En un principio fueron los nombres

El tema de la identidad se encuentra estrechamente asociado a la polémica y a la incertidumbre de los nombres. Es decir, a saber cuál es el gentilicio con el que vamos a designarnos y como vamos a llamar a la parte que nos toca del  continente. Se encuentra, por cierto, igualmente asociado a la reivindicación de estos nombres como expresión de proyectos políticos.

Casi podremos decir que esta incertidumbre terminológica, este desconcierto de denominaciones, comienza antes del Descubrimiento.

En efecto, ya los griegos especulaban sobre la existencia de tierras más allá de las Columnas de Hércules, al otro lado del río Okeanos. Platón en el Critias podría haber situado allí la perdida Atlántida. Pero lo que es seguro es que allí situaron Hesíodo y Homero el Jardín de las Hespérides; el vergel aquél, donde crecían las famosas manzanas de oro que habían enemistado a las diosas.

Los mitos nórdicos situaron también por allí a la Ultima Thule, y en general la Europa medieval afirmó la idea de un Oeste absoluto, en el que se situarían las famosas Islas Afortunadas, de las cuales a lo menos cuatro tuvieron una enorme fortuna en el imaginario fantástico de la época: La de Antilia, donde habría naufragado el piloto anónimo que entregó el secreto de nuevas rutas a Colón, la de Cibola, donde se encontrarían las siete ciudades de oro, fundadas por los siete obispos que en 734 huyeron con su grey y sus riquezas ante la invasión árabe; la de Brazil y la isla de San Bradan.

Toda esta historia parecería puramente anecdótica, si ella no hubiera sido reactivada inmediatamente después del Descubrimiento por las potencias de Europa en una lucha encarnizada por obtener títulos de dominio sobre el Nuevo Continente.

Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indas, intenta probar que efectivamente Colón había descubierto las Hespérides. E identifica éstas con el dominio mítico del rey Héspero, duodécimo de la vieja Hispania, que algunos miles de a antes, después de un viaje de cuarenta días habría descubierto “Las Indias Hespérides”. En realidad Oviedo no pretendía otra cosa, que agregar a los títulos que emanaban del descubrimiento de Colón, otros. En este caso, legitimar por la herencia ancestral los títulos de España a fundar un imperio colonial.

No menos disparatada, pero a la vez no menos política,  resulta la tesis, corriente en los autores ingleses, de relacionar el Nuevo Continente con la Atlántida. Esta denominación en realidad no pretende otra cosa que sustraer a los españoles la gloria del descubrimiento; y, a fotiori, objeta sus títulos a la posesión del Nuevo Mundo. Corrientemente, los autores ingleses, vinculan el Nuevo Mundo a Brazil, país legendario, que se confundía con las islas frecuentadas por los pescadores irlandeses y que en consecuencia, permitía reivindicar, por derecho de ocupación, los títulos de dominio sobre estas tierras, que habrían sido descubiertas para los reyes de Inglaterra.

En efecto, el nombre Brazil tendría una raíz gaélica. Su  origen sería el de una Isla Brazil llamada, por los irlandeses Brazir, O’Braisal, Hi Breasil o Brasil. La raíz gaélica del nombre querría decir “isla feliz” o “gran isla”. El viaje de Caboto estaría asociado con esta isla. Los portugueses también parten a la búsqueda de esta isla. Por ella llaman a las tierras encontradas por Cabral “Terra Santa Crucis o Brazil”. Esta tesis pareció confirmarse por el hecho de que los palos de tinte de esta región son idénticos al palo indio, que desde la época de los romanos se llamaba “palo del Brasil”.

Lo mismo ocurre con la isla de Santo Bradán, que desde el siglo XVI sirve a menudo a los ingleses para intentar justificar sus aspiraciones sobre América del Norte. Su origen es una leyenda irlandesa del abate Braenfinn que en el siglo VI habría descubierto América. Esta leyenda fue incluso conocida por los y se dice que influyó en las historias de Simbad el Marino.

