Filosofía y praxis de la tarea universitaria

Conferencia Rosario 2008

Un antiguo consejo español que data del Siglo de Oro, decía:

“No te larges a hablar sin que preceda el pensar”

A menudo, cuando nos enfrentamos a analizar la tarea universitaria y sus proyecciones sobre la sociedad y de esta sobre la institución, tengo la impresión –y comienzo por una autocrítica- que hacemos un trabajo más de colage, -fea palabra castellana para traducir la expresión francesa collage- que de reflexión. Está bien reproducir las fuentes, pero cada vez que se reproducen,  hay que repensarlas.

Es necesario pensar la universidad desde una filosofía. Eso le da su singularidad en tanto expresión latinoamericana. Pero la filosofía en su sentido más original, según la definía Sócrates en el Eutidemo de Platón: como “el uso del saber para ventaja del hombre”. Lo que quiere decir que de nada sirve la ciencia si no sabemos servirnos de ella.  Es pues desde una  filosofía que se plantean las preguntas sobre el  saber de la Universidad y desde una praxis desde donde se interroga sobre su función formadora y profesional. Pero “saber servirse” alude también a la pertinencia. En realidad es desde una filosofía desde donde nos planteamos la pertinencia del uso del saber.

Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus define la filosofía como una actividad de reflexión critica que pretende aclarar el intelecto y eliminar el sinsentido. No hay mejor definición de la pertinencia.

En este sentido es preciso abordar diversos campos, seguir diversos rumbos, que son esenciales para afinar la reflexión, y perfilar las competencias y responsabilidades de la universidad latinoamericana:

En primer lugar el contexto. El contexto de nuestra universidad es el de América Latina. Lo que nos señala dos rutas. Una: La realidad en que se produce el saber y  otra, paralela, el destino que damos a ese saber para servirnos adecuadamente de él. El concepto de América Latina es multicultural y se reúnen en él diversas visiones de América, Iberoamérica, Indoamérica, Afroamérica, para citar sólo algunas.

Es el contexto latinoamericano el que encuadra nuestras universidades. Un contexto que tiene una asignatura  pendiente: la integración académica: tanto la integración regional como continental. Nuestra desventaja frente a los procesos de integración europea es que ellos están mucho más avanzados en la integración económica y comercial, incluso en la política, nuestra ventaja frente a ellos es que tenemos como patrimonio una base sólida de integración cultural. Ese es nuestro capital. Un capital que la universidad debe cuidar y multiplicar. Y uno de cuyos pilares es la edición, entendida como investigación, creación y difusión.

Nuestra concepción de la educación superior debe estar asociada a la defensa de ese capital-

En 1923, Max Adler, socialista austriaco, en una obra esencial Neue Menschen. Gedanken über  sozialistische Erziehung desarrolló la idea de Bildung (formación). Afirmaba que la educación no debía ser exclusivamente pragmática sino dirigida a la renovación y creación de la sociedad futura. El hombre como parte de una nueva humanidad no sería capaz de servir a una causa sin haber cultivado su mente y su carácter como ser humano libre y moral.

En el siglo XX, en 1918, anterior a la reflexión de Adler y anticipando sus conceptos, la universidad latinoamericana será marcada por un hecho relevante: la Reforma Universitaria de Córdoba.  Sólo entonces se asume el celo democrático. El aporte medular de la Reforma –cuyo nonagésimo aniversarios estamos rememorando- fue que integró la equidad a la función social: la universidad para todos según sus capacidades, no según sus medios.

Hasta fines del siglo XX la educación se consideró como una etapa en la vida del hombre. Hoy se afirma la idea de que la educación debe ser un proceso continuo a lo largo de la vida.

Las nuevas tecnologías generan también cambios de inteligencia. En realidad una de las grandes mutaciones del siglo es que estamos pasando de una inteligencia alfabética a una inteligencia visual. Con el desarrollo de la inteligencia visual pasamos a la cultura del imaginario. Los últimos años se han caracterizado por una gradual pérdida de la afición por la lectura y un considerable aumento del consumo de imágenes.

