¿Estudiantes o clientes? El neoliberalismo y la Educación Superior

Miguel Rojas Mix

Durante los años que dirigí el Centro de Cooperación con América Latina, CEXECI, en Extremadura, España, me tocó recibir con una cierta frecuencia a gestores universitarios que representaban grupos de universidades privadas. Nunca dejó de chocarme su lenguaje. Hablaban del número de “clientes” que representaba el grupo, aludiendo a los estudiantes. Después supe que un diputado chileno, Ibáñez, hablaba de “industria universitaria”. ¡No!, los estudiantes son todo menos clientes,  y la universidad es muchas cosas, pero no una industria, aunque en eso haya tratado de convertirla el proyecto neoliberal que, aparte de poner los mercados por encima de los gobiernos- como lo está demostrando la crisis en la Unión Europea- ha permeado la universidad con valores que no le son propios. El más nefasto de ellos es el de rentabilidad,  que se aplica en varias direcciones y que es esencialmente rentabilidad económica en el sentido de preparar gestores para el mercado, suprimir o reducir las asignaturas no rentables, como la historia o la filosofía y transformar la universidad, justamente, en una industria. La caricatura del modelo neoliberal es la universidad-empresa.  Un combinado aberrante que transforma a los alumnos en clientes y las políticas universitarias en gestión comercial. Un dechado que in extremis no se detiene ni siquiera frente al fraude y  descaradamente se lanza al  tráfico de titulaciones. Basta abrir el ordenador día a día y ver la cantidad de diplomas que  se ofrecen por Internet. Un título de doctor en 15 días, sin currículo ni estudios,  sólo tienes que pagar por él y te lo envían por correo certificado… (aunque puede que por certificado, no).  Evidentemente este es un caso extremo, pero es uno de los extremos a que ha llegado el modelo.

Sin duda que entre las mayores transformaciones geopolíticas que ha experimentado la sociedad planetaria después de la guerra fría, figuran la globalización  y la transferencia del poder del Estado a los mercados. Sobre ellas se asentó el modelo neoliberal. Un proyecto hegemónico de la derecha económica que descansaba fundamentalmente en la educación y que bajo la influencia de Milton Friedman,  en visita a Chile junto a Arnold Herberger en 1975, encontró en el país su laboratorio experimental. Hechas sus pruebas se impuso en Inglaterra, a donde lo llevó el propio Pinochet invitado en 1981 por Margaret Thatcher.

El paso de la sociedad democrática a la neoliberal es ya una larga historia. Comienza en 1947, cuando Friedrich Hayeck se reunió en una pequeña localidad suiza con un grupo de 39 intelectuales y fundaron la Sociedad Mont Pellerin[1]. La idea que los unía era su crítica a la función intervencionista  del Estado y su convicción de que el mercado era el sujeto de la historia y la base de todos los derechos, incluyendo los derechos humanos. El proyecto se impuso e incluso la universidad se piensa hoy desde las ideas de Hayek, Milton Friedman y la economía de mercado.

Años más tarde, La Comisión Trilateral estableció la relación del proyecto con la Universidad[2]. En un informe de 1975 se manifestaba la alarma por el papel que desempeñaban los intelectuales dentro del sistema democrático. El informe señalaba que un peligro mayor para la sociedad era la universidad abierta. Su permisividad facultaba, por una parte, que demasiada gente tuviera acceso a una educación superior y,  por otra, que en su seno se generase un intelectual “portador de valores”, un  intelectual contestatario, al que proponía reemplazarlo por el “intelectual práctico”. El adiestrado en una universidad puramente profesional, formado para integrarse eficazmente al sistema productivo.

Todo esto atentaba contra el modelo democrático de una educación con equidad, una tradición republicana que en América Latina venía de la reforma de Córdoba del año 1918. El aporte esencial de la Reforma fue que, aparte de definir sus funciones: docencia, investigación y extensión, integró la equidad como función social. La universidad para todos según las capacidades, no según los medios.  Atentaba incluso contra la idea de excelencia académica con que se había fundado la universidad moderna. Wilhelm von Humboldt, creador en 1810 de la universidad de Berlín, señalaba que lo peor que le podía ocurrir a la Universidad era transformarse en escuela profesional.

Es posible que el último paradigma para enfrentar estos procesos lo haya establecido la Conferencia Mundial En Educación Superior de la Unesco en 1998. Allí se afirmaron  dos grandes conceptos ejes, válidos en particular para América Latina: la equidad y la pertinencia. Conceptos hoy relegados. El primero lo estableció  claramente el art. 3, señalando la “igualdad de acceso”: no se podrá admitir ninguna discriminación…  ni por  consideraciones económicas, culturales o sociales. El otro,  la pertinencia, entendida como formación de una masa crítica para configurar el saber adecuado a las realidades nacionales. La pertinencia como base de la sociedad del conocimiento, que no es lo mismo que la sociedad de la información. La sociedad del conocimiento es la información procesada con criterios de pertinencia que sirvan a la realidad social.

A partir de estos conceptos se convocaron las Cumbres de Rectores de Universidades Estatales. La primera se realizó en 1999 en la Universidad de Santiago. Mirando  al país, a la falta de financiamiento público y al monto de las tasas, se aclaró que en Chile había universidades estatales porque los muebles y los edificios eran del estado y los profesores funcionarios, pero no eran universidades públicas porque no prestaban un servicio público, básicamente no garantizaban la igualdad de oportunidades.

