El fin del mundo antiguo*

 por
M. A. Rojas Mix

 

El estudio del fin del Mundo Antiguo es uno de los grandes problemas de la Historia Universal. Su análisis apasiona tanto al investigador de la Antigüedad, como a todos aquellos que desde la perspectiva del filósofo o del sociólogo procuran realizar una síntesis comprensiva de la dinámica histórica y social. No es nuestra intención en este pequeño trabajo, añadir una nueva interpretación a las ya conocidas, sino, simplemente, plantear algunas interrogantes en torno a la significación de esa crisis histórica y a las proyecciones que tiene su estudio en la intelección de la sociedad contemporánea. Luego de bosquejar las circunstancias en que se generó la crisis, nos limitaremos a considerar dos problemas que surgen del estudio del fin de la Antigüedad. El primero, establecer si es o no lícito hablar de una crisis, entendida como un cataclismo, que separa abruptamente dos épocas históricas; el otro se refiere a la forma en que la idea de decadencia del mundo romano configura,  en las grandes síntesis de la Historia Universal, la interpretación de la sociedad contemporánea.

 

LA LINEA DE HECHOS

Durante el período que va desde la consolidación del Principado hasta el término del período de los Antonínos, el imperio romano alcanzó su mayor esplendor. Todos sus subditos, sin distinción de clases, de credos ni de orígenes regionales, viven unidos, como dice Gíbbon, bajo “the inmenso majesty of the Román peace”. ¡La Paz Romana! He aquí lo que Roma dio al mundo. Desde mucho antes que ella se consolidara los hombres intuyeron que se avecinaba una nueva época; y así, en el último siglo antes de Cristo, encontramos varios escritos premonitorios, como los de Plinio el Viejo y Virgilio, que hablan del advenimiento de una nueva era “que librará a las tierras del eterno miedo”, y en la cual “una gente de oro surgirá por todo el mundo” (1).

El Imperio romano en este período era un mundo donde el hombre encontraba seguridad; un mundo cada día mejor conocido, con un sistema de caminos que daba vida y prosperidad a las antiguas ciudades y hacía surgir otras nuevas; un mundo cuya paz veíase garantizada por la existencia de un ejército pequeño, pero de gran movilidad y cuyos miembros eran activos agentes de romanización; un mundo que respetaba las costumbres locales y permitía la existencia de gobiernos relativamente autónomos, con la única condición de guardar la “paz romana” y someterse al emperador; un mundo, en fin, en que existía una estructura social abierta (salvo en los estratos más bajos), y donde la movilidad social tenía que ver con la eficiencia y la lealtad. Estas circunstancias, unidas al crecimiento de las ciudades, fenómeno en que nos detendremos más adelante, hicieron posible que se decantara una civilización cosmopolita y universal.

Por otra parte, durante este período el Imperio alcanza también su más alto desarrollo económico. El Occidente lo abastece de, materias primas, mientras, la industria y el comercio refúgianse principalmente en Oriente, donde se encontraban ciudades con larga tradición comercial y manufacturera. Las provincias producen excedentes agrícolas que abastecen las necesidades de Roma y de otras partes del Imperio; y el ejército, el gran consumidor, obliga al desarrollo económico de las regiones fronterizas. Sin embargo, ya desde entonces adviértese una tendencia hacia la descentralización económica y la autosuficiencia, que va a conducir en los siglos posteriores a la “economía natural”. Esta tendencia va a verse favorecida por la existencia de una población rural ajena al proceso de romanización, unida al pasado y separada del movimiento de ideas, y por la desaparición del agricultor independiente y su reemplazo por el coloni que, según algunos autores, anuncia el mundo medieva (2).

Aún antes del siglo III, época en que se precipita la crisis, aparecen los primeros síntomas de debilidad: se inicia el proceso de decadencia de las ciudades, en gran medida producto de la intervención creciente de la administración imperial que empieza a limitar las antiguas franquicias ciudadanas. Este cambio en la política administrativa se hace violento cuando comienza la crisis fiscal al terminar la expansión del Imperio: las guerras de conquista, al incorporar nuevas áreas de explotación y grandes sumas por vía de botín habían permitido equilibrar el presupuesto del Estado. Ahora bien, cuando la guerra se hizo defensiva la economía se contrajo, no sólo porque el Fisco perdió su principal fuente de ingresos, sino porque además, hubo de entrar a financiar los ejércitos de la frontera, para ello fue necesario recargar las requisiciones financieras a las municipalidades y a los funcionarios públicos y los cargos que antes constituía un honor servirlos se transformaron ahora en pesadas gabelas.