Nadie, sin embargo, fue más explícito en esta tarea de reivindicación de títulos que John Dee. Nigromante y alquimista, pero sobre todo fundador del imperialismo inglés, Dee estaba seguro que Brandan había descubierto gran parte de América del Norte. En 1580 envía a la reina Isabel una carta geográfica del hemisferio norte y de la Atlántida, en cuyo dorso escribe una serie de consideraciones que son un resumen de un panfleto hoy perdido, que en 1578, habría enviado a la reina, demostrando sus títulos sobre muchos países, reinos y provincias extranjeros. Según él, las tierras descubiertas habrían pertenecido ya en la Antigüedad al Imperio de Albión del rey Edgardo, y por ello el derecho de Inglaterra era anterior al de España y Portugal. Las islas y tierras de América del Norte habrían sido descubiertas alrededor del año 330 por el rey Arturo y nuevamente descubiertas por Santo Brandan cerca del 560. Las regiones del Sur, la Florida, habría sido hallada por Lord Madoc en 1170, que estableció allí una colonia. Y finalmente la parte norte habría sido nuevamente ganada para Inglaterra por Thorne (1494) y Cabot (1497); y concluye Dee, gran matemático que formó a todos los navegantes y pilotos de su época: “Ergo, una gran parte de la costa de la Atlántida (llamada también América)… pertenece a nuestra reina Elisabeth… En parte por derecho de gentes, en parte por derecho civil y en parte por derecho divino”.

Dee, utilizando el nombre de la Atlántida, pretendía unir los antiguos mitos con los mitos nacionales y recuperar dentro de ellos a América para la corona inglesa.

También hizo fortuna entre estos nombre el de lord Madoc.  Hasta el siglo XIX los autores seguían viendo descendientes de Madoc entre los indios de América. Expresamente sostiene esta tesis el más importante de los pintores del Oeste; George Catlin, refiriéndose a una tribu en extinción: la de los Mandans. Pero incluso antes de Catlin, el inefable Dee, propuso llamar a una parte del Continente Madocqya, en su honor.

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Colón partió buscando encontrar la ruta de Marco Polo  desde el otro lado. Creyó haber desembarcado en Cipango y Cathay y por eso llamó Indias a las nuevas tierras. Las Indias fueron entonces clasificadas en tres grupos: la India Prima, la India Secunda, para diferenciarlas de las tierras descubiertas por Colón: India Terza, India Nova o “India Occidentalis”. Este nombre fue propuesto por Enciso en 1518 en su Summa Geographia para diferenciarlas de las Indias Orientales.

Los españoles conservaron este término hasta fines de la Colonia y lo hicieron en gran medida por razones políticas. Era la denominación que le había dado el representante de los Reyes Católicos. El que había descubierto para ellos, para España. Más que un nombre era un título de dominio. Y esta apelación la esgrimieron contra todos los que querían disputarles sus islas y tierras firmes. Contra las Atlántidas y las Américas que usurpaban los derechos del primer ocupante, representado por Colón. O bien, contra los que pretendían llamarla ”Terra Incognita” Como si fuese tierra de nadie.

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El nombre de América apareció por primera vez el año de gracia de 1507. Fue el cartógrafo Waldseemüller el que lo introduce, afirmando que las tierras habían sido descubiertas por Américo Vespucio: “La cual no veo porque alguien puede prohibir que se le de el nombre de su descubridor Américo, varón de ingenio sagaz. Amerigen, es decir, tierra de Américo, o bien América, puesto que también Europa y Asia tomaron sus nombres de mujeres”.

Sin embargo, bien que el nombre de América se haya continuado usando en la cartografía, la verdad es que él sólo se impone en el siglo XVIII. Su imposición representa además una de las facetas del desafío que la Europa no española había lanzado al monopolio español. Desafío que había encontrado su correspondencia en la lucha de dos términos: América e Indias.

