El Imaginario patriarcal: De Eva a Jeniffer López: Sumisión y resistencia*

Como imagen que el hombre impone a la mujer y a la cual ésta se somete o se rebela, el imaginario patriarcal, si bien comienza en la Biblia, con Lilith y Eva, se configura como paradigma familiar en los poemas homéricos. Desde entonces, escindido entre el imaginario familiar y el imaginario erótico, recorre la historia hasta nuestros días.

En la literatura occidental el imaginario patriarcal, “in familia”, comienza cuando las mujeres se distancian de las diosas. Las diosas eran fuertes y poderosas, guerreras como Atenea la de la mirada glauca; perseguidoras como las Erinias, llamadas “Furias” por los romanos; brujas como Circe, que podía transformar a los hombres en cerdos; embaucadoras como las sirenas que cantan para perdición de los marinos; seductoras como Afrodita hieródula, que hacía practicar la prostitución ritual a sus seguidoras. En fin, personajes míticos que no han dejado de transmitir sus atributos a los estereotipos de la fémina. Tampoco podemos olvidar que las musas son mujeres. Clio, la más venal, aficiona a acostarse con el vencedor. En todo tiempo hubo mujeres que asumieron el papel de musa inspiradora… Ninguna diosa era mujer de hogar ni objeto sexual. Ello quedaba reservado a las humanas: Helena, es trofeo de guerra, Penélope, a la espera de Odiseo, teje y desteje su sudario durante 20 años. A diferencia de Helena es la esencia de la fidelidad. Estatuas y vasos con pinturas narrativas cuentan estas historias. No falta, sin embargo, en esa Antigüedad, la presencia de la mujer intelectual, Hipatia de Alejandría, filósofa neoplatónica y seguidora de Plotino, fue gran matemática y dominó las letras y las ciencias entre los siglos IV y V. El Imaginario patriarcal es poco generoso con la mujer docta –como fueron los bandos de cristianos que sacrificaron a Hipatia. Tal vez por eso Hipatia ha pasado con dificultad a la historia de la filosofía. Rafael la sitúa, bella, en su gran fresco sobre la Escuela de Atenas. Hoy la recupera el cine. Agora, el film de Amenábar, está basada en su vida

La estatuaria es la primera fuente para apreciar la idea de belleza femenina en la Antigüedad. Antes de la historia y mucho antes del cincel de Fidias y Praxíteles, en la prehistoria, se encuentran ya pequeñas estatuillas de mujeres. Venus esteatopigias de formas abundantes yacidas en cientos en sitios. Actualmente la antropología supone que, más que diosas, como se afirmó en una época, eran talismanes que favorecían la procreación y las cosechas.

Gran parte de la historia del imaginario patriarcal puede seguirse a través del arte. El artista a la vez que da testimonio va creando imaginario, plasmando tipos. En particular a través de un género primoroso en el que señorea la mujer: el desnudo. El desnudo alcanzó su apogeo durante la Antigüedad clásica y el Renacimiento. Se saltó la Edad Media, sin duda por la obsesión religiosa de la época. No obstante se ven algunas representaciones de Eva, pero esquematizada o semi cubierta. En ciertas culturas el desnudo puede considerarse erótico; en otras simplemente un estado normal al que no se asigna ninguna sensación o emoción particular. En las primeras civilizaciones de la cuenca del Mediterráneo solía considerarse desnudez el hecho que las mujeres mostraran en público su melena. La ocultación de la cabellera femenina también existió aunque más moderada en las antiguas Grecia y Roma. En la Roma clásica sólo la lupa (lupa = “loba” = prostituta) llevaba el pelo suelto; La semidesnudez fue un tema erótico reiterado en la estatuaria griega, así como el de la mujer saliendo de las aguas con sus ropas empapadas modelándole el cuerpo, a la manera de La Victoria de Samotracia. Un tema que se hace moda con el estilo imperio, el derivado napoleónico del neoclasicismo. Las mujeres para evidenciar su figura humedecían sus ropas. El frío parisino no perdonó. Lo pagaron con una epidemia de gripe: la “enfermedad de las muselinas”, en memoria de Mesalina, la licenciosa emperatriz romana. El tema de la mujer y el agua recorre la historia del imaginario erótico y, pasando por la Venus de Boticelli, llega a nuestros días en retratos como los de Ursula Andress y Jeniffer López.

En el arte de la Edad Media, la dicotomía en la efigie de la mujer es radical. Existe como modelo e ideal de virtud : la Virgen María (Virgen y madre) o en cuanto culpable del « pecado original » : Eva. Como Virgen es un arquetipo, una imagen-concepto: “la mujer”. Los rostros de Vírgenes repiten los mismos inexpresivos rasgos. Hay la excepción de Bizancio, donde también puede ser emperatriz, como Theodora, pero igual tiene un rostro sin identidad, sólo la corona la distingue del grupo. Si la virgen encarna lo bueno, lo honesto, lo malo está a cargo de Eva. Impresiona Eva en el relieve de San Lázaro de Atún, en la Marsella, del s.XII. Su desnudez y movimiento sinuoso evoca la sensualidad y el deslizarse de la serpiente. H. Focillon la consideraba la escultura más sensual de toda la Edad Media. Una exposición reciente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao (febrero a mayo del 2011

Una exposición reciente en el Museo de Bellas Artes de Bilbao (febrero a mayo del 2011)

De significativo título Hay más en ti. Imágenes de la mujer en la Edad Media, (siglos XIII-XV) apunta a “ir más allá de la visión divalente comúnmente aceptada e inmutable que de la mujer se tenía en dicha época”. Aparte de las imágenes de Eva tentando a Adán –la mujer en su lado oscuro- , presenta otros objetos de culto, curiosos, tal una insignia erótica con una vulva femenina coronada, que era sacada en procesión por los hombres. La dicotomía es una clara expresión de una iconografía dominada por el hombre, y más aún por monjes, afectados todos por una extendida misoginia bien anclada en la tradición. Venía desde los griegos a través de mitos que difundía el ciclo homérico: Pandora, las sirenas (“¡la mujer es la perdición del hombre!”), las Arpías, Escila y Caribdis, la Medusa… y de los mismos filósofos, como Aristóteles quien escribió que las mujeres eran biológicamente inferiores al varón. Siglos más tarde Alfonso X, apodado “El sabio”, consideraba a la mujer “la confusión del hombre, bestia que nunca se harta, peligro que no guarda medida”.

De la Edad Media viene una historia singular concerniente a la mujer, la de la Papisa, El Papa Mujer, Tras la muerte de León IV en 885 lo sucedió un Papa llamado Juan el Inglés. Durante una procesión de Semana Santa su caballo lo tiró al suelo. Cuál sería la sorpresa al ver que el batacazo provocó en el dicho Papa …¡un parto! Dio a luz delante de toda la comitiva. Juan, que era en realidad Juana, terminó lapidada y arrastrada por las calles. La Crónica Universal de Metz, que lo relata, se escribió cerca de 400 años más tarde y deja la duda de si se trata de un hecho real o se compuso como sátira contra el Papado, pero muestra claramente la imagen de la mujer, que se percibía como una injuria si suplantaba al hombre como dignidad religiosa.

Dos anécdotas del cotilleo histórico-social que vienen al caso, asocian el humor al imaginario de la fémina. Expresan una pulsión latente en la visión patriarcal que se libera en los albores de una nueva época, cuando el humanismo renacentista desmitifica lo sagrado echando mano a la malicia: la historia de Aristóteles y Phyllis y la “yegua del compadre Pedro”. La primera es alegoría de la dominación de la mujer sobre el hombre que ilustran pinturas y grabados de comienzos del XVI. Aristóteles previno a Alejandro contra su cortesana favorita. Ésta, en venganza, sedujo al filósofo y le pidió como prueba de amor aceptar que lo cabalgara.