Durante el período de Marco Aurelio el Imperio recibió el primer impacto fuerte: En Panomia cí emperador no consiguió romper la coalición de malcómanos, cuados y sármatas. Fue necesario levantar nuevas legiones, y para ello, hubo de vender las joyas imperiales (lo que demuestra la falencia del Erario) e incluso alistar bandidos. La crisis se agudizó con la peste que extendieron los soldados al volver de la guerra contra los partos. Los campos fueron abandonados y a los miles que murieron de peste se sumaron otros tantos que murieron de hambre. La economía se deprimió todavía más. En las ciudades los habitantes fueron obligados a tomar nuevas liturgias o “cargas voluntarias”, y se terminó rápidamente con las libertades municipales. Con ello la acción del Estado acelera un proceso que había comenzado dentro de las mismas ciudades: la decadencia cívica. Sólo después de la muerte de Marco Aurelio se van a apreciar todas las repercusiones de este fenómeno.

El siglo III fue de crisis y caos: el ejército se transforma en amo del Imperio; el mismo Marco Aurelio abrió el camino a la corrupción y al desorden cuando reemplazó el principio de la elección por el principio dinástico; su hijo Cómodo, un megalómano, terminó siendo depuesto por la guardia pretoríana. Posteriormente, los Severos, buscando disminuir la tensión interna, crean una nueva guardia pretoriana con legionarios reclutados en cualquier parte del Imperio; con ello, llevan a Roma militares que no comprenden las viejas tradiciones y a quienes interesa más su propio beneficio que el bien del Estado. Para obtener nuevos contribuyentes con que financiar el pago de las tropas y comprar a los enemigos de la frontera, Caracalla concede la ciudadanía a todos los habitantes. Al caer la dinastía de los Severos se suceden veintiséis emperadores-soldados, de los cuales uno solo se libra de ser asesinado. En el este, los Sasánidas casi destruyen la autoridad romana. En todas partes se levantan los campesinos expulsados por los invasores, la unidad del Imperio se rompe y en la mayoría de las provincias aparecen pequeños señores. A fines del siglo III grandes porciones del mundo romano están en manos de los rebeldes, los bárbaros o los persas.

En 275, Aureliano logra restaurar parcialmente el Imperio. Sin embargo, las ciudades, base de la civilización greco-romana, no podrán ya reponerse del impacto. Las murallas con que se rodean dan elocuente testimonio de que la Paz Augusta ha desaparecido.

Los mampuestos estrechan el área de la civitas, y junto con ella disminuye también la población (Alejandría perdió el 60% de sus habitantes) . La clase media declina agobiada por los impuestos, lo que a su vez repercute en las ciudades. En el campo vastas áreas dejaron de ser cultivadas y fue necesario obligar a los campesinos a tomar los terrenos abandonados, para que así produjesen lo necesario con que pagar los nuevos impuestos. El Estado recurre para financiarse a la desvalorízación de la moneda y al aumento del circulante, todo lo cual origina una inflación que no se detendrá sino hasta producir el desquiciamiento económico total.

Diocleciano y Constantino terminan de restaurar la unidad del mundo romano, pero cuando la niebla vuelve a levantarse vemos que del Principado de Augusto no queda nada. A la cabeza del Estado aparece un déspota hereditario que gobierna en forma abiertamente absoluta. La economía libre es sustituida por una economía controlada y planificada. No obstante, pese a los esfuerzos de ambos emperadores por sanear la economía, fijando precios máximos y restableciendo la circulación del oro y la plata, la crisis prosigue: los precios siguen en aumento y la población continua disminuyendo. Era imposible, sin una reforma estructural, enhestar una economía que estaba basada únicamente en la percepción de impuestos. Como paliativo se trata de fijar los hombres a la tierra (coloni), medida que se extiende también a sus herederos. Bajo Constantino la herencia del servicio público se hace ley y se aplica a todas las clases, incluso a los soldados.

Este imperio que ha perdido la paz y la seguridad, ya no puede ofrecer sino una precaria resistencia a los bárbaros, y aún cuando se aumenta el contingente militar, en el nuevo ejército, el papel más importante se le asigna a los mismos que amenazan sus fronteras. El mundo ha cambiado. Dos actos de Constantino pueden ser considerados como símbolos del fin de un período y los comienzos de una nueva era: su conversión al cristianismo y la fundación de Constantinopla.