Los españoles reclamaron frente a la utilización considerada abusiva del nombre de América. Particularmente después que éste se extendió a la América del Norte con el mapa de Mercator en l538 y propusieron otros nombres, como los de Indias de que hemos hablado. Pero también nuevos. Las Casas propuso el nombre de Columba, otros españoles el de “Colonia”, “Columbana” y “Fer-Isabélica”. El nombre de Columbana tuvo numerosos partidarios y los ingleses replicaron proponiendo llamarla “Cabotia” o “Sebastiana”. Mientras que los holandeses llamaban “Mexicana” a la parte norte y “Peruana” al sur; y los franceses hablaban de la “France Antartique”.

La lucha por el dominio de América se manifestó  igualmente en una serie de nombres locales que querían subrayar la importancia de la metrópolis: Nova España, Nova Francia, Nova Gallia, Nova Britania, Nova Albion, etc. Era una lucha terminológica entre potencias colonialistas. Estos territorios por lo demás, sólo se distinguían claramente unos de otros en las cartas de las potencias neutrales.

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Quarta Pars. Américo Vespucio la llama así en una carta de 1504 a Lorenzo de Médicis. Fue una revelación importante y probablemente al gran aporte del florentino. Hasta entonces se pensaba el mundo dividido en tres partes, lo que contribuía a una armonía cabalística del Universo. La trinidad, los hijos de Noé, los rayes magos… En realidad, desde hacía tiempo los reyes magos figuraban como representación de las partes de la tierra. Eran expresión del valor universal de la religión católica. El mundo entero debía reconocer el mensaje de Cristo. La aparición de la cuarta parte produjo así igualmente un problema teológico. En la iconografía el problema e resolvió pronto. Ya en 1505 un cuadro de la Catedral de Visau, en Portugal, nos muestra un cuarto rey que acude llevando regalos al Niño. Va vestido de plumas y con una flecha en la mano. La universalidad de la Verdad estaba así salvada.

Y la ciencia también, porque hasta entonces se había pensado que estas regiones tropicales eran inhabitables por exceso de calor. Américo confesaba que esto era un error “pues cuando alguien afirmaba que allí había tierra todo el mundo se levantaba para objetar que esas tierras no estaban habitadas, yo he encontrado países más templados y amenos, de mayor población de cuantos conocemos. Es la Cuarta Parte de la tierra“.

En la misma carta Vespucio llama a esas tierras Mundus Novus sin embargo el primero en usar este nombre fue Pietro  Martir d´Anghiera, en una carta de 1493 al cardenal Sforza. Posteriormente la publicación de sus Décadas va a popularizar el nombre de Orbe Novo. Incluso la noción de “Hemisferio Occidental” aparece por primera vez en Martir. Escribe que Colón ha descubierto el hasta entonces oculto hemisferio occidental.

La idea de nuevo mundo es larga para desarrollar. Señalemos sólo que ella contiene desde su origen una serie de tópicos o mitos, que se encuentran en Bolívar, quien también utiliza la noción de nuevo mundo, y que de alguna manera persisten hasta nosotros: En grandes líneas esos mitos son: el de pueblo joven, con dos aspectos: negativo el uno, en el sentido de pueblo inmaduro incapaz de resolver sus problemas, incluso incapaz de creación en un determinado momento; y positivo el otro, el de pueblo con futuro. Pero aún, esto implica que si se le promete un futuro, es porque carece de presente. Lo tendrá cuando crezca…

Con otra vertiente en lo político, particularmente importante, el pueblo inmaduro también lo es para el ejercicio del poder y de la democracia. Es por eso que hay ponerlo bajo tutela. Y es por eso que primero hay que darle una educación que le permita ejercitar adecuadamente sus derechos. Este mito es corriente entre los “emancipadores mentales” del siglo XIX. Pero no esta menos presente en el pensamiento de Bolívar.

