Imaginarios urbanos

Cuando escribí el prólogo de La Plaza Mayor, “Un pollo en corral ajeno”,  no hacía sino transcribir el extrañamiento y la consiguiente angustia que significó para mí pasar de un modelo de ciudad a otra. Extrañamiento en el sentido de pérdida de identidad. Angustia en el sentido de inseguridad. Anulaba gran parte de mis referentes y traicionaba mis reflejos urbanos. Fue en esa vivencia que me percaté de la importancia cultural e ideológica del imaginario urbano, de los modelos que lo producen y de los paradigmas sociales y políticos que reproduce. Crea un “nosotros”, que en la ciudad democrática son los “ciudadanos”. Pero también distingue entre el yo y el otro, lo integra o lo discrimina, lo estructura en clases distribuyéndolo en barrios y barriadas o lo encierra en guetos. Juntamente reproduce el esquema político y económico dominante. Puede  manipular a los habitantes, colonizándolos, jerarquizándolos, transformándolos de ciudadanos en clientes. La ciudad configura el ser-en-el mundo del individuo y regula las identidades: individual, social y colectiva. Cuando se propone anticiparlas nos encontramos abiertamente en el terreno de la utopía.

Desde entonces me ha quedado una línea de reflexión que se interesa particularmente por los imaginarios urbanos. Conjunto de imágenes referenciales que representan el magma social, político y cultural de una nación, región o colectividad. El imaginario urbano expresa una voluntad política que, en un momento dado, estructura estas figuraciones componiendo un discurso icónico, multicultural, en el que intervienen diversas producciones de la creación y donde el arte puede llegar a tener un papel protagónico. A este tema espero dedicarle un ensayo in extenso. Mientras tanto, aventurando unos pasos, podría decir que en América Latina, después de la ciudad republicana, es fácil distinguir diversos modelos que, en el tiempo, explican la ciudad con discursos diferentes. En Argentina, la fundación  de La Plata es expresión de lo que podríamos llamar la ideología del progreso: un triunfo de la ciudad sobre el campo. La revolución mexicana es un triunfo del campo sobre la ciudad y, en este sentido, un rechazo a la modernidad urbana que imponía el porfiriato. La revolución se propone reescribir la historia, ampliando en primer lugar el concepto de tradición, reivindicando  el pasado  de las grandes civilizaciones precortesianas, valorando formas que antes eran consideradas bárbaras, exóticas o primitivas. Reescribir la historia era en primer lugar reescribirla en la ciudad, que fue lo que hicieron los muralistas. El indigenismo va a manifestarse como uno de sus valores dominantes. Un estilo que se traduce en la arquitectura y se extiende hasta las grandes ciudades de los EEUU con el llamado “Mayan Revival Style”. La creación de un “hombre nuevo” y el desarrollo de otra ética fueron en un comienzo metas de la revolución cubana. Semejantes fines implicaban un cambio en el cuadro de vida y, en consecuencia, en el imaginario urbano. Esperando que los sistemas de información permanente (en el marco urbanístico y arquitectónico) se pusieran en marcha, la gráfica tomó la responsabilidad de cambiar la imagen del país. Se trataba de dar una visión plástica de la revolución. Se pensaba que el advenimiento de la sociedad socialista podía acelerarse a través de ella. Carteles y vallas inundaron muros y carreteras asumiendo la función didáctica de formar al hombre nuevo. Ganar la calle fue asimismo una preocupación fundamental de la Unidad Popular en Chile. Para ello se formaron “brigadas muralistas” que avivaban tapias y murallones con grandes pinturas, hasta de más de  1 km., difundiendo los mensajes de solidaridad que proponía el gobierno de Salvador Allende: “El cobre es chileno”,  “Los niños nacen para ser felices”, “Solidaridad con Angela Davis”… También se dio en Chile el avance del urbanismo marginal, que se introdujo en el casco urbano, ocupando terrenos eriazos y alarmando con su vecindad los barrios  burgueses. Pero en definitiva ninguno de estos imaginarios cambiaba los sistemas de información permanente impuestos por el modelo urbano hispanoamericano tradicional. No hicieron sino expresar con nuevos imaginarios (transmitidos sobre todo a través del mobiliario urbano y el discurso toponímico)  el modelo tradicional. Brasilia fue una excepción, pero la historia de las ciudades es muy distinta en la colonia portuguesa de lo que fue en las colonias españolas. Brasilia es expresión del mito de la modernidad. Desde fines del siglo XVIII el movimiento de liberación contra los portugueses preveía el traslado de la capital hacia el interior del país. Finalmente se construye Brasilia entre 1955-1960,  urgida  por el deseo político de restablecer el consenso nacional. Se buscaba un punto geográfico y formas urbanas para negar las contradicciones sociales, políticas y económicas. Lucio Costa, que la proyectó, señalaba que una de las características del plan era reunir en “super-cuadras” las diferentes clases sociales, rompiendo así la estructura entre “barrios ricos” y “barrios pobres”. La realidad ha sido muy otra.

