Figuras del Éxtasis en el arte barroco de Colombia*

PROLOGO PARA EXTREMEÑOS
Exposición en Cáceres, España, julio 1997

Los juicios respecto a la acción de los españoles en América se dividen tajantemente entre los que denuncian la “leyenda negra” y los que reivindican la “leyenda blanca” o “rosa”. Pero, como dice el Diccionario de la Real Academia, las leyendas no son más que eso: leyendas; es decir “Narración de sucesos fabulosos, que se trasmiten por tradición como si fuesen históricos” La imparcialidad está quizá en una frase que iluminó un discurso del rey durante la conmemoración del V Centenario. “Entender la conquista y la colonización con sus luces y sus sombras” Aunque muchas son las sombras y sólidamente documentadas en escritos y en la iconografía, lo que es indiscutible es que a mosquete y a cristazos, como decía Unamuno refiriéndose a la “evangelización en América”, con el “encuentro” o el “encontronazo” se fraguó una nueva cultura y con ella un nuevo arte. Un arte del que  nos da una muestra magnífica esta exposición organizada en Cáceres por el gobierno colombiano y Unión Latina.

El barroco es un estilo magnífico y teatral. Un  estilo que se prestaba perfectamente para transmitir al indio el mensaje de aceptación de su nuevo destino El “clásico” es el arte de la medida y del equilibrio, un arte de enunciados que busca lo universal. Sus personajes son figuras retóricas. Por el contrario, el barroco es el intérprete de lo que la regla y la medida no pueden expresar: la emoción, el dolor, el éxtasis, la fe. Para describir las sensaciones místicas se aproxima a lo cotidiano, busca sus ejemplos en lo real. Sus Cristos o sus profetas, o son los actores sagrados de una tragedia humana o levitan de pasión divina, como el Profeta Elías del Arzobispado de Popayán. Tallados en madera, pintados de carne, con pestañas y cejas de verdad, ojos de vidrio, vestidos con reales telas, más que iconos parecen personajes de un Museo de Cera. Su acción siempre está escenificada, dramatizada, llevada al paroxismo, siempre quieren decir algo. Más que el realismo, el barroco busca el facsímil, que pueda comunicarnos, por empatía, un sentimiento de lo divino anclado en lo humano. El “Cristo del Dolor”, el tema más repetido en América, muestra el dolor dramatizado, llevado al paroxismo, profusamente regado con  sangre ‑hecha de rojo cochinilla y humo de pez‑ para que duelan las llagas y con el rostro y el cuerpo deformados y retorcidos por un padecimiento infinito. El realismo convincente de ese dolor facsímil, no simbólico, de ese sufrimiento empático, quería mostrar a los indios que sus penas no eran nada frente al tormento de Cristo.

Arte de la evangelización, el barroco fue la “Biblia pauperum”, el evangelio contado en imágenes al indio. Mientras los protestantes predicaban la simplicidad y la modestia y practicaban una religión sin imágenes y sin evangelización, el Concilio de Trento (1545-1563) se oponía a las representaciones paganas, exaltaba la Eucaristía, la Virgen, el Papa, la evangelización y confirmaba el culto de los santos, dando reglas para que fueran mostrados en una atmósfera de martirio y de éxtasis. como se ve en la serie de cobres de Antonio y Nicolás Cortés. Todavía en 1782 se publicaban instrucciones para los artistas, reiterando las resoluciones del Concilio en materia de iconografía y fijando normas exactas sobre el grado de desnudez permisible para cada santo, la edad que debía tener y los gestos que debía realizar. El estilo se prestaba perfectamente para transmitir al indio el mensaje de aceptación de su nuevo destino

En América al barroco se hace identidad y  su patrios marca al individuo y a la historia con una referencia indeleble. Todavía hoy, numerosos son los escritores que se  siguen considerando barrocos. Son los maestros de lo “real maravilloso”, uno de cuyos mayores representantes es también un colombiano: Gabriel García Márquez.

En realidad, es el arte del Nuevo Mundo. La mezcla de lo ibérico (que ya traía lo árabe atravesado) con lo indio y lo afro, le dio modalidades particulares, creando un estilo propio que algunos han llamado “indo‑hispano”, otros “criollo”, otros “mestizo” o que designado, según sus características regionales, se le llama “barroco andino”, “Arte Virreinal Andino”, o “poblano” en México.

Las Figuras de Éxtasis son significativo de la importancia que tuvo el barroco en América.  Son expresión de ese sincretismo que asume el barroco en América y que lo hace arte colonial. El Éxtasis es uno de los grandes temas de ese estilo profuso, y no sólo del español.  El éxtasis unía lo profano con lo divino. Es un estado de plenitud máxima. Un instante de claridad espiritual o iluminación mística: El éxtasis es también abandono, arrebato, enajenación, espasmo trance… La mejor metáfora que le ofrece lo real es el orgasmo, Piénsese en la impresionante Santa Teresa del Bernini, tan fuera de sí, poseída por la pasión divina, que ignora el mundo maravilloso de la Basílica de San Pedro que la rodea. Sólo en la plenitud de lo humano se podía encontrar metáforas para expresar lo divino.