Acción urgente de nuestras  universidades  es el aggiornamento ( la puesta al día). La puesta al día no es solo dejar de pensar la educación superior como si estuviéramos en el siglo XIX, y pensarla para el siglo XXI, tampoco se limita a dejar de pensarla bajo la torre de marfil para pensarla dentro de la torre del Shoping Center. Es eso,  y más que todo eso. Es pensar la universidad en valores y frente a las nuevas formas de transmisión del conocimiento, lo que exige renovar pedagogías, métodos de investigación, repensar la relación profesor/estudiante. Implica asimismo descubrir lo obsoleto, diseñar los nuevos curricula y desterrar las cegueras. Platón definía la ignorancia como “la ilusión de la sabiduría” Pero para mi eso es más bien la ceguera. Kubrik tituló su última película “Eyes wide shut”. Así tiene uno la impresión que quieren avanzan algunos de los que proponen políticas universitarias que en otra parte yo he titulado como de las “Torres del Shoping”. Se adaptan con los ojos cerrados al “Nuevo Orden Mundial” sin reflexionar sobre sus consecuencias sociales;  o se ajustan al Consenso de Washington –para ser directos- que no ha producido ninguna expansión económica significativa en Latinoamérica; en cambio si algunas crisis severas, y que integra mecanismos que aseguran el desarrollo de un pequeño grupo elitista de altos ingresos económicos, los cuales tienden a acceder al poder político y así sustentar las políticas económicas y educacionales que los privilegian, mientras mantienen a los sectores más desfavorecidos en el subdesarrollo, la ignorancia y la pobreza.. El futuro de la universidad latinoamericana debemos pensarlo con “The Eyes wide open” (bien abiertos)

La cultura es un factor clave para los objetivos estratégicos de la integración por sus efectos en la ciudadanía, en la identidad continental y en la cohesión social. Es preciso definir el ámbito de la cultura: establecer criterios de referencia, objetivos latinoamericanos, hasta conseguir una acción cultural de integración continental.

Otro aspecto importante que es preciso considerar, tanto de la filosofía como de la praxis universitaria, es el compromiso social de las Universidades de América Latina y el Caribe. Es desde la responsabilidad ética que es necesario pensar la universidad latinoamericana,  su realidad, y los retos a los que debe hacer frente en el siglo XXI. Un compromiso que consiste  en primer lugar en asegurar la igualdad de oportunidades, en mantener la equidad social

La privatización y comercialización de las universidades es un problema serio en América Latina donde hay un déficit de equidad social, No es así para Europa. Es un problema porque la universidad privada tiene como objetivo de la formación otros valores, no necesariamente republicanos ni sociales. Sin que esto quiera decir que no los practique, pero no son su prioridad. El tema del laicismo es un  ejemplo claro. La Universidad laica tiene como objetivo la formación, la universidad confesional el adoctrinamiento. Para garantizar los derechos del ciudadano la universidad pública no puede ser confesional. Es una prerrogativa de la universidad privada,  pero eso implica otro tipo de formación.

¿En qué consiste, pues, el compromiso social de la universidad? En realidad es un compromiso amplio que se extiende sobre diversos campos vinculados a la reproducción y perfeccionamiento del modelo social: la equidad, la ciencia, la eficiencia profesional, la cultura y la identidad, el pluralismo ideológico, la ética social, la conservación de la memoria histórica y de la universalidad del saber, y la creación de masa crítica. Todo esto en el marco de un aggiornamiento permanente, que implica su actualización frente al avance del conocimiento, y nuevos diálogos con interlocutores que representan fuerzas de renovación social. Más allá del compromiso nacional, la universidad tiene un compromiso continental. Compromiso que puede llegar hasta la integración, especialmente en una patria grande desunido por la economía y la política, aunque hermanada  por la cultura. Desarrollar la cultura –ya lo hemos dicho- es misión de la universidad. En este sentido la universidad tiene un papel protagónico en la integración.

