El “orden” autoritario y la subversión de la cultura

Este ensayo fue publicado con el título de “LOS INTELECTUALES Y LA CULTURA” Caminos de la  democracia en América Latina.
Fundación Pablo Iglesias, Madrid 1984, pp. 131.137

Mi participación en este seminario se inscribe en ese campo vago, impreciso y polémico que es la cultura y sus relacionescon el autoritarismo. La sola delimitación del campo, al igual que la aislada precisión del concepto, darían lugar a múltiples divergencias. Consciente de estos riesgos y de las numerosas equivocidades que es preciso sortear para abordar el tema, mi participación responde más que a un gusto por los laberintos a una necesidad: la de intentar comprender cómo el autoritarismo no sólo reprime el derecho a la cultura, sino que intenta servirse de ella, creando una cultura autoritaria, que le permita legitimarse y reproducirse. Sobre todo, porque decir únicamente que las dictaduras son enemigas de la cultura, resulta demasiado simple, simplista incluso. Las dictaduras, si bien son enemigas de una cultura democrática, tienen, por el contrario, necesidad de desarrollar una cultura autoritaria, para intentar primero legitimarse y luego generar la forma de consenso que necesitan para mantenerse en el poder. Como decía un general de Napoleón: “las bayonetas sirven para casi todo, salvo para sentarse encima.

Es esta cultura autoritaria, por lo demás, la que va a permitir a los dictadores legitimar un estado permanente de denegación de justicia en nombre de valores que si son económicos y sociales, son reproducidos como tales a través de la cultura: una determinada concepción de la familia, de Dios, de la propiedad, etcétera.

La segunda parte de mi intervención se refiere a ese personaje que es uno de los protagonistas de la cultura, a ese que reparte el juego, como diría Huizinga en el Hommo Ludens: al intelectual. Intenta ver de qué forma se inscribe éste en la dialéctica cultura democrática/cultura autoritaria.

Pero, antes de abordar el tema, creo conveniente precisar algunos conceptos. En primer lugar, la noción misma de autoritarismo. Si hablamos de él es porque el término se ha impuesto en estos últimos años, en particular en torno a los ideólogos de Reagan.

No obstante que su origen le hace cubrir todos los regímenes de excepción (es sinónimo de absolutismo político), en el contexto de la política de Reagan el término «autoritarismo» tiene un envés de dictadura. En efecto, él fue puesto en circulación

para distinguir a los regímenes militares de América Latina de los totalitarismos del otro lado del «telón de acero». La distinción resulta incluso ingenua, pues se limitaba a afirmar que los regímenes totalitarios violaban todos los derechos humanos; en cambio, que los regímenes autoritarios eran los que, aunque violaban «un poco» los derechos humanos, eran amigos de los Estados Unidos. Esta distinción es ilustrada reiteradamente en libros y en declaraciones oficiales. Norman Podhoretz la formula en uno de los libros de cabecera de la administración republicana; The present danger. El totalitarismo, dice, supone el dominio total de todos los aspectos de la vida por el Estado. Es el mayor mal político de nuestro tiempo. En cambio, los regímenes autoritarios, sin ser democráticos, tienden a permitir un grado mucho mayor de libertad que los sistemas comunistas. Jeane Kirkpatrick completó esta distinción de declaraciones al New York Times, al ser designada por Reagan embajadora ante las Naciones Unidas. Dijo entonces que si los Estados Unidos se encontraban frente a la alternativa de apoyar a un gobierno autoritario «moderadamente» represivo, pero que fuera amigo de los Estados Unidos, o dejar que lo derrocase la guerrilla apoyada por los cubanos, ayudarían sin vacilar al gobierno autoritario.

Dos efectos principales tiene la utilización del vocablo «autoritario». Por una parte borra la noción de dictadura y la reemplaza por la de régimen militar autoritario. La dictadura que, por definición y por su origen como magistratura romana, es una institución esencialmente transitoria, se transforma en una concepción del Estado, en que Estado se confunde con ejército. El segundo efecto consiste en banalizar la violación de los derechos humanos. La idea de que en el autoritarismo su violación es un hecho venial, radica en un axioma asociado a la imposición del modelo económico neoliberal: que la libertad de mercado genera automáticamente las otras libertades. Así negaban los regímenes militares que han impuesto este modelo, hoy en crisis estruendosa, la gravedad de su violación sistemática de los derechos humanos, repitiendo esta idea de los grandes teóricos del monetarismo: Friedrich August von Hayek y Milton Friedman. Por eso, un régimen autoritario no puede representar a los ojos de esta concepción un sistema de violaciones capitales de los derechos del hombre, ni mucho menos puede ser comparado a lo que en esta materia representan los regímenes totalitarios.

