Imaginario universitario

Mar del Plata, 2009

Estamos en un momento de la historia que nos plantea la necesidad de una profunda reflexión. Los grandes cambios en el escenario geopolítico,  acompañados de la revolución tecnológica  y epistemológica nos obligan a repensar muchas de las certezas políticas, culturales y gnoseológicas que compartíamos durante el siglo XX. Un nueva visión del mundo, un nuevo imaginario político y cultural surge cuando la historia cancela  la geopolítica bilateral marcada por la guerra fría. La irrupción del mercado, presentado como árbitro de la política y generador de valores, modelos sociales y culturales, hace que conceptos políticos como los de izquierda y derecha sea hoy preciso redefinirlos. Y si pensamos concretamente en el campo universitario nos encontramos con que el concepto mismo de universidad parece cambiar. La idea de universidad física se diluye en la  de universidad virtual; el concepto de docencia pierde sus competencias para transmitir conocimiento. El conocimiento está a la mano, en cualquier espacio y en el click de una tecla. Y si el docente no se califica por la transmisión del conocimiento tiene que definirse por una nueva función. Por su función formadora, por su capacidad de configurar masa crítica, de actualizar y renovar el conocimiento y de desarrollar criterios de pertinencia y ética para proyectarlo en el contexto nacional y social: por encima de la trama de los saberes  debe enseñar a pensar y a relacionar el conocimiento, sólo así es posible formar intelectuales, profesionales y  científicos creadores que son los necesita la sociedad, la empresa, la nación y América Latina para enfrentar el siglo XXI. En última instancia  parece necesario volver a la imagen del maestro que más que trasmisor del conocimiento es formador de conciencia crítica.

El conocimiento mismo toma nuevas formas. Por una parte cuestiona la sabiduría encapsulada en el concepto de especialidad y se abre a la mutildisciplinariedad en una concepción de los saberes comunicantes, multi- o transdisiciplinaria, donde los saberes comunican sin “reducirse” los unos a los otros. Se desmitifica la certeza ontológica de la ciencia, que llevó a la reflexión humanista por los caminos de la imitación para travestirse de ciencia, cerrándole el camino  a la interpretación. Refiriéndose a la Física cuántica, escribe el epistemólgo Arthur I Miller (Profesor de historia y filosofía d ela ciencia, autor de Einstein y Picasso Editorial Tusquets ¿Existe algún vínculo entre la forma de pensar de un gran científico y la de un gran artista? Sin saberlo, el artista y el científico trabajaban en el mismo problema: hallar una nueva y más adecuada representación del espacio y el tiempo.): “Como una gran obra literaria, la teoría cuántica está abierta a un multitud de interpretaciones”. Este cientifismo llevó a los humanistas a forzar el lenguaje científico y a caer en un absurdo y desorbitado mar de citas, una enfermedad que en otro lugar he llamado citorrea, donde los árboles no dejan ver el bosque, donde las referencias al pensamiento ajeno no dejaban ver el propio. Se cambió el citar por el pensar. Este oscurantismo seudo científico fue denunciado por Alan Sokal y Jean Brickmont en su libro Imposturas intelectuales. En 1952 C.P.Snow dictó en Cambridge una famosa conferencia titulada: Las dos culturas  y la revolución científica, deploraba la escisión académica entre las ciencias y de las letras. En 1991 John Brockman, agente literario, popularizó el concepto de tercera cultura para referirse a la entrada en escena de los científicos-escritores. Reconocía la existencia de un  nuevo humanismo que unía, en la reflexión,  las ciencias y las letras. Un pensamiento que se ejercía en el cruce disciplinario entre todas las ciencias, una forma de mestizaje intelectual – Personalmente adoro los mestizajes- que reivindicaba la filosofía, en la medida que ella tiene como función trazar mapas de la realidad. Platón definía al filósofo como el synoptikós: el que tiene la visión de conjunto, el que señala lo pertinente y lo relevante y esboza nuevos imaginaros, cosmovisiones provisorias, pero  coherentes. Hay que acostumbrarse a una forma nueva de pensar que comprenda  las especializaciones también por sus relaciones. El conocimiento y la cultura se renuevan desde la interfecundación de distintas disciplinas. La permeabilidad entre la ciencia, el arte y las letras  es una exigencia del aggiornamento académico. Se equivocan quienes contraponen las ciencias a las humanidades y al arte. Todo forma parte del mismo forcejeo: La persecución de lo real.

En realidad tenemos que llegar al Bicentenario con una propuesta para  relanzar la idea de América Latina en todos los campos. Una propuesta que implique a la universidad, que tenga en consideración el mundo y el momento que estamos viviendo para pensar nuestras prioridades éticas, intelectuales y científicas, que prevea a las transformaciones del conocimiento y las integre en las curricula y en los métodos docentes. La  concepción de la nueva universidad debemos hacerla partir de la voluntad latinoamericana. La integración académica, cuyas formas y factibilidad debemos estudiar seriamente porque implica políticas de Estado. Pero, como decía Machado se hace camino al andar, debemos empezar por lo mejor de lo posible- no sólo es beneficiosa sino que es nuestra respuesta imperiosa  al desarrollo universitario planetario, a la Declaración de Bolonia, a la mercantilización de la educación superior, a la predominio tecnológico de los EEUU. En caso contrario quedaremos aislados como escuelas de pueblo chico con pocas posibilidades de producir conocimiento, a lo más satelizados, girando en torno al saber ajeno y probablemente trabajando también para intereses ajenos. La propuesta universitaria del Bicentenario (Y esta es ya una tarea que propongo que la trabajemos en común) debe apuntar a formalizar  una universidad que comprende que así como tenemos que abrir los saberes a la transdiciplinaridad, tenemos que abrir la docencia superior a la transuniversidad para aprovechar al máximo nuestros recursos académicos, compartir las excelencias del saber de nuestras casas de investigación y estudio,  y  hacer de la universidad un auténtica palanca del desarrollo continental y de la integración social multicultural. Partiendo para esto último de dos conceptos que la ideología de libertad de mercado ha dejado de lado: de la justicia y de la solidaridad.

Ética y pegagogía:. La ética en la pedagogía y en general en la comunicación es el reconocimiento del otro  -el estudiante o el receptor-como sujeto y no como objeto., En la realidad las técnicas pedagógicas tradicionales la de “dictar apuntes” conveegen con los medios masivos en la construcción del “alumno-consumidor”. El estudiante pasivo es el espectador pasivo  y su  correlato es el ciudadano pasivo. Por eso la educación no era formadora era puramente informadora. A la inversa sin un espectador activo. no puede haber un ciudadano activo.

Las técnicas pedagógicas tradicionales se caracterizan por ver al estudiante como consumidor. Consumidor de conocimientos. Así lo cosifican. Las nuevas pedagías tendrán que verlo como interlocutor dialogante. Así la educación se basará sobre lka formación del pensamiento critico y no sobre la información.

Para que nuestra propuesta de integración pueda desarrollarse debe crearse una situación de asociación activa, la iniciativa tendrá que transformarse en la Idea de los Otros y deberá por lo tanto sufrir diversas transformaciones.