Temas de sumisión análogos conocía ya la literatura: Sansón y Dalila con su historia de peluquería y Hércules y Onfale, la Reina de Lidia, que lo hace su esclavo, su amante y lo viste de mujer. La otra historia, “La yegua del compadre Pedro” es un cuento del Decamerón y figura estampado en un miniado del siglo XV de los Duques de Borgoña. Para mejorar sus recursos un cura iba de feria en feria llevando diversos productos al mercado que transportaba en una yegua. En uno de esos viajes conoció a un tal Pedro, que hacía con un asno el mismo oficio. El cura le fue simpático al compadre, que lo invitó a su casa, donde dormía en el pajar junto a su yegua. Un día contó a la mujer de Pedro que él era capaz de transformar la yegua en una bella joven y viceversa. La mujer se lo transmitió a su marido agregando que el preste podía transformarla a ella en yegua con lo cual harían doble beneficio. Pedro aceptó y accedió sujetar una vela sin moverse mientras se realizaba la metamorfosis. Pero cuando se trató de colocar la cola, Pedro comenzó a gritar y a tirar al cura de la sotana. Reaccionó el cura y le acusó de impedir que se cumpliera el prodigio. La mujer, a quien le había gustado la cosa, furiosa, acusó a su marido de dañar los negocios, comprometiendo el destino de él y de su familia.

En el arte del Medievo, la Virgen era un rostro impersonal y el cuerpo desnudo de Eva evocaba el pecado original. En el Renacimiento, con el dolce stil novo, inaugurado por Cimabue y el Giotto , la Virgen se hace carne y el estereotipo se transforma en retrato. Cuando se sacan la máscara genérica, las Vírgenes vuelven a ser mujer y la mujer recupera las veleidades de Venus. A la vez, el desnudo se reivindica y representa la belleza y el goce epicúreo, el hedonismo, el equilibrio perfecto entre la mente y el cuerpo que proporcionaba la ataraxia , la serenidad. La Venus de Boticelli sale del agua envuelta en la armonía de su belleza. No faltan, sin embargo, los temas que oponen a la imagen de la Virgen la de la mujer pecadora. Ya entonces parece que la perfidia (como lo afirma el bolero) era condición femenina. Varios motivos son significativos, la venganza y el engaño y, el más fiero, la brujería. Visiones de la mujer que recoge el Renacimiento con el humor que le permite la humanización del estilo. La brujería es femenina, e, la bruja. El hombre es el mago, la maga es rara, aunque habita en Rayuela de Cortázar. Hans Baldung Grien, a comienzos del siglo XVI inicia con cierto libertinaje la iconografía de la bruja y el aquelarre que en España se desarrollarán en los Caprichos de Goya. Representaciones “aterradoras” en que el poder de la mujer se asocia a la maldad y la artimaña. En la pintura alemana, con resabios del Medioevo, el tema de la bruja pasa por Durero y llega hasta el romanticismo negro que anuncia La Pesadilla (1781) de Heinrich Füssli. El suizo insiste, a través de lo erótico, en lo demoníaco. Su concepción de lo sublime se expresa en un mundo nocturno y terrorífico. Es el lado oscuro. No eleva ni sublima en la contemplación, sino que destruye. No es un paisaje humano, hecho a medida del hombre, sino demoníaco, pensado para su aniquilamiento. No hay melancolía ni consuelo. Inclinación fuertemente germana, paralela en literatura con los cuentos de los Hermanos Grimm: ¿Qué sería de Blanca Nieves sin su bruja? Son caminos que llevan a la narrativa gótica, que se desarrolla a fines del XVIII y comienzos del XIX, historias escenificadas en cementerios y castillos tenebrosos, con villanos infernales y doncellas vampirizadas por Drácula, perseguidas por el hombre lobo y amadas por Frankenstein. En los relatos góticos se advierte un erotismo larvado y un amor por lo decadente y ruinoso. La depresión profunda, la angustia, la soledad, el amor enfermizo, aparecen en estos textos vinculados con lo oculto y lo sobrenatural.

El Romanticismo negro no sólo nos lleva por el espectáculo del terror, también se sitúa en el imaginario gay, una línea en que se inscribe Pedro Lemebel, escritor araucano gay. En su performance Las dos Fridas, parodia el cuadro de ese título de Frida Kahlo, con la imagen de dos travestis. La homosexualidad es también un tema del imaginario patriarcal, con muy diversas aproximaciones según épocas y culturas.

En el Egipto faraónico el amor homosexual no se oculta. Los sacerdotes Nianknum y Knumhotep del faraón Nauserre se entierran juntos y simbolizan su amor en la pared conjunta de la tumba. La represión violenta comenzó en América con los conquistadores, que sacrificaban a los naturales acusados del terrible pecado “contra natura”.

La pintura flamenca nos habla asimismo del rol de la mujer. Un testimonio espléndido es El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck. Erwin Panofsky sostuvo que se trataba de una matrimonio secreto (¡discutible!). En todo caso su análisis ayuda a develar el significado. Sobre el hecho real se superpone una alegoría del matrimonio, un juego de roles. Él, severo, ostenta el poder moral y sostiene con autoridad la mano de su esposa. Ella, sumisa, agacha la cabeza, y posa la mano izquierda en su abultado vientre, ¿señal inequívoca de su embarazo, que sería su .culminación como mujer? Lo reafirma su vestido verde, color de la fertilidad. En realidad, no está embarazada; su postura se limita a evidenciar el vientre, que entonces se tenía por una de las partes más bellas del cuerpo. Los ropajes revelan su alta posición, la riqueza de los objetos, el bienestar de una burguesía montante; el perro simboliza la fidelidad y el amor terrenal. Acostado a una iconografía religiosa y costumbrísta se desarrolla también el retrato de género –diríamos hoy-. Son las mujeres de una burguesía enriquecida que cuida y exhibe su belleza, como la dama de Roger van der Weyden (c.1460) que, si usamos la memoria del futuro, nos recuerda a Brigitte Bardot. Tampoco los artistas son insensibles a la fascinación de la fealdad, como la Duquesa fea (c.1525) de Quentin Massys. Se dice que se trata de un retrato metafórico de Margaret Maultash, condesa de Tirol (maultasch es un calificativo aplicado a mujeres de feas costumbres, por sus escándalos maritales). John Tenniel lo tomó de modelo para dibujar la Duquesa en Alicia en el país de las maravillas.

El retrato de mujer florece en la misma época en Francia. Mujeres de la nobleza, cortesanas y amantes de los reyes quieren dejar el recuerdo de su belleza. Incluso la imagen de la Virgen toma forma de cortesana: Agnès Sorel, la amante de Carlos VII, ataviada con seno al descubierto, al estilo de la atrevida moda áulica de la época, posa para La Virgen de Melun. Se la ve rodeada de angelitos rojos y azules, como los que pinta el pintor que nunca se acordó de pintar un ángel negro, se queja un bolero. La humanización de la iconografía religiosa baja a tierra las imágenes-concepto. Hace reconocible a personajes y santos situándolos entre los vecinos. Las creaciones visuales ponían los misterios religiosos al alcance de las masas, y los anacronismos, que nos pueden resultar incongruentes hoy, parecían perfectamente naturales a los fieles de la Edad Media. En el análisis del imaginario es fundamental tener en cuenta la aproximación cultural de cada época o la que las diferentes comunidades tienen respecto a la imagen. El espíritu medieval no imaginaba la historia como una cadena infinita de causas y efectos ni de rupturas radicales entre el pasado y el presente. Para la historia providencial todos los acontecimientos eran contemporáneos, pues estaban ligados a la Providencia Divina. El hic et nunc no es un momento en un proceso terrestre, sino algo que siempre ha estado y que estará en el futuro.

