Hermenegildo Sabat: “La Casa sigue en Orden”

 “La Casa sigue en Orden” fue el tíulo con que Hermenegildo Sábat recopiló caricaturas de casi medio siglo, en su mayoría publicadas en el diario Clarín de Buenos Aires. En ellas se encuentran los principales acontecimientos del planeta -en primera línea, por cierto, los argentinos-. Es una crónica gráfica, hecha con pluma mordaz. La historia escrita a través de sus personajes, pero personajes en situación, de suerte que expresan no sólo el hecho político, sino la opinión que le merecen al artista y al ciudadano de a pie. Es la crítica del hombre y su circunstancia. Si a Menem, con el sillón presidencial a cuestas, lo convierte Sábat en un  tópicos para Argentina; una sólo imagen, una sonrisa y un puño en alto de Mandela, nos resumen el fin del apartheid en Africa del Sur.

En general el  dibujo de Sábat habla por sí solo. Sin Palabras tituló una exposición de caricatura política en Uruguay -anterior y distinta a ésta- en que reunió cuarenta años de labor. Pero  sus “sin palabras”, son más que sin palabras, son todo un discurso. Tanto es así, que al publicar esta nueva recopilación de cuatro décadas de historia dibujada, la crónica irónica de los grandes acontecimientos del planeta, transcribió sus comentarios implícitos. La palabra siguió a la imagen, y en ambas Menchi, como le llaman los amigos, mostró su estilo: libre, rebelde, justiciero,  anarco…

Menchi es un artista excepcional y un gran caricaturista: un editorialista gráfico, hábil tanto en el “retrato de carga” como la “caricatura de situación”. Sus personajes los define de un solo gesto;  su opinión la expresa -¡tenemos derecho a opinar!- en la situación en que los sitúa y por  el simbolismo que les agrega: el sillón de Menem es el afán de poder, las alas de Pelé lo elevan a ángel del fútbol.

Como caricaturista es de la estirpe de Hoggart, Rowlandson y Steinberg, sin  olvidar el tremebundismo de Goya, pero anclado en la gran escuela del dibujo de Humor del Río de la Plata

La caricatura moderna nace con los hermanos Caracci, en el siglo XVI. Ellos habrían inventado el término: ritranttini carichi, retratos cargados; y bien que los Caracci utilizaron carga en el sentido de exageración, la caricatura es una carga también en sentido de “cargar”, argentinismo para indicarr cómo se le toma  el pelo, incluso se provoca a otro.

Existe la caricatura “retrato de carga” que utiliza la deformación física como metáfora de una idea, y la “caricatura de situación”, que los ingleses llaman cartoon.

La “carga” no es la simple hipertrofia gráfica de los rasgos, es la que revela algo sobre la persona caricaturizada, que no es siempre perceptible para los menos observadores: los dientes de tiburón de Pinochet, la mendaz nariz de Pinocho de Bush, la grandilocuencia del gesto de Fidel… Esta es la “sobrecarga”. El auténtico caricaturista desnuda (sicológicamente se entiende) a su modelo. El buen caricaturista atemoriza tanto al político como el fotógrafo al primitivo, que teme que quien posee su imagen controle su vida. Los dictadores han sido conscientes del poder de la caricatura, y ésta ha figurado entre las primeras víctimas de la censura.

Si la caricatura es el “yo” o el “tú”, el cartoon es la “circunstancia”. Nadie representó mejor este espíritu que William Hoggart en la Inglaterra del ochocientos. Como el tema del “cartonista” era el mundo entorno, la sensibilidad ante lo social que este ejercicio del lápiz implicaba, definió su actividad por la protesta, o por su contrafigura: la persuación política. El cartoon se convirtió en una de las armas más eficaces en las batallas políticas del siglo XIX. Sin duda que en ello influyeron eficazmente muchos artistas, en particular Goya, con sus Caprichos y el crudo humor negro con que describó la época.

En la caricatura de situación, la descripción de una circunstancia real o imaginaria revela el temperamente de un individuo o el comportamiento de determinados grupos sociales. Nada más claro de la megalomanía de Menem, que su visita a la estatua de Lincoln.

La guerra de Cuba fue probablemente la primera vez en que el humorismo gráfico demostró ser un arma potente. Fue dardo de persuasión política para crear el  conflicto del 98. ” Ud ponga Los dibujos. Yo pondré la guerra” escribía Hearst a Remington, el artista que había enviado como corresponsal a Cuba.

El primer dibujo suyo, que Sábat vió publicado en los periódicos, fue una caricatura de Schiaffino: el delantero de la selección que había metido el gol contra Brasil en  Maracaná. En Uruguay el fútbol va del brazo con el tango, los grandes jugadores tienen alas para Menchi, como Pelé, y Maracaná forma parte de la identidad uruguaya: es uno de los grandes momentos del orgullo nacional.

Menchi  nació en Montevideo en 1933. Trabajó  en Marcha y otros periódicos hasta el año 1966, en que se instaló en Buenos Aires. Pero antes de partir, en el sesenta , le dijieron que en el Victoria Plaza se encontraba Albert Hirschfeld, dibujante del New York Times.  Del encuentro salió un viaje a Washington, donde vivió con  Hirschfeld y conció a Saul Steinberg. Fueron unos minutos nada más. Se quedó ahí y  no quiso conocer a nadie más importante, porque nunca fue coleccionista de gente famosa. Tenía veintisiete años.

El 66,  el mismo año que Peñarol salió campeón del mundo (¡los uruguayos tienen su calendario!), Sábat pasa a Buenos Aires. Trabaja a la deriva entre el 66 y el 71, cuando comienza en el periódico La Opinión. Sobrevivió a los años sanguinarios de la censura dictatorial, tal vez por no haber utilizado palabras y por el afán de protagonismo que tienen los señorones de la política: figurar aunque se rían de ellos; pero cuenta que cuando se inció en La Opinión, Jacobo Timerman, su director, llamaba por teléfono a los políticos para perdirles perdón por sus dibujitos.

Su último y más largo período se ha desarrollado en el diario  Clarín de Buenos Aires, desde 1973

Decir de Sábat que es un gran caricaturista es verdad;  pero es decir poco, Menchi es un gran artista artista, maestro de la línea,  del color de la mancha, del esfumado, de la atmósfera…; de la acuarela, del pastel y el óleo… Sin que la diversidad de sus medios altere la unidad de su estilo. Véase Jazz a la carta , publicado en Chile en 1996, o Tango Mío, publicado en Madrid de 1981,  con cuyos dibujos hicimos en Extremadura una exposición que nos honrra;  como nos ilumina ésta, tanto por su interés por el mundo  y su talento creador, como por la apertura de espíritu y la conciencia crítica  que ellos manifiesta; talantes y valores que los jóvenes deben integrar en su formación para hacer de la sociedad del mañana una sociedad más justa, más tolerante y más creadora; en definitiva más humana.