George CLARK, la Europa Moderna (I450-I720)

Traducción de Francisco Gonzáles Aramburo, FCE,  México, 1963 (Nota Bibliográfica) en Anales de la Universidad de Chile 1964

No obstante que el autor es actualmente uno de los más prestigiados especialistas en historia moderna —figura entre los principales colaboradores de la nueva edición de la Cambridge Modern History—, su obra, ya conocida hace diez años por la lengua inglesa, dista  mucho de ser de categoría.

Desde luego, realiza una síntesis muy apretada y excesivamente panorámica, que no alcanza a cumplir con su objetivo; cual es, informar de la línea de hechos y de las principales tendencias en tres siglos de historia moderna.  Demasiado elemental para el conocedor de Ia  historia moderna, supone un  marco de referencia muy amplio en el  lector corriente. En definitiva el libro termina por diluirse entre las manos del lector.

Sin embargo, bien camuflada en el enjambre de esquemas, hay algunas ideas interesantes que demuestran la hondura histórica de Clark; pero que, desgraciadamente, sólo están al alcance de aquellos que, por amor u oficio, dedican parte de su tiempo al estudio de la historia moderna.

En primer lugar, procura establecer la separación entre dos períodos, afirmando que el siglo XV, debe ser considerado como el comienzo de una nueva edad en la civilización occidental. En efecto, en este siglo se produce la “apertura” de Europa, pues se supera, por una parte, la paradoja que existe durante toda la Edad Media entre el “animal local”, el europeo (Cada hombre a más de dos jornadas de viaje hablaba un dialecto distinto y era considerado un extranjero),  y el genuino internacionalismo  que existe entre los intelectuales, los cuales dado su escaso número, deben unirse y comunicarse para sobrevivir en una sociedad hostil a la cultural. Por otra parte, Europa se abre en el siglo XV hacia otros mundos. Hasta entonces el Viejo Continente había vivido aislado del mundo exterior, tanto en su cultura como en su comercio.

En el siglo XV comienzan las relacione entre los Estados: embajadores florentinos y venecianos van y vienen a lo largo de Italia, rompiendo el aislamiento municipal. Aparecen los primeros impresos que llevan la cultura más allá del estrecho circulo de los “iniciados” y al extenderse la lengua “volgare”, terminan con la diversidad dialectal y fijan normas para la configuración de los grandes idiomas literarios.

Por último, el mundo comienza a crecer día a día con los nuevos descubrimientos geográficos. “Estos  descubrimientos… —dice el autor— liberan la vida europea de dos limitaciones que la paralizaban: su apartamiento del resto del mundo, y la escala en que los hombres median la distancia” (pág. 87).

Surge entonces una época nueva que termina de configurarse en los siglos XVI y  xVII y que el autor caracteriza con los siguientes rasgos: mercantilismo, burocratización y despersonalización del Estado. Un nuevo estilo: el barroco, que más que estilo —afirma— debe considerarse una tendencia o una fuerza. En el campo político se entremezclan, en forma poco clara, hasta mediados del siglo xVII, la religión y la  política; lo que se refleja en las guerras de religión y en la formación de dos grandes imperios coloniales.

Antes de concluir quisiera insistir en algunas afirmaciones del autor, que considero objetables, ya sea porque no corresponden al estado actual de la investigación; o bien, porque parecen teñidas por una cierta ideología política. En primer término, el aislamiento europeo durante la Edad Media, que Clark atribuye al interés de Occidente por su pasado clásico. No es tal. Sabemos que en la Edad Media era frecuente encontrar en las cortes sabios musulmanes y hebreos, y que muchas de las grandes obras de la literatura medieval buscaron sus modelos en las letras del Cercano Oriente. Bástenos señalar al mismo Dante, de quien se ha llegado a sospechar que copió una vieja historia de la escatología musulmana. Por último, está  a la forma en que Clark juzga la política mercantilista (en este punto nos parece leer la obra de un viejo liberal) . El  mercantilismo —afirma— nunca logró que la economía nacional operara como “un regimiento bien disciplinado, sin otra voluntad que la de su comandante” (pág. 183). La economía de ingresos —continúa— siempre significó libertad para que los individuos ahorraran,  invirtieran o gastaran de acuerdo con sus preferencias individuales. Al concluir el párrafo enciende un último petardo en contra este sistema, en el que debe ver alguna forma de socialismo: pues agrega, que el mercantilismo nunca se preocupó del bienestar de los campesinos, ni de los asalariados.