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Decíamos en los párrafos anteriores que los problemas del siglo III y siguientes rompen algunas de las bases en que se sustentaba la civilización romana, pero lo más importante es que trastornan la sociedad al terminar con la paz. La pérdida de la paz, que había hecho vivir a los subditos del Imperio una “Edad de Oro” durante los dos primeros siglos de nuestra era, produce en los hombres una crisis emocional, de la cual no logran reponerse y que explica una serie de fenómenos característicos del Bajo Imperio Romano. De pronto, el hombre se encuentra desamparado frente a un mundo que se hace cada vez más conflictivo e inhóspito y del cual nada podía esperar. Era necesario encontrar la esperanza capaz de aligerar el peso de la existencia; entonces la sociedad romana se hizo religiosa. Los cultos paganos habían servido mientras se tenía fe en Roma, pero ahora… El culto al emperador, aunque servía para unir los distintos pueblos dentro del Imperio, se traducía en ceremonias cívicas formales e impersonales que no satisfacían las necesidades del espíritu humano, ni aliviaban la tensión emocional. En este clima, los hombres cultos buscaron refugio en la filosofía estoica, cuya ética, basada en el ejercicio constante de la virtud, en la aceptación del destino y en el combate contra las intranquilizadoras fuerzas de la pasión, se aproxima bastante a una ética religiosa y, en particular, a la cristiana. Durante un tiempo el estoiscismo llenó el vacío que dejaba la religión pagana; sin embargo, su mensaje, de un racionalismo frío, que entendía al mundo como racional y justo y que no daba esperanzas para un “más allá”, se dirigía esencialmente a la mente y no al corazón ni al espíritu, por lo que no fue siquiera capaz de satisfacer los cambiantes intereses de la intelectualidad (39. Otros romanos, especialmente aquellos provenientes de los sectores más humildes, se volvieron hacia los dioses naturales de los tiempos primitivos. No obstante, los viejos dioses de Roma perdieron popularidad y viéronse eclipsados por las divinidades extranjeras, como Isis y Serapis de Egipto, la Magna Mater de Asia Menor y, en particular. Mitra de Persia, el más formidable rival del cristianismo, cuyo culto cundió con gran rapidez entre las legiones, que concebían al dios como un guerrero guiándolos en la batalla (4).

Roma, en general, no se oponía a estos cultos, salvo que fueran decididamente groseros, o que lesionaran la obediencia al Imperio o el culto al emperador.

Ahora bien, ni la tolerancia oficial, ni la facilidad para desplazarse dentro del Imperio bastan para explicar la difusión de los cultos extranjeros. Su principal factor de éxito fue que los hombres estaban listos y deseosos de aceptarlos. Su popularidad da la medida de la creciente insatisfacción del individuo con las condiciones de vida en el Imperio.

Muchas de estos cultos se practicaban en sociedades secretas, donde los cofrades eran admitidos después de un ritual de iniciación y en las que todos se debían ayuda. Sus ritos de adoración ofrecían a los devotos una satisfacción emocional, que no encontraban en el culto romano. Su ritual complejo, muchas veces orgiástico y su ceremonial pintoresco, aliviaban el tedio de vivir y consolaban al pobre de su pobreza. Su organización como sociedad daba a los hombres oportunidades para relacionarse y sentirse pertenecientes a un grupo con intereses y propósitos comunes. Sobre todo, las religiones de misterio, otorgaban un respiro a las intolerables condiciones de vida y concedían una esperanza de inmortalídad personal a quienes la vida parecía sin esperanza(5)”.

El cristianismo prosperó dentro de esta clase, la misma que Toynbee ha llamado “proletariado interno”. La acción de Pablo lo transformó en una religión universal, que se dirigía, tanto a judíos como a gentiles. Su carácter de religión personal frente al impersonalizado culto al emperador, y las condiciones en que comenzó a expandirse, cuando todavía subsistía la paz romana y el mundo mediterráneo era uno solo, explican, en parte, su difusión. El Estado no se le opuso como doctrina, sino por razones políticas, porque con su actitud aparecía como otra de las fuerzas disolventes que amenazaba la integridad del mundo antiguo. Así es como los períodos de grandes persecuciones coinciden con los tiempos de dificultades en el Imperio (e. g., siglo III). En el siglo IV ya se encuentra extendido por todo el mundo romano y comienza a ser adoptado por las clases altas y la intelectualidad. En 313, el “edicto de Milán”, garantiza la tolerancia; y, durante Teodosio, en 380 y 381, se declara ilegal el culto pagano. Es el triunfo definitivo del cristianismo, tal como lo vaticinó, poco antes de morir. Juliano el Apóstata: “pálido galileo, tú has conquistado”.

Es difícil ofrecer una explicación satisfactoria de la difusión del cristianismo en el Imperio, especialmente si se piensa que nuestra visión, como la de todos los historiadores occidentales, está mediatizada por la dirección que han tomado nuestros intereses y preferencias en el mundo actual. No obstante, cabe conjeturar que su triunfo se debió a que el llamado espiritual de esta religión fue mayor que el de cualquiera otra llegada de Oriente: no distinguió entre el hombre y la mujer, entre el libre y el esclavo ni entre el rico y el pobre. A esto, debemos agregar su sólida organización, que mantuvo todas las comunidades en estrecha comunicación, facilitando enormemente la evangelización.

