Imaginario Nacional

 A comienzos del siglo XIX nacen en América Latina las naciones. Un parto difícil porque había que liquidar tres siglos de historia colonial, estructurar el Estado, saltar a la modernidad tomando el tren del progreso y construir el sentimiento nacional, integrando en él una sociedad de castas, multiétnica y multicultural. Cuestión más difícil aún si se considera  que  para terminar de construir el país la mayoría de las naciones consideraban que había que incrementar la población atrayendo los flujos migratorios principalmente europeos. Lo que,  a su vez,  suponía la cuestión de integrar a los emigrantes en el sentimiento nacional.

Por otra parte, consecuencia de un legado colonial unificador, guardaban los países un sentimiento continental que no querían perder.

La idea de nación y la idea continental surgieron simultáneamente,  asociando los conceptos resignificados de fraternidad, poder, tiempo y espacio. Esta asociación necesitaba un imaginario para constituirse y nuevos medios de comunicación para expandirse. Era lo único que permitiría a una masa de gente, que crecía rápidamente,  reconocerse unido al otro,  en un inédito concepto de comunidad, donde la condición de casta se renovaba en la flamante noción de ciudadano. La nación tenía que inventarse a sí misma. Todo esto planteaba la urgencia de crear un  imaginario nacional y continental. Cuestión todavía en el siglo XXI muy lejos de estar definitivamente resuelta.

Ernest Gellner afirma que el nacionalismo inventa naciones allí donde no existen: “sólo existen comunidades imaginadas. Las comunidades se distinguen no por su falsedad o autenticidad, sino por el estilo en el que ellas son imaginadas” (Thought and Change, Londres 1964).

Para que la nación exista es necesario que se cuente. Si no se cuenta  no construye una imagen que le permita hacerse. No hay posibilidades de esencialismo nacionalista sin un relato sobre los orígenes de la nación, sus cualidades únicas, sus héroes y sus hazañas; es decir, sin construir un imaginario. En un libro colectivo sobre la forma de narrar la historia en España (Pérez Garzón et al.: La gestión de la memoria. La historia de España al servicio del poder, Barcelona 2002), se analiza cómo se cuenta la nación: con el profesional de la historia oficial, cuya función es legitimar el poder; con los manuales escolares por los que circula el nacionalismo españolista; y con la herencia historiográfica que mantiene incluso en los historiadores actuales el modo nacionalista de escribir la historia.

Imaginario nacional no es lo mismo que la iconografía nacional. Aunque hace uso de ella, el imaginario nacional es mucho más vasto.  Se desarrolla en el marco de un relato autorizado de la historia. Un relato que adquiere un estatus casi teológico y se blinda frente a cualquier interferencia. Se unen en él lo simbólico, lo típico y lo convencional. Está compuesto de héroes fundadores, ideas, valores y alegorías patrias que tienen un efecto vinculante para la vida política y social,  ya  que son cohesionadoras del cuerpo social. Toda comunidad, nación, patria o tribu necesita sólidas imágenes mentales para creer en sí misma. Simon Schama  lo estudió  singularmente en Landscape and Memory,  en relación  a la imagen de bosques, mares, ríos y montañas. Basta con recordar las estrofas del Himno Nacional Chileno para comprobar sus asertos: Puro Chile es tu cielo azulado/ Puras brisas lo cruzan también/ Y tus campos de flores bordados/ Son la copia feliz del Edén/ Majestuosa es la blanca montaña/ que te dio por bañarte el Señor/ Y ese mar que tranquilo te baña/ Te promete un futuro esplendor.  Así el futuro promete al país un paisaje que parece salido de la mano de un pintor impresionista. Los países agregan a su identificación nacional la metáfora animal. En muchos países de América Latina el  primero es el cóndor, el rey de los animales; luego algunos animales locales,  como el huemul en el escudo chileno. Son imágenes de autoestima unidas a símbolos de unicidad. Las banderas se crean la primera mitad del siglo XIX, descendientes de los escudos heráldicos que surgieron en el siglo XII para diferenciar a la combatientes. Con el imaginario se busca la creación de un espíritu colectivo, destinado a mantener la unión del pueblo en un contexto de relaciones sociales, políticas e internacionales.  Refiriéndose al espíritu nacional, escribía Hegel que él se formaba por los pasos singulares que daba cada sociedad. En historia ese principio se convertía en la determinación de un peculiar espíritu nacional,  que era el que imponía un sello común a su religión, su construcción política, su ética social, su sistema legal y sus costumbres. Ese sello es lo que llamamos identidad.

En Europa los antiguos reinos comienzan a ser imaginados como naciones, es decir, como comunidades soberanas sólo a  partir de la Ilustración. La Revolución Francesa canceló el Antiguo Régimen: sociedad de vasallos,  dinástica, jerarquizada y de orden divino, para reemplazarlo por el Estado nacional: sociedad de ciudadanos, basada en la igualdad ante la ley y orientado a satisfacer las aspiraciones sociales, económicas y culturales de un pueblo. La gran inflexión histórica de la República es que  reemplaza la lealtad hacia el monarca por la lealtad con la patria. Es el principio básico de la independencia y la liberación en América Latina. Emblemática en este sentido es la Marsellaise: su primera estrofa se dirige no a los súbditos de un rey, sino a los hijos de la patria; “Allons enfants de la patrie”. Siguiendo a la Revolución francesa se desarrolla en América Latina la idea de nación.

