“J´ai ma politique à moi”: Bolívar y la cuestión de la identidad continental

En una carta desde Lima el 20 de diciembre de 1824, refiriéndose a la idea de intimidar España con el envío de expediciones libertadoras a Cuba y a Puerto Rico, Bolívar escribe a Santander esta frase en francés J’ai ma politique à moi. Y a reglón seguido la reitera traduciéndo: “Yo tengo mi política”. Más que el hecho contingente a que se refiere la carta, lo que nos interesa es precisar cual era esa política de Bolívar. Esa “politique à lui”.

 

Podríamos resumirla en tres temas principales y otros  ocasionales, o subtemas si se quiere, que giran en torno unos de otros. Los tres, lejos de agotarse con Bolívar, constituyen una problemática americana que se mantiene con impresionante actualidad. Los tres constituyen el legado político de Bolívar. Los tres están reiteradamente tratados en sus escritos. Más aún, constituyen la osatura de sus tres documentos principales: La Carta de Jamaica, el Discurso de Angostura y la Constitución de Bolivia.

Estos temas son los de valoración del pasado, asociado a la idea de progreso (hoy diríamos de desarrollo), la cuestión del sistema de gobierno y el tema de América o de la identidad americana, que es el origen de una larga polémica terminológica.

Voy a recorrerlos en su conjunto, en sus grandes líneas. Teniendo en consideración que son temas que, en cuanto problemática americana, nos interesan más allá de la perspectiva de Bolívar De paso dejaré ver, para aquilatar la dimensión ética del bolivarismo, su concepción humanista hija de la Ilustración.

Comenzaré  por los nombres que da al continente el Libertador.  Ellos ganan sentido, situándolos  en una larga historia de terminologías encontradas: Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica, etc. Denominaciones que son a la vez ideológicas y políticas, y que hemos tratado detenidamente en otras publicaciones[1].

Bolívar utiliza en múltiples ocasiones el nombre de América Española, América Meridional y América del Sur. Ocasionalmente usa los cognombres de Continente Nuevo, Nuevo Mundo e incluso  e inclusive Medio  Mundo. Su visión de América, sin embargo, da lugar a un nombre que él no utiliza: el de Hispanoamérica.

El bolivarismo constituye en realidad la ideología del primer hispanoamericanismo. Si durante la Colonia el americano se satisfizo con las identidades de “criollo”, “indiano” o “español de Indias”, a comienzos del siglo XIX el problema de la identidad aparece estrechamente asociado al de la Independencia. Aunque inmediatamente después siguen llamándose “americanos”, más entrado el siglo hablan de Hispanoamérica.

Reservando este nombre para referirse al continente cultural, lo combinan con el de americano para señalar su identidad personal. En efecto, guardan el de americano hasta que de éste se apropian con exclusión los Estados Unidos.

Esta primera Hispanoamérica, (Hay una segunda que es la de la generación del 98)  se define por el único vínculo de importancia que habría dejado la dominación española,  la lengua. En consecuencia es vista corno una comunidad cultural, formada por las repúblicas que habrían sido colonias españolas.  Significa además entre ellas una solidaridad política que llega a concretarse en tratados de alianza para hacer frente a enemigos comunes. Básicamente España. Esta es la gran diferencia entre el primer y el segundo hispanoamericanismo. La imagen que el uno y el otro tienen de España. El primero caracteriza la Colonia según la visión bolivariana: Es una época de barbaridades y tiranías, de falta de libertad. Incluso, dice Bolívar, América estaba privada de la “tiranía activa” y agrega una frase que los historiadores saborean poniéndola en itálicas: “los americanos en el sistema español no fueron sino siervos para el trabajo y a lo más consumidores”. Es una crítica feroz al pasado que se hace a partir de los grandes temas de la Ilustración: el de la tolerancia y el del progreso. Una valoración de1 historio que legitima la ruptura, rechazando el pasado colonial, del  cual guardábase sólo la lengua para que sirviera de base a la unión de los americanos. Una valoración que concluía con un colof6n de lapidaria animosidad: “más grande es el odio que nos inspira la Península que el mar que nos separa de ella[2].

Así, pues, si el segundo hispanoamericanismo es un ideología de aproximiación a la Madre Patria, éste es de distanciamiento.