 

¿CATACLISMO O CONTINUIDAD?

Salvo contadas excepciones, los historiadores del siglo pasado entendieron la caída del Imperio Romano de Occidente a modo de una catástrofe que separaba, en forma abrupta, la cultura clásica, luminosa, de la tenebrosa noche medieval. Sólo a comienzos de este siglo se abren paso nuevas interpretaciones que abandonan la idea de una ruptura fragosa y establecen una relación de continuidad entre ambas épocas.

La tesis, así llamada, del “cataclismo”, nació al socaire del humanismo, como corolario de las ideas de “resurgimiento”, “resurrección” y otras similares, que manejaban los intelectuales de entonces para diferenciar su época, de los tiempos de las tenebrae, como llamaba Petrarca a la historia posterior a la crisis romana. Desde entonces, hasta hace sólo algunas décadas, el significado de la crisis fue comprendido en forma análoga. Elocuente ejemplo de este modo de interpretación suministra, en el siglo XVIII, la obra de Gibbon, que ve la decadencia como la tragedia de una civilización, y que concluye afirmando en forma lapidaria: “I have descrive the triumph of Barbarism and Religión”(6). Incluso en la época actual, los epígonos de esta teoría, lanzan afirmaciones tan rotundas como ésta: “La civilisation romaine n’est pas. mort de sa belle mort. Elle a été assassinée”(7).

No obstante, la “tesis del cataclismo” no puede superar una contradicción interna: ¿Cómo explicar que los bárbaros, después de haber destruido la cultura antigua, fuesen capaces de retoma sus elementos e introducirlos en sus instituciones?

Esta circunstancia fue la que llevó a Alfonso Dopsch —Wirtschaftiiche una soziale Grundlagen der europäischen Kulturentwickiung aus der Zeit Caesar bis auf Karl den Grossen, 1918—, a afirmar que no había existido tal paso del romanismo al germanismo, pues estos pueblos convivían desde mucho antes de la caída del Imperio; y, en el momento que éste se derrumba, ya no es posible considerar su cultura como genuinamente romana, ni como algo que era totalmente ajeno a los pueblos germanos(8).

Pocos años después, al despuntar la década del veinte, aparecieron en la Revue belge de Philologie et d’Historie dos artículos de Henrí Pirenne, donde plantea una tesis que va a encontrar su expresión definitiva en una obra publicada después de su muerte: Mahomet et Charlemagnc (París et Bruxelles, 1937), y que se ha convertido en la piedra de toque de la actual interpretación del fin del mundo antiguo. En síntesis, Pirenne sostiene lo siguiente: El ordo romanus continuó, aún después de las invasiones germánicas, hasta la aparición de Mahoma, quien fue el destructor de aquel estado de cosas. El mundo medieval se inicia con la figura de Carlomagno. Las invasiones germanas no destruyeron el Imperio, pues el carácter mediterráneo, que era uno de los rasgos fundamentales de la civilización romana, subsistió durante toda la época merovingía. Los mismos jefes bárbaros se consideraron los continuadores de la idea imperial. Salvo en Inglaterra, no hubo en Europa ninguna transformación profunda —en el 600 la fisonomía del mundo no era radicalmente distinta a la del 400-. El movimiento comercial mediterráneo continuó, en manos de sirios, griegos y judíos. Las ciudades del litoral, como Marsella, siguieron prosperando: a sus puertos llegaban no sólo artículos suntuarios, sino toda clase de mercaderías orientales, como las especias, el aceite, el papiro y hasta camellos. El comercio interior conservó su importancia, manteniendo vivas las ciudades. Incluso el sistema monetario imperial —padrón oro— se mantuvo entre los bárbaros. En cambio, a partir de Carlomagno desaparece el circulante y se vuelve a una economía natural.

La obra de Pirenne, aunque acentúa el aspecto económico, no deja de lado los problemas de tipo cultural. La vida intelectual—afirma-, se sigue desarrollando sin modificaciones después de la invasión de los bárbaros. El latín continúa siendo la forma de expresión corriente, salvo en las zonas menos romanizadas, y sí bien es cierto que hubo decadencia intelectual, ésta debe ser entendida como la continuación de la decadencia intelectual del Imperio, que venía agudizándose desde el siglo III. La sociedad mantuvo su carácter secular y, no obstante su gran influencia, la Iglesia continuó, como antes de la caída de Roma, desarrollándose, sin formar parte del Estado. En la corte no se utiliza todavía el ceremonial religioso, como ocurre a partir de los carolingios. La clase culta, que suministraba los funcionarios, sigue siendo una cíase formada por laicos (Casiodoro, Boecio). Así, pues, se conservaban las tradiciones políticas y culturales del mundo antiguo, en gran medida, porque a través de ese Mediterráneo abierto penetraba la influencia bizantina. También en el arte del período merovingio se advierte este carácter, salvo —dice Pirenne— en el mundo anglo-sajón, donde subsiste la tradición céltica y germánica que se expresa principalmente en la decoración de evangelarios y salterios.