A partir de un puñado de imágenes y algunas cartas geográficas, es en el siglo XVI cuando comienza a configurarse la imagen de América. La mujer aborigen aparece en primer plano. Son las que más llaman la atención de los ilustradores. No se las ve bajo una luz favorable. Feroces y caníbales las describe Vespucio cuando habla del destino de sus marinos sacrificados por ellas en Brasil. Son las terribles amazonas que se cercenaban un pecho para tirar mejor al arco. Por último, son el sexo que permitirá extender la conquista remplazando al indio por el mestizo

Cuenta Mariño de Lovera que, después de saber la muerte de todos sus compañeros en Concepción, el capitán dijo: «que los que allí estaban eran bastantes para conservar en todo el [Reino] la prosapia española, conservándola, y dilatándola con más aumento y restando con ventaja lo perdido». A lo que apuntó un indio «¿Pues qué mujeres tenéis vosotros para poder llevar adelante vuestra generación, pues en la fortaleza no hay ninguna?» «No importa» respondió el capitán «que si faltan mujeres españolas ahí están las vuestras, en las cuales tendremos hijos que sean vuestros amos.» (Mariño de Lovera, p. 44). Estas concepciones fueron reflotadas en la obra de José Pérez de Barradas, premiada por la Academia de la Historia en 1951, Los mestizos en América. Barradas explica la conquista y el mestizaje por una verdadera obsesión sexual de las indias, que no soñaban sino con ser fecundadas por los conquistadores. La desaparición de los indios la atribuye a las enfermedades, y a que fueron abandonados por sus mujeres; pero, cuando se refiere al mismo fenómeno durante la República, piensa que se trata de un genocidio. Se diría que con la independencia los indios recuperaron la buena salud sexual y, de paso, sus mujeres.

Paralelo existe la representación de mujer en la iconografía de los pueblos originarios, que solo ha sido estudiada en marcos antropológicos a partir del siglo XX. Son diosas femeninas y personajes míticos de mujer como Mama Ocllo: Ella y Manco Capac, hermanos y esposos, son los fundadores de la civilización del Cusco.

En México Cōātlicuē, diosa mexica de la vida y la muerte, también llamada Tonāntzin, es la madre de los dioses, madre venerada. Como tal se hipostasia con la Virgen de Guadalupe. Es la parte femenina de la dualidad universal, en la cual la cosmología precolombina parece basarse. Es sobre todo la fisiología de la mujer lo que ocupa el imaginario precolombino: el parto, la sexualidad. Tlazolteotl es la diosa mexica del parto. El trabajo de parto, asistido por una partera, lo figura un huaco mochica. La sexualidad en todas sus formas es tema de la cerámica mochica. Presenta un repertorio de posturas y formas de practicar el sexo que no tiene nada que envidiar al Kama Sutra.

La mujer en la conquista aparece en diversas situaciones. Entre las primeras imágenes figura la de la Malinche. Su historia –representada en el lienzo de Tlaxcala- y su relación con Cortés van a configurar significaciones que se proyectan hasta nuestros días. Términos bien tratados por Octavio Paz en El Laberinto de la Soledad. Metáforas. Si el malinchismo simboliza la colaboración con el invasor (desde el conquistador al imperialismo), la chingada, entre las múltiples connotaciones –en su mayoría injuriosas-, es la fémina penetrada sexualmente sin su consentimiento. Escribe Octavio Paz: “Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación… El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés…, el pueblo mexicano no perdona su traición. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a Cuauhtémoc (la resistencia). De ahí el éxito del adjetivo despectivo “malinchista”. Los malinchistas son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona”.

La mujer en sus diversas fases de mestizaje tiene un papel protagónico en las series de pinturas de castas, que ordenan jerárquicamente la sociedad según el color de la piel. El mestizaje se introduce incluso en la pintura religiosa. Así figura la Virgen mulata en el techo de la Iglesia de San Francisco en Ouro Preto, obra del Maestro Atayde de comienzos del siglo XIX. La pintura de castas va a representar a la mujer como un significante social. La pigmentación era status y estaba estrechamente asociado a su condición. Una significación particular tiene la mujer en los retratos de Sor Juana Inés de la Cruz. Es un hecho significativo de la importancia que se le atribuyó a la que, sin duda, puede considerarse la primera mujer intelectual de América.

El arte logra crear un tipo de mujer que a veces se constituye en el paradigma de su tiempo. A fines del siglo XVI el erotismo aparece en Francia con la Segunda Escuela de Fontaineblau. El desnudo que muestra a Gabrielle d’Estrées cogiendo el pezón de una de sus hermanas, de 1594, plantea la duda sobre si el gesto de tomar el pezón puede ser una alusión al embarazo (como apuntan algunos historiadores), o si se trata del amor entre mujeres. El manierismo se expresa preferentemente con gusto femenino y la mujer es uno de sus temas favoritos; nobleza y erotismo son sus atributos. Es una mujer ajena idealizada.

Con el barroco el artista se volcará (metafóricamente) sobre “su” mujer, pintará su retrato o la utilizará como modelo. Son los retratos de las esposas de Rubens y Rembrandt, o la amante del Bernini que le sirve de modelo para una Santa Teresa a medio camino entre el éxtasis y el orgasmo, pero también la imagen de la mujer en su casa y en su cada día: sirvienta, la tabernera o la vecina, como en Chardin; campesinas como en los hermanos Le Nain, activa o perezosa. Hundida en su indolencia se ve a la perezosa italiana de Grueze. No faltan la adúltera, la modelo o la concertista en los pinceles de Vermeer, las jugadoras de cartas de Georges La Tour. Incluso el repertorio de santas de La Tour nos muestra mujeres de manos rudas, o meditando en la intimidad de una vela. Es la vida en directo.

En el siglo XVII, surge asimismo, la primera mujer artista emancipada, Artemisia hija del pintor Gentileschi. En una época donde la mujer sólo ocupaba un lugar en la sociedad como Virgen, esposa , religiosa, o prostituta. Fuera de esos cuatros caminos no había lugar para la mujer en la sociedad. Incluso las amantes áulicas estaba casadas…, pero con otro.

Considerada como menor de edad, una mujer artista no podía firmar contrato sin que la avalara un tutor masculino. No podía comprar colores, ni recibir en pago. Sólo podía percibir dinero asociada a su marido. Artemisa se libera y a los 23 años se convierte en la primera mujer a entrar en la Academia de Florencia. Pintora extremadamente hábil, trabaja para las cortes de Europa, Italia, España y Maria de Médicis la invita a su corte. Su inspiración, ¡ya feminista!, la hace elegir como protagonistas de sus cuadros a heroínas de la Biblia y mujeres fuertes de la Historia. Artemisa, violada cuando niña, venció todas los obstáculos que le oponía el imaginario patriarcal de su época. “Judith decapitando a Holofernes “es una metáfora de su historia

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El siglo XVIII conoce asimismo la aparición de un personaje central en el imaginario patriarcal: el seductor, Casanova y el Marqués de Sade animaron la imaginación erótica del siglo XVIII. El uno entrando por balcones y terrazas en el boudoir de damas de toda Europa; el otro, organizando una sexualidad que Freud estudiará en profundidad y que convirtió su nombre en un sustantivo conocido en todas las lenguas: sadismo. Sondeó el Marqués los fantasmas sexuales con una pluma brillante y provocadora de la que unos abominan y otros exaltan.