Producto de este hispanoamericanismo fue la Guerra con España en 1862. Agredido Perú por la antigua metrópolis,  que ocupó las islas Chinchas, Chile, Ecuador y Bolivia se pusieron de su lado en nombre de la solidaridad hispanoamericana.

Otros hitos importantes de este hispanoamericanismo Son los diversos intentos de confirmar esta personalidad en una serie de congresos, que no hacen sino continuar el de Panamá convocado por Bolívar en 1826. El Primer Congreso de Lima de 1847—48, el Congreso Continental de Santiago de Chile de 1856 y el Segundo Congreso de Lima 1864—65.

El propio Bolívar cuan reflexiona sobre su identidad de “americano” la define como una especie media entre el indio y el europeo. Una ambigüedad. Más que una que una personalidad nacional es la preocupación de una clase, de una casta. Lo cierto es que la condición de “americano” como identidad y, más entrado el siglo, la de “hispanoamericano” es asumida casi exclusivamente por una clase. El pueblo —que como decía Bolívar en el Discurso de Angostura— era más bien un compuesto de África y América, que una emanación de Europa, carecía de preocupaciones continentales y encontraba su filiación en entidades mucho más restringidas: la familia, la tribu, la nación (en el sentido de nación de origen de los esclavos, criterio con el cual se reunían en “murgas” en el momento del carnaval); cuando no en la hacienda y en la “familia del amo”[3].

Si confrontamos un borrador preparado para el editor de The Royal Gazette , en Kingston, probablemente de septiembre de 1815, en el que Bolívar desarrolla su concepción de una sociedad de castas, con otros documentos: La Carta de Jamaica o el Díscurso de Angostura parece claro que él utiliza dos nociones, que a menudo se confunden pero que no son sistemáticamente sinónimas: la de americano; que en ocasiones quiere decir “español de América” o “americano del sur”[4] es decir, criollo blanco y en otras, natural, indígena; es decir indios; y la de pueblo o ”populación americana”, que es el compuesto del indio y del esclavo, al que se le agrega por encima el “criollo blanco. “Americano” en el lenguaje de Bolívar es también ”nosotros”. “Nosotros.., no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes” y los “españoles”.  Americanos por nacimiento y europeos por derechos…” [5]. En cambio, “nuestro pueblo” es más amplio. Es un compuesto, al que el criollo pertenece por cierto:

Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un compuesto de África y de América, que una emanación de la Europa;- pues hasta la España misma deja de ser europea por su sangre africana, por su instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el americano y con el africano, y éste se ha  mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una misma madre, nuestros padres diferentes en orígenes y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia[6]

En todo caso, si Bolívar está convencido de la necesidad de la igualdad social y política, no cree menos en la jerarquía de las castas y en la desigualdad de los rangos que le están reservados a cada hombre:

Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes de la sociedad está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está, que no todos los hombres nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos[7].

Esta desigualdad de origen hace pensar a Bolívar que se requiere un gobierno firme y delicado para manejar una sociedad tan heterogénea[8]. Está convencido que el mejor sistema es la república. Roma y Gran Bretaña han dado el ejemplo. Recomienda a los constituyentes de Angostura el estudio de la Constitución británica; no por lo que tiene de monárquica, sino por lo que guarda dée republicana[9]. Con Montesquieu insiste que la excelencia de un gobierno no reside en su modelo teórico, sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación[10]. Para América este carácter lo ve en un pacto social fundado en la armonía entre los temperamentos de las castas. El “americano del sur”, el criollo, con “su dulzura ilimitada y por sus cualidades intelectuales a la cabeza de una sociedad paternalista y patriarcal. El indio que por temperamento no pretende la autoridad y el esclavo que “se considera en su estado natural como miembro de la familia del amo, a quien ama y respeta; y a quien los jefes españoles se esforzaron en sublevar contra los blancos criollos; sin éxito, porqué -concluye Bolívar- parecerá inconcebible que los esclavos rehusasen salir de sus haciendas, y cuando eran compelidos a ello, sin poderlo evitar, luego que les era posible desertaban”[11].

