Gardel se equivocó con el Chuma o Los exilios chilenos

De los exilios, uno de los más conmovedores que me ha tocado conocer, ha sido el del Chuma. El Chuma, que salió del país bajo el brazo de sus amos, era el único perro chileno en París. Su gran problema fue que llegó algo entrado en años: la vista le estaba fallando y con el olfato no le iba mejor. Al principio, se le veía entusiasmado, corría de un lado a otro, olfateando cada mierdilla, meaba todo lo que le parecía interesante y se acercaba a las perritas de los vecinos con la cola muy erguida. Pronto, sin embargo, se volvió ausente y huraño, parecía echar de menos los árboles y los postes del barrio Ñuñoa y le costaba parar la pata en los miles de tachos de basura que orlaban la Avenue de la République. Le resultaba difícil reciclarse -como dicen los franceses-. Ni siquiera alcanzó a conocer (bíblicamente me refiero) a una perrita francesa. Cuando llegó le hizo empeño, para dejar una buena impresión; pero, sin olfato y doliéndole los riñones… La verdad es que tampoco tenía tantas ganas… El Chuma nunca pudo acostumbrarse, perdió el interés por todo, dejó de comer y murió de pena. Su entierro fue el de otro chileno, uno de tantos. Lo llevamos al Cementerio de Asnieres, especial para perros.

Ha habido exilios de perros, de plantas -tengo conmigo un filodendro en exilio-, de objetos, como el Museo Allende… Pero, cuando de él hablamos, pensamos sobre todo en las personas. Y, aunque del mismo mal que el Chuma, murieron muchos amigos que dejamos repartidos por el Pére Lachaise y los fosales de los suburbios cercanos, la verdad es que no todos los exilios han sido tan tristes: los ha habido serios e histriónicos, trágicos y tragicómicos.

Es difícil saber el número de chilenos que salió del país. Cifras de la Vicaría de la Solidaridad hablan de cerca de 900.000 De éstas, el exilio político no debe representar más de 200.000 y, en el resto, figuran los trabajadores chilenos en la Patagonia, que son unos 300.000. En su mayoría se han dirigido a países de América latina: a México, Venezuela y Argentina. Se estima que en Venezuela hay más de 300.000 chilenos. En Europa, es un exilio de intelectuales, sobre todo en Francia. Sólo en los países nórdicos hay un mayor número de obreros. Se debe al hecho que ellos sacaron a la gente de las cárceles.

Los chilenos partieron en tres oleadas. La primera, entre 1973/1974, fue la de los masivamente perseguidos; la segunda, entre 1975 y hasta 1980, la de los perseguidos en forma individualizada o la de la gente de izquierda que comenzaba a ser acosada por la represión++++, : allanamientos, dificultades en el trabajo, etc. Y, finalmente, un último flujo, a partir de 1980, de los que salen por razones económicas y que toman el estatuto de refugiado porque es la única manera de poder instalarse. En su mayoría se trata de clase obrar o pequeña burguesía. Salen porque tiene un pariente fuera. En Francia, se instalan en la periferia de las ciudades de provincia y no se vinculan a las actividades del exilio. Tampoco se reivindican como militantes; vienen porque allá lo pasaban muy mal.

Frente al argentino y al uruguayo, el chileno comenzó siendo un exilio privilegiado. Y ésto, no porque la represión hubiese sido más fuerte que en Argentina, sino porque el caso chileno fue considerado uno de los grandes acontecimientos históricos del siglo XX. Recordaba la Guerra Civil Española y era comparable, en trascendencia, con la Revolución Cubana. Su impacto venía de tres factores: de la importancia de la experiencia de la Unidad Popular (Recuérdese que en un famoso briefing, Kissinger advirtió del peligro que representaba la UP como modelo, no sólo para América latina, sino para Europa, en particular para Francia e Italia; y que, el “Programa Común” fue firmado en Francia al regreso de un viaje de Mitterrand a Chile). Los otros factores fueron la muerte heroica de Allende y la barbarie de Pinochet. De alguna manera, ésta, cambiaba una imagen que la derecha había hecho circular como estereotipo: la de la civilización occidental, es decir, capitalista, amenazada por la barbarie del socialismo. Esta vez, era el socialismo el que estaba del lado de la civilización. Dichas circunstancias, hicieron que el exilio chileno impresionara y que fuera bien acogido por el movimiento comunista internacional, por la Internacional Social Demócrata y por todos los movimientos democráticos que, por lo demás, estudiaron el proceso y, a menudo, organizaron su estrategia política a partir de ello. ¿Qué otra cosa si no, fue el “compromiso histórico que propuso el PCI al día siguiente del golpe y después de haber reflexionado sobre las posibilidades de la “vía chilena al socialismo”?

Otra particularidad chilena, ha sido que el brazo armado de la dictadura se ha extendido hasta el exilio. La DINA ha hecho asesinar en el extranjero a un antiguo jefe de las Fuerzas Armadas, a un Ministro de Relaciones Exteriores, dejó mal herido a un dirigente de la Democracia Cristiana y a su esposa, y falló en 7 atentados contra el antiguo secretario del Partido Socialista.

