El urbanismo español como política de colonización en América Latina

la ville en Amerique espagnol colonial                                                                                  séminaire interuniversitaire sur                                                                                  l’amérique espagnol coloniale
primer colloque, 4  et 5 juin 1998                                                                                  Université de la Sorbonne-Nouvelle Paris 3

 

El trabajo que presento a este coloquio recoge algunas ideas fundamentales desarrolladas en mi libro : La Plaza Mayor. El Urbanismo, instrumento de dominio Colonial.

Desde que publicara esa obra, hace ya cuatro años, mis investigaciones se han centrado principalmente en el estudio de las relaciones entre imaginario urbano y proyecto de sociedad. La ciudad colonial es un momento donde la función del imaginario urbano, en tanto aparato reproductor de un proyecto de sociedad, se expresa claramente. Pero la historia de América Latina ha conocido otros imaginarios : la ciudad neocolonial del diecinueve, norteada por la ideología del progreso, la ciudad de la Revolución Mexicana, Brasilia, Santiago de la Unidad Popular … ; y ahora, en casi todas las grandes aglomeraciones urbanas de América, el imaginario de la economía de mercado.

En la conclusión haremos referencia a esta historia del imaginario colectivo, reflejado en, la ciudad. Veamos ahora cómo él se transforma en política de colonización, durante el período de la dominación española.

Pero, antes algunas advertencias previas :

Bien que el titulo de esta comunicación aluda al urbanismo en general, pronto se percatarán ustedes que nuestro sujeto verdadero es la plaza : “la plaza mayor”, o “de armas” – según se la llamaba en las colonias.¿Por qué, entonces, podrá objetarse no haber titulado la ponencia con este nombre : “La plaza de armas .como política…, etcétera” ? Fundamentalmente por dos razones : la primera, porque en la América de la Colonia el término de plaza supone el de villa : la plaza representa y resume la urbe. La segunda, porque desde el punto de vista del análisis, centrar la atención sobre la plaza implica abordar el problema del valor dentro de la estructura urbana. En la ciudad colonial sólo el centro es privilegiado y todos, los urbícolas tienen con él relaciones que son al mismo tiempo simétricas y reversibles.

Por otra parte, en relación a la temporalidad, nuestro análisis es sincrónico, hace dos grandes cortes en el tiempo que coinciden con dos respectivos estados del sistema urbano : origen de la ciudad o génesis de la estructura (período que termina con la Provisión de Felipe II en 1573). Segundo, funcionamiento de la plaza colonial. Estado sincrónico en que el sistema de formas se mantiene válido, aproximadamente en todas las ciudades de América,  hasta la  segunda  mitad del siglo XIX.

¿Cuáles son los elementos básicos que constituyen la ciudad colonial ? Fundamentalmente dos : el plano en damero, es decir, la organización ortogonal del espacio y la plaza central de tipo monumental. Si uno y otro forman el sentido de orientación urbano del indiano, la plaza se reserva el derecho de configurar la imaginabildad de la ciudad. Mientras se mantuvo el imaginario urbano de la Corona, la plaza se identificaba con la ciudad. Era su centro geográfico, su centro simbólico y su centro activo. La representaba y asumía la casi totalidad de sus funciones. Era, pues, un punto de referencia privilegiado. A diferencia de otros modelos urbanos en que el imaginario se encuentra distribuido en todo el casco, en la ciudad colonial los puntos de referencia o de anclaje sitúanse todos en la plaza, agrupados, reforzándose unos con otros* La plaza era el punto de referencia por excelencia de la ciudad. Como tal la fuerza que irradiaba era inmensa. Y dado que pretendía persuadir a la población para reproducir o instalar un modelo de sociedad, esta era una fuerza ad homine.