En América con la Independencia se despliegan simultáneamente dos imaginarios, ambos de integración: el nacional y el continental. Este último concebido bajo el concepto de Hispanoamérica. La construcción de uno y otro plantea numerosos  problemas. Desde luego la cuestión de los orígenes. Ya Bolívar tenía dificultades para distinguir la idea de “americano” de la de “pueblo” (Borrador para la Royal Gazette. Kingston, 1815, Carta de Jamaica, Discurso de Angostura). Con americano en ocasiones quiere decir «español de América» o «americano del sur», criollo blanco; y en otras, «natural», «indígena», es decir, “indio”. Con pueblo o «populación ame­ricana» se refería al compuesto del indio y el esclavo, al que se le superpone el criollo blanco. «Americano» en el lenguaje de Bolívar es también un «nosotros». «Nosotros… no somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles. Americanos por nacimiento y europeos por derecho… » «Nuestro pueblo», en cambio, es más amplio, es un compuesto de razas, al cual el criollo también pertenece. Más complejo aún resulta este asunto en la dialéctica “civilización y barbarie”,  que inspira a los fundadores de la nación argentina en el siglo XIX, y a los constructores de la modernidad en la mayoría de aquellos países donde el indio parecía un “peligro” para la nación, pues entrababa el progreso. El mismo argumento utilizan quienes rechazan el mestizaje  a comienzos del XX. Para Bolívar la unidad de América descansaba en la lengua. El español era su gran pilar cultural. Las otras columnas políticas eran la libertad y la independencia.

En una segunda versión del concepto de Hispanoamérica,  definida desde el pensamiento conservador de Ramiro de Maeztu, será puesto de relieve el  tema de la religión. El autor de La Defensa de la Hispanidad agrega a su fundamentación dos imágenes que justificarán el nacional catolicismo: una visión tradicionalista de la religión como vínculo espiritual y la composición piramidal de la familia como fundamento de la autoridad política, natural y no democrática (Rojas Mix. Cien nombres de América, 1992).

Diversos factores concurren al surgimiento de la conciencia nacional. En la América hispana, en primer lugar una valoración de la lengua. El castellano,  pero americano, como lo definía Bello. El idioma es capaz de engendrar comunidades imaginadas y construir solidaridades particulares: es un elemento esencialmente inclusivo. Otro factor  es la prensa, su difusión contribuye a la unificación nacional. Y, no menos importante, la imprenta y las ediciones masivas, que organizan la renovación y masificación del imaginario. Al reproducirse  ilustrada la historia nacional,  su simbología se difunde y tiene  el efecto fetatorio de enseñar al ciudadano a reconocer el poder , convenciéndolo del valor de las virtudes nacionales, desde el amor por la bandera hasta  el sacrificio por la patria. En este punto hay que señalar que no sólo la iconografía, sino el estilo importa. El estilo es un factor de poder, pero también de erosión del poder. Estilo de poder para el Antiguo Régimen fue el barroco;  erosionado en su momento por el neoclásico, que valoró el racionalismo y las ideas liberales. El neoclasicismo era portador de una fuerte crítica al Antiguo Régimen. David pintaba “El Juramento de los Horacios” y a Bruto para representar escenas públicas de virtudes antiguas, evidenciando  que las virtudes modernas  brillaban por su ausencia.

Este imaginario aparece tanto en la literatura como en el arte. El Periquillo sarniento (1816) de Fernández de Lizardi, obra fundadora de la literatura y de la mexicanidad, cumple la misma función del discurso de Bolívar sobre la ineficacia de la colonización española. El Periquillo vagabundo de vive de lo que puedas se pasea por México,  lo que permite al autor hacer una radiografía de la realidad mexicana en el día a día: describir mercados, hostales, hospitales, prisiones, aldeas perdidas, monasterios, etc., insistiendo siempre en un punto capital: el gobierno español y el sistema  educativo favorecían el parasitismo y la pereza.

El último, el vínculo histórico, es el que plantea los mayores problemas. Toda nación se apoya en referentes históricos. En América Latina la formación del Estado moderno implicó un rechazo del pasado. En la sociedad colonial los individuos, estructurados en castas,  estaban unidos  por vínculos religiosos y dinásticos, debían obediencia a la Iglesia y al Rey.  Una imagen elocuente de  ese doble mensaje es El Ángel del Arcabuz¸ un  ser alado,  elegantísimo, vestido como un dandy del siglo XVII: faralaes de encajes, chaqueta estofada de oro, sombrero chambergo de gran pluma y cargando un arcabuz.  Las nuevas repúblicas no podían recurrir para configurarse  a estos referentes al pasado español.  Acababan de romper con él,  lo súbditos habían sido reemplazados por los ciudadanos y éstos no estaban unidos al rey  sino  a la patria. Por ello debieron generar un pretérito referencial. Lo hicieron seleccionando, creando y difundiendo imágenes que cimentaran la identidad nacional.  No les quedaba otra alternativa. Debían transformar el pretérito inmediato en referencia histórica. De esta tarea se ocupó el arte. Como ya lo señalamos, simbólicamente la Independencia se inicia con una ruptura estilística. Rompe con  el barroco y se vuelca hacia el neoclásico. El neoclásico va a dar imagen institucional a las recién creadas repúblicas. En Buenos Aires la fachada de la catedral es completada en 1823 por el francés Prosper Catelin en un estilo que imita La Madelaine y el Palacio Borbón. En Chile el palacio de La Moneda, casa de gobierno, es obra del arquitecto neoclásico Joaquín Toesca.