La ruptura con la tradición antigua fue causada por el avance del Islam, que cierra el Mediterráneo e impide que continúe llegando la influencia bizantina. Lo que antes había sido un tactor de unión, se transforma ahora en una frontera donde se oponen dos mundos hostiles. Se cierra el tráfico con Oriente: las ciudades mediterráneas decaen, la acémila reemplaza al barco y el buhonero al gran comerciante. Sólo subsiste el comercio interior, las ciudades dejan de ser centros comerciales y son sustituidas por pequeños mercados locales, manteniéndose únicamente las que son sede de un obispado, el resto se transforma en fortalezas señoriales. Cesa la acuñación del oro y aparece una moneda de plata que apenas sirve para el pequeño comercio; se prohibe el préstamo a interés y se piensa que la economía no debe tener afán de lucro, sino atender al bien común, con ello acaba el incentivo para los comerciantes. La población se ruralíza y desaparece como mercado consumidor. Las entradas del Estado disminuyen, por cuanto dependían en gran parte de la circulación comercial. Al empobrecerse, el Estado tiene que pagar la adhesión de sus subditos con tierras, lo que va a socavar rápidamente su poder. Neustria es la región más afectada en el Reino Franco, mientras que Austrasia, mucho menos vinculada al tráfico mediterráneo, se convierte ahora en el centro del mundo franco. El eje del mundo se desplaza desde las costas del Mediterráneo hacia las regiones del Rin y del Sena. La responsabilidad histórica queda entregada, desde entonces, exclusivamente en manos de los bárbaros, que empiezan a jugar un papel positivo en la reconstrucción de la civilización europea.

La tesis del historiador belga concuerda con la de Dopsch en que existe una continuación entre la Antigüedad y los primeros siglos de la Edad Media; pero difiere de ella al considerar que se producen cambios de gran trascendencia a fines de la época merovingia. Para Dopsch, como lo afirma en su crítica a Pirenne, el siglo IX es un período de restablecimiento comercial. En Naturalwirtschaft una Geldwirtschaft in der Weltgeschichte ,Viena,1930  (9), sostiene el autor alemán que las afirmaciones de Pirenne son exactas en conjunto; pero en la época carolíngia no hubo un retorno a la economía natural. Pirenne, señala Dopsch, tiende a generalizar demasiado; sus afirmaciones son válidas para la Galia, pero no para el resto de Europa. Es un error juzgar en conjunto la historia económica de un período tan importante. Respecto al problema monetario, Dopsch sostiene que el oro no desaparece durante Carlomagno, pues subsisten numerosas cecas de este metal. Así pues, piensa que el predominio de la acuñación de la plata debe limitarse a las Galias; por otra parte, la preponderancia de la moneda de plata no indica necesariamente un retroceso del comercio. El tráfico por el Mediterráneo, no sólo no desaparece en la época carolíngia, sino que se anima todavía más gracias a la incorporación de Italia a la gran monarquía franca: hay numerosos testimonios de que en las ciudades carolingias subsistían comerciantes de envergadura, que realizaban un comercio que excedía con holgura el puramente local; lo hubo con Inglaterra, con los daneses, etc. Tampoco es real que los reyes carolingios no dispusiesen de oro: piénsese en lo que significaron las conquistas de Carlomagno (botín de los ávaros, etc.). Por último, concluye que “no puede caber duda que el comercio se desarrolló considerablemente en la época carolingia”.

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Pirernne, en realidad, ha vuelto a la “teoría de la catástrofe”, sólo que ha situado este hecho algunos siglos más tarde. No obstante lo fecundo de sus tesis, ya que ningún historiador interesado en estos problemas puede pasar por alto sus puntos de vista, los investigadores modernos se inclinan a adoptar una posición contraria. Los más audaces de sus críticos llegan, incluso, a sostener que el mundo musulmán, lejos de constituir una barrera causante de la regresión económica de Occidente, fue un centro írradiador de influencias, tanto económicas como intelectuales y artísticas, pues abrió circuitos económicos nuevos, que lentamente vincularon el Occidente bárbaro con las corrientes de relaciones económicas generales. El profesor Lombard, a quien pertenece esta afirmación, la funda en la aceptación de los siguientes puntos: 1) la conquista musulmana unió los dos grandes dominios económicos del Océano Indico y del Mediterráneo; 2) lanzó un conjunto de rutas a través de la Europa del noroeste; 3) empujó a Bizancio —al privarlo del trigo de Egipto y de otros artículos del Cercano Oriente-, hacia el Occidente y los países del Mar del Norte, y 4) por último, permitió la organización de un verdadero comercio mundia (l0).