Todo país consciente que  su desarrollo depende de la creatividad de sus ciudadanos y de la necesidad de aprovechar al máximo sus recursos humanos, no puede excluir por razones de mercado a una parte sustancial de su juventud, la  que carece de medios para alcanzar la Educación Superior. Y es absurdo replicar que esto se corrige con un sistema de becas; sabemos a quienes van las becas y a cuántos alcanzan. Es como medir el tamaño del submarino por el tamaño del periscopio. Tampoco se puede abonar una política que desde  la educación básica  jerarquiza la calidad de la enseñanza y  los medios pedagógicos  en relación a la capacidad económica de barrios y municipalidades. Un sistema de marginalización, dado que los barrios en Chile están desagregados en siderales diferencias sociales y de ingresos. La educación básica es una responsabilidad nacional porque se trata de formar ciudadanos y no vecinos. Exclusión y marginalización son dos lastres de los que en Chile quedaron las “Siete Modernizaciones”, recetas del ultraliberalismo ciego, que  diseñó el hermano (José) del actual presidente Piñera y que Pinochet presentó a la ciudadanía el 11 de septiembre de 1979.

He escuchado muchas voces que incitan a copiar la Declaración de Bolonia como paradigma a seguir para pensar la universidad. Al respecto es necesario tener claro que la Declaración de Bolonia está hecha desde los intereses europeos y que el modelo de universidad que impone no es del de la sociedad del conocimiento, sino el de la economía del conocimiento. Fue en la Cumbre de Lisboa del año 2000 donde los jefes de Estado, alarmados por el declive de la competitividad comercial europea, la deslocalización, el escaso número de patentes y el éxodo de jóvenes investigadores hacia los EEUU, decidieron convertir a la Unión Europea en el líder mundial de la economía basada en el conocimiento y darle un gran impulso a la suma de investigación, desarrollo e innovación, al I+D+i.  ¿Es este el modelo que queremos? Sin duda es uno de los aspectos que la universidad actual debe asumir, pero no puede hacerlo dejando desaparecer su esencia. La economía del conocimiento es una figura alejada de la filosofía que inspira la universidad pública republicana.  Tenemos que pensar desde nuestra singularidad y cómo, en razón de ella, definimos prioritariamente el concepto de “universidad-servicio público”.

La concepción de la universidad que se ha impuesto en Europa en la estela del Tratado de Lisboa representa una grave amenaza para la cultura. La idea de rentabilizar la universidad suprimiendo o jibarizando las asignaturas que no conduzcan al mercado o cuya admisión anual esté por debajo de un número cabal de estudiantes, implica un grave atentado contra la cultura. Las disciplinas amenazadas son particularmente las humanistas: filosofía, historia, historia del arte, estudios culturales, etc. Es decir aquéllas que forman la familiaridad cultural y constituyen las bases del pensamiento crítico.

Todo proyecto universitario está indisolublemente asociado a una concepción del  Estado. La privatización de la universidad y la mercantilización de la  educación superior corresponden al modelo neoliberal. El neoliberalismo ha representado un empobrecimiento de la democracia. En el único punto que hay que reforzar el Estado según Friedman, es para defender “nuestra” libertad del “hombre malo que está en el Kremlin” y para reprimir “a los hombres de buenas intenciones y de buena voluntad que quieren  reformarnos”. Es un Estado ausente y liberal en el mercado y represivo en la sociedad civil[3]. Nuestra historia en América Latina está basada en otro modelo, el modelo de universidad pública,  fundado en la responsabilidad social. Un paradigma que se precisa  con la Reforma de Córdoba del 18, y que se ha desarrollado de la mano con  el welfare state. La Reforma fue un momento único en la historia cultural de América Latina. Concibió la universidad enmarcada y enmarcando un proyecto social, del cual la educación es el eje y fue un referente en el proceso de democratización del Continente. Incluso para países que fundaron su primera universidad mucho después de la Reforma, como Brasil, cuya primera universidad data de 1934. Eso es lo que veo de  notable en el movimiento estudiantil chileno actual. Como en la época de la Reforma los jóvenes se convierten líderes. Despiertan de un largo letargo en el que los había sumido primero la dictadura y luego el agobio del modelo mercantilista de la universidad neoliberal, modelo que no tocó la concertación ni tan siquiera los gobiernos dichos de izquierda: una universidad  abierta a los afortunados, dejando para los otros un “sálvese quien  pueda”. Y despierta con gran fuerza creativa, que es lo que la sociedad debe esperar de los jóvenes: indignados que manejan su cultura como ingenio. A semejanza de la Reforma de Córdoba, inicialmente estudiantil, toma en ruta la dimensión de un movimiento social, del cual la ciudadanía se hace parte. Sus propósitos son extirpar el fin de lucro, los criterio de rentabilidad económica en la gestión académica,  democratizar la universidad, abrir nuevas expectativas de futuro  y, sobre todo,  mostrar el fracaso del proyecto neoliberal donde todo pasa por el dinero y el mercado. Donde, como hace cuatro siglos decía al punto una letrilla de Góngora:

Todo se vende este día,
todo el dinero lo iguala;
la corte vende su gala,
la guerra su valentía:
Hasta la sabiduría
vende la Universidad
¡verdad!

 


[1] Rojas Mix: “La ideología del Mont Pellerin ou le projet de société de Frederich Hayek et Milton Friedman”, Amérique Latine, N°8, octubre/diciembre, 1981.

[2] Creada en 1973 por Rockefeller, Kissinger y Brzezinski, reune a personalidades muy influyentes del mundo occidental. Su propósito es orquestar la mundialización económica.

[3] The preservation and expansion of freedom are today threatened from two directions… from the evil man in the Kremlin who promise to bury us. The other threat is far more subtle. It is the internal threat coming from men of good intentions and good will who wish to reform us, Capitalism and Freedom, University Chicago Press, 1962, p.201