Hasta Goya el desnudo se muestra con un pubis angelical. Ni una sola sombra oscurece el monte de Venus. La maja desnuda fue duramente criticada por ser la primera en osar mostrar…-apuntan algunos especialistas- un suave vellón. No es exactamente así. Los artistas alemanes ya habían pintado a mujeres desnudas con sus guedejas. Sin embargo eran hembras frente a la muerte, donde terminaba toda pretensión, más allá del pecado de la carne. Son las terribles amazonas que se cercenaban un pecho para tirar mejor al arco. Por último, son el sexo que permitirá extender la conquista remplazando al indio por el mestizo La tusa dura y al descubierto era también signo de la degradación.

Goya en cambio hizo del pelillo un atributo erótico, a la vez que desveló su intimidad. Es Courbet quien va a presentar el sexo con toda la crudeza de la vida. Durante años el cuadro estuvo enterrado en la censura. Sólo a fines del siglo XX se mostró al público… El “Origen del Mundo” lo tituló. Es bíblico, es el “crecer y multiplicaos”

Kenneth Clark, en un libro Brillante: The Nude (1956), señala que en inglés hay dos palabras para hablar del desnudo : nude y naked. En castellano no existe esta diferencia, salvo que recurramos al lenguaje popular y distingamos entre estar desnudo y estar en cueros. Naked es estar privado de la ropa y de la palabra, e implica la vergüenza que más o menos sentimos en esa condición; nude, por el contrario, no tiene,  en el uso culto, connotaciones incómodas. La etérea imagen que proyecta en la mente no es la de un cuerpo contraído e inquieto , sino en  armonía, es el cuerpo venturoso y confiado. Adán y Eva después del pecado original  descubrieron que ya no estaban nude, sino naked.  Naked es también el cuerpo agresivo en su desnudez. “En cueros” está el desnudo de  Courbet, en el “Origen del Mundo”.

El desnudo púdico domina en la historia del arte como una metáfora de la belleza femenina destinada a ser apreciada por el espectador. Es hacia el espectador que dirigen las Venus su mirada. Salvo algunas excepciones, como son las de las brujas o la mujer frente a la muerte de la pintura alemana.

Como protesta el desnudo femenino constituye un discurso social adosado al cuerpo que agrede al imaginario social. El desnudo que escondía su secreto púbico, era un cuerpo canónico que respetaba las convenciones sociales. No obstante, el desnudo desde antiguo tenía una variante agresiva. A las bacanales romanas se asistía desnudo. La fiesta culminaba con un concurso en que los hombres competían en quien se hacía el nudo más bonito en el miembro. Hay quienes sostienen que de ahí viene el término “desnudo”. A partir de la Edad Media y hasta prácticamente el siglo XIX, la moral religiosa eurocéntrica solo dejó desnudos a Adán y Eva, aunque ambos iban cubiertos con la hojita de parra.

El desnudo como protesta se inscribió en la  filosofía del buen salvaje de Rousseau, que criticaba la civilización corrompida. Para el ginebrino  el hombre en estado de naturaleza era el indio americano. Definía el concepto de “natural” como un momento de verdad en que se encontraban las virtudes originales que permitirían constituir el estado democrático.  En el siglo XIX, en Alemania, en el imperio de Guillermo II, el culto al cuerpo y a la desnudez comienzan a adquirir el sentido de protesta y a romper los moldes de la moral burguesa . Era una época en que dominaba la rigidez moral. Las mujeres se estrujaban en corsés con ballenas de acero y ocultaban sus piernas con faldones largos mientras los hombres se emocionaban de solo ver un tobillo. Fue entonces que surge un movimiento importante de gentes que descubre el valor la desnudez. Es entonces cuando se crean los primeros centros nudistas.  En la época, el nudismo femenino representaba una forma de protesta  radical a la ética burguesa y a las convenciones sociales.

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A partir del siglo XX la mujer se activa en política y hace del desnudo una verdadera arma de la protesta, una forma radical de manifestar su inconformidad con algún dogma social, político o religioso. Aunque Simon de Beauvoir se empeña en que la primera pluma en defender el derecho de las mujeres fue la de Christine de Pizan, autora en el siglo XV de La Ciudad de las Damas, realmente el feminismo nace con la Ilustración. Es en el Siglo de las Luces que nace el feminismo moderno que va más allá de la enumeración de agravios y se vuelca sobre la vindicación de la mujer y la crítica a las estructuras sociales y religiosas. A más de reivindicar los derechos de la mujer, como hace Mary Wollstonecraft en 1792, en el siglo siguiente reclama el derecho al sufragio y a la educación

Es a partir de la década de los “sixties”, cuando puede controlar su sexualidad, que la mujer se activa en política. Comienza por la crítica al patriarcado y la reclamación de sus derechos en todos los lugares del planeta, considerados parte de la defensa universal de los derechos humanos. Entrado el siglo XXI el feminismo se hace internacionalista y abraza diversas causas. Entonces el desnudo femenino se convierte en un reclamo de la protesta y surgen colectivos que lo practican. El grupo Femen, nacido en Ucrania, de activistas en top-les, es conocido por sus llamativas acciones de protesta contra lo que vulnere los derechos de la mujer: el turismo sexual, la violencia de genero, la pobreza, las dictadura, las religiones y todo lo que implica degradación de la dignidad femenina…. Tetas al aire celebraron la renuncia del Papa Benedicto XVI y la aprobación del matrimonio homosexual.
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El movimiento se ha extendido a América  Latina. En México en el Día Internacional de la Mujer un grupo de activistas se desnudó frente a la Cámara de Diputados en protesta por las presuntas violaciones del Ejército a los derechos humanos. En los países musulmanes ha recibido amenas, probablemente salafistas: “Les cortaremos las mamas y se las damos a nuestros perros para que se las coman” A lo ellas responden: “¡Nuestras tetas pueden más que vuestras piedras!”
https://lh5.googleusercontent.com/o9uV8IxffF9hQ0_caEhRqTrSVr5LX3oa1KctoTnurCYkrVl9A4sAJ0BXz42Gbcf6RVDwETk4AFeLjZlEW4mn5V0aZgzUCirR0vycIzhC3vDpp6JoU3q6FmcZYvRt9MHoMQ Después de la República la mujer aparece bajo diversos aspectos, como símbolo heráldico, cantando el himno nacional en Buenos Aires, como heroína histórica, es el caso de Policarpa Salavarrieta en Colombia, Paula Jaraquemada, en Chile, y como personajes literarios: Amalia de José Mármol, Leonor Encina, amor de Martín Rivas en la novela de Blest Gana. Un personaje que juega un importante papel en la novela romántica latinoamericana es la mulata. Su figura protagónica de mujer seductora no la salva de escapar al destino trágico al que la condenan el colombiano Eugenio Díaz Castro en Manuela y el cubano Cirilo Villaverde en Cecilia Valdés. La diferencia de clases o, mejor, de castas, se mantiene. Está la dama criolla que, enfundada en su mantilla sale a la plaza dejando un ojo solo al descubierto, se la conoce como la tapada. En la época se considera que la mantilla realzaba la belleza. En el mercado se cruza con la mujer del pueblo, mestiza, cuando no negra, y la india que baja de la sierra. En las ciudades brasileñas las quitandieras, negras y mulatas, vendían sus productos en la calle. La mujer toma un papel importante en la sociedad republicana. Se afirma como escritora, desempeña actividades osadas como la famosa rejoneadora que pintaron Pancho Fierro y el chino Tingqua. Por otra parte aparece como símbolo de la civilización violada, en una imagen que circula por la poesía y la pintura, “La Cautiva”, que poetiza Esteban Echeverría y pintan numerosos artistas comenzando por Rugendas. Alberdi, ansioso de fundar la sociedad argentina sobre la inmigración, veía la mujer criolla como un capital en el proceso de integración que, si se liberaba de sus trabas morales, podía asimilar al inmigrante… (Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina). La iconografía reproduce el papel de la mujer en literatura. Figura la tertulia en salones donde las jóvenes patricias, sentadas al piano, recibían a sus pretendientes. Los enamorados abandonaban el salón con el último pregón. Partían a terminar la noche en casas de familias de “medio pelo” que buscaban “colocar” sus hijas. Las familias con 10 o más hijos eran habituales. Allí, la fiesta continuaba con guitarras. En Chile se denominaba fiesta de picholeo. Término que aclara un Diccionario de chilenismos: ”Gente de clase media que no pertenecía al pueblo ni a la aristocracia o burguesía rica…personas que querían aparentar más de lo que eran”. Las dos imágenes, del salón elegante y del picholeo, son claras construcciones ideológicas. Representan una visión de clase y una situación de la mujer dentro de ella. La sociedad era una sociedad de mestizos, la mayoría de las mujeres son madres solteras y a temprana edad. En el siglo XIX los viajeros constatan en las mujeres una verdadera aversión hacia el matrimonio, forzado en su mayoría en las clases patricias, raro entre las hijas de familias de “medio pelo” que de continuo vivían en concubinato, reproduciendo familias hasta de 10 hijas: casi inexistente en el pueblo. Un viajero sueco que visitó Chile en los años 50 del siglo XIX atribuye esta aversión a la herencia indígena que creía que el marido tenía derecho de vida o muerte sobre la esposa, lo que hacía que la mujer prefería ser madre soltera, y de la mayoría de los niños hijos ilegítimos. Aunque la inmigración modifica el cuadro social de la colonia, la sociedad republicana sigue fuertemente estructurada. Las castas se transforman en clases, pero todo gira en torno a la oligarquía. Ser blanca era y es un valor apreciado. Hasta hace poco los periódicos ofrecían empleo para chicas con la condición de que tuvieran “buena presencia”, lo que subentendía “lo más blanquita posible”.