Poco antes de que fuese publicada la crítica de Lombard, apareció en la revista Speculum, un artículo del profesor de Yale, Robert S. López (11). El profesor López es uno de los primeros en utilizar las fuentes musulmanas para el estudio de estos problemas. Su crítica a Pirenne la centra en uno de los puntos principales que permitía al historiador belga demostrar la ruptura de las relaciones comerciales entre Oriente y Occidente: el llamado “las cuatro mayores desapariciones” (cese de la acuñación del oro bajo los primeros carolíngios, detención de las importaciones de tejidos orientales, abandono del uso del papiro por la cancillería de los últimos merovingios, interrupción de la llegada de especias en los mercados del Imperio Franco). Según el autor, ninguno de estos supuestos se puede aceptar: de los cuatro artículos mencionados, tres (el oro, las telas y el papiro), eran monopolios estatales, cuya fabricación y circulación estaban sometidas a restricciones especiales desde la época del Imperio. Estas restricciones se mantienen tanto en Bizancio como en el califato, pues ninguno altera, en nada, la organización anterior. Por otra parte, afirma que no existe una relación causal entre la conquista musulmana y la posterior evolución económica de Occidente: sí durante el período carolingio el oro deja de batirse, es debido a la política de conciliación con Bizancio que estima como prerrogativa suya la acuñación de metal noble. El papiro deja de utilizarse sólo en Galia, donde las tradiciones romanas estaban menos arraigadas. A su vez, la desaparición de los tejidos, así como de las especias, puede atribuirse a cambios en el gusto o en la moda, a la política bizantina de monopolios, o a dificultades producidas en el comercio del Océano Indico o de los Mares de China.

Otro autor, Cipolla, ha centrado su crítica en la precariedad de métodos con que se han realizado las investigaciones. Según él, deberían aplicarse los modernos métodos de la economía para resolver, de una manera satisfactoria, si la invasión árabe transformó o no los términos del comercio Oriente-Occídente. En todo caso, se muestra bastante escéptico frente a la tesis del “belga”: “Por mi parte yo dudo que jamás pueda probarse que la conquista árabe haya hecho variar profundamente estos diferentes datos —se refiere a la división del trabajo, la circulación monetaria y el comercio Oriente y Occidente. La situación que hemos descrito es la que nos muestran todos los documentos del siglo V al XI. La alta Edad Medía, período caracterizado por la ausencia de toda forma de división del trabajo, por un rendimiento real mínimo, por una fuerte y prolongada tendencia deflacionista, por una balanza comercial netamente desfavorable a Europa, comienza aproximadamente en el siglo v y termina, aproximadamente, en el siglo XI” (12).

En 1953 apareció en The Scandinavian Economic History Review un importante artículo sobre el tema en cuestión. Su autor, el profesor S. Bolín, refiriéndose al problema monetario, sostiene que las variaciones en el peso de la moneda carolíngia deben atribuirse a las fluctuaciones del valor relativo del oro y la plata en el mundo musulmán. La apertura de las minas de Transoxiana (c. 750) origina una gran abundancia de la plata y el consecuente envilecimiento del metal blanco, el cual no vuelve a recuperar suvalor, hasta que la conquista de la Nubia (c. 850) lleva un nuevo flujo de oro a la corriente monetaria. Fuera de eso, el autor piensa que el tráfico de la Galia es dependiente del comercio y del amonedamiento musulmán, pues ésta es una región de tránsito entre los países de Oriente y Nórdicos. La Galia mantiene este papel de intermediario, hasta que se inicia la invasión escandinava, época en que deja de jugar este papel o, al menos, disminuye su importancia. Se rompe entonces el contacto entre el Norte y el Oriente, e1 cual sólo vuelve a establecerse cuando Rurik traza una nueva ruta en medio de la planicie rusa. De aquí el título de su artículo: Mohammed, Charlemagne ana Ruric (13) Junto a Bolín, como lo veremos más adelante, se agrupa una serie de autores que, frente a las afirmaciones demasiado rotundas de sus predecesores y fascinados por la cultura y los tesoros del país de Las Mil y una Noche, afirman la influencia de Oriente sobre el mundo económico Occidental. Por otra parte, no falta quien niegue la posibilidad de sostener, basándose en las fuentes: sean documentales, arqueológicas o numismáticas, la existencia de una importante circulación de oro musulmán en el Occidente Carolingio (14). Asimismo, descartan la tesis de Bolin, que se sostiene sobre los tesoros encontrados en los países bálticos, en la isla de Gotland y en las regiones del Volga y del Dniéper, pues estiman que las piezas árabes que en éstos se encuentran corresponden, principalmente, al siglo x y que provienen menos del comercio que del pillaje realizado por los escandinavos en la ruta que iba de Samarkanda a Rusia Meridional (15), o de los tributos que imponían a las poblaciones eslavas, a los khazares y a los mismos francos. En todo caso, estas riquezas sólo habrían podido tonificar la economía europea sí hubiesen sido puestas de inmediato en circulación, en vez de atesoradas (16).