Un tópico más, asociado al de “pueblo joven” es el de  tierra de refugio, tierra de asilo para las ideas y para las personas: Aparece ya en los orígenes de la Conquista. Para Mandieta era la tierra donde debería llevarse a cabo la utopía milenarista. Tierra de utopía era también para Vasco de Quiroga y todos saben que en ella se inspiró Tomás Moro para escribir su Utopía. En España esta idea de”pueblo joven” es renovada por la tradición hispanista. Está implícita en la utilización de un lenguaje de filiación como el de “madre” o “hermana mayor”. Lo repetía Ortega y Gasset en sus famosas reflexiones sobre la Argentina, Meditacion de un Pueblo Joven. Y se repite ahora en una terminología popular que ha nacido frente al exilio masivo de latinoamericanos en España: Está implícito en la noción de “sudacas” con que se les denomina genéricamente.

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En el siglo XIX, en la época de Bolívar toda esta  terminología circula, además de una que él va a preferir a menudo que es la de América Meridional. Pero el siglo XIX va a conocer otras terminologías. Frente a ella se van a redefinir los conceptos bolivarianos.

Si a la reflexión sobre América de Bolívar, corresponde, como veremos, a lo que podríamos llamar el primer hispanoamericanismo. En el curso del siglo XIX surgirán otras denominaciones  que corresponden a diferentes –incluso conflictivas-  imágenes de América.

Cronológicamente, la primera es la de “América latina”. Noción inaugurada por Francisco Bilbao en una conferencia dada en París en 1856; allí mismo habla de “raza latina”. Más tarde utiliza el  gentilicio “latinoamericano”. De seguida los franceses divulgaron el término, apropiándose de él. Desembarcó con Maximiliano en México,  circulando repetidamente en el marco del panlatinismo. Uno de los grandes bloques geopolíticos culturales en que se divide le mundo en el siglo XIX. Su jefe de fila es Michel Chevalier. Tiene como voceros la Revue des Deux Mondes y la Revue de Races latines, de publicación esporádica entre 1857 y 1861.

El panlatinismo de Chevalier era un programa geoideológico que permitía legitimar la expansión de Francia en América latina. Chevalier sostenía que Europa estaba dividida en tres grandes bloques raciales: el germánico o anglosajón, el latino y el eslavo. Respectivamente los líderes de estos grupos eran Inglaterra, Francia y Rusia. Aparte de su origen la unidad del bloque latino descansaba en la tradición cultural común del catolicismo romano, al igual que el protestantismo cimentaba la alianza de los pueblos anglosajones. Las naciones hispánicas pertenecían al bloque latino—católico de Europa del Sur.

Precisamente en América el mundo latino se encontraba  amenazado por la expansión del mundo sajón. En particular de los Estados Unidos hacia América Latina, y Francia era la única potencia que podía impedirlo.

El panlatinismo formuló también uno de los argumentos que habrían de traer cola en la reflexión sobre la identidad en nuestro continente. Incluso en las concepciones políticas y que apuntan a la creación de una sociedad de progreso, con la participación de importantes movimientos migratorios.

El argumento de que si los anglosajones eran superiores  para construir una civilización técnica, los latinos tenían una cultura espiritual más alta. Esta noción estrechamente asociada al tema de la identidad fue popularizada en Francia por Renán y en América por Rodó y se emblematizó en la imagen de la oposición metafórica entre el espiritual Ariel —de la cultura latina, hispanoamericana— y el materialista Calibán, de la del norte.

El nombre América latina, sin embargo, no fue lanzado en Francia por Chevalier, sino Tisserand, en un artículo de la Revue de Races Latines de enero 1861, dónde comenta la “Situación de la latinité”. Posteriormente el Abate Domenech sobre Le Mexique tel qu’il est (1867) va a precisar L’Aménique latine; c’est dire: le Méxique, l’Amérique Central et l’Amérique du Sud.

La verdad es que si los americanos del sur se han aferrado esta noción de Latinoamérica, no obstante estar asociada a la invasión de México, es porque desde el principio se precisa como una noción opuesta al imperialista yanki. Asimismo, ella proyecta la imagen del “arielismo” americano, tópico también recogido por el segundo hispanoamericanismo, el de la hispanidad.