La tarea más importante que se le asigna al arte es en relación con la problemática cultural y política del siglo.  En América, tanto anglosajona como hispánica, la idea de nación cultural fue esencial para fundar la comunidad nacional; y, en el caso de Hispanoamérica, para presentir la comunidad continental. En el siglo XIX se busca un consenso que canalice los intereses de la nación con los del continente.  Por eso, concluye el emblemático escritor chileno  Daniel Barros Grez en Pipiolos y pelucones (1867): “I no sólo creo que la literatura esté llamada a representar un rol puramente na­cional. Esta esfera de acción por importante que sea, es todavía estrecha para un elemento de tan poderoso alcance como fecundo en resultados. Si me fuera dado expresarme así, diría: que la alta misión de la literatura es internacional. Me refiero especialmente a las repúblicas hispano‑americanas. Hijas de una misma idea, nacidas en un mismo tiempo, hablando un mismo idioma, i persiguiendo un mismo ideal, es menester que estén animadas siempre de análogos sentimientos. La forma de espresión social, tiene que ser la misma, i he aquí un gran vínculo que la literatura está llamada a fortificar entre nuestras repúblicas. Peruana en el Perú; Mejicana en Méjico; Argentina en las provincias unidas del Plata, etc., es menester que sea americana en todas partes, porque este ca­rácter de fraternidad, no es ni puede ser un impedimento para que el arte se manifieste aquí, allá, i más allá, con el sello peculiar de cada clima i a los usos i costumbres de cada nación”.

Instaurar el espíritu nacional es particularmente complejo en países multiétnicos.   Plasmar un imaginario común resulta indispensable. Para ello se enfatizan los símbolos nacionales recién creados, se instalan en el calendario festividades conmemorativas de los sucesos inaugurales de la historia nacional y expresivas de las tradiciones religiosas y culturales en que el pueblo se reconoce.  Las artes contribuyen en todas sus ramas.  El retrato acredita la presencia de la clase que toma el poder. Pintores y escultores   legitiman las recientes repúblicas rescribiendo “con arte” su historia. El romanticismo explora el paisaje, la ciudad, las costumbres y la vida popular,  montando el retablo de la cotidianidad nacional.  En este sentido los géneros privilegiados de la época son la pintura histórica, el retrato y el monumento alegórico. En estas artes se confunden neoclásicos con románticos y naifs.  Perpetuar el hecho histórico y hacer de las tradiciones culturales fiestas populares es la forma de crear tradición e identidad nacional. Por eso el género histórico y el costumbrismo adquieren una gran importancia, motivando incluso a  artistas extranjeros.  El  gran pintor romántico Gericault ejecuta un dibujo en lavis con el abrazo de Maipú, batalla con que se selló la independencia de Chile. Johan Moritz Rugendas –impenitente artista viajero por América-,  a la vez que ilustra el Álbum de la Historia de Chile de Claudio Gay y  llena carpetas con dibujos y pinturas en que explora la vida cotidiana, retoma el tema de la  “Batalla  de Maipú”, mostrando que se ha convertido  en una imagen señera del imaginario nacional.   La lista de pintores que fijan el recuerdo nacional en cuadros con temas simbólicos de la Independencia,  escenas de batalla o retratos de próceres,  es nutrida: José María Espinoza en Colombia, Lovera, Tovar y Tovar y Michelena en Venezuela. Pero sin duda, quienes mejor ilustran las preocupaciones del siglo y dan vida a una “iconografía para hacer patria” son  el mulato Gil y Blanes. La pintura del “Mulato” acompaña y sirve a la emancipación. Nadie supo componer como él la iconografía de los próceres de la independencia. Sus retratos consagran el cambio de mano del poder. Del lado del Río de la Plata, Blanes inicia la pintura histórica.  El  “Juramento de los treinta y tres orientales en la playa de la Agraciada” es una obra fundadora de la nacionalidad uruguaya, pero Blanes toca temas de toda América: de Chile, “Los últimos momentos del general Carrera”, “La Paraguaya” sobre los desastres de la Guerra de la Triple Alianza…  Con Blanes llega a la madurez el arte que explora el carácter nacional de las nuevas Repúblicas: el reconocimiento del gaucho, el descubrimiento del paisaje…  Escenas donde se despliega la sensibilidad romántica. A este reconocimiento contribuyen los artistas viajeros a quienes me he  referido;   alemanes inspirados por Humboldt: Rugendas, Bellerman, Hildebrandt, franceses como Monvoisin, belgas como Linati. Y,  antes de ellos, los que  acompañaron la expedición española de Malaspina.

Aunque carezcan de gran valor artístico, la nación necesita imágenes para traducir sus símbolos nacionales y trasladarlos a  monumentos, o recordarlos en la toponimia urbana, que desde el siglo XIX es uno de los grandes mapas de la memoria nacional e ideológica . La batalla de Yungay contra la Confederación Perú-Boliviana se constituyó en uno de esos signos capitales para la formación de la nacionalidad chilena. Sobre todo porque dio forma al sentimiento nacional en las clases populares que hasta entonces no se habían comprometido con la idea de patria nacida en 1810. Ni siquiera en los próceres,  que se consideraban más americanos que chilenos.  La chilenidad se plasmó con este triunfo. En particular entre los “rotos”, el pueblo, protagonista de la victoria. Hoy la imagen del “roto” es un símbolo, que se levanta como monumento en la Plaza Yungay, o “Plaza del Roto”.