Esta noción de autoritarismo, uno de cuyos aspectos fundamentales es la confusión entre el ejército y el Estado, plantea, a su vez, otro problema fundamental: el de la compatibilidad de la institución ejército con la democracia. Y, cuando digo institución ejército, no me pregunto sólo si el ejército en el poder es compatible con la democracia, sino si incluso lo es el ejército en cuanto a estructura, tal cual existe actualmente. Pues, ¿qué pensar de un ejército que aun cuando pase a la reserva política, cree tener entre sus fines institucionales, más que la defensa de las fronteras, el mantenimiento del «orden interno»? Una institución semejante necesariamente se transforma en una fuerza que mantiene la democracia bajo vigilancia para impedir que sea… demasiado democrática.

Por otra parte, la noción de democracia es igualmente ambigua. Nosotros la usamos en el sentido de democracia política: un individuo/voto, a lo Rousseau. Pero hay otras nociones. Todavía Jacques Maritain en una brochure que publicara en 1925, con el significativo título de Une opinión sur Charles híaurras et le devoir des catholiques, distinguía tres sentidos de la palabra: la democracia social, recomendada por los papas y que no era otra que el deber de caridad y de justicia con las clases trabajadoras; la democracia política, entendida en el sentido de Aristóteles y santo Tomás, en que el demos, el pueblo, es restringido y convive con los metecos sin derechos políticos y los esclavos obligados a trabajar; y el democratismo o democracia a la Rousseau, que Maritain criticaba severamente, acusándola de confundirse con el dogma del pueblo soberano y los dogmas de la voluntad general y de la ley expresión del número. Aparte de que creemos que el único concepto de democracia política que hoy podemos retener es el de Rousseau, creemos que éste no basta. Debe ampliarse en una democracia social. No en el sentido de las encíclicas fundado en la caridad, sino en el sentido de la redistribución social, fundado en la esperanza y en la «utopía concreta» según la redefine Ernst Bloch. Debe ampliarse incluso en la democratización de ciertos conceptos estimados suficientes por la democracia política como el concepto de representatividad. Debe ampliarse en el sentido de democratizar las instituciones y los partidos; que no necesariamente por defender ideales democráticos, lo son ellos, ni su organización corresponde a dichos ideales, Es aquí donde la cultura puede desempeñar un papel fundamental en el proceso de democratización y consolidación de la democracia.

Pero también la noción de cultura es ambigua. Puede entenderse como un epifenómeno social, como superproducción, abarcando el arte, la literatura, la pintura, la música, etc. Puede entenderse como una cultura de élites; pero también puede entenderse como un consenso social, fundado en un sistema de valores. Es precisamente en el sentido del consenso en el que el autoritarismo necesita desarrollar una cultura autoritaria para obtener a través de ella su legitimación. De esta forma extiende su poder sobre la sociedad civil, se legitima, busca ampliar su base de sustentación y se reproduce. En este sentido, la cultura-consenso es expresión de una política cultural del autoritarismo, que realiza a través de dos procesos que, aun siendo distinguibles, no son separables. Y que vamos a distinguir por razones metodológicas: los procesos autoritarios y la ofensiva ideológica.

Los procesos autoritarios los vemos fundamentalmente expresados como procesos de represión y de selección. En el apartado educacional estos procesos están bien documentados por las estadísticas: privatización de la enseñanza a todos los niveles, reducción del número de estudiantes, enucleación de estudios de contenido «subversivo», etc. La ofensiva ideológica, por su parte, está basada en la difusión de todo lo que podríamos llamar ideologías del autoritarismo. Estas ideologías tienen larga tradición en América Latina. Son difundidas en el siglo xix por el positivismo comteano; perfilándose más severamente como consecuencia de la crisis del año 1929. Un globo de ensayo fue la dictadura de Uriburo en Argentina.

Las ideologías autoritarias tienen distinta incidencia en el discurso de las diversas fracciones del bloque en el poder, convirtiéndose en ideologías hegemónicas, según sea la correlación de fuerzas en el interior de este bloque. Así vemos, por ejemplo, que en una primera etapa en Chile aparecen, como ideologías dominantes, las integristas, entre las cuales se pueden mencionar algunas tradicionales en España: la de la hispanidad, la de lacivilización cristiana y occidental, la de decadencia y la de cruzada. En un segundo momento, a partir del año 1975, va a dominar la ideología monetarista. Es la del American way of life, que impone también una cultura para sustentarse: la del consumismo y de la asignación del estatus por el dinero. Resulta fundamental, para el autoritarismo monetarista, la reorganización de la pirámide social a través de procesos de selección crematísticos. La democracia aparece aquí como una especie de emanación del mercado, y la cultura estrechamente vinculada a él. La noción de «democracia» es restringida y elitista. Hay una nueva visión de la cultura que desconfía profundamente del saber humanista para manifestar una fe sin críticas en el saber tecnocrático. Esta desconfianza en la cultura es sobre todo una desconfianza en el intelectual, y nada expresa mejor este tema que un famoso documento de la Comisión Trilateral, denominado The crise of democracy.     