Doña Bárbara, novela de Rómulo Gallegos, va a imponer otro tipo, la mujer brava, que encuentra su icono en el cine con María Félix, y se proyecta sobre la guerrillera. Incluso la publicidad la toma para dar a la moda un efecto aventurero. El personaje tenía antecedentes coloniales con la Quintrala, mujer de la aristocracia santiaguina del siglo XVIII. Hembra sin piedad, mató a su padre, a sus amantes y esclavos. Mala hasta el tuétano. Su nombre motivó la novela de Magdalena Petit de 1932 y una película dirigida por Hugo del Carril en 1955. Otra mujer singular de la Colonia fue una vasca, “la monja alférez”. A comienzos del siglo XVI pasó a América y, disfrazada de soldado, luchó en Perú y Chile contra los aborígenes; finalmente en México, donde murió, después de regresar de España, adonde había huido para evitar su ajusticiamiento. Son muchas las mujeres que emblematizan América durante la formación de las Repúblicas, pero una destaca por su desolación: La Paraguaya. El óleo de Blanes recoge su soledad. La Guerra de la Triple Alianza acarreó un desastre demográfico en Paraguay: se calcula que murieron las cinco sextas partes de su población. Los habitantes que quedaban al finalizar la guerra eran en su mayoría niños y mujeres.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX surge la imagen de la mujer en las guerras de frontera y en la Revolución: la cantinera en las Guerras del Pacífico y la revolucionaria junto a Villa y Zapata. Es una imagen genérica, aunque se haga llamar Adelita. Una imagen que se reitera en los frescos de los muralistas mexicanos y en los grabados del Taller de Gráfica Popular. Configura la mujer campesina y hasta puede que con un toque surrealista, como se advierte en el Corrido de Rosita Álvarez: “El día que la mataron / Rosita estaba de suerte / de tres tiros que le dieron, / nomás uno era de muerte”.

En realidad, a partir del siglo XX, es en la música donde mejor se revela el imaginario patriarcal.

A comienzos de siglo surge igualmente la imagen de la mujer en el arrabal rioplatense. Es la efigie de una cultura orillera, hablada en lunfardo, cantada por el tango y bailada en burdeles y milongas. Una cultura popular que expresa los problemas de una sociedad en formación, compuesta arrolladoramente por inmigrantes varones, con sus nostalgias del «paese» y en falta de mujeres pues el 71% de los inmigrantes eran hombres. El varón del tango es un macho desconsolado. Canta penas de amor. Es el amor nostálgico del primer tango entonado, Mi noche triste, donde, de entrada, Contursi –su letrista- inicia una temática que prolifera, la de la mujer que abandona al hombre: “Percanta que me amuraste (abandonaste, en lunfardo). Es el machismo rencoroso –“flaca dos cuartas de cogote”, de Esta noche me emborracho. Es la humillación de ser “tan gil” en Chorra: “En seis meses, me pusiste a la miseria, me dejaste en la palmera, me afanaste hasta el color… » Y tantos otros. La mujer del tango es una mina brava. Cuando se canta a sí misma, es un monumento: “Yo soy la morocha, la más agraciada, la más renombrada de esta población ». Las letras aficionan las crisis: crisis de pasión, las señaladas; crisis económica en Yira yira (la del ’29, y el paro), crisis de valores en Cambalache; “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor”; crisis nostálgica del inmigrante en La Violeta: “Con el codo en la mesa mugrienta y la vista clavada en un sueño, piensa el tano Domingo Polenta en el drama de su inmigración”; crisis social en el afán arribista de Niño bien… «Niño bien, pretencioso y engrupido… Niño bien que naciste en el suburbio, de un bulín alumbrao a querosén, que tenés pedigrée bastante turbio y decís que sos de familia bien”. La mujer es la mina que recibe diversos nombres en el lunfardo tanguero: Milonguera, Botinera, Percanta, Pebeta, Papusa, Arrabalera, Shusheta…, Madame cuando regente un prostíbulo. Gran parte de estos nombres encubren la denominación puta. Las putas tiene su historia en la Argentina, incluso se las recuerda en una noble página. Cuenta Osvaldo Bayer en La Patagonia Rebelde, que terminada la matanza de obreros anarcosindicalistas en rebelión en la Patagonia argentina, entre 1920 y 1921 (1500 obreros fueron fusilados), los militares acudieron al prostíbulo para festejar el triunfo. Pero las cinco putas del quilombo se niegan. Y cuando tratan de meterse en el lupanar, los enfrentan al grito de “¡asesinos!”, “¡con asesinos no nos acostamos!” y los rechazan a palos. En las letras de los primeros tangos es posible encontrar un cierto tipo de mujer que se repite en el tiempo y que condensa tanto la madre como la prostituta. Alberto Castillo exaltó la imagen de la madre: “¡Pobre mi madre querida, qué de disgustos le daba! Cuántas veces, escondida, llorando lo más sentida, en un rincón la encontraba “. El tango se lamenta que el peregrinar social de la mujer la lleve a la caída: “Milonguita, los hombres te han hecho mal” (Milonguita) “Y mañana cuando seas descolado mueble viejo” (Mano a Mano). Los ejemplos se acumulan: Flor de fango, Ivette, Margot … El tango es una expresión musical de las clases sociales, del barrio y de la ciudad, donde la llegada masiva de inmigrantes a fines del XIX y comienzos del XX, centuplicó los burdeles. Las letras de los primeros tangos que se limitan a retratar los conflictos sentimentales desde la perspectiva de los hombres son un significativo ejemplo del imaginario patriarcal.