También el “arte popular”  desempeñó un papel importante en la construcción de la conciencia nacional. A través de él  se perfila un concepto de pueblo que es el que está en la base de la idea nacional, por  encima y al margen de la división de clases. Fueron los románticos los que afirmaron la existencia de un “alma popular”,  colectiva y creadora. El concepto de “costumbre popular“ (folk lore) constituyó uno de los caballos de batallas del estilo. Simultáneamente, en el lecho del romanticismo,  surgieron literaturas nacionales que expresaban tanto tradiciones como el espíritu común de cada pueblo. Una narrativa que se encauzaba en tendencias costumbristas,  memoriosas de la vida cotidiana;  y en América en las primeras formas del indianismo y el nativismo. Claros ejemplos son Aves sin nido de Clorinda Mato de Turner, La Cautiva de Echeverría,  El Martín Fierro de Hernández.

En América el proceso de creación del espíritu nacional  no se detuvo en el siglo XIX.  A comienzos del XX los muralistas proporcionaron a México una imagen de la revolución y del México moderno que debía contribuir a la autoestima de un pueblo mestizo y a la cohesión nacional de una “rasa cósmica”. Asimismo revisaban la historia en diversos contextos: del indio frente al conquistador, de México e Hispanoamérica frente al imperialismo de su vecino: “Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Curiosamente, hoy con las políticas globalizadoras del TCL esta frase, lejos de haber sido relegada al pasado, recobra actualidad.

Pero el nacionalismo convertido en  ideología partidista, en jingoísmo,  convoca sólo una parte del cuerpo social, discriminando y excluyendo amplios sectores por criterios  políticos, racistas o xenófobos, y puede ser terriblemente conflictiva  para la relación entre los pueblos, pues desarrolla en unos y en otros el orgullo de ser superiores al vecino. Ejemplos  aleccionadores nos da la literatura folletinesca inspirada en la historia. En Chile dos escribidores separados por más de medio siglo, Pacheco, autor de  Los héroes del Pacífico o aventuras de La ex-jenerala Buendía, Novela histórica relacionada con la guerra entre Chile, Perú y Bolivia,  (1887) e Inostrosa a mediados del siglo XX,  autor de Adiós al Séptimo de Línea, con el mismo tema, se trenzaron en un relato histórico de exaltada chilenidad, usando numerosos estereotipos destinados a degradar al enemigo, sin excluir el racismo.

Por otra parte, el surgimiento de la idea de nación rompe el cerco del localismo. Inmersos en el ámbito del caserío, el poblado o la provincia, las poblaciones rurales o provincianas no extendían sus intereses más allá de esos límites. Incluso a comienzos de la República en América Latina se  identificaba el país con la capital: México sigue teniendo por capital México. Historiadores. Barros Grez,  hablando del deseo de los habitantes de provincia de  ver la capital, anotaba: “a la cual el pueblo daba la denominación de Chile” (El Huérfano, 1881). La idea de nación sin desmantelar lo regional, rompe su aislamiento y  lo sitúa en un marco de fronteras más amplias, integrándolo en la geopolítica continental. Los pueblos son interlocutores entre sí, la nación tiene como interlocutor el planeta. Por cierto que a esto contribuyeron  los avances tecnológicos, culturales, políticos y económicos que en el siglo XIX trajo la Revolución industrial. El avance en las comunicaciones y la construcción del ferrocarril permitieron extender los contactos culturales más allá del ámbito del pueblo o la provincia. La generalización de la educación en lengua española en América permitió incluso a los pueblos indígenas una mayor integración, y empezar a identificarse dentro de la continuidad histórica de la nación, guardando el celo de no renunciar a su cultura ni a su lengua ni a sus reivindicaciones de desarrollo alternativo.  Al mismo tiempo, el crecimiento del comercio y la industria preparó el camino para la formación de unidades económicas mayores que la de caseríos, pueblos o ciudades de provincias. Casos semejantes de “apertura mental de fronteras” se siguen dando, y no sólo en el Tercer Mundo. Todavía a comienzos de la era de la globalización,  los españoles que  crecieron en el franquismo, continúan diciendo, cuando van a Francia o a Alemania, que van a Europa.

Otro aspecto esencial que es necesario estudiar a propósito del imaginario nacional son sus aspectos retóricos. La retórica del imaginario nacional engloba  una serie de factores que van desde el arte de construirlo hasta sus objetivos. Factores del método son los de selección, alegorización, preterición, el homicidio icónico, la museificación, la popularización, la reproductividad, la naturalización. Factores teleológicos son: la  inclusión, homogenización, la proyección, la manipulación, el continuismo;  y un factor adventicio: la erosión.

Vamos a analizar estos factores en el contexto de los imaginarios nacionales latinoamericanos.