Si estamos convencidos de que nuestro futuro planetario está en la integración, la universidad debe comprometerse con ese destino en una política de cooperación académica. Incluir en los curricula del futuro la creación de redes temáticas, multidisciplinarias y asociativas de universidades, destinadas a responder y anticipar los desafíos sociales, a desarrollar la pertinencia de la investigación científica, formando a las nuevas generaciones en concepciones mucho más amplias, que abarquen e integren el conocimiento de la historia, la literatura, la cultura, las ciencias y las artes en estructuras comprensivas de todo el continente latinoamericano. Ordenaciones que les hagan sentir que tienen una identidad común. A diferencia de la destreza profesional que se adquiere en el claustro de una especialidad, el conocimiento creativo es una obra abierta, de ingeniería. Consiste en saber tender puentes entre la vida, las ciencias y las artes.

Respecto a la globalización, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, la universidad debe discernir criterios de pertinencia. Para instaurarlos debe formar culturalmente y entender la cultura, la cultura como identidad. Tal como la definió la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, celebrada en México en 1982. Sólo desde la cultura podemos crear criterios de pertinencia. ¿Qué son estos criterios? Simplemente las herramientas conceptuales, necesarias para saber discernir en ese enorme caudal de información que nos trae la globalización aquello que conviene a nuestro desarrollo y aquello que refuerza nuestra identidad. Sólo así podemos pasar de la sociedad de la información a la sociedad del conocimiento, que es la de la información seleccionada y procesada. La Sociedad de la información es ancha y ajena, pero la sociedad del conocimiento puede y debe ser nuestra.

En La Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información, organizada por la UNESCO en París en noviembre del 2005, se estableció que para construir la sociedad del conocimiento era necesario examinar los medios para incrementar el acceso a la información y el saber, así como para facilitar la creación de conocimientos y aplicarlos al desarrollo.

Es importante asimismo  no confundir la sociedad del conocimiento con la economía del conocimiento, que es la orientación que domina hoy en las universidades europeas, después de la Declaración de Bolonia y  de acuerdo a las expectativas del Tratado de Lisboa y que subordina la universidad al mercado.

En el imperio del marketing la lógica de la cultura y la lógica del capital son indisociables. El primer objetivo de un texto, de una obra de arte es su venta. Poco antes de morir, cargado ya con 90 años, el gran artista chileno, Roberto Matta -le llamaban el último surrealista pero él se decía “realista del sur”-,  lamentaba que las “ganas del mercado” hubiesen reducido el arte a simple decoración: “Ya nadie quiere jugar ni investigar, se ha perdido la intensidad de la emoción, el arte es sólo una triste bolsa de comercio”.

Mucho antes, ya en el siglo XVII se  refería con desolación al punto

una letrilla de Góngora:

Todo se vende este día,
Todo el dinero lo iguala;
La corte vende su gala,
La guerra su valentía:
Hasta la sabiduría
Vende la Universidad
¡verdad!

La concepción de la universidad que se ha impuesto en Europa en la estela del Tratado de Lisboa representa una grave amenaza para la cultura. La idea de rentabilizar la universidad suprimiendo o jibarizando (haciendo concentrados ni siquiera claramente temáticos), las asignaturas que no conduzcan al mercado o cuyas admisión anual estén por debajo de un número cabal de estudiantes, implica un grave atentado contra la cultura. Las disciplinas amenazadas son particularmente las humanistas: filosofía, historia, historia del arte, estudios culturales, en los que se incluyen la cultura de paz, los derechos humanos etc. Es decir aquéllas que forman humanamente y dan las basas del pensamiento crítico. Puede que la cultura de paz no sea rentable para el mercado, pero es la más rentable que existe para la conservación de la humanidad.

La economía del conocimiento nos propone como modelo de formación al homo oeconomicus:

¿Quién es este homo economicus? Puede uno preguntarse.