En una obra reciente, Roben Boutruche, profesor de la Sorbonne y director de la École des Hautes Études, después de poner 1a controversia en su estado actual, toma, aunque cautelosamente, posición en la polémica. He aquí algunas de sus afirmaciones más importantes: La situación que Pirenne describe como originada por la invasión musulmana, no es, en modo alguno, producto de una catástrofe, sino de la lenta desintegración del Imperio, a quien el Islam dio otro golpe de masa. Lo que explica la crisis y la estagnación económica en que se encontraban sumidas numerosas regiones, es la escasa densidad de la población, que por lo demás, venía disminuyendo desde fines del Imperio. De esta crisis, sin embargo, se salvaron algunas regiones del valle del Mosa, los países romanos y los del Mar del Norte. En ellos tiende a progresar la vida urbana, gracias a que sus ciudades —Verdún, Maestrich, etc.— se ubican orillando las vías fluviales. A su vez, el desenvolvimiento de estas zonas obliga a abrir puertos en las cabeceras de ruta: Quentovic sobre el Canche y Dursteede sobre el Lek. Al enfrentarse con el problema monetario, el profesor Boutruche afirma que el predominio de la plata en la acuñación monetaria, no debe atribuirse y. las variaciones experimentadas por este metal en su relación con el oro, sino que debe entenderse en correspondencia directa con el reducido uso de la moneda, que sólo circulaba en el mercado local. A la inversa de lo que sostiene Pirenne, le parece que la restauración de la moneda, al igual que la de las ciudades, se produce durante la época carolingia, cuando se restablecen las rutas comerciales que van desde el Mediterráneo al Mar del Norte y al interior del continente europeo; pero éste, acota cautelosamente, es sólo “un changement modeste”(17).

Los trabajos más recientes vuelven a llamar la atención sobre la necesidad de un estudio más preciso, basado en un nuevo análisis de los textos y de los hallazgos monetarios, de suerte que el afán de dar un cuadro cabal y completo del fenómeno, no convierta las investigaciones en trabajos, que como dice Perroy, no tienen otro valor que el de un “montaje” fotográfico. Así pues, “Pour que les hypothéses de travail et les vues d’ensemble, dont nous n’avons pas assez dit les inmenses mérites, portent désormais leurs fruíts, il faut passer maintenant au patient et ingrat travail d’analyse: critique et filtrage de toutes les sources documentaires ou narratives orientales; répertoire, datation, analyse de toutes les trouvailles monétaíres, anciennes ou recentes; étude typologíque de tous les objets d’art, dans des cadres chronologiques rigoureux. Que MM. Bolin et Lonibard, quí se sont attelés dès longtemps à cette tâche, n’hésitent pas a nous en lívrer les résultats au fur et à mesure qu’ils les auront obtenus, sans attendre d’en pouvoir donner une synthèse harmonieuse. Car c’est par tâtonnements successifs que l’historien tente d’appréhender la réalité” (18).

 

EL FIN DEL MUNDO ANTIGUO Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD
CONTEMPORÁNEA

La trascendencia del estudio del fin del mundo antiguo se patentiza cuando vemos la forma en que el análisis de su problemátíca ha contribuido a plasmar la imagen que muchos autores nos dan de la sociedad contemporánea. La relación entre el mundo romano decadente y la crisis de la sociedad actual es, prácticamente, el punto de partida de todos aquellos historiadores, que partiendo de una concepción cíclica de la historia, formulan grandes síntesis omnicomprehensivas. Veamos, sólo a vía de ejemplo, la obra de dos de los historiadores que han causado mayor impacto en los medios intelectuales del presente siglo: Spengler y Toynbee.