La mujer del tango es la mina, a la que se trata de “vos”; a la mujer en el bolero se le dice “usted”.

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El bolero interpreta la sensibilidad de una segunda o tercera generación de descendientes de inmigrantes y de una burguesía que se instala en la sociedad y en la vida. Una generación amante de la sociedad de consumo, con una imagen distinta de la mujer. Una generación convencida de que el matrimonio da respetabilidad, pero que el amor está a menudo en otra parte. La mujer es la otra, la muñeca de lujo, pero también presenta los peligros de Lilith: la palabra “mujer” en el bolero no es precisamente la esposa. Significa, pasión, lujuria, ternura, deseo. Y Perfidia, cuando te abandona, “Mujer, si puedes tú con Dios hablar/ pregúntale si yo alguna ve/ te he dejado de adorar…” Hablando de mujeres y traiciones…“se fueron consumiendo las botellas… siempre me dejaron las mujeres llorando y con el alma hecha pedazos… se tiene que sufrir cuando se ama…”. Pero, dolor o no dolor “…las horas mas hermosas de mi vida las he pasado al lado de una dama, mujeres tan divinas, no queda más camino que adorarlas”. Cielo, infierno, esperanza, desolación, plenitud, pérdida…, todo pasa por el bolero. Acuérdate de Acapulco, María bonita… Nostalgia de la madre, esposa, amiga, compañera, cómplice. Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza… ”Me cansé de rogarle, con el llanto en los ojos alcé mi copa y brindé por ella. No podía despreciarme era el último brindis de un bohemio por una reina. Los mariachis callaron de mi mano sin vida cayó la copa sin darme cuenta. Ella quiso quedarse cuando vio mi tristeza, pero ya estaba escrito que aquella noche, perdiera su amor”. Martirio, dolor, abandono, desesperación, odio. Ingrata, pérfida, romántica insoluta…. No como en el tango, donde el sentimiento no se somete a convenciones sociales; el bolero pasa por ellas: por eso la mujer es pérfida, pecadora. Se tiene un departamentito para los encuentros furtivos, donde los amantes se ven con complejo de culpa. “Yo no sé si este amor es pecado que tiene castigo, si es faltar a las leyes honradas del hombre y de Dios ».Pero también busca respetabilidad, porque representa valores de una clase que «se ha adecentado». De la mina pasamos a la señora, del tuteo o el voseo, del «Te vi pasar tangueando altanera» y «vos, tu vieja y tu papá», al ustedeo: «usted me desespera, me mata, me enloquece y hasta la vida diera por perder el miedo de besarla a usted». La mujer ya no se aborda fácilmente… El deseo de ser «persona decente» es lo que caracteriza a las clases medias.

A comienzos del siglo XX las mujeres dan un gran paso en su lucha por la igualdad de sexos. Antes o después, en todos los países democráticos, se instaura el sufragio universal. El primero en establecerlo, así como el derecho de las mujeres de presentarse a elecciones parlamentarias, fue Australia del Sur en 1902 y Tasmania en 1903. En América Latina el primero en aprobar el sufragio femenino fue Uruguay. Permitido en la Constitución de 1917, se practicó por primera vez en 1927, en el Plebiscito de Cerro Chato. Fue el sexto país en el mundo. Por otra parte, en el campo educativo, el siglo ve el acceso de mujer a la universidad. Tal era la resistencia a la idea de abrir la universidad a las mujeres en 1881, que Eloísa Díaz Insunza, la primera titulada de Sudamérica y la primera médica cuando sólo existían en Inglaterra y Estados Unidos, debía asistir a clases acompañada de su madre. Profesional brillante, creó el Servicio Médico Escolar de Chile, pionero en América Latina, por lo que en un congreso internacional en Argentina, fue declarada “Mujer Ilustre de América”. Ella abrió el camino al ingreso de la mujer a la educación superior que hoy es masivo y se reivindica como un derecho. A su vez, en la segunda mitad del siglo se experimenta un cambio significativo en los paradigmas de belleza. Llevados por lo imperativos de la moda se descubre la belleza de la mujer negra. En las plantaciones coloniales las mujeres negras esclavas se paseaban semidesnudas, mientras las “amas” blancas se ataviaban con pudor. Las esclavas no eran personas. Hace casi dos siglos se presentó desnuda en París la Venus Hotentote, Saartjie Baartman, exhibida como objeto de feria por lo monstruoso de sus nalgas y sus genitales. Hoy el desnudo femenino negro es todo menos objeto de feria. Y si algo exhibe es su apostura. Representa el modelo de belleza de fin de siglo.

El siglo XX es un siglo fuertemente creativo en América. No es azar que en él nacieran 6 premios nobeles de literatura. Una proeza si se considera que poco antes Menéndez Pelayo no podía creer que Rubén Darlo fuera un buen poeta, porque América no estaba suficientemente madura para darlos. Y la proeza es mayor al constatar que el primer premio nobel fue una mujer, Gabriela Mistral quien , lejos de ser una poetisa aislada marca el siglo de las letras con Alfonsina Storni y Juana de Ibarburú. En la segunda mitad del siglo las escritoras de éxito son tropel y dan un perfil particular a la creación literaria, al introducir la perspectiva de la feminidad… ¿Es realmente cierto que hay una sensibilidad diferente entre la pluma de la escritora y la del escritor? ¿No será otro de los tantos mitos patriarcales, compartido incluso por la mujer? En todas las artes las mujeres ocuparon un espacio destacado en el siglo XX. Él vio el acceso de mujer a la universidad, incluso la encontró creando movimientos que buscaban forjar la identidad cultural nacional y naturalizar el progreso y la modernidad. Tal fue el caso de Tarsila d’Amaral en Brasil, que estuvo en los orígenes del movimiento antropofágico, codicilo de la Semana de Arte Moderno, donde nació el Brasil contemporáneo y se concibió Brasilia.

Desde hace 100 años, cada ocho de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer, el cual pretende conmemorar la lucha por la igualdad de género y su participación en momentos coyunturales para la humanidad. Su historia se remonta a 1910, cuando la Conferencia Socialista, reunida en Copenhague, proclamó un festejo especial para las mujeres, con el fin de defender sus derechos humanos. La propuesta fue aprobada por un grupo de más de 100 mujeres procedentes de 17 países.