Enemigo de la esclavitud, partidario de la democracia, Bolívar no teme menos a lo que llama “democracia absoluta”. No sólo porque ella no se acuerda con la naturaleza y el carácter de la nación: ¿ la sociedad de castas?. Y Bolívar teme la proclamación de máximas demagógicas para atraerse la causa popular que puedan producir la subversión[12]; sino incluso porque los ejemplos históricos de democracia absoluta han fracasado, a causa de la extrema debilidad de este tipo de gobierno. La igualdad está garantizada —piensa— por el gobierno republicano.  Esta es la igualdad que permitirá a América refundir el cuerpo social. Pero ella peligra en una democracia absoluta que no puede ofrecer sino únicamente “relámpagos de libertad”[13].

En resumen,             Bolívar ve la “populación americana” compuesta de diversas castas que deben vivir en perfecta  armonía,  cada uno ocupando su lugar en la escala social. Bolívar pensaba, eso si, esta sociedad jerarquizada como una sociedad multiracia] que debía enriquecerse con la inmigración europea y asiática[14].

Esta América tenía un destino solidario, según lo proclamaba en 1818: “que nuestra divisa sea unidad en América Meridional”; y agrega en una carta desde Angostura dirigida a Puyrredón: “Una sola debe ser la patria de todos los americanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad”[15]. Y no obstante que él se da cuenta de las dificultades que existen para tener un solo gobierno que reuna a los diversos Estados, es el primero afirmar la idea de América—Una América a la que é1 da muchos  de los nombres conocidos: América, Nuevo Mundo, Mundo Nuevo, pero sobe todo América Meridional. La Carta de Jamaica de 1815 la titula justamente Contestación de un Americano Meridional a un caballero de esta isla .

Específicamente el nombre de América Meridional quería distinguirse de América del Norte. Lo que muestra hasta que punto al menos  estas reflexiones de Jamaica no se pueden aplicar a una visión de tipo panamericano como algunos han querido mostrar[16]. El nombre de América Meridional se encontraba desde antiguo en las cartas geográficas, ya en el siglo XVII se le encuentra en la llamada “Carta de Roma” de 1677 del francés Guillermo Sanson[17], él estaba de actualidad en la época de Bolívar. Junto con el de América del Sur y el de América española se encontraba en Miranda, quien lo había contrapuesto siempre cuidadosamente a la expresión América del Norte. Pero, sobre todo, él era difundido por numerosas obras. Particularmente por dos que circulaban ampliamente: la de Félix de Azara Voyages dans l’Amerique Méridionale (traducción francesa. Paris 1809). Y la que prueba justamente la actualidad del nombre, porque aparece inmediatamente después del “grito, de la Independencia”: el atlas que en 1811, elaboró Caldas, dándole por título: Atlas de una parte de la América Meridional[18]. Esta América —que Bolívar precisa “Meridional”— y que va desde México a las Tierras Australes“Desde Nuevo México hasta Magallanes (dice en un informe del de diciembre de 1813)—, es la América cuya unidad descansa en la lengua. El español es su gran pilar cultural. Junto a él, los pilares políticos son la libertad y la independencia. Es una América libre e independiente que no debe estar sometida a ninguna tutela. Y, sobre todo, que debe rechazar cualquier forma de colonialismo. Así lo expresa en una carta a Monteagudo a propósito del  intento de Rivadavia de formar una federación americana con Gran Bretaña como líder: “Todo bien considerado tendremos tutores e la juventud, amos en la madurez y en la vejez  seremos libertos”[19].

Bolívar se inscribe así en el fundamental problema de la identidad. La identidad común la define como el vínculo que une a las partes entre sí y con el todo, y que descansa en un origen, unas costumbres, una lengua y una religión comunes. Si Bolívar precisa en sus documentos fundamentales esta América como una América Meridional., parigual la define América Española y profundamente distinta de la América inglesa. En este sentido la afirmación de identidad va a recorrer un largo camino polémico, sin cambiar los términos del libertador, pero agregando Brasil, en el cual él no pensaba. En todo caso, las diversas definiciones de esta América bolivariana, por conflictivas que ellas sean entre sí, se precisan frente a la América sajona; y en particular se van a definir por oposición frente a esa otra concepción de una América unida que es el “panamericanismo”. Que es la concepción de una América unida pero bajo la hegemonía de los Estados Unidos[20].