Curioso es que los dos americanos que relanzan, después de los franceses, el término América latina, lo hacen en obras que se refieren a Bolívar: Carlos Calvo en Anales históricos de la revolución de la América latina desde el año 1808 hasta el reconocimiento de independencia de este extenso continente (1864—1867) y José Maria Torres Caicedo en Unión latino americana, pensamiento de Bolívar para formar una liga americana, su origen y sus desarrollos (París 1865).

En realidad, pronto el latinoamericanismo va a tomar el  bastón del primer hispanoamericanismo, y asociarse al “bolivarismo”.

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Pero el siglo XIX conoce otras afirmaciones otras  identidades americanas. La más conflictiva por cierto, y sobre la cual nos parece inútil extendernos, es el panamericanismo. Dejando de lado la doctrina Monroe, podríamos decir que el nace con la primera Conferencia Interamericana en 1889. Sólo creo que conviene retener que es más o menos a partir de esta conferencia que los Estados Unidos comienzan a monopolizar el gentilicio “americano” y obligan a sus vecinos del sur a subdeterminarse.

El panamericanismo es una política, no una identidad. Nadie se llama panamericano, salvo que sea una carretera.

Poco antes había nacido el término Iberoamérica. Fue obra de la Unión Iberoamericana que se crea en 1885. Simultáneamente se publica la revista del mismo nombre. El número 1904 resulta capital para la definición del “iberoamericanismo”. En particular el artículo de Telésforo García, donde explica el “Iberoamericanismo” como una afinidad moral. Seguimos, pues, con el arielismo.

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El segundo hispanoamericanismo es obra de  la Generación del 98, desencantada de España, después que ésta ha perdido los restos de su Imperio. Nace asociado al mito de la Hispanidad y su ideólogo principal es Ramiro de Maeztu. Se diferencia de la Hispanoamérica bolivariana fundamentalmente por su lectura de la historia. En contraste con la primera que criticada duramente a España, ésta es una exaltación de la política española en el Nuevo Mundo y reacciona violentamente contra la llamada “leyenda negra”, creando otra sobre el papel de España en la formación de América: la “leyenda blanca” o “rosa”. Ella se difunde, justamente, por ser una interpretación histórica en el medio de los historiadores hispanoamericanos más conservadores.

Como ideología, el segundo hispanoamericanismo pretende  recuperar en el dominio de lo cultural lo que España ha perdido en el terreno político. Hispanoamérica es vista como un mundo unido por una lengua, una cultura, una historia y una religión pero bajo la hegemonía cultural de España. El hispanismo se convierte pronto en ideología de Primo de Rivera y, más tarde, de Franco. Su concepción de un catolicismo integrista que ha de unir al mundo hispánico la acerca a otros movimientos integristas, como la Action Française de Maurras. De ésta, copia incluso su forma de organización po1ítica, pues se organiza en una “Acción Española”

El Indoamericanismo es prácticamente una respuesta a la ideología de la Hispanidad. Nace en los países de fuerte población indígena, como una identidad de masas. Como una lectura del pasado, que comienza por cambiar el protagonista de la historia, a reemplazar al español por el indio. Ella surge en la Revolución Méxicana, se continúa en el Perú, donde es defendida por Mariátegui y el Apra. Está presente en la obra de los muralista mexicanos y en los discursos que afirman una identidad mestiza.

Por cierto que no se acaba aquí la lucha terminológica. Ella se continúa en la noción de Tercer Mundo, sobre la que no podemos detenernos por ser sobradamente conocida, pero también conoce otros nombre episódicos que no tuvieron mayor fortuna: el de Esperica de Ramón de Basterra, el de Eurindia de Ricardo Rojas, al de América Indo Española de Arciniegas, el de Amerindia utilizado más bien en los discursos antropológicos, el de América Indolatina utilizado ocasionalmente, el de Afroamérica, el de panlatinomaricanismo forma pleonástica usado sobre todo como oposición al Interamericanismo, el de Argirópolis de Sarmiento, nombre que uniría, en un solo Estado la Argentina, el Estado Oriental y el Paraguay y que tendría como capital Martín García y los de América Indoespañola o América Indo-Ibérica de Mariátegui…