervención de los estudiantes (Universidad de Extremadura, FUA y la Universidad Autónoma de Puebla), se celebró a fines de octubre, en la Universidad de Buenos Aires, la II Cumbre de Rectores de Universidades Estatales Iberoamericanas.

La UBA, como se conoce por su sigla la casa de estudios superiores que fue anfitriona de la reunión, es hoy, con cerca de 250 000 estudiantes, probablemente la más importante de las universidades de América Latina. En particular después de la grave crisis que acaba de sufrir la Universidad Autónoma de México, la UNAM.  Y no sólo es importante por lo abundante de su matrícula, sino también por la categoría de los docentes con que cuenta y ha contado. Entre ellos figuran dos Premios Nóbeles.

Como todas las Universidades que asistieron a este encuentro, la UBA , tal cual lo expresó su rector Oscar Shuberoff en el discurso inaugural, mira con preocupación el futuro de la educación superior. En particular frente a los desafíos de la globalización. Ante esta  inquietud compartida, la reflexión se centró esencialmente en dos temas: En la necesidad de avanzar en la integración académica. Tarea de artífice que debe ser uno de los ríos profundos por donde hay que hacer navegar la globalización; sobre todo si no queremos ahogarnos en aguas ajenas. Y, en segundo lugar, en la necesidad de detectar y asumir las responsabilidades de la nueva paideia.

Decimos paideia porque el concepto griego de educación cobra actualidad en su sentido pedagógico. Sin olvidar que la universidad debe  ofrecer la más alta capacitación profesional y técnica para los tiempos que corren, se trata de formar al hombre para un nuevo modelo, inédito (vecino de su pueblo, partícipe de una comunidad cultural o de naciones  y ciudadano del planeta) y  no sólo de prepararlo para ejercer una profesión u oficio. Esta es la disyuntiva entre la Universidad y la Escuela Profesional, algo en que las Universidades Públicas rechazan convertirse.

Las responsabilidades que debe asumir la universidad para enfrentar ese futuro son tradicionales y anticipatorias, en equilibrada combinación. Sólo así puede servir de apoyo a la sociedad para dar el salto hacia la modernidad del siglo XXI .La palabra clave de la época que estamos viviendo es “modernizar” y “Modernizar –afirma Anthony Giddens, el idéologo de la tercer vía-, es tomarse la mundialización y la sociedad de la información muy en serio”

La afirmación iberoamericana, tal como se ha planteado en los sucesivos encuentros de Universidades que se han celebrado en Extremadura desde 1994,  se asentó precisamente en definir qué es lo que quiere decir “tomar la mundialización y la sociedad de la información muy en serio”.  Es claro que para nosotros se trata de tomarlas en serio desde nuestra identidad y nuestros intereses, tomarlas en serio desde una perspectiva iberoamericana.

La identidad cultural implica no sólo hacer cosas en razón de su cultura, sino hacer cosas con, para y en relación con los demás, utilizando medios culturales, científicos y técnicos. Por otra parte, en el mundo que habitamos,  las cosas no sólo son sino que significan. Es sobre el valor de los significados que se asienta la conciencia crítica. La función docente de la Universidad no consiste sólo en enseñar a pensar, sino en aprender a pensar sobre lo que se piensa.  No es lo mismo procesar información  que entender significados. Y este debe ser uno de los criterios de pertinencia frente a la globalización.

No podemos escapar a la globalización, pero no debemos pensar sólo en la globalización del comercio y la economía, es necesario globalizar determinados valores, uno de ellos es la universalidad democrática. Significa no excluir a nadie del proceso educativo. En este sentido el esfuerzo educativo es siempre rebelión contra el destino, se rebela contra “las fatalidades”: del nacimiento, la pobreza o el subdesarrollo. En los países donde un Estado no corrige con preocupación social los efectos de las diferencias de fortuna, unos nacen para ser educados y los otros deben contentarse con un amaestramiento sucinto que los capacite para tareas serviles.

En un mundo globalizado, donde la información será cada vez menos un patrimonio personal, la función docente debe orientarse cada vez hacia el conocimiento crítico.

Es el conocimiento crítico el que permite elegir no sólo aquello que es más adecuado a nuestro desarrollo, sino ampliar nuestro sentido de lo  humano para hacernos verdaderos ciudadanos del planeta. Él permite desenmascarar el curriculum oculto, es decir los objetivos más o menos inconfesables que subyacen en las prácticas educativas y que se transmiten, sin hacerlos explícitos, destinados a reproducir los hábitos y dogmas en que se asiente el poder o los poderes: el consumismo, los nacionalismos agresivos, la exaltación de lo masculino frente a lo femenino, el reconocimiento y la sobre valoración de una determinada raza o de determinadas clases o creencias…

La responsabilidad de la Universidad debe entenderse en un doble sentido: desde el pasado y frente al futuro. Frente al pasado su compromiso que se asocia a la historia de la Universidad. Con el futuro su responsabilidad es anticiparlo. Y creo que es legítimo decir que la carga es más fuerte ante al desafío del futuro que tenemos que conquistar,  que cara al pasado que ya es nuestro. La responsabilidad frente al futuro es también histórica,  en cuanto la Universidad tiene igualmente la obligación de crear historia: capítulos importantes de la historia del futuro se escriben en su seno. Para Ortega la misión radical de la universidad era crear el hombre culto, capaz de mandar ‑decía‑ a la altura de su tiempo.

Si por una parte la obligación de la Universidad es mantener el legado y ése es camino conocido, por otra está obligada a asumir el riesgo de una apuesta imprescindible, porque lo que caracteriza el futuro es su imprevisibilidad. La única certeza que tenemos respecto a él es esta incertidumbre. Ahora bien, frente a ella, lo que está claro, es que no la podemos abordar dando palos de ciego, tenemos que arriesgar, jugarnos, para crear la historia, Y esa apuesta se hace a partir de los valores que queremos desarrollar.

Antes de aprobar sus conclusiones la II Cumbre de Rectores de Universidades Estatales concluyó con la siguiente interrogante. Más importante que la pregunta ¿qué es la Universidad? es esta otra ¿qué queremos que sea? ¿Cuál es el proyecto de sociedad para el cual vamos a formar?

Hoy la disyuntiva es clara –se convino-: o formamos para una sociedad individualista, del “Sálvese quien pueda”, sin solidaridad y carente de ternura por el otro, entregándonos a la  agresividad del mercado, o  nos jugamos para recuperar la utopía y defender el sentimiento de lo humano. Shakespeare decía que son personas aquéllos que “han saboreado la lecha de la humana ternura”.