Por otra parte, el exilio evoluciona. Cambia según las responsabilidades de las personas (menores son las responsabilidades que se han tenido, mayor es el cambio) y según se transforman las circunstancias políticas. El caso argentino nos mostró que muchos de los que llegaron a París en los años 1976/1978, sintiéndose refugiados, temerosos de ser perseguidos por sus simpatías políticas, pasada la irracionalidad de la represión, se transformaron en turistas. Algo parecido está ocurriendo con los chilenos que han comenzado a “ir”, sin que esto implique “irse”. El exilio se ha transformado para ellos de político en económico: las condiciones actuales no les permiten subsistir en Chile. Otro aspecto importante es la evolución ideológica de los intelectuales y políticos. Se advierte una transformación muy fuerte. Hay un gran escepticismo respecto a las que fueron las consignas de los años 60. Muchos de los chilenos han descubierto los valores de una democracia que despreciaban. Sin embargo, si hay claridad en la autocrítica, hay un vacío total en la proposición de proyectos de sociedad que recojan estas críticas.

Creo que cuando se habla de cómo se vive en el exilio es recomendable evitar dos grandes mitos: el de los lagrimones, y el del “amargo caviar del exilio”. Sin perjuicio de las excepciones, la vida del exiliado es mucho más compleja. Es una mezcla de militancia, oportunismo y nostalgia. Estos factores se mezclan en diferentes dosis según las personas, pero, a menudo, es difícil separarlos.

La militancia, entendida como toda acción que contribuye a eliminar la dictadura, constituye para algunos la razón esencial del exilio. Pero, la verdad es que todos participan en ella, en mayor o menor medida (aún los más oportunistas, a través del mismo oportunismo). En el caso chileno, esta militancia está mucho más encuadrada en el marco de los partidos de lo que lo estuvo con los argentinos, donde la mayoría de las acciones contra la dictadura partieron de iniciativas individuales o gremialistas: los abogados que organizaban un congreso por el “derecho a la defensa”, los escritores que aprovechaban una tribuna, etc.

El oportunismo viene de la brega, desesperada a veces, a que tiene que entregarse el exiliado para vivir. Es también una lucha por la existencia, por la identidad y por el éxito. Porque, para el exiliado, sobrevivir implica triunfar: aunque sea un triunfo chiquito (Personalmente, si mis recuerdos son buenos, todo el mundo consideraba en una época en Chile que vivir en Europa era ya una manifestación de triunfo). Tener éxito permite existir. Y, si éste es sobre todo económico para los trabajadores, es de reconocimiento para los artistas e intelectuales. En algunos, este deseo reproduce el mito del “éxito en Europa”, que tantos dividendos puede producir en países colonizados como los nuestros y que, por ejemplo, ha permitido que artistas que exponen mal en París, puedan vender bien en América latina.

Para vivir en el exilio es muy importante la manera de apearse, como decía un huaso. Hay quienes no se bajan del caballo y viven sentados sobre las maletas. Esos lo pasan muy mal. Tengo un amigo queridísimo que se ha paseado por los países de América y Europa sin arraigarse nunca, porque no “hay que acostumbrarse”. Ahora se encuentra en Buenos Aires, para “estar cerquita”.

Hay también aquellos que viven del exilio y trabajan de “paraguayos” o “chilenos”. Así es que, ahí están, al pie del cañón, en cada mesa redonda ellos son la representación paraguaya o el delegado chileno. Hacen del exilio un curriculum, que a menudo oculta la carencia de otro mejor y un medio de vida. La verdad es que vender el exilio es , a menudo, una necesidad. Es la necesidad de subsistir. En sociedades con un enorme paro hay que abrirse un espacio de trabajo y mientras el exilio se venda, habrá cantantes del exilio -que se reconocen por el poncho-, pintores del exilio -que han cubiertos cuanto muro solidario han tenido a su alcance-, artesanos del exilio, etc. Están también los que venden exotismo y venden indio. Sutiles mercancías, éstas, que tocan un clavijero más profundo: el del gusto del colonizador por el folclorismo o el del sentimiento de culpa colonialista que se mantiene en muchos países de Europa.

Las condiciones de responsable político o artista del exilio, parecen ser de las más atractivas. Lo mejor es cuando se reúnen las dos. Abren muchas puertas. Permite relacionarse con todos los intelectuales de izquierda y hablarles de igual a igual, porque se les habla desde la gran responsabilidad que parece otorgar el exilio a todo el mundo. A menudo se tiene la impresión de que es en exilio donde se adquieren las mayores capacidades directivas para determinar lo que hay que hacer en el país. Y es curioso, porque precisamente partimos al exilio, en una gran medida, porque no supimos qué hacer cuando tuvimos la oportunidad de hacer algo.