La ciudad colonial se crea como una organización nodal, por ello extrae su identidad de su foco. Establécese así un sistema jerárquico a partir de ese centro. La plaza es el nudo, el punto de anclaje. Lo es no sólo porque se encuentra físicamente en el medio, sino porque constituye un lugar distinto y que no se puede confundir con ningún otro. Porque es utilizado y frecuentado intensamente. Cada uno conocía perfectamente a todos los habitantes de la ciudad porque los encontraba a cada momento en la plaza. Un extranjero era inmediatamente percibido. La fuerza de su carácter visual es reforzada por su utilización y por su significación de poder. Evocaba la plaza la imagen de una inmensa potencia. La imagen de Dios y el emperador. La imagen del colonizador. De ahí su fuerza colonizante.

 La Plaza en la política indiana.

El núcleo de todo asentamiento que fundaron los conquistadores fue la plaza. Si en muchas partes se la llamó ” de armas” fue por el carácter de campamento fortificado que tenía toda nueva fundación en América. Esta concepción de ciudad/campamento está claramente expresada en la Cédula de 1568 del Virrey del Perú, don Francisco de Toledo : “Elegido el sitio del lugar donde han de poblar, daréis orden de que edifiquen sus casas haziendo con ellos alguna manera de fuerça, donde si conuiniere se puedan defender ellos y sus ganados si los indios los quisieren ofender.”

Las ciudades fueron la piedra angular del avance en los nuevos territorios durante la Conquista. Durante la Colonia lo fueron de la organización de la vida económica, social y política. Es por ello que asumieron el carácter centralizador y representativo de la vida del país.

Este esquema de colonización fundado en ciudades que irradian al contorno, ha sido bautizado por el geógrafo Jean Gottman, colonización “nuclear”, en oposición a los frentes de colonización anglosajona (1). Apenas unos años después de iniciada la Conquista las “Instrucciones” que se dictan para los conquistadores comienzan a precisar, tanto el sitio que debe elegirse para la fundación, cuanto los principios de orden que deben tenerse en consideración para fundar ciudades. En todas estas Instrucciones, que a menudo repiten textualmente el mismo párrafo, hay ya una clara política de estructuración social a través del urbanismo. La “Instrucción de 1513” dada por el Rey a Pedrarias Dávila es un modelo del género, que se repite hasta 1573 :

7. Vistas las cosas que para los asientos de los
lugares son necesarias» é escogido el sitio mas
provechoso y en que incurran mas de las cosas
que para el pueblo son menester, habéis de
repartir los solares del lugar para facer las
casas, y éstos han de ser repartidos segund la
calidad de las personas, é sean de comienzos
dados por orden ; por manera que, hechos los
solares, el pueblo parezca ordenado, así en el
lugar en que hobiere la iglesia, como en el
orden que tovieren las calles, porque en los
lugares que de nuevo se hacen dando la orden
en el comienzo, sin ningún trabajo ni costa
quedan ordenados é los otros jamás se ordenan.

Antes de 1573 no se encuentra disposición alguna que imponga en forma clara la planta tablero en la fundación de las nuevas ciudades. Sí en cambio, desde las primeras Ordenanzas se observa que la principal base urbanística en que descansa este orden es la plaza. El trazado de calles se menciona en segundo lugar y en ningún párrafo se afirma que él deba ser ortogonal. Llama por eso la atención que todavía hoy algunos autores afirmen que ya, desde 1523, se encontraba en las Leyes de Indias este esquema de planificación. Es el caso de la Exposición del Urbanismo Español en América, que organizó el Instituto de Cultura Hispánica en 1973 (cf. Catalogo). Revisando atentamente la Recopílación se advierte que en ella no figura disposición alguna anterior a 1573 que hable de la planta de la ciudad. La disposición de Carlos I de 1523, que citan los autores, se refiere exclusivamente al lugar que debe ser elegido para fundar la ciudad (2). Sólo en las Ordenanzas sobre Descubrimientos Nuevos y Poblaciones, de 1573, dictadas por Felipe II en Bosque de Segovia, se impone en forma indiscutible el sistema de parrilla y en especial la plaza mayor como fundamento organizador de la planificación :

Llegando al lugar donde se ha de hazer la
población, el qual mandamos que sea de los
que estuvieren vacantes, y que por disposición
nuestra se puede tomar sin perjuyzio de los
indios y naturales, o con su libre consentimiento
 se haga la planta del lugar repartiéndola por
sus plaças calles y solares a cordel y regla,
començando desde la plaça mayor, y desde allí
sacando las . calles a las puertas y caminos
principales.