 

En este informe presentado a la Comisión Trilateral por Michel Crozier, Samuel P. Huntington y Joli Watanuki, los teóricos de la Comisión, que reúne a los más grandes empresarios del mundo, se alarmaban por el papel que desempeñaban los» intelectuales dentro del sistema democrático. El régimen democrático es demasiado permisivo —afirmaban— y hay que limitarlo. Su permisividad permite, por una parte, que demasiada gente tenga acceso a una educación superior; y, por otra, que en su seno se genere un intelectual «portador de valores», que es un intelectual contestatario, engagé, que se opone al sistema. Este intelectual —afirma el informe— es peligroso y hay que eliminarlo. Es preciso reemplazarlo por otro, por el «intelectual práctico» (técnicos, gerentes), por aquel que se orienta hacia la incorporación en la industria y no reflexiona ni sobre problemas sociales ni sobre problemas filosóficos. Este cambio de intelectual implica, por cierto, modificar el proyecto de sociedad liberal, transformando los valores y cambiando los signos de prestigio. Es la reacción contra la idea de engagement y del intelectual sartreano.

A menudo se plantea que la alternativa al autoritarismo es el totalitarismo. Esta es una visión maniquea de la cultura, dentro de la cual no puede existir ninguna cultura democrática. Lo grave de esta visión maniquea es que se niega el espacio al otro y que en ella se define la libertad en una sola dirección. La libertad es un fenómeno dialéctico que se multiplica con la historia, y por eso mismo es inagotable. Justamente, la libertad se siente siempre cuando se la niega. Es por eso por lo que las llamadas libertades reales como comer, educar a nuestros hijos y otras tantas, son fundamentales y hay que satisfacerlas, pero una vez satisfechas generan nuevas luchas por ]a libertad. Lo grave es cuando los fenómenos históricos los transformamos en naturaleza, cuando hacemos del bien o del arte no la concretizacíón de lo que los hombres pensaron, amaron o hicieron en su momento determinado, sino un valor absoluto que está por encima de sus voluntades. Lo grave es cuando nuestros conceptos marginalizan a un grupo de la humanidad que no tiene el mismo color de piel, la misma religiosidad o el mismo credo político que nosotros. Lo grave es cuando las palabras se usan y se desgastan como decía hace poco Julio Cortázar y no sirven para otra cosa que para exorcizar y para indicar al enemigo, perdiendo su contenido de verdad. Lo grave es cuando el universalismo se transforma en occidentalismo, según han hecho las dictaduras militares en nombre de una fingida defensa de una cultura antitotalitaria, y cuando esta noción sirve para legitimar la usurpación del poder, para perseguir, para torturar y para violar. Ya lo decía hace más de cincuenta años uno de los más grandes pensadores de nuestra América, el peruano Mariátegui:  «La precipitada definición del orientalismo como equivalente o sucedáneo del bolchevismo arranca del erróneo hábito mental de solidarizar absolutamente la civilización occidental con el orden burgués».

En el campo de la represión, esta noción de «occidentalismo» resulta capital para el proyecto político dictatorial. La dictadura necesita fijar la vida, detener la sociedad, definir la cultura en una sola dirección y ni siquiera le basta con reprimir la expresión y la creación, debe incluso sofocar el pensamiento. Para la dictadura no es suficiente imponer la autocensura o la censura de la palabra escrita, debe ahogar incluso la posibilidad de pensar.

Y qué ejemplo más brutal de represión al pensamiento que el Acta Constitucional N. 4, dictada en Chile en 1976. Esta acta repetía en diversos artículos que el presidente de la República tenia la facultad de declarar el estado de emergencia, con la consiguiente supresión de las garantías individuales, en los casos de… subversión latente.

Y no se trata sólo de que este artículo constituya un texto de antología en la historia de la institucionalización de la voluntad del déspota como ley, sino en lo que se refiere a nuestro tema. ¿se puede acaso concebir el arte o la cultura creativa sin subversión? Subversión viene del latín subverto, que en una de sus acepciones quería decir remover lo de arriba a abajo como cuando se ara, como cuando se cultiva. Y de cultivar viene cultura. ¿Se puede acaso crear sin remover un orden? Todos los grandes artistas han revolucionado su época. Y la creatividad que renueva la cultura, que hace de ella una cultura libre, original, ajena a los colonialismos, ¿es acaso otra cosa que subversión latente?