Factores del método:

El imaginario implica una selección de los hechos, normalmente desde la perspectiva del poder,  para transformarlos en iconos nacionales. Voltaire, refiriéndose al oficio de historiador, decía: “Un historiador es un charlatán que hace triquiñuelas con los muertos”. En la galería de retratos de próceres hay una taxonomía de afectos, añoranzas, valores, proyectos políticos  y formas de poder. La historia siempre ha estado revestida de grandes mixtificaciones y manipulaciones. La razón primera es que continuamente fue escrita por los vencedores y nunca por los vencidos. La historia de los vencidos ha sido uno de los grandes títulos del historiador Miguel León Portilla y no ha faltado quien en Europa se lo haya  apropiado. Incluso hasta  hace poco era escrita por varones y  nunca por mujeres. El concepto de histórico es una aproximación interesada y politizada a cualquier tipo de hecho mismo a aquellos que se nos presentan desde la imagen y  que cada uno interpretará a su guisa, de acuerdo a lo que más le convenga,  sicológica, social o políticamente.

La alegorización es la transformación de hechos  y objetos en símbolos. Los colectivos que buscaban identidad a comienzos del siglo XVII se alimentaron con figuras alegóricas sacadas de los Emblemas de Alciato, la Iconología de Ripa y los Jeroglíficos de Valeriano. Revisaron y se apropiaron de estos iconos y los significaron con las “artes inveniendi” y las “ars reminescendi”. Las primeras contemplan las fuerzas que atan (a las que se refiere Giordano Bruno en De magia. De  vinculis in genere). Las últimas,  las prácticas que recogen y transmiten conceptos, uniendo palabras e imágenes. Estos son los “teatros de la memoria” que sirven para recordar el pasado, sobre todo de la ignava ratio, la memoria fatigada y en vías de consumarse. Al mismo proceso recurrieron las naciones de América cuando se formaron en el siglo XIX. Las antiguas figuras de las iconologías están siempre presentes: el cuerno de la abundancia  sigue campeando en el escudo de Colombia, pese a los tiempos que corren;  o son reemplazadas, “inveniendi”,  por símbolos locales análogos: el águila imperial por el cóndor en Chile y otros países andinos.

La preterición es la circunstancia de no existir pero haber existido. Las artes reminiscendi comprenden tanto lo que se recuerda como aquello que se olvida. El imaginario incluye el olvido, indispensable para cortar con el pasado cuando es necesario y para refundir el cuerpo social.  Tzvetan Teodorov,   estudiando la disociación de la noción de memoria, en el contexto del genocidio, distingue entre “memoria literal” y “memoria ejemplar”. La primera implica que el pasado doloroso sea preservado en su literalidad, lo que envuelve extender las consecuencias del traumatismo inicial  a todos los momentos existenciales del presente. La segunda entraña “abrir el recuerdo a la analogía para hacer del pasado un principio de acción para el presente” (Les Abus de la mémoire).

Dentro de la preterición debemos incluir también lo que llamamos homicidio icónico. La construcción de la imagen del poder está jalonada de continuos homicidios icónicos. Cerca de 2000 estatuas de Trujillo fueron destruidas a su muerte en Santo Domingo, y la historia del desguace de la iconografía monumental del poder está llena de ejemplos recientes. Obras arquitectónicas, esculturas del Tercer Reich y  del fascismo italiano, estatuas de Stalin, Mao, Lenin y  Franco cayeron hechas polvo con el cambio de régimen.  El homicidio icónico tiene que ver con el rechazo, el olvido del pasado o de un aspecto de él. El rechazo al pasado español fue uno de los grandes temas  en la construcción de  las Repúblicas hispanoamericanas. Tenían  que crearse una identidad en ruptura con la metrópolis. Su imaginario se basa pues en el pasado inmediato; o en el más lejano, saltándose el español. Del inmediato recuperan imágenes de actos y batallas de la Independencia: sus próceres y las nuevas  figuras y símbolos  que identifican el poder  y las  clase dominantes emergentes. Del pasado más lejano, puede reivindicar, según el proyecto político (no es igual el de Sarmiento que el de Martí o el de la Revolución mexicana),   las culturas precolombinas, al indio, el mestizaje. El indio aparece como emblema en el primer escudo nacional chileno. Es una  clara recuperación cuando se sabe que los mapuches  estuvieron  más bien del lado español durante las guerras de la Independencia. El olvido de sólo un aspecto del pasado lo precisa  Renan.  En Qu’est-ce qu’une nation precisa que la esencia de una nación es que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también que se hayan olvidado de muchas cosas. En Francia, La San Bartolomé, en los Estados Unidos la guerra civil; en Chile el golpe de Estado del 11 de septiembre; en toda la América del Cono Sur la violación de los derechos humanos y los desaparecidos… Es preciso analizar cuidadosamente esta frase porque  decir “tienen que haber olvidado” no significa “tienen que olvidar”. Porque se enseña o termina por enseñarse en la escuela. Pero la enseñanza obligatoria que forma a los niños con el imaginario nacional, en el sentimiento patrio, naturaliza el hecho, le quita emotividad, lo hace pasar a la categoría de las catástrofes, despersonalizándolo  como crimen. Consecuencia de su misma naturaleza, los grandes cambios de conciencia se acompañan de amnesias caracterizadas.  Véase lo que dictaduras y revoluciones  borran  con el codo, y con los fusiles. De ahí la importancia de la imagen, de ahí el temor que ella provoca, por la carga explosiva que contiene. La imagen puede devolver la emotividad al hecho,  en una perspectiva histórica revisionista, rehumanizándolo como hecho histórico. Un  ejemplo lo constituyó la foto del G-man con las cabezas cortadas de los norvietnamitas, que tuvo un enorme impacto en la crisis del sueño americano.