 

Ideología de la ciudad colonial

Una vez descrita la estructura, lo que interesa es analizar la función que cumple la ciudad, en particular a través de la plaza, en tanto organismo regulador de las relaciones entre colonizadores y colonizados. En efecto, ella refleja y genera las pautas de incorporación del indígena a la nueva sociedad. Es en este aspecto donde la ideología que orienta al conquistador asume un papel de primera importancia.

Desde un punto de vista religioso esta ideología se expresa en una determinada concepción de la gracia.

La concepción de la gracia es un punto central de oposición entre la Reforma y el catolicismo jesuítico, especialmente después de esclarecida la doctrina en el Concilio de Trento. Ambas nociones parten del supuesto común de que el hombre no tiene posibilidades por sí solo para salvarse. La diferencia nace cuando se piensa quiénes y cómo han de salvarse. Los protestantes creen que la gracia es determinante y afirman la predestinación – Dios confiere la gracia a unos y la rehúsa a otros-, negando, en consecuencia, el libre albedrío. El catolicismo peninsular afirma que la gracia es el medio a través del cual Dios capacita la voluntad humana para ejecutar la voluntad divina.             .

Las diversas concepciones de la gracia constituyen elementos definitivos para precisar los modelos según los cuales se traban las relaciones entre conquistadores y conquistados. De igual modo esta concepción se encuentra en la génesis de los criterios valorativos que hacen preferir una determinada estructura urbana como asiento de esas relaciones.

La doctrina de la predestinación, que afirma que la gracia es un don gratuito, que Dios hace al hombre independientemente de sus méritos, se funda originariamente en San Agustín (3). Fue desarrollada durante la Reforma por Lutero en De servo arbitrio (1525) y defendida radicalmente por Calvino en Institution de la Religión chrétienne (1541). Ambos niegan absolutamente el libre albedrío, todavía defendido por Agustín.

Entiéndese la gracia, como predestinación, y en consecuencia, los “elegidos” se piensan como una comunidad excluyente a la que nadie puede incorporarse. Es por ello que los colonizadores anglo-sajones, en su mayoría puritanos, no desarrollaron durante los primeros siglos de su instalación en el Nuevo Mundo labor misional alguna. Sólo a fines del siglo XVIII comienza un verdadero movimiento misional protestante, al fundar en 1792 William Carey la “Sociedad Misional Bautista” que comienza a trabajar en la India (4).

Cómo afecta esta doctrina la estructura urbana, se advierte claramente si se piensa que la ciudad es el asiento de una comunidad y la concepción urbana depende de la idea que esa comunidad tenga de sí misma y de su relación con el mundo. Toda doctrina determinista es insita a una visión del mundo de corte maniqueo, que separa tajantemente a los hombres entre “buenos” y “malos”, entre “dignos” e “indignos”, entre “blancos” y de “color”, entre “elegidos” y “condenados”. El que ha recibido el “don de la gracia”, en el caso de América anglosajona el colonizador puritano, es un “elegido”, que forma con los otros una “comunidad cerrada” que reproduce la “comunidad divina”* Los no elegidos, los condenados, debían mantenerse alejados de la comunidad.

Es así como los puritanos prefieren la ciudad cerrada que mantenga alejado al gentil, con el cual solo se traban relaciones extramuros. Al igual que en las comunidades islámicas, incluso las relaciones comerciales con los infieles (el mercado) tienen lugar al otro lado de los muros, de la empalizada o a las puertas de la ciudad (5). A su vez, la plaza de armas, definida principalmente, como veremos, por su función interrelacionadora de fieles y paganos resulta sin sentido para esta ideología. No hay ninguna labor misional que deba cumplir el imaginario urbano.