Es sabido que en el terreno político Bolívar trató de llevar a la práctica sus ideas. Que en el Congreso Anfictiónico de Panamá, del 15 de junio de 1826, propuso un tratado de unión y confederación perpetua, tribunales arbitrales y la fijación de un contingente de fuerzas armadas comunes. Y, que no obstante lo templado de su propuesta, la utopía de Panamá, murió en su segunda reunión de 1828 en México, a causa de las  susceptibilidades racionalistas y los intereses de las grandes potencias.

Este primer hispanoamericanismo que se extiende entre dos documentos fundamentales: La Carta de Jamaica de Bolívar en 1815 y Nuestra América de Martí de 1891, es difundido primordialmente por los intelectuales criollos: pensadores políticos, escritores, artistas, que hacen reiteradas declaraciones de fe continental[21]. Ya entonces los intelectuales, que podríamos llamar “progresistas” hablaban de una identidad a través de la cultura, de una cultura, de un arte y una literatura americanas que rompieran las ataduras de la dependencia con las metrópolis. Entre los más explícitos figura el escritor chileno Daniel Barros Grez, que ilustra esta manera de pensar:

Estoy íntimamente convencido, no diré de la utilidad de las Bellas Letras, sino aún más, de la necesidad que todo pueblo tiene de cultivar su literatura; pues de otro modo, no adquirirá jamás la independencia de espíritu que ha de menester para adelantar por sí mismo en el camino de la civilización. He dicho su literatura porque a ningún país le es dado aspirar a la autonomía intelectual sino cultiva una literatura propia, hija de su clima., que retrate su cielo; que dé el perfil de sus montañas; que dibuje sus bosques y sus valles y ponga de manifiesto todo el esplendor de su naturaleza para despertar en el corazón de los hombres el amor a lo bello. Los esfuerzos hechos por la industria y el arte son poderosísimos ejemplos que, presentados oportuna y convenientemente ante los ojos del pueblo, por la literatura, lo incitan a imitar lo que es bueno… Nuestra espléndida naturaleza es digna de ser cantada en lira de oro. La tragedia, la comedia, la novela, etc., no necesitan mendigar asuntos extraños cuando tenemos en nuestra historia una multiplicidad de hechos interesantísimos, y cuya simple representación, ya sea plástica, ya sea narrativa, entraña provechosas lecciones.

Y No sólo creo la literatura esté llamada a representar un rol puramente nacional. Esta esfera de acción por importante que sea, es todavía estrecha para un elemento de tan poderoso alcance como fecundo en resultados. SÍ me fuera dado expresarme así, diría: que la alta misión dé la literatura es internacional. Me refiero específicamente a las repúblicas hispanoamericanas. Hijas de una misma idea, nacidas en un mismo tiempo, habland6 un mismo idioma, y persiguiendo un mismo ideal, es menester que estén animadas siempre de análogos sentimientos. La forma de expresión social, tiene que ser la misma, y hé aquí un gran vinculo que la literatura está llamada a fortificar entre nuestras repúblicas, Hermanas por sus dolores, hermanas por sus victorias, hermanas por sus próp6sitos y sus aspiraciones ¿pueden no serlo en su literatura, es decir, en la expresi6n de esos dolores, de esos triunfos y de esas aspiraciones? Creo firmemente que no.