La manipulación del sentido es uno de los ejercicios más frecuentes del discurso icónico. La imagen cambia de conducta para responder a situaciones nuevas. La imagen es un argumento, un razonamiento empleado para demostrar una proposición. La manipulación es muy diferente de la argumentación. Es una forma del convencer que no respeta  la libertad de recepción del auditorio y le impone su aceptación.  A menudo se presenta como un argumento ex autoritas: la estatua de Martí llevando en sus brazos al niño balsero impone el discurso oficial sobre el caso Elián. Recurre a la autoridad de Martí para hacer del niño causa nacional. La manipulación puede  beatificar, diabolizar o heroificar una imagen. Beatificado aparecen los dictadores comulgando, besando niños o reflejando autoridad carismática en los retratos oficiales. Diabolizados figuran en caricaturas o cuando coinciden con la imagen del enemigo… Heroificados se ven Juana de Arco por la extrema derecha y el Ché par la izquierda. Manipulando podemos cargar ideológicamente una imagen. Ésta puede asumir diferentes aspectos. En el retrato basta modificar levemente el gesto, frunciendo un poco más el ceño, dando beligerancia a las facciones. Pero la manipulación de la  imagen es siempre peligrosa. Frente al texto cuyo código es controlado y puede transmitir “oficialmente” sentido, la imagen es polisémica y autoriza tantos sentidos como interpretaciones. En realidad las teorías clásicas trataron de controlar el sentido de la imagen codificándola con diversos artificios para reducirla al texto escrito: emblemas, iconologías, alegorías, etc., o bien encuadrándola en un orden tipográfico, que controle la polisemia de la imagen.

Aunque aparentemente es un acto puramente cultural, la museificación es un hecho esencialmente político. En los países que se forman con la Independencia se trata de crear ancestros para el proyecto político y para la  clase dirigente: Martí en Cuba es presentado como el antecesor de la idea revolucionaria. Ancestros son los “Padres de la Patria”. Trátase igualmente de valorar culturas mediante la creación de museos nacionales. En Europa el Germanische Museum de Nüremberg fue uno de los primeros y más importantes, pero no el único. En América Latina se fundan los museos de historia nacional. Se hace del nacionalismo una lectura genealógica. La herencia redescubierta de unos magníficos antepasados servía para reforzar el orgullo nacional de sus descendientes. Vemos en ella la expresión de una continuidad histórica, continua y seriada.  Para América la conciencia de la descolonización  (conciencia que se ha ido desarrollando poco a poco comenzando por México y Perú) implicó  recuperar el pasado sometido, integrándolo en el nuevo cuadro nacional: Chichen Itzá, Machu Pichu. La arqueología monumental permite al Estado aparecer como el guardián de una tradición ancestral y que, particularmente en los países mestizos, circula por la capilaridad nacional. El sentimiento nacionalista está interesado en sacar a luz “las glorias del pasado”. Una forma corriente es organizando exposiciones  de carácter  nacional.  A fines del siglo XX exposiciones como  Mexico. Splendors of the Thirty Centuries, inaugurada en 1990 por el Metropolitan Museum of Art, y que recorrió los Estados Unidos y Europa y Los Mayas  en el Palacio Grassi de Venecia en 1998 y al año siguiente en el Antiguo Colegio de San Ildefonso en México, se montaron con este espíritu. La idea regional puede también ser recogida en exposiciones destinadas a valorar lo nacional o a afirmar, por ejemplo, una voluntad de integración. Numerosas exposiciones se han hecho sobre el arte latinoamericano y recientemente se creó la Bienal de MERCOSUR.  La conciencia étnica (nacional) se apoya en el pasado, para recordar no sólo sus glorias y presentar sus héroes, sino para reavivar el concepto de existencia étnica identificándola con la existencia nacional.

Factores teleológicos:

Incluir al individuo en la comunidad es la primera función del imaginario nacional. La nación representada es un conjunto de imágenes que “habla de nosotros”. Palabra e imagen se complementan: el himno nacional, con los blasones. La inclusión implica la construcción del “nosotros”. En la mayoría de las naciones la inclusión se realiza originalmente a través de un mito fundador.  En EEUU los puritanos creían que Dios había dado a los elegidos la tarea de hacer reinar el orden divino sobre la tierra. En Argentina fue el mito civilizatorio (europeizante), que debía triunfar sobre la barbarie; al que otro sector de la sociedad le opuso el mito gauchesco.