Frente a la doctrina del servo arbitrio afirma el catolicismo español la del libero arbitrio.  Sus fuentes principales se encuentran en los tratadistas medievales : San Anselmo y Santo Tomás (6). La doctrina es defendida en el umbral del siglo XVI por Erasmo y se convierte en oficial con la Contrarreforma. Los jesuitas la sustentan los primeros. Lo que se explica plenamente si se piensa que esta doctrina – que implica la labor misional- es casi la esencia de la orden. Pablo III al aprobar sus estatutos les había conferido la misión de convertir a los infieles, herejes, ateos, tibios…

La doctrina del libre arbitrio inspira, junto a otros factores por cierto, la política española en Indias. Sirve de fundamento a sus títulos de dominio – ya la bula Inter caetera (4 de mayo de 1493) impone la labor misional como fundamento del dominio de las tierras recién descubiertas, afirmando que los indios estaban capacitados para recibir la fe – y actúa como un fondo ideológico que ayuda a comprender las numerosas leyes de protección al indígena y la implantación de las estructuras sociales y culturales. En lo que aquí interesa la doctrina del libre albedrío favorece la implantación de una determinada estructura urbana : la ciudad abierta con un centro de convergencia, donde se relacionan fieles y gentiles. Un “centro” que facilita el adoctrinamiento de los indios y que hace de la actividad misional una forma de lo cotidiano.

Cuánta importancia se atribuye a la estructura urbana en la política colonial y cuan trascendente se estima su función en la labor de evangelización, queda

de manifiesto en numerosas reales cédulas e informes de autoridades del dieciséis: La Cédula de 1583 a Don Martín Enríquez, Virrey de Nueva España, es un buen ejemplo :

Y porque tenemos entendido que para ser doctrinados
e instruidos los dichos Indios es cosa
muy importante el reduzirlos a pueblos, para
que en ellos se tenga cuenta con su manera de
vida y costumbres, y se persuadan al verdadero
conocimiento con la suavidad de la doctrina (7).

La fundación de pueblos de indios es una forma de reducirlos políticamente y adoctrinarlos. El mismo esquema es utilizado en los villorrios indígenas que fundan los franciscanos en Bolivia Oriental y en las reducciones jesuitas de Paraguay y Misiones.

El acuerdo entre la Iglesia y el Estado es total en este punto. Netamente se expresa en el Primer Concilio de la Iglesia Mexicana de 1555. Allí se afirma que los indios deben ser persuadidos o compelidos por las autoridades legales si es necesario a que se congreguen en pueblos donde puedan vivir de manera política y cristiana (8).

La plaza mayor desempeña un papel de primer orden en este urbanismo político colonial. Su función queda desnuda en diversas ordenanzas de gobernadores y cabildos que imponen la obligación de llevar a los indios todos tos domingos a misa en la Catedral. El documento más elocuente es un acuerdo del Cabildo de Santiago de Chile de 1552. Demuestra hasta que punto los conquistadores tenían precisa la función ideológica que desempeñaba la estructura urbana. En él se justifica la fundación del mercado en la plaza, aduciendo que la presencia diaria de los indios en el terreno, próximo a la Catedral, contribuirá a su conversión. Entre otras razones se argumenta que a través del tiánguez (mercado) se podrá ejercer un eficiente control político sobre el indio, sofocar sus eventuales sublevaciones, incorporarlo a la economía de mercado y last but not least rescatar el oro que aun pudiera encontrarse en sus manos: 