Por eso me parece, que para que la literatura cumple su misión regeneradora entre nosotros, debe ser eminentemente fraternal, fortificando y estrechando los vínculos de unión que han de ligar a nuestras repúblicas. Solamente, así, podrá el arte crear espíritus progresistas, y preparar los pueblos para gozar de la verdadera libertad, que es aquella que garantiza, en vez de amenazar la del pueblo vecino. Una literatura que se encerrara dentro de los límites de su propio país, no haría comprender en toda su extensión al ciudadano sus deberes de hombre libre. Una poesía que sólo sabe cantar la libertad de la patria y carece de notas para incitar a los demás pueblos al cumplimiento de su deber, no nos enseña a ser libres. Sería un arte fatal, y solamente conozco otro peor: aquél que cree inspirar el verdadero patriotismo, excitando rivalidades y encendiendo la discordia entre países, cuya unión es la condición indispensable para su progreso. No. A las Bellas Artes no les es dado hacer germinar las bajas pasiones sin renunciar a su alta misión de ennoblecer, embelleciendo y enriqueciendo el espíritu: y uno de los principales fines de nuestra literatura, debe ser el enseñarnos que nuestra libertad no consiste en la esclavitud ajena; que nuestros adelantos no estriban en el atraso del vecino; y que podríamos desear, confesar y ensalzar el engrandecimiento de otros países, sin dejar de ser patriotas. Peruana en el Perú; Mexicana en México; Argentina en las provincias unidas del Plata, etc., es menester que sea americana en todas partes, porque este carácter de fraternidad, no es ni puede ser un inpedimento para que el arte se manifieste aquí, allá, y más allá, con el sello peculiar de cada clima y a los usos y costumbres de cada nación”[22].

Este hispanoamericanismo lega una misión a la literatura que hoy más que nunca le corresponde cumplir frene a la globalización.

Para concluir, quisiera abocetar apenas los otros grandes temas de esta “politique à lui”. Ya hablamos de la valoración del pasado, advertencia sentida para pensar el futuro  de América.

El otro gran tema es el de la formación del Estado. Bolívar se pregunta cómo construir una sociedad. Y es aquí, efectivamente, en la formulación del proyecto de sociedad que se advierte el desgarramiento entre su concepción revolucionaria, defensora de la libertad, antiesclavista, propulsora de una sociedad pluriracial  y sus orígenes mantuanos, oligarcas, que tendían a reproducir una modelo estamental, negaban los conflictos sociales y desconfiaban profundamente del populismo y de la democracia representativa.

Sus propuestas de constitución son, sin embargo, siguen siendo democráticas; pero es unas democracias restringidas, no rousseauneana: no un individuo igual a un voto. El piensa que, efectivamente, sólo en democracia se pude realizar una verdadera libertad; pero que antes que los americanos gocen de todas las libertades, tienen mucho que aprender.”La libertad —dice, citando a Rousseau— es un alimento suculento, pero de difícil digestión, Nuestros débiles conciudadanos tendrán que robustecer su espíritu, mucho, antes que logren digerir saludable nutritivo de la libertad” ( Discurso de Angostura) Por ello es que su proyecto de sociedad es el de una democracia restringida, en el que se mezclan en el aparato de Estado los principios generativos de la votación y la herencia.

Es cierto, por otra parte, que en la época; y aún muchos más entrado el siglo XIX, nadie pensaba de otra manera. Sarmiento y Alberdi en Argentina, creían ambos que era preciso educar al pueblo antes de que éste pudiera disfrutar de una democracia plena.

En todo caso, el legado de Bolívar es materia política es fundamental para América latina. Sobre todo porque nos lega una concepción republicana y civilista del Estado. Precisamente es su concepción republicana la que lo hace oponerse en la época a aquéllos que querían una monarquía para todos los países que acababan de independizarse. Es su concepción republicana la que busca que los poderes del Estado se equilibren entre sí y se limiten los unos a los otros. Lo que se manifiesta no sólo en los cuatro poderes que propone en la Constitución de Bolivia, sino en la forma en que precisa la exigencia de un estado civil y en los límites que fija al papel del ejército: “        He dividido —dice— la fuerza armada en cuatro partes. Ejército de línea, escuadra, milicia nacional y resguardo militar. El destino del ejército es guarnecer la frontera. I Dios nos preserve de que vuelva sus armas contra los ciudadanos! Basta la milicia nacional para conservar el orden interno” ( Discurso ante el Congreso de Bolivia)

Otros temas Fundamentales del legado de Bolívar son: el de los derechos humanos y el de la tolerancia. Temas éstos, que junto con el progreso, constituyen leitmotiv de la Ilustración. Si el terna de la tolerancia se expresa principalmente en  la libertad de cultos; el de los derechos humanos se manifiesta a través del derecho de gentes; derecho en el cual fundamenta Bolívar la independencia y la abolición de la esclavitud. Es precisamente su concepción antiesclavista, que se encuentra profundamente asociada a su idea de una sociedad multirracial, la que le hace insurgirse en forma permanente contra lo que llama la odiosa diferencia de clases y colores.