En un ensayo memorable James Joyce se refiere al valor de símbolo de Robinson Crusoe, que a lo largo de 27 años pasados en una isla desierta se convierte sucesivamente en arquitecto, carpintero, afilador, astrónomo, panadero, armador, ceramista, talabartero, campesino, sastre, fabricante de paraguas, clérigo. Crusoe es el arquetipo del homo oeconomicus. Se caracteriza por sus destrezas, no por su espíritu. Concluye Joyce:”Crusoe resume y encarna el espíritu anglosajón Es el auténtico prototipo de colonialista inglés, así como Viernes es el símbolo del colonizado. Se caracteriza por su individualismo, la tenacidad, la inteligencia lenta pero eficiente, la apatía sexual, el sentido práctico, el tradicionalismo religioso”. Y, añade Joyce un par de rasgos que podrían caracterizar la ética del mercado inspirada en Hobbes:  “la crueldad inconsciente y la taciturnidad calculadora” Crueldad inconsciente podríamos traducirlo en esta  época por falta de espíritu de solidaridad.

¿Por qué citar a Robinson Crusoe? Porque de acuerdo  al modelo cultural que propone el neoliberalismo y la economía del mercado; urdido, como se sabe, sobre la tela  que tramó la Escuela de Chicago, con Hayek y Friedman,  Crusoe habría sido un buen empresario.  Sólo que en la isla Juan Fernández (porque su historia ocurrió en Nuestra América) felizmente no había mercado

Por otra parte nunca hemos tenido mejores condiciones de hacer realidad la posibilidad de crear una universidad latinoamericana. Esto está ahora perfectamente a nuestro alcance si la pensamos como una universidad virtual, que además podría establecerse on-line sobre grandes redes multidisciplinarias de profesores y estudiantes de distintas universidades.

En conferencias anteriores propuse 9 constataciones para pensar la Universidad Latinoamericana del siglo XXI, su compromiso científico y su compromiso social: ya que ambos constituyen su compromiso académico y sugerí 12 claves que tenemos que tener presente al examinar la universidad pública republicana del siglo XXI. El siglo nos espera con cuatro grandes compromisos a los que tenemos que atender; el compromiso nacional, el regional, el continental y el planetario: El compromiso nacional es la democracia; el regional es el desarrollo, el continental es la integración, el planetario es la globalización

Me he repetido muchas veces afirmando que la universidad tiene la responsabilidad de prever el futuro. Y también he contado esta anécdota: En un bar de barrio bravo, en Chile, Los Tres mosqueteros, que tenía por lema en sus muros: “No son muertos los que yacen en la tumba fría, pero sí lo son los viven y no beben todavía”, me encontré con un borrachín-filósofo. Ambos  seguíamos  el lema al pie de la letra. Entre copa y copa, hablando de la vida, en una frase me enseñó a pensar el futuro. Me dijo: “El futuro no es ya lo que había sido”.

En el espacio en el que estamos hablando no podemos dejar de pensar en un futuro especial: el del libro. Aquí si que se aplica la filosofía del borrachín: “el futuro no es ya lo que había sido”. La revolución digital y el Big Bang del ciberlibro comprometen seriamente el futuro. La Biblioteca Universal de Google que pretende volcar en la red todos los libros que existen, la difusión de Kindle, el libro cibernético lanzado por Amazon, desde el que se puede acceder a 90.000 títulos y trabajar sobre textos tal si fueran papel, hacen realidad lo que hasta ahora leíamos como fantasía en la pluma de Borges: son libros escritos en la arena que se guardan en la Biblioteca de Babel: “El número de páginas de este libro es infinito. Ninguna la primera, ninguna la última”. No se si decir si el futuro nos promete o nos amenaza con mudar nuestros hábitos de lectura y escritura. Debemos prepararnos para los grandes cambios que con las nuevas tecnologías se van a experimentar en la forma de transmitir el conocimiento y los valores.  La revolución tecnológica sólo es comparable a la que produjo la invención de la imprenta por Gutenberg.

El libro es un elemento básico en la educación y también para la integración de Nuestra América

En la línea del borrachín aquel,  Ortega y Gasset  comentaba que “lo malo de la vida humana  es haber nacido ya”. En realidad siempre llegamos tarde al futuro, por eso tenemos la responsabilidad de pensarlo para las generaciones que nos siguen y que están en condiciones de alcanzarlo a tiempo.