El cual dicho tránguez estuvo y se puso en la
plaza publica, y en ello se servía a Dios, y a
S.M. y a usía, e era en gran pro de los
naturales por las razones que diré. Lo primero
que estando como esta la santa iglesia en la
plaza, los naturales que están en el tránguez,
ven administrar los divinos oficias, y es parte
para que ellos y todos los demás indios vengan
más presto, vengan en el conocimiento de nuestra
santa fe. Y lo otro, como vuestra señoría
bien sabe, lo principal que las ciudades honran,
son las ferias y mercados que hai en ellas. Lo
otro, sírvase Dios y S.M. que los naturales
tengan libertad para que contraten unos con
otros, y excuse que los dichos naturales no
vayan a las tiendas de los mercaderes, adonde
les llevan doblado de lo que vale. Y lo otro, es
público y notorio que la cuarta parte del oro
que se saca en las minas, hurtan los indios, y
como está en poder de ellos, es mejor que
torne a volver a poder de los españoles ; y
S.M. en ello recibe provecho, porque se le
acrecientan cada un año cantidad de veinte mil
pesos de quintos… Y como tengo dicho, mejor
es que el oro esté en poder de los españoles,
que no en el de los naturales. Y lo otro,
cualquier hurto que en la ciudad se hace, en el
trángues se descubre. Lo otro, cualquier secreto
que en la tierra hai, ansí de alzamiento de
naturales como de minas de plata y oro, se
descubre, a causa de las comunicaciones que
los españoles tienen con los naturales. Y por
estas causas y otras muchas que podría decir,
vuesa señoría debe mandar, que el tránguez
vaya adelante y se haga como por el cabildo
de esta ciudad está mandado… (9)

España tuvo plena claridad sobre la forma en que la labor misional sustentaba su política de dominio en el Nuevo Mundo. El desarrollo de la tendencia a la obediencia y la subordinación a la autoridad que imponía la Iglesia, implicaba también imponer el amor y la veneración por el soberano español. Palmariamente lo señala Las Casas en una carta al rey del 1 de octubre de 1535 : “Este, señor, es el pie primero y la puerta por donde en estas tierras conviene saber que primero reciban estas gentes a Dios por la fe de su Dios y después al rey por su señor. (10)” Los misioneros debían “hacerles saber – a los indios – que hay un Dios y un Rey, a quienes respectivamente deben amar, obedecer y servir”(11). En numerosos testimonios de los misioneros se insiste, con orgullo, en haber cumplido ambos propósitos. Adrián de Uffelde se gloriaba en 1647 de haber hecho de indios fieros “mansos corderos e hijos de la Santa Iglesia Católica Romana y vasallos del Rey de España” (12). La estrecha vinculación que la Corona veta entre ambas actividades : la labor misional y la tarea de dominación, se expresaba patentemente en la desconfianza con que ésta miraba el paso de misioneros “extranjeros” a América, especialmente de aquéllos que pertenecían a países enemigos de España.

La ciudad colonial es sólo uno de los grandes momentos en la historia de la ciudad americana, en que, a través de un imaginario urbano, se funda y se reproduce un proyecto de sociedad.

Cierto es que no hay proyecto de sociedad alguno que no se reproduzca en el imaginario urbano. Este es indispensable para hacer funcionar la hegemonía política en la sociedad civil. Es él el que fija el modo de vida, el que impone nuevos valores, él el que reivindica un pasado y propone un porvenir fijando la dirección de la historia.

En este sentido, y a grandes lineas, a partir del modelo colonial, encontramos en América otros modelos fundamentales :

El de la ideología del progreso en el siglo XIX, asociado al tema de la civilización que plantearon los “emancipadores mentales”, como se llamó a la generación de Sarmiento y Alberdi. Propio de una filosofía positivista que veta la civilización análoga a la vida citadina, en tanto que la barbarie era la campaña. Este modelo es un modelo recolonizador, sobre todo en el proyecto político liberal-occidentalizante que caracteriza a los países del Cono Sur. Se basa en la inmigración y su fe ilimitada en el progreso se expresa en la arquitectura en metal que domina la segunda mitad del siglo XIX. Es ella el signo de los tiempos, del triunfo de la ciencia y de la tecnología. Ella es la arquitectura del positivismo.