Todo modelo de ciudad reproduce, desarrolla y crea valores.

Cada ciudad nueva comporta un fondo de utopía. Así se advierte en la idea de ciudad-jardín que Ebenezer Howard (1850-1928) desarrolla en Tomorrow: a Peaceful Path to Social Reform (Mañana, un camino pacífico hacia la reforma social), publicada en 1898. Así, en la idea  de Ville Radieuse, especie de ciudad teórica de Le Corbusier; así en La Carta de Atenas (1933).También La Plata comportaba su trasfondo utópico, sólo que su construcción anticipaba los desarrollos teóricos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. La Plata, expresión de la ideología del progreso,  se creaba como la capital de una gran provincia, Buenos Aires, que crecía y se modernizaba a toda velocidad. La Plata encarnaba los grandes flujos políticos y sociales que hicieron de Buenos Aires una de las ciudades más importantes del mundo al alcanzar los años treinta, cuando Gardel la llamó la “Reina del Plata”. La Plata era también ciudad de emigración (cerca del 60% de la población fundadora era extranjera), encarnaba el progreso y la modernidad (el vínculo con Europa, la civilización migrante de Sarmiento y Alberdi) y el racionalismo laico de que era portador el espíritu francmasón (la ciudad está sellada con sus símbolos).

Fundada en 1882, La Plata fue la primera gran ciudad nueva de América Latina. Apenas cuatro años más tarde un viajero francés. Emil Daireux , publica en la revista Le Tour du Monde, en dos semestres seguidos, 1887 y 1888,   el relato de su viaje: ”Voyage a la Plata. Trois mois de vacances, 1886. Texte e dessins inédits”. Le Tour du Monde  fue la primera revista que unió documentación escrita y documentación gráfica. En su mejor época la tradujo en magníficos grabados en “madera de testa”. Técnica de fina línea capaz de recoger con gran rigor incluso el menor detalle e ilustrar ambientes y momentos del día por su capacidad de captar en sutiles achurado el juego de luces y sombras. La revista reclutó a los más prestigiosos artistas franceses, que trabajaban d’après photo o siguiendo dibujos ejecutados por los viajeros.  La primera iconografía de la ciudad de La Plata,  fuente esencial para el estudio de su historia, fue en su mayor parte obra de uno de ellos, Lancelot, experto en ciudades. Diareaux nos lleva por un largo  recorrido de cerca de 145 páginas y de cien grabados, que conduce de Bordeaux a La Plata, deteniéndose en Montevideo y visitando media Argentina, antes de pasar a la recién fundada ciudad.  A la ciudad misma le dedica un plano urbano y cinco grabados que ilustran edificios emblemáticos. En esta edición en conmemoración de los cien años de fundación de la Universidad de La Plata, son esas páginas y esas vedutas las que agregamos a nuestro estudio.

Podríamos detener aquí esta reflexión que está destinada a servir de prólogo a una nueva edición de La Plaza Mayor, pero queda campeando una pregunta que un día me hizo Alfredo Bryce en un comentario a la primera edición de La Plaza… y que proyecta nuestra reflexión sobre el presente: ¿cuál es el interés de perfilar tantos  modelos urbanos?