Aunque el conjunto de la exposición es magnífico, son sólo las obras de una pequeña ciudad, levantada en los Andes, en 1536, por un vecino de Extremadura, Sebastián Belalcázar. Y Popayán es sólo una de las tantas ciudades del mundo andino que exhibe tesoros semejantes. Hace apenas un par de mese veíamos otros conjunto maravilloso, la exposición de los Ángeles de Calamarca, que también organizó  la Unión Latina. En Figuras del Éxtasis también encontramos muchos ángeles aunque constituyendo otro tipo iconográfico distinto de los arcabuceros de Bolivia.

Si por una parte, los extremeños encontrarán en esta exposición muchas imágenes que les son familiares desde siempre ¿Cómo no advertir la influencia de Zurbarán?; Ella es dominante en la iconografía religiosa americana de los siglos XVII y XVIII. Tanto directa como indirectamente encontramos al maestro español de Fuente de Cantos. Directamente, a través de sus tipos: donceles de rostros asexuados, jóvenes e imberbes que recuerdan a sus santas; mozas bellas y pudorosas coronadas de santidad y profetas o evangelistas en el dintel de la senectud, como el autorretrato del Zurbarán en San Lucas pintor. Indirectamente a través de sus discípulos de la Escuela Sevillana.

La serie más importante de ángeles realizados bajo la influencia del maestro de Extremadura se encuentra en el Monasterio de la Concepción en Lima. Zurbarán ejerció una gran autoridad en la pintura americana, aunque por lo que respecta a nuestro tema hay que recordar que sus santas fueron más populares que sus ángeles.

Por otra parte, percibimos la presencia de una tradición más antigua. Cultura del oro podría llamarse el arte colombiano. Hay en sus cálices, sus custodias y sus limosneros un  virtuosismo de orfebre que se mantiene constante desde los chibchas hasta la orfebrería  colonial.

Atestiguan las obras aquí expuestas lo que fue el arte colonial:  una creación  del mestizaje,  que no solo produjo una refundación de la iconografía religiosa, sino que renovó el mundo y la historia, a ambos lados del océano, creando una cultura de mestizaje, que Extremadura particularmente reivindica en el marco de una Comunidad Iberoamericana. Una cultura  que hace que no se vea solución de continuidad entre las obras y los muros que la acogen en Cáceres,  como si siempre hubiese sido su casa. Tal vez por lo que dijo un día desde México el filosofo José Gaos, refiriéndose a las relaciones entre España y América Latina: “Es una doble  patria una”

En su primera época el barroco americano llega directamente de Viejo Mundo: La mayoría de las obras de los siglos XVI y XVII son de artistas ibéricos que trabajaban  para el Nuevo Mundo, o son copias de grabados que venían de Europa. Sin embargo, ya en esa época está presente el mestizaje: los planos de las catedrales venían de Roma o de España, pero se modificaban considerablemente en el curso de su realización ¿Y cómo olvidar que ya el estilo “plateresco” ‑o renacentista español‑ llevaba el principio del mestizaje dentro de sí en su mezcla de mudéjar y de gótico tardío. El barroco de América no es una simple transposición del español, o del portugués. Es un arte mestizo, Y no sólo de dos culturas. Ya con la tradición española llega el legado árabe en el mudéjar y si, como dicen, el indio manifiesta su aporte en la preferencia de una gama de colores puros y en la introducción de la abstracción en las figuras, el negro se reconoce tanto en el retinto de los  ángeles y las vírgenes como en la mezcla sincretista de sus dioses con el santoral tradicional.

De todas estas influencias resultó un maravilloso, estilo, enriquecido, un estilo que fue un arte fundador de un mundo nuevo. Un estilo en el cual los ángeles arcabuceros, sin precedente alguno en Europa, constituyen su creación más representativa.

El mayor error de los conquistadores fue considerar que todos los indios eran la misma cosa, pues no eran ni indios,  ni las culturas eran igualmente bárbaras. Indio fue un invento de Colón y así como había pueblos que estaban en estado tribal, existían grandes civilizaciones. Algunos lúcidos españoles lo comprendieron así, como Bartolomé de las Casas o el padre Acosta. Aparte de estas pocas excepciones ni siquiera el Barón Alejandro de Humboldt, considerado el segundo descubridor de América se dio cuenta del valor de estas culturas.  El seguía pensando que no eran obras de arte, sino sólo objetos curiosos o pintorescos*.

Es cierto como dice García Márquez, quizá parodiando a Orwell, que era un mundo “más descubierto de lo que se creyó entonces”. El verdadero descubrimiento, que quiere decir también maravillarse con algo que no se conoce, se produjo en el siglo XX. Se descubrió la validez de otras estéticas que sirvieron para crear el arte contemporáneo

Esta exposición tiene el mérito de presentarnos tesoro locales, coherentes como conjuntos y expresivos de la multiplicidad y la riqueza del arte que surgió en el Nuevo Mundo.

Consecuencia de ese amancebamiento de culturas que produjo la conquista. Es un descubrimiento, no de nosotros, sino para nosotros. En el sutil uso de estas preposiciones está todo el matiz de lo que fue una de las polémicas que más deambularon en torno al Quinto Centenario.

* El texto de este catálogo –corregido a posteriori por el autor- reproduce en gran parte el ensayo “El Ángel del arcabuz o el barroco americano”