La revolución mexicana representa el triunfo del campo sobre la ciudad. Es en este sentido un rechazo de la modernidad urbana y del colonialismo que postulaban los “científicos” positivistas. Este rechazo va a expresarse en la recuperación de la tradición precolombina y en la reivindicación del indio. Demás está decir el papel que en la plasmación de este imaginario urbano desempeñaron los pintores muralistas.

No obstante que Brasilia es prevista desde fines del dieciocho, ella nace en la época de Kubitschek de la idea de ampliar y restablecer el consenso social. Es el deseo de concertar a través del imaginario urbano un pacto social. El imaginario de Brasilia es la expresión de los tres elementos que caracterizan el modelo brasileño : modernidad, negación de la lucha de clases y conquista. Es una ciudad que, de acuerdo al espíritu de Le Corbusier, está destinada a evitar cualquier desbordamiento. Recuérdese lo que decía éste en Vers une Architecture : “Arquitectura o revolución, se puede evitar la revolución”.

La creación de un hombre nuevo y el desarrollo de otra ética ha sido una de las metas explícitas de la Revolución Cubana. Semejantes fines implican un cambio en el cuadro de vida y en el imaginario urbano. Esperando que los sistemas de información permanentes – mucho más lentos – se pongan en marcha, es la gráfica la que ha tomado la responsabilidad de cambiar la imagen de la ciudad.

Algo semejante ocurrió en Chile durante la Unidad Popular, donde fueron las brigadas muralistas las que trataron de traducir el programa político en el imaginario urbano.

Hoy día domina en el imaginario el proyecto de la economía de mercado. Asociado éste a la ideología del bienestar, se orienta por las leyes del consumo. En ese sentido adhiere solamente al presente ; busca suprimir un proyecto de futuro. A través de este imaginario los gobiernos autocráticos manipulan a las masas, les hablan del éxito que prueba el consumismo y las incitan a una participación social en la sociedad consumidora e individualista. Las incitan a una participación atomizada y puramente pasiva, es decir, a integrarse y no a participar.

 

NOTAS

1 – Cf.  Gil Munilla,  Ladislao ,”La ciudad hispanoamericana” (295 – 310). Estudios Americanos. Vol XI, Nº 48, p. 303. Sevilla 1955.
2Cf. Rojas Mix, La Plaza Mayor. El urbanismo, instrumento   de dominio colonial. Muchnick ed.,  1978. Nota 57.
3De Civ. Dei XIII, XIV y XV, 11. De gratia et libero arbitrio (1525).
4 – La primera, sociedad misional fue fundado en 1702, pero sólo con Carey comienzan las misiones protestantes verdaderamente. Cf. Leslie Dunstan, J. Protestantismo, Barcelona,  1963,  p. 137.
5 – Según Weber –Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. México / Buenos Aires. 1964. P. 464 el ascetismo intramundano plantea una concepción análoga general a la del islamismo. La violencia contra el pecador no presenta ningún problema moral.
6 – San Anselmo. Concordia de la presencia de la predestinación y de la gracia de Dios con et libre albedrío (1109)   y Santo Tomás. Summa Theologica. (III q. 112, a,3).
7 – Encinas. Cedulario Indiano IV. 1596. p. 272 ss.
8 – Cít. por Mc Andrew. The Open-air churches of sixteenth-century Mexicos. Cambridge. Massachusettss 1965. P. 91.
9Colección de Historiadores de Chile y Documentos relativos a la Historia Nacional. I. 1861. pp. 307 ss.
10 – Cit. por Hanke, La Lucha por la Justicia en la Conquista de América. Buenos  Aires. 1949. p. 471.
11 – Cit. por L. Aspurz, La Aportación extranjera a las misiones españolas del Patronato Regio. Madrid. 1946. P. 261.
12 – Ibid. P. 275.