Fernando MAZA a la metafisica del signo

Catálogo, Exposición Cáceres, julio 1998

Fernando Maza nació en Buenos Aires un día de 1936. Comenzó a exponer en los años de 1957 y nunca entró en una escuela de arte. Fue jugando con las acuarelas que aprendió la técnica del oficio. Si en sus primeras exposiciones mostraba obras semi abstractas, podría decirse que inspiradas en Ben Nicholson, pronto se integró al grupo informalista que se creó en Buenos Aires en 1959. Al año siguiente partió a Nueva York. Allí encontró un lenguaje personal en el juego de tipografías inscrito en figuras geometrizantes. A partir de entonces, de 1963, los tipones y las tipocromías van creando un mundo insólito.

Desde que los hombres descubren los números y el alfabeto van a ver en las letras símbolos que dejan vislumbrar un mundo oscuro pero superior. El Oriente le atribuía a la escritura orígenes divinos. De los números nacieron las reflexiones pitagóricas y en el misterio de números y letras se forjaron muchos de los secretos de la magia y de los acertijos de la alquimia. Con ellos el hombre creó un mundo en donde pudo expresar, precisamente, su condición humana y desarrollar su espíritu. Este carácter de la letra y el número, unido a lo aparentemente deshumanizado en su grafía: el signo aislado apenas denota su existencia, llevó al hombre por numerosos laberintos, espacios, arquitecturas y paisajes, por donde el signo volvía a humanizarse. Caminos a lo largo de los cuales el creador lo connotaba o lo trivializaba. En el tercero de los Viajes de Guilliver, cuenta Swift cómo los sabios de la Isla de Laputa se enfrentaban al lenguaje: en un inmenso rompecabezas hacían girar la rueda para que se combinaran innumerables letras y cada vez que el azar producía algo coherente rescataban el texto; querían abolir todas las palabras consabidas, porque desde el momento que las palabras eran nombres para las cosas, es mejor llevar éstas consigo para expresarse. Algo semejante desarrolla Wittgenstein en el Tractatus que ve el lenguaje como configuración pictórica del mundo: el nombre significa el objeto, el objeto es su significado; y algo semejante parece buscar Maza en su recurrente utilización del Ampersand &, signo que en español no es letra sino cosa, y hay que mostrarlo, porque sólo tiene nombre en inglés, un nombre por lo demás significativo, derivado del latín, mestizado de inglés, corrupción de «and per se», y que quiere decir «en si mismo», «esencialmente», por oposición a per accidens: la existencia está servida, en el juego de contrarios se traban el yo y su circunstancia. Si este fuera el recorrido de Maza -y uso el imperfecto del subjuntivo porque sólo por soberbia los críticos se pueden creer capaces de dar razón de la obra de una artista, olvidando que el arte abre un mundo que incluso escapa a su creador-, podíamos ver en ella un esoterismo cerrado, que sólo se abre a la sensibilidad individual de cada espectador, una percepción que llega hasta la raíz del gesto que hace lo humano, pero que se nos escapa cuando queremos tocar su fondo, dejándonos reducidos a hablar de sus solas formas.

Sin mayores pretensiones, a ellas nos limitamos.

Primero son figuras más o menos decorativas que se encuadran en bastidores caprichosos, un poco en el estilo de los shaped-canvas de los años 1965-1970. Pronto, sin embargo, se transforman en auténticos personajes, cuando Maza vuelve al formato tradicional y crea cosmos de formas puras y volúmenes geométricos, ilusiones de paisajes y atmósferas de color. Es un mundo personal, único, aunque no absolutamente distinto de un arte que podríamos llamar metafísico. Con la pintura de Chirico tiene en común el significado que sus elementos: letras, números, paisajes…, adquieren al ser sorprendidos en espacios insólitos o encontrados en situaciones o en relaciones inesperadas. También tienen que ver con ella sus arquitecturas, que parecen igualmente lunares, ¿tal vez por la falta de pesantez?, pero se diferencian en que no son mundos pintados «al vacío», sino espacios envueltos en atmósferas de color. Finalmente trae a la memoria al italiano porque sus obras parecen evocar sus títulos, marcados por la obsesión de lo enigmático: El enigma del oráculo, el enigma de la hora, el enigma de una tarde…, etc. En el caso de Maza se trata del enigma de las letras y los números…

Tal vez la pintura de Maza no sea otra cosa que una metafísica del signo.

Miguel Rojas Mix