La belleza del monstruo

Monstruos y seres imaginarios. En la Biblioteca Nacional. Exposición, Madrid, marzo 2000

El monstruo somos nosotros. En su enumeración de los seres imaginarios, Borges introduce una categoría particular: “los que no figuran en esta lista”. Henos ahí.

La teratología es el discurso sobre la diferencia, sobre el otro. La alteridad es siempre una forma de decir quién soy. Por ello el monstruo nos plantea una responsabilidad ética, definir un “nosotros” en términos de inclusión o de exclusión. La imagen del otro habla del sentimiento de lo humano. Descifra la mirada del espectador: con fobia, admiración o humor; acerada o solidaria. Espeja al yo y conforta su autoestima, pero también se aventura en la audacia de la transgresión y le enseña la rebeldía contra el orden y la razón (cuyo sueño produce monstruos, decía Goya) ¿Qué otra cosa es el espíritu crítico? A partir del etnocentrismo “como medida de todas las cosas”se crea el infrahombre y el superhombre. Desde él se abren puertas a lo sobrenatural, al real maravilloso (no al surrealismo, que es una referencia al yo y no al ello), y la diferencia engendra nuestras creencias y nuestros dioses, divinidades  antañonas y héroes o antihéroes del mundo moderno. Los endriagos al mismo tiempo que espantan, fascinan, incitan a imaginar mundos nuevos, liberan la imaginación y abren posibilidades de creación. Es una respuesta cultural al tedio del diario vivir.

La exposición de la Biblioteca Nacional de Madrid trata de la mirada.  El monstruo se presenta en primer lugar como una deformación del cuerpo, tanto del cuerpo natural como el social y político, pero esa deformación tiene un sentido. Todo engendro guarda un secreto. Cada uno es hijo de una contradicción: entre el orden que lo margina y la rebeldía que proclama, que sólo se puede develar desde la historia de la libertad humana. Su divisa es “Dime a qué le temes… y te diré qué orden predicas”. El monstruo habita en las fronteras del mundo conocido, pero también en las fronteras entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, lo normal y lo patológico. Su imaginario expresa conductas estigmatizadas y reprimibles.

El catálogo ordena los monstruos en diversos cuerpos: Monstruos del cuerpo natural, obvios, sobre ellos se construye la mirada clínica. Monstruos del cuerpo social. Para uno de los autores éste sería el Estado, “antes de que las tesis neoliberales arrasaran con vetustas tradiciones”. Desliza un mensaje político,  lo que demuestra hasta qué punto a él mismo le resulta oportuna la simbología que analiza. Monstruos del cuerpo sobrenatural: una galería de prodigios, sagrados y profanos que rememora nuestra finitud y pequeñez. Evoca imágenes de salvación, sometimiento y condena. Son seres que habitan otro mundo. Monstruosidad del cuerpo femenino. La estigmatización del cuerpo de la mujer no conoce límites. Todos sus atributos merecieron rechazo: seductora, lasciva,  indómita, como la amazona que Américo Vespucio creyó reencontrar en América. Monstruos del cuerpo imaginario. Son los engendros de la extera Europa, en lo que aquí nos interesa del Nuevo Mundo al cual legaron su imaginario teratológico los europeos que llegaron a fines del siglo XV.

Aunque no se trata de manera explícita,  la  exposición está empedrada de referencias a América. Desde personajes que circularon por las crónicas, como fueron amazonas y descabezados, sin olvidar gigantes patagones, licántropos u hombres de orejas desmesuradas…, hasta figuras de dioses precolombinos, sistemáticamente vistos como monstruos por los conquistadores. Se reproducen un grabado representando a Vitzliputzli, gastrocéfalo, con la tarasca abierta en el vientre y una cabeza feminoide coronando su tronco alado, que termina en patas de chivo. Un perfecto endriago según la definición del diccionario. Asimismo muestra otras escenas de la conquista, donde aparentemente las simples representaciones de los indígenas parecen pertenecer a la monstruosidad, como una del castigo de los criminales en Florida que, por cierto resulta tanto o más clemente que el cepo, la horca o el degüello que entonces se practicaban en Europa y que no figuran en ninguna parte.

El Catálogo no entra en explicaciones del sentido de la monstruosidad trasladada a América. Importantes para entender los diferentes proyectos coloniales, porque si en alguna parte la teratología estuvo asociada a la salvación, la dominación o la condena fue precisamente en el Nuevo Mundo. El monstruo recogía la tradición del Roman de Alexandre y hablaba de que ellos constituirían las huestes del Anticristo. Su asimilación metafórica con el indio hacía que éste fuese considerado, en particular por los colonizadores puritanos, como condenado por naturaleza y fuese una labor piadosa, continuando la obra de Dios, exterminarlos. Distinta era la apreciación del proyecto colonial español, la cual  reconociendo la humanidad del indio,  se dio por misión evangelizarlo, por cierto no por eso fue éste menos sometido ni discriminado, pero no se le exterminó, como lo muestra la sociedad de mestizaje que es hoy Iberoamérica.

La exposición es lo menos, el catálogo lo más. Aquella está montada con algunas ediciones rarísimas, casi incunables, y con muchas reproducciones tomadas de libros y grabados antiguos. La sensación sin embargo, es que no logra trasladarnos al mundo de lo maravilloso, se  queda más bien en el terreno patológico, un poco en el museo de cera y sus documentos explicatorios. Éste, a parte de proporcionar una magnífica bibliografía al día,  tiene el mérito de los textos que aclaran e iluminan la metáfora humana que representa el monstruo, el espíritu de trasgresión que hay en él y su pathos creativo. He ahí la belleza del monstruo.

Miguel Rojas Mix