Mujeres que han marcado la historia del siglo XX por su acción cultural, por su intervención en la política o porque se han convertido en iconos de los grandes temas de la humanidad, como es Ana Frank para los derechos humanos, o Rigoberta Menchú en la reivindicación de los pueblos originarios, son legión. La música popular ha transformado en mito voces como las de Edith Piaf o Aretha Franklin. En América Latina Mercedes Sosa, Violeta Parra, Chabela Vargas, Chabuca Grande Celia Cruz… forman parte de la memoria emocional de Nuestra América. Y, ¿qué decir en pintura de Frida Khalo! En el siglo XX en todos los terrenos las mujer rompe el “corralito” impuesto por el imaginario patriarcal. Adquieren protagonismo mundial avasalladoramente a través del cine, que las convierte en divas. En el deporte entran en todas las ramas, muchas de las cuales habrían horrorizado a las antiguas generaciones porque no se consideraban femeninas. Recuerdo que en los Juegos Olímpicos de Helsinski de 1952, el argentino, Humberto Selvetti, con 20 años y un peso corporal de 139 kilos, ganó la medalla mundial en halterofilia con 150 kg empatando el primer lugar con John Davis, campeón mítico, que durante 15 años nunca fue derrotado. Hoy lo practican las mujeres y el record mundial femenino supera ampliamente el que acabo de citar. Liu Chunhong ganó en el 2008 la medalla de oro olímpica y estableció en la categoría de 69 kg femeninos, la marca mundial de 158 kg. Selvetti había levantando 11 kgs más de su peso corporal, Liu Chunhong 89 kgs. más. Mujeres emblemáticas figuran ya en la historia por su participación en las grandes causas de la humanidad: la Madre Teresa, en su asistencia humanitaria, Rosa Parks, desencadenando el movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos, La Pasionaria manteniendo viva la lucha contra el franquismo… y paro de contar. Un capítulo aparte merece la entrada de la mujer en política. Pero, antes, la píldora. Los sixties fueron una década excepcional. Los Beatles conquistaban el mundo, se expandía la llamada “civilización de la imagen”, nacía Mafalda abrazando todas las causas nobles, Mayo del 68 solfeaba: « sea realista, pida lo imposible ». Estallaban la revolución sexual y los deseos de libertad. Aparece la píldora anticonceptiva. la mujer se liberó, expuso su cuerpo, reivindicó la iniciativa y se enseñoreó de su sexualidad. La década nos mostró una manera diferente de estar en el la mujer se liberó, expuso su cuerpo, reivindicó la iniciativa y se enseñoreó de su sexualidad. La década nos mostró una manera diferente de estar en el mundo. El Vaticano no pudo tragárselo.

Todavía en el pontificado de Ratzinguer, el Osservatore Romano (08.03.2009), festejando el Día Internacional de la Mujer, rendía homenaje a la lavadora, afirmando que la máquina representa una verdadera emancipación femenina en el siglo XX, más que la píldora anticonceptiva. Sin duda no captaba la diferencia que hay entre facilitar la vida doméstica y la independencia existencial. La minifalda volvió para coronar esa nueva sociedad.A partir de los años ’20, la moda da testimonio del cambio de imagen de la mujer.

La historia del bañador nos muestra cómo éste se impone. A través de él la semidesnudez va a ser socialmente aceptada. En “Occidente” a inicios del siglo XX todavía imperaba la “ moralina victoriana”: el bañador calzonazos, que apenas dejaba ver cabezas, manos y piel primer escándalo lo trajeron los “Años locos”, la Belle Époque. Sólo tras la Segunda Guerra Mundial y en particular en los happy sixties, se consideró un hecho corriente y masivo que las mujeres usaran mallas de baño y ropas íntimas que antes sólo se ponían las putas. El bikini se puso de moda a fines de los 50 y, después, el diluvio: el topless, la tanga y el filho, un adelanto brasileño, el hilito que se sostiene en la cintura y pasa entre los glúteos dejando ver éstos en todo su esplendor.

La Belle Époque fue una época libertina –daba la espalda a la hipocresía victoriana-. Las chicas se soltaron las trenzas y estrenaron la minifalda y los vestidos ajustados. En los 20, los Roaring Years, ruge también el jazz y el tango comienza a cantar, la moda se masculiniza y las mujeres se cortan el pelo “estilo garçon”, se difunde el pantalón y el traje sastre… En menos de una década la lasitud erótica de la Belle Époque fue substituida por un nuevo concepto.

La moda femenina expresaba la modernidad y la entrada de la mujer en un mundo hasta entonces reservado al hombre. Si los carteles del checo Mucha exponen a la mujer flotando en su cabellera y entregada al espectador, las pinturas de Tamara de Lempika la muestra activa en el mundo, conduciendo coches, medio vestida de varón y solazándose en el erotismo lesbiano. Por otra parte, la masculinización de la moda coexistió con un nuevo puritanismo, el de los estados fascistas. Un puritanismo asociado en España a la política franquista. Ilustrada por la foto de una bañista sorprendida desnuda, el ABC de Sevilla publica el 29 de diciembre de 1936, una orden de la Junta Técnica del Estado. Bajo el considerando; “Una de las armas más eficaces puesta en juego por los enemigos de la patria, ha sido la difusión de la literatura pornográfica (…) “, declaraba ilícito la circulación de grabados pornográficos (el desnudo) o de literatura socialista, comunista o libertaria, en general disolvente.

Una página particular en la historia de la moda fueron “las chicas de Divito”, un dibujo de humor que popularizó el Rico Tipo (1944-1972), semanario argentino fundado por Divito y que marcó la moda femenina de su época. En Buenos Aires y en toda América Latina, las mujeres querían tener la cintura de las “Chicas de Divito”. Se compraban anchos cinturones elásticos y pedían a las modistas que les diseñaran ropas parecidas y bañadores insinuantes que realzaran sus formas.

A lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía, constatamos que la mujer tiene una relación de género con el agua. Renace al salir del elemento. El cine nos ha dado “salidas espectaculares” como la de Ursula Andress en James Bond. Son relaciones erótico-simbólicas. El agua es el origen de la vida y da nacimiento a Afrodita; las túnicas húmedas de la moda imperio resaltaban las formas de la mujer, y al agua se sacrificaban aunque las amenazara un resfrío mortal. Fuente primaria de la que brota toda la vida, símbolo del nacer y del renacer, la mujer se identifica con ella, con sus tempestades y crecidas.

También ha sido simbólicamente asimilada a las emociones más destructivas. ¡Sí!, el agua es femenina, como el fuego es masculino. La mujer húmeda es seductora. A ella rinden culto los artistas como Boticelli y actrices como Jeniffer López. Mircea Eliade se extiende en su Historia de las Religiones sobre el simbolismo de las aguas. Volver al flujo inicial es también regeneración, nuevo nacimiento, regreso al caos primordial, el elemento líquido preserva los poderes del nacimiento y la regeneración. Por eso, desde la prehistoria, el conjunto luna-agua-mujer era percibido como el círculo antropomórfico de la fecundidad. Ya en el paleolítico, la espiral simbolizaba la fecundidad acuática lunar marcada sobre ídolos femeninos. Laura Esquivel en, Como agua para el chocolate nos ofrece un título con un doble sentido, literal y figurado. En sentido figurado alude a la doble manera de “estar caliente” la ira y la pasión amorosa. El agua excita y hace excitante a la mujer.

En política la mujer tiene una larga trayectoria. Saltándonos a quienes tuvieron poder por ser faronas, reinas, emperatrices o amantes de reyes y, llegando al siglo XX, vemos el acelerado asenso de la mujer. Golda Meir e Indira Ghandi fueron respectivamente primera ministra de Israel y primera ministra de la India. La Ghandi fue además influyente líder de los No Alineados. En Gran Bretaña, Margaret Thatcher, la dama de hierro, fue la primera mujer en llegar a la posición de primera Ministra británica. Al terminar el primer lustro de este siglo, había en el mundo cinco mujeres presidentas de sus respectivos países: Irlanda, Letonia, Finlandia, Filipinas y Sri Lanka; y cuatro primeras ministras: Angela Merkel, canciller de Alemania, Helen Elizabeth Clark en Nueva Zelanda, Khaleda Zia en Bangladesh, y Luisa Diogo en Mozambique. Y Ellen Johnson Sirleaf era aclamada presidenta de Liberia.