En el día a día la inclusión se produce a través de fenómenos muy complejos. Uno de ellos es las comidas, otro el deporte. Los españoles suelen negar que son nacionalistas. Sin embargo están todos convencidos de que en España se come mejor que en ningún otro lugar del mundo; y se vive también mejor.  En cuanto al deporte, ya  Hitler (apoyado en la fascinación del imaginario creado por  Leni Reifenstahl) quiso utilizar los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín para mostrar al mundo la superioridad de la raza aria, como esperaba que lo probara el triunfo de Max Schmelling contra Joe Luis en  el combate por la corona de todos los pesos. Se derrumbó en ambos eventos. La Unión Soviética invirtió mucho esfuerzo y dinero en la fabricación de grandes  atletas, con sus triunfos difundiría por el mundo el mensaje de que el socialismo era una fórmula ganadora. Algo semejante ha hecho Cuba para probar las virtudes de la revolución. Porque el deporte como el nacionalismo es por definición competitivo.  Eric Hobsbawm afirma que el fútbol tiene una capacidad mayor que cualquiera otra actividad para suscitar un sentimiento nacional jingoísta: “La comunidad imaginaria- sentencia- de millones de  personas parece más real cuando es un equipo de once personas con nombre y apellido”  y el triunfo refuerza la sensación de pertenencia a un grupo y de lealtad a la idea nacional (Nations and nationalism).  Los países evocan los años de sus triunfos en el mundial como verdaderas efemérides. Los uruguayos recuerdan tan bien o mejor que las fechas de las batallas de la Independencia su triunfo contra Brasil en Maracaná. Y si hay que mencionar a otro héroe nacional, no faltaría quien después de Artigas pusiera a Schiaffino. Si es claro que éste es el sentimiento, la autoestima colectiva que despierta la victoria puede orientarse en diversos sentidos y ser políticamente manipulada. Para Argentina la copa del 2002, en medio de la crisis económica y de identidad que el país estaba viviendo, era una expectativa muy grande, como declaró Simeone, capitán del equipo: “Para un argentino hoy el fútbol es la forma que tenemos de demostrar al mundo que  seguimos vivos…” Durante los procesos de dictadura militar el fútbol desarrolla una doble función. El triunfo de Brasil en la Copa del Mundo del ’70, la del fútbol más bello jamás visto, si por una parte fortaleció la idea nacional multirracial, por otra fue utilizado para legitimar a la  Junta  militar que gobernaba el país. Algo semejante ocurrió con  la Copa del Mundo del ’78: el triunfo dio una inyección de energía positiva a la dictadura militar argentina.

Tarea preferente de cultura nacional es la creación de un espíritu común.  Él es la base de la homogenización. En el periódico  The Federalist, escribía John Jay: “La Providencia ha querido dar a este país un espíritu común a un pueblo unido – un pueblo que tiene los mismos ancestros, que habla la misma lengua, que profesa la misma religión, que comparte los mismos principios de gobierno y que tiene los mismos intereses y las mismas costumbres”. Un  espíritu semejante soplaba en  la idea de Hispanidad que se desarrolló con Maeztu,  y fue una idea bandera de la política franquista para América Latina. En nombre de la cual los sectores más reaccionarios de España pretendían mantener su hegemonía sobre sus ex-colonias.

La nación se proyecta en un mito o una idea de futuro, que puede tener diversos aspectos y facetas. Es en esta proyección donde se inserta el discurso político y donde existen las ideologías, pueden ser un mito morfológico de un destino mecanicista, como el de pueblo joven o el del imparable triunfo del proletariado y la desaparición de la burguesía; o puede ser un programa político. En todo caso una nación no puede vivir sin un proyecto de futuro, o con un proyecto obsoleto. Cuando es libertario y universal es la base de la democracia, cuando es  etnocéntrico y hegemónico da lugar a las diversas formas de autoritarismo que ha conocido la humanidad.

En la formación de las naciones de América hispana en el siglo XIX, políticamente se define la nación como la esencia de la civilización. Esta definición tropieza en primer lugar en la oposición entre civilizado y salvaje, que desarrolló Sarmiento en un libro fundador de título análogo: Civilización y Barbarie.

En el discurso de formación de la nación en América Latina hay una reivindicación del buen salvaje. Una reivindicación que trasciende el siglo XIX y reaparece en Brasil, por ejemplo en la Semana de Arte Moderno, donde Brasil da el salto a la modernidad, en el movimiento antropofágico y en la famosa paráfrasis de la duda hamletiana: “tupi o no tupi”. Incluso se reproduce este discurso en los EEUU; pero allí  esta reivindicación es frente a Europa, para afirmar que América es un pueblo joven y va a remplazar a Europa como faro y guía de la Humanidad.  Dice Noa Webster, chantre de la nacionalidad en los EEUU: “Europa ha envejecido en las vanidades, la corrupción y la tiranía. Las leyes se han desfigurado, las costumbres son licenciosas, la literatura decadente y la naturaleza humana depravada. Para América, todavía en la infancia, adoptar los principios del viejo Mundo sería imponer las arrugas de la decrepitud a la flor de la juventud e inocular los gérmenes del decaimiento en una constitución vigorosa”.

¿Cuáles son los factores que aseguran la continuidad de la nación? Por cierto que la historia, la religión, las estructuras sociales y económicas, que tanto el Estado como los poderes fácticos tienen interés en proteger: pero si en América hispana se piensa la nacionalidad o el espíritu continental en términos de continuum cultural, nada parece más enraizado históricamente que la lengua.  Ella desempeñó un papel capital en la construcción de la idea de América. El castellano nunca planteó problemas de ruptura ni descolonización con la metrópolis a los nacionalistas americanos.  Tenían claro que el idioma que compartían con la metrópoli había permitido la primera  imaginación de lo nacional. Se trataba simplemente de americanizarlo, es lo que propone Andrés Bello en la América española en El castellano en América. Creando incluso en su momento una ortografía americana. Salvo en Paraguay,  las lenguas indígenas no parecían capaces de profundizar la idea de nación, como lo podía lograr el castellano.

El imaginario nacional debe popularizarse para alcanzar a todo el cuerpo social. Gran parte de él nace igualmente de la cultura o del arte popular, que recoge diversas tradiciones,  sincretizándolas y recuperándolas a través de un lenguaje propio; así  las convierte en imágenes de identidad nacional. Es el caso de la calavera mexicana, que además es  cultura crítica pues permite al pueblo situarse frente al poder y expresar opiniones y sentimientos.