¿Por qué?

Porque la cuestión urbana es hoy un capítulo esencial en las agendas del desarrollo, de la equidad, de la identidad, de la cultura (y de la aculturación), de la democracia, de los derechos humanos, de la paz social, y paro de contar.  Basta para subrayar su actualidad referirse a dos fenómenos que marcan el inicio del siglo XXI, que están estrechamente asociados a la cuestión urbana y llevan acordadamente a la desintegración del modelo original hispanoamericano. Uno es el de la globalización y la sociedad de mercado; el otro, el de la inseguridad y la paz social. Son dos circunstancias que en América Latina atentan justamente contra el discurso identitario, los referentes de orientación y la estructuración social e ideológica que proponía el diseño de la ciudad centrada en la plaza mayor.

La economía de mercado se impone, además de otras prácticas, a través de un nuevo modelo  urbano, global, es decir planetario: el Shopping Center. Si durante la Colonia la plaza fue el más importante factor urbano de aculturación y durante la República un poderoso referente de identidad, ahora el shopping es el más importante factor físico de globalización. Impone la globalización a la ciudad. A fines de la década de los ochenta, John B. Hightower, director del New York City’s South Seaport Museum, una combinación de centro cultural y centro comercial, declaró: “El shopping es la principal actividad cultural de los Estados Unidos.” Y sin duda lo es, si pensamos en el imperialismo cultural y económico que significa extender con su modelo el american way of life. Un modelo que en América Latina, particularmente en Chile, sirvió para legitimar dictaduras,  reemplazando la libertad política por la libertad de mercado. “Los centros comerciales estilo Mall son magníficos para las dictaduras”, afirma Emil Pocock, un profesor de estudios americanos en la Easter Connecticut State University: “¿Qué medio mejor para controlar la gente que ponerla bajo la cúpula de un centro comercial y cerrar las puertas?” (citaba un artículo del Newsweek de diciembre del 2005: “It’s a Mall World After All”). Milton Friedman, gran gurú del neoliberalismo, que decía que el mercado es más democrático que la política, desarrolló el concepto de ciudad global refiriéndose  a una treintena de metrópolis que, en el ámbito mundial, dirigen la globalización de la sociedad y la economía: Nueva York, Tokio y Londres a la cabeza. Ciudades que interactúan entre sí. En las ciudades globales se produce un triple cambio: el social, el de sus complejas funciones económicas y el de una metamorfosis espacial. El efecto es aún más fuerte en la ciudad global periférica, donde el urbanismo centrado en torno al Shopping Center o Mall está cambiando los parámetros de la vida urbana, resignificando la ciudad, creando nuevos valores, erosionando identidades y produciendo una trascendental colonización cultural. Hay que considerar el efecto aculturador del shopping. En los países periféricos entrar en un Shopping Center da la impresión de encontrarse en un país extranjero.   La economía de mercado está estrechamente asociada a la “ideología del bienestar por el consumo”. Una economía que no tiene más ética que el beneficio y  recurre a todas las formas de seducción para hacer de cada individuo un cliente. En los países islámicos el Mall representa un domo, lleno de atracciones occidentales en las entretelas del fundamentalismo islámico. Las estrategias comerciales son impresionantes. Apuntando a la clientela femenina que no puede sacarse el velo en público, y partiendo de la divisa “que una mujer compra cualquier cosa que pueda ensayar”, le pusieron el velo a un piso del Mall: “Sólo para damas”. En Brasil 180  millones de brasileños se agolpan mensualmente en las arcadas de los Mall, casi tantos como en los Estados Unidos. Sin embargo no faltan razones que operan en favor del desarrollo del Mall. Frente a la obsesión por la inseguridad urbana que acongoja a la sociedad posmoderna, este nuevo centro aparece bendecido por la idea de que ofrece más seguridad. Algunos disponen de una centena de policías privados. Se dice que en Río de Janeiro los padres respiran tranquilos cuando saben que sus hijos se encuentran en el Mall.