Hasta aquí esta lectura de Bolívar. Por cierto que son muchos los que han intentado precisar que significaba este “J’ai ma politique moi”. Yo me he limitado a situarlo en tres de sus aspectos: la cuestión de la identidad americana, su proyecto político y sus ideales ilustrados. Creo, sin embargo, que entre quienes,  con mayor profundidad lo han interrogado sobre lo que representaba “sa politique  à lui” para el presente americano, figura el poeta chileno Vicente Huidobro. Dejémosle concluir:

Ahora te preguntan tus estatuas: ¿Cumpliste con la ley dialéctica de tu día histórico?

Y tu crees que sí. Y tal vez la razón sea contigo.

Simón, hay tinieblas sobre el mundo. Aún reina la noche en tus Américas.

Hoy los hombres estamos empeñados en libertar al hombre de una esclavitud igual si no mayor a la que tú rompiste. Estamos batallando por una libertad más alta que la tuya.

La libertad total a que aspiramos busca en estas tierras un nuevo y gran Libertador.

Pronto, Simón, desata tus amarras de las sombras, desenvaina tu espada color lluvia bienhechora y toma tu sitio en nuestras filas.

Ahí está tu caballo de ijares impacientes, vibrando como un gran violín de Marsellesas y cantos resucitados. Ahí está esperando tu caballo.

Y detrás millones de jinetes corno olas efervescentes.

Pronto nuestras montañas saludarán al alba que se acerca con un rumor de pasos milenarios que vienen desde el fondo de la Historia como una interminable procesión de esqueletos heroicos.

 


[1] Los Cien nombres de América, Lumen, Barcelona, 1991.

[2] En general podemos decir  que, en su lectura del pasado, adhiere este primer hispanoamericanismo a la “leyenda negra”. Casi todos los criollos del diecinueve, salvo raras excepciones como Andrés Bello: Investigación sobre la influencia de la conquista y el sistema social en Chile (1842) tienen la misma visión que Bolívar del sistema colonial.

[3] “Discurso de Angostura”, UNESCO p.138  y “Borrador de la Royal Gazette de Kingston” (c.sep. 1815) UNESCO p.119.

[4] Ibid. 118

[5] Ibid. 133

[6] Ibid. 138

[7] Ibid. 139.

[8] Id.  139

[9] Id. 141

[10] Id. 141.

[11]  Borrador “Armonía”, p. 120.

[12]  Id. 120.

[13]  Id. 140.

[14] Carta de Jamaica y “Armonía racial”, UNESCO, 120.

[15]  UNESCO, 129

[16]  Cf. Supra.

[17]  Mapas de Colombia, lám. XIX

[18]  Id. Lám. XLII

[19]  5.ag.. 1823

[20]  Numerosos han sido los intentos de recuperar a Bolívar dentro de una concepción panamericana. Con ocasión de la X Conferencia Panamericana, que se reunió en Caracas en 1953, se publicó un libro de citas de Bolívar relativas a América: América y el Libertador. Las citas están destinadas a afirmar que en Bolívar existía una visión panamericana. En realidad Bolívar utiliza sólo en tres ocasiones, en 1825, el gentilicio “americano” para referirse a los americanos del norte. Es con ocasión de tres cartas a Santander, objetando la invitación de los Estados Unidos al Congreso de Panamá (Cf. Miguel  Acosta Saignes: Acción y utopía del hombre de las dificultades,  La Habana 1977, pp. 384-385.) Esto, sin tener en cuenta de que Bolívar era plenamente consciente  del peligro que podían representar los Estados Unidos para su América Meridional, en carta a Patricio Campbell, escribe: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar América  de miseria en nombre de la libertad “, cit. por Francisco Pividal: Bolívar: Pensamiento precursor del antiimperialismo, La Habana  1977, p. 148.

[21] Cf.Rojas Mix, M.: “La cultura hispanoamericana del siglo XIX” Historia de la Literatura hispanoamericana, T.II. Ed. Cátedra, Madrid,

[22] Barros Grez: Pipiolos y pelucones, T.II, 1876, 92.