Reproductividad: la idea nación se propaga incesante en la sociedad civil a través del imaginario, de los diversos aparatos o sistemas: la educación, el arte, la cultura: manuales escolares, libros de fotos magníficamente ilustrados, timbres postales, revistas y “culebrones” que reproducen signos nacionales,  presentan la fauna y la flora, o narran páginas memorables de la historia…

Finalmente un recurso retórico esencial del imaginario nacional es la naturalización del hecho histórico. Transformar un fenómeno histórico en naturaleza: el hecho en “chilenidad” o “cubanidad”. El lenguaje metafórico reconoce este vínculo natural en la expresión corriente de “Madre Patria”, Pachamama en la reivindicación del indigenismo.  Ambos conceptos denotan algo a lo cual se está naturalmente unido. Lo natural es algo que uno tiene pero que no ha elegido, contra ello no puede ir ni a lo cual se puede optar, ligado al parentesco o al lugar de nacimiento.

Movilización: La literatura y el arte emplean técnicas de inclusión en el concepto de nación. Pintura e imagen utilizan el deleite, la turbación, el horror y sobre todo la enseñanza para alcanzar una forma de persuasión y mover o movilizar a los hombres. Moverlos  a la obediencia es uno de los fines del imaginario nacional. Movilizarlos a la acción, lo es del imaginario revolucionario o de guerra. La Música es un fuerte sostén del sentimiento nacional. Tiene gran poder movilizador, produce y exalta  emociones sociales,  creando a través de ella un sentido de comunión; de común unión. De ahí la necesidad de cada nación de dotarse de un himno patrio. La música ha servido particularmente a las organizaciones militares y a las religiones y por cierto a la idea nacional; pero también ha sido un importante vehículo de la  protesta. De todas las artes la música es la más apta tanto para excitar la conciencia, cuanto para  nublar la inteligencia.

El nacionalismo recorre múltiples gamas del espectro político. Si todas tienen un común fondo retórico,  sus efectos y sus fines difieren. En general hay una diferencia esencial entre los nacionalismos fascistas europeos y los nacionalismos reivindicativos de América Latina y del Tercer Mundo. Los primeros son de carácter expansivo con fuertes tendencias racistas.  Los últimos nacen de la descolonización de Asia y África; y en el caso de América Latina de  las reivindicaciones tercermundistas. Allí  estas reivindicaciones  se precisan como una respuesta al imperialismo mundial y al capitalismo industrial que dominaba la primera mitad del siglo. Toman la  forma de un nacionalismo revolucionario, asociado a una idea continental, sin excluir un proyecto planetario en el marco de la geopolítica de la dependencia.  En la primera mitad del siglo surge el APRA,  con una idea de integración de los países andinos para enfrentar a la burguesía industria del los Estados Unidos en expansión (Cf. Rojas Mix: Los cien nombres de América). Posteriormente la revolución cubana,  la Unidad Popular en Chile y  hoy la Venezuela de Chávez.

La nación es una comunidad política imaginaria, e imaginada como intrínsecamente limitada y soberana. Es  un proyecto que se alimenta de una imagen. Una figuración compuesta de un conjunto de efigies a la vez heterogéneas y coherentes a partir de las cuales  se intenta plasmar la vida del grupo social. Heterogéneas pues comprende diversos géneros y coherentes porque todas apuntan a una idea cohesionadora de la nación. Cuando el cuerpo social rompe la solidaridad en el curso de un conflicto fratricida, como se dice insistiendo en la idea de ruptura del parentesco, se lanza el discurso opuesto para designar, al considerado enemigo, como anti-nacional: antichileno, antiargentino… Esa cohesión se rompe  cuando se quiebra el pacto social: a causa de revoluciones o  dictaduras. En esas circunstancias pueden surgir imágenes capitales diferentes. Toda imagen capital es axial, constituye un eje semántico. De íconos referenciales antagónicos pueden derivarse contrapuestas ideas de nación;  con imaginarios diferentes, tener lecturas contradictorias de la historia y formularse distintos proyectos de sociedad. Es el caso de Chile donde un sector de la ciudadanía define su chilenidad desde la imagen de Pinochet y otra desde la de Allende.

Distinto es cuando la idea de nación evoluciona de acuerdo a la modernidad. Entonces las nuevas imágenes no entran en conflicto con las anteriores, porque en el proceso de su instalación erosionan las antiguas, haciéndolas desaparecer o trasladándolas al panteón de la historia del arte, del folklore o de las catástrofes, pero sobre todo quitándoles poder de convocatoria, privándolas de emotividad.

La gran pregunta que hoy resulta inevitable  es cómo actuará el nacionalismo frente a la globalización.  Es un hecho que la globalización implicará una colonización del imaginario. ¿Reemplazará las especificidades nacionales por una cultura, un  lenguaje  y una conciencia colectiva común entre individuos de horizontes completamente diferentes? Curiosamente se afirma que esta globalización cultural provocará el desarrollo de los regionalismos culturales, que podrán convivir fácilmente dentro de este marco. ¿Será en términos de identidad nacional preservada como cultura o de singularidad aculturada reducida a folclore?

Miguel Rojas Mix
Director CEXECI