En América Latina el poder, que se desplazaba hacia la mujer, tenía una antecesora ilustre, Eva Perón. No tuvo cargo alguno más que su personalidad al lado de Perón. Promovió el reconocimiento de los derechos de los trabajadores y de la mujer e hizo aprobar la ley de sufragio femenino. Visionaria, como lo ha demostrado la historia, declaró en una gira por Europa: “Este siglo no pasará a la historia con el nombre de Siglo de la Desintegración Atómica sino con un nombre mucho más significativo. Siglo del Feminismo Victorioso…“

En la primera década del siglo XXI, más mujeres han presidido democráticamente su país que en toda la historia del Bicentenario. En Panamá, Mireya Elisa Moscoso, en Chile, Michelle Bachelet, en Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, en Costa Rica, Laura Chinchilla y en Brasil Dilma Rousseff. Antes, Violeta Chamorro, por elección popular en Nicaragua, y en Argentina, María Estela Martínez de Perón que, elegida vicepresidenta, asumió el cargo en 1974 tras la muerte de Perón. Las otras llegaron al poder como consecuencia de crisis institucionales. En Haití, Ertha Pascal Trouillot, se convirtió en la primera mujer en acceder a la presidencia en 1990, al asumir un mandato provisional. En Ecuador, Rosalía Artega Serrano, fue presidenta 5 días, del 6 al 11 de febrero de 1997, tras el derrocamiento de Abdalá Bucaram. Finalmente, cabe mencionar que en 2001, Sila María Calderón se convirtió en la primera mujer gobernadora electa de Puerto Rico.

Pero no son solo mujeres que se hicieron con el gobierno, sino también mujeres que luchan hoy por los derechos humanos en el mundo árabe, y en los países asiáticos y en África. El Premio Nobel de la Paz, que se acaba de otorgar (07.10. 2011) compartido a tres mujeres, las liberianas Johnson-Sirleaf, presidenta y Leymah Gbowee, pacifista que inauguró una campaña para castigar sin sexo a los hombres y Tawakul Kerman activista yemení, representan el protagonismo emergente de la mujer, El primer Ministro de Noruega, donde se entrega el Nobel de la Paz, insistió en su significación: “Este premio es un tributo a todas las mujeres del mundo y a su papel en los procesos de paz y reconciliación”. Así debe ser es un premio a todas las mujeres del mundo. En América Latina ya lo obtuvo Rigoberta Menchú y hay muchas más que siguen mereciéndolo. Eufrosina Cruz, india zapoteca de 32 años que ha conseguido el voto paras las mujeres indígenas en las elecciones municipales del Estado de Oaxaca, allí donde los usos y costumbres les negaban elegir y ser elegidas, es un ejemplo entre otros.

En Argentina son madres y abuelas quienes mantienen la memoria de los desaparecidos durante los sanguinarios regímenes dictatoriales que conocieron los países del Cono Sur entre las décadas de los 60 y 80. A partir del 30 de abril de 1977 se reúnen cada jueves en la Plaza de Mayo y tornan tocadas con pañuelos blancos para reclamar a sus hijos desaparecidos durante la “guerra sucia”. Las “locas de Plaza de Mayo” les decían. A lo largo de estos años han esclarecido muchos hechos y recuperado muchos hijos, creaturas de madres víctimas, que la Junta Militar entregó a diversas familias en adopción putativa.

Sin duda que el siglo XXI será el siglo de las mujeres. Es cierto que les queda aún mucho camino por recorrer, para pasar de la conquista de sus derechos a su ejercicio, y para que en los países más retrógrados, se reconozca la evidente declaración de la Conferencia de Pekín, en 1995: “Los derechos de las mujeres son derechos humanos”. Cosa no tan clara en algunos países del mundo.

El imaginario patriarcal recorre la historia a través de la dialéctica entre Eva y Lilith, la mujer sumisa y la rebelde. La mujer sumisa es el modelo básico de la esposa tradicional y de la mujer objeto del que se sirve la publicidad. Para la familia patriarcal es la “esposa ideal”. Al hombre su sumisión lo afirma –¡En mi casa mando yo!- y sobre ella asienta un poder que proyecta sobre los hijos. Pero la imagen del imaginario burgués es divalente. En la casa, la mujer es respetada por y en su integridad; en la calle se la aprecia por presas: “tiene buen…” o “tiene buenas…” No faltan las mujeres que se fascinan por esta mirada y tratan incluso (lo que hoy es posible gracias a la cirugía) de aumentar, a veces monstruosamente, el volumen de sus atributos.

Lilith fue la primera mujer de Adán. Era bella e independiente. Le desesperaba que Adán quisiera hacer siempre el amor en la “missionary position”: “¿Por qué tengo que estar siempre abajo, si fuimos creados iguales? “ le insistía a Dios, reclamando el derecho de montar sobre Adán. Una postura que la erótica romana conocía con el nombre de “el caballo de Héctor” (Marcial atribuía su invención al héroe troyano). Cansada de que El Creador no atendiera sus quejas, Lilith abandona a Adán. Se fugó del Paraíso y partió a seducir a los Ángeles. Con ellos procreó las “hijas de Lilith”. Se dice, en el Libro de Los Esdras, que concluye la narración histórica del Antiguo Testamento (pero no lo he podido comprobar) que, con cada cópula engendraba 100 hijas. Ellas siguieron el camino de su madre, que amaba señaladamente el semen, y festejaban fornicar con los hombres que duermen solos. Un exegeta tardío cuenta que en la Edad Media los monjes, para evitar las poluciones nocturnas a que los llevaban las hijas de Lilith acostumbraban a dormir con una piedra sobre el sexo.

La figura y leyenda de Lilith y sobre todo su rebelión hacia Adán ha llevado a algunas feministas a convertirla en símbolo de la liberación sexual y de la lucha contra el patriarcado. De hecho, en Estados Unidos se realiza una gira musical denominada “Lilith Fair Tour” que agrupa a las mejores cantantes.

Cuando Lilith se fue, Adán recibió una nueva compañera, Eva, creada a partir de una de sus costillas, y en principio sumisa. Pero no tanto. Fue Eva la que llevó la iniciativa en eso de comerse la manzana y en el reducido espacio del Paraíso se convirtió en una líder de opinión convenciendo a Adán de hacer lo mismo.

Son legión los Padres de la Iglesia que detestan a la mujer. Pablo de Tarso: “Es bueno para el hombre abstenerse de mujer”. Agustín de Hipona: “El marido ama a la mujer porque es su esposa, pero la odia porque es mujer”. Tomás de Aquino: “La mujer es un hombre malogrado”. Juan Damasceno: “La mujer es una burra tozuda, un gusano terrible en el corazón del hombre, ella ha expulsado a Adán del Paraíso”. Tertuliano: “No está permitido que una mujer hable en la Iglesia, ni bautizar, ni ofrecer la eucaristía, ni participar en las funciones masculinas, y mucho menos en el sacerdocio”. Es la tesis del fundador del Opus Dei, en la máxima 28 de Camino, el libro de cabecera de sus influyentes seguidores: “El matrimonio es para la clase de tropa y no para el estado mayor de Cristo”

 

Nota al pie. Hace poco la revista Science, publicó el resultado de una investigación, que mostraba que el hombre y la mujer parecieron a la vez en el planeta. Situaba el origen de nuestros abuelos prehominidos hace 120.000 años