El imaginario urbano que reproduce el proyecto de sociedad de mercado, en particular la arquitectura, se orienta por las leyes del consumo. Es por ello que el atentado contra las torres gemelas del World Trade Center tuvo tanta resonancia,  porque  representó un ataque directo a su mayor símbolo en el corazón del imperio de la sociedad global.

El año 2005 se cerró en Francia con una fuerte ruptura de la paz social. Jóvenes de la banlieu  (el extrarradio) de múltiples ciudades, indignados por la represión policial, salieron a la calle a quemar vehículos. Sociólogos y políticos se han preguntado alarmados por la razón de estas asonadas. Baudrillard en una entrevista a El País(24/11/05) ve una resistencia al modelo de integración propuesto a esos mismos jóvenes. Otros sociólogos ven ahí una secuela del debilitamiento del papel del Estado, consecuencia del modelo neoliberal que ha entregado al poder económico la capacidad normativa,  tanto en lo jurídico como en lo moral. El Estado se ha ido apartando de sus responsabilidades económicas y no compensa los efectos colaterales de la lógica del mercado. Éste es un fenómeno que se ve clarísimo en la privatización de la educación pública. Lo grave es que el Estado, al dejar de cumplir las demandas de los ciudadanos como Estado social, encuentra su legitimación –en particular con el actual fantasma del terrorismo- en  “garantizar” la seguridad. Es una vuelta a la idea hobbsiana de Estado. Lo que en el hecho le lleva a ser cada vez menos democrático. Del Estado social evoluciona hacia el Estado penal. Sin duda que los disturbios urbanos de fines del 2005 en los suburbios franceses son consecuencias de problemas económicos y familiares. Pero más que problema económico: fuerte tasa de paro y pocas expectativas de futuro; más que problema familiar: pérdida de la autoridad paterna, el padre constantemente en paro da la imagen del fracaso y deja de ser creíble para sus hijos. Ha sido un problema urbano. La concentración en el gueto permite organizar la protesta y la creación de bandas. A diferencia de las ciudades anglosajonas, Francia no conocía el gueto. Era una vieja tradición que la estratificación social  no se hacía por barrio, sino por pisos: en la medida que se montaban escaleras se cambiaba de clase. Esto hasta la aparición de las cité transit,  creadas en los sesenta, como consecuencia del boom económico para acoger a los travailleurs emigrés. Cuando a partir de mediados de la década de los setenta empieza a sentirse la crisis económica y el paro aumenta, las cité transit se van convirtiendo  en guetos. El modelo de integración republicano resulta víctima del urbanismo de segregación etnicista o clasista.

En América Latina la guetificación atenta no sólo contra el modelo de ciudad tradicional, sino contra los supuestos de cohesión social e identidad que ésta implica y contra los demás parámetros sociales que sustenta. El gueto rompe la solidaridad nacional, que se mantiene incluso en los sistemas de clase, hace visible al otro como extraño, extranjero, emigrante o poblador furtivo. Frente al proyecto de integración propone un apartheid. Éste es,  como explicamos en La Plaza Mayor, un talante que fue característico del proyecto colonial anglosajón protestante, pero nunca lo ha sido del proyecto latino católico. Es por eso que el surgimiento de urbanizaciones-guetos atenta contra el principio mismo de estructuración  social que imponía el urbanismo tradicional hispanoamericano.

Llamamos ciudad tradicional  americana a la ciudad dominada por una explanada central y con un trazado en damero. Como sistema de organización del espacio es una norma que concierne al conjunto de la comunidad sin excepción y que configura una identidad que atraviesa los siglos. Hasta mi generación el individuo se afectaba a la plaza y a la referencia de calles paralelas y perpendiculares, tanto a través de sus facultades perceptivas (sensación de espacio, de tiempo, sentido de la orientación) como de sus actividades cotidianas (forma de concebir el desplazamiento diario).

ºCon la ciudad globalizada todo tiende a cambiar

                                               Prólogo a la edición del centenario de la fundación de la Universidad de La Plata.