Pero el oportunismo, puede venir de las circunstancias. El solo cambio de medio, desclasa completamente a algunos exiliados. Conocí a un grupo que venía del Sur de Chile y que desembarcaron en Finlandia en Suecia. Allí los acogieron, les dieron un departamento, con televisión, lavadoras, hornos de microonda y les concedieron ayudas económicas que les permitieron comprarse un cochecito. Creían estar soñado y no querían despertar. Venían de poblaciones callampas, sin calefacción y, a veces, incluso sin agua potable. Además, pronto se convirtieron en la atracción de suecos y suecas, eran bellezas exóticas, cuando en Chile, país mucho más racista de lo que se confesaba, se les había discriminado por indios. Conocieron, pues, a rubios y rubias, que sólo habían visto en los calendarios y se hicieron los doce meses y las cuatro estaciones. A éstos, al cabo de un tiempo, ni hablarles de volver a Chile. La verdad es que ellos ya habían hecho su revolución.

Finalmente, la nostalgia. Es un deseo constante, a veces, inconsciente, de mantener la identidad, de conservar las raíces. Incluso se da en aquellos que deciden integrarse y no volver. Si es cierto que sólo el escritor y el artista tienen el privilegio de mantener la memoria en su obra, en el lenguaje o en la forma; todos, en cambio, participan de ceremonias -casi rituales- de identidad, de actos que permiten reconocerse. Una de ésas son las comidas. Es una celebración saturniana, un canibalismo simbólico en el que se devora a la “patria” (con minúscula, no como la de los militares, que no es la patria devorada, que se entrega a sus hijos, sino la Patria devoradora, que los sacrifica). Los chilenos la realizamos con las empanadas y el pastel de choclo, los uruguayos volvieron con fervor al mate, mientras que los argentinos enloquecieron a los carnice­ros de París pidiéndoles que les cortaran las costillas al través y no a lo largo y dejaron sembrados los bosques de restos de pequeños fueguitos.

La condición jurídica de refugiado representa un vacío de identidad, en mi “título de viaje” figura “Apatrida”. Este vacío de identidad ha sido visto como un destino común de los latinoamericanos de la década del setenta, lo que ha contribuido fuertemente a desarrollar el sentimiento de unidad continental. A ello hay que agregar que, al menos en Europa, el chileno, el uruguayo o el argentino, no proyectan una imagen nacional, sino colectiva; incluso en España nos llaman “sudacas”, y que las acciones culturales y políticas donde, naturalmente, la reivindicación nacional se identificó con la cuestión latinoamericana.

El exilio chileno va a cumplir 13 años y el problema del retorno comienza a plantearse cada día con mayor agudeza. Muchos se preguntan si van o no a volver, especialmente los que están bien instalados. Por cierto que la cuestión no es fácil. Parece que la marea del retorno arrastra aún a los que nunca pensaron volver. El exiliado desarrolla una hipersensibilidad; producto, probablemente, de su debilidad fundamental, la inseguridad: inseguridad económica, inseguridad de audiencia para el intelectual, inseguridad frente a los cambios políticos, frente al racismo y la xenofobia… Lo que hace que pueda cambiar rápidamente de decisión cuando se siente discriminado en el país que lo asila -y esta sensación es fuerte en estos momen­tos de euforia xenofobica. Su gran pregunta es ¿volver?, ¿en qué condiciones? Cuando la nostalgia y la angustia aprietan demasiado, vuelven sin pensar mayormente. Las condiciones pueden ser duras. En Chile, no es fácil encontrar trabajo y muchos descubren que les han cambiado el país… Lo único que los alienta es ver una resistencia creciente a la dictadura, pero aún ésta les puede parecer ineficaz, por falta de unión, de dirección común, etc.

Un retorno masivo, debe darse en condiciones que permitan la rápida integración de los exiliados al proceso de transición democrática. Sobre todo porque uno de los efectos perversos de la dictadura ha sido la escisión del cuerpo social en dos campos enemigos. La reconciliación de este cuerpo -que no significa, ni mucho menos, el fin de la lucha de clases- es uno de los factores fundamentales de la transición. En Chile, las condiciones básicas para este retorno son dos: la caída de Pinochet y la promulgación de una amplia “ley de amnistía”. El retorno masivo no puede ser autorizado sino que es un derecho. En segundo lugar, es indispensable una ley de amnistía” que restablezca las bases de convivencia del cuerpo social. En Chile, sólo una ley de este tipo puede preparar la vuelta a la democracia y restablecer en sus derechos a los exiliados, sin compromisos que se hagan a sus espaldas y en su perjuicio. Pero no hay que confundirse. La ley de amnistía no es una ley que beneficie únicamente al exiliado, sino una ley que restaura en sus derechos a todos, sin distinción entre los que se quedaron y los que partieron. A todos los que fueron damnificados por el golpe y por el período de ilegalidad que le siguió.

El otro problema del regreso es fuertemente emotivo. Consis­te en saber si existe todavía la sociedad a la que queremos retornar, o si nosotros somos los mismos. Es saber si, efectiva-mente, como dice Gardel “Veinte años no es nada”. La verdad es que, al menos para el Chuma, fueron muchos.