En la morfología de la historia universal que bosqueja Spengler en La Decadencia de Occidente, al referirse a la etapa de la decadencia (Untergang) señala como rasgos más característicos de todas las civilizaciones, los mismos que advierte como fundamentales en la crisis del mundo Antiguo. Es el período en que predomina la paz universal y el cesarismo; pues han desaparecido las guerras nacionales para dejar paso a las luchas por él poder personal, donde se afirman las grandes individualidades: los cesares. En este momento, todo el curso de la historia universal se concentra en las grandes ciudades: en la megalópolis; el Londres, el Berlín y el Nueva York del siglo xx y la Roma de entonces. El resto del mundo queda reducido a provincia. Esta ciudad engendra un tipo humano característico: el nómada intelectual, individuo que vive arracimado en los grandes centros urbanos, deambulando entre los colmenares de casa de renta que existían tanto en el mundo antiguo como ahora. El nómada intelectual es un desarraigado, pues ha roto los vínculos con el hogar, centro piadoso de la vida familiar. Ahora bien, estos vínculos no se pueden reemplazar, aunque en ello se afane el hombre creando comunidades de vecinos, ligas y cuerpos de toda especie. La ciudad-universo tiene “un giro metafísico hacia la muerte”: el hombre en cuanto raza no tiene deseos de seguir viviendo; su esterilidad y la infecundidad de sus mujeres (la mujer campesina es ante todo madre) ponen fin al drama de la civilización. Por otra parte, la democracia que prevalece en los orígenes de estas sociedades, es minada por el poder del dinero, el cual adquiere preponderancia en la vida política, dejando de ser considerado como una común medida de valores para convertirse en un valor en sí; finalmente, la plutocracia es derrotada, a su vez, por los poderes de la sangre y de la espada, dando paso a la política de la fuerza bruta y al cesarismo. En un mundo como éste, intelectualizado y materialista, la creatividad  se agota y el arte se reduce a variaciones en torno a arquetipos, buscando, principalmente, como en el retrato, el parecido, pero sin que sea capaz de crear formas nuevas. Al final de esta etapa aparece la segunda religiosidad: frente a una Iglesia que se ha hecho rígida y desprovista de sentido, las masas buscan la paz de espíritu en el restablecimiento de la antigua fe, o en una nueva religiosidad. Surge una ola de doctrinas ético-escatológícas que, como reacción al racionalismo extremo, exaltan el encanto de lo irracional. Al renovarse el celo religioso sobreviene un período de puritanismo, que a menudo se torna agresivo e intenta imponer sus doctrinas me díante la política y la fuerza. Esta segunda religiosidad, aun cuando pone término a una cultura, a menudo es precursora de otra.

Así se extingue la fuerza creadora de lo que el historiador alemán llama “símbolo primario”, que difiere enteramente para cada cultura y que constituye la premisa mayor que fija las características esenciales de una cultura determinada: el carácter de su ciencia y filosofía, de su mentalidad, de sus artes y creencias, de su modo de pensar y de vivir, “es quien le imprimirá su estilo y la forma de su historia, como progresiva real nación de sus posibilidades interiores”(l9).

En muchos aspectos Arnold J. Toynbee es el heredero espiritual de Spengler. En su obra fundamental A Study of History (1934-1954), plantea, al igual que el erudito alemán, una dinámica de las civílizaciones. Según Toynbee hay un ritmo constante en el desarrollo de las civilizaciones, pero de movimiento fluctuante y alternado. La fuerza que genera este ritmo es el mecanismo del challenge-and-response (reto y respuesta). Una serie de repetidos retos y respuestas constituyen ascensos y descensos en la vida de las sociedades. Esta dinámica existe en cualquiera etapa que se encuentre la sociedad: génesis, crecimiento, colapso o desintegración. Esta última fase el autor la caracteriza como un proceso de “derrota y recuperación”; se diferencia de las anteriores en que en ella la respuesta es menor que el reto.

En cualesquiera de estas fases la acción de la sociedad va a depender de individuos o de pequeñas minorías, que el autor llama “creadoras”. El problema de estas “minorías” es hacer prevalecer sus opiniones, e imponerlas en la práctica sobre la mayoría pasiva e infecunda. Dado que las masas son incapaces mental y espiritualmente de crear una realidad, los líderes deben lograr que ellas acepten e imiten su pensamiento y su acción. Este proceso Toynbee lo denomina mimesis.

 

El colapso de las civilizaciones se origina cuando la “minoría creadora” fracasa en responder a un reto determinado, pierde entonces su poder sobre las masas y se convierte en una “minoría dominante y opresiva”. Las masas le retiran su confianza acabando así la mímesis y se marginan de la sociedad y de la civilización. Volviéndose hostiles hacia ella se transforman en “proletariado interno”. Por otra parte se acaba la atracción que la sociedad ejerce sobre los grupos externos, los cuales plantean nuevos retos que ésta es incapaz de responder. Surge así un “proletariado externo”, grupo que, al carecer de privilegios, se siente fuera de la sociedad y se convierte en enemigo.

A este cisma en la sociedad, que es una de las características de la última fase de la civilización, se agregan otros rasgos distintivos de la crisis, como son: la pérdida de la creatividad artística. En el arte desaparece lo singular que es reemplazado por la estandardización, signo de la decadencia. El cisma engendra, además, un período de grandes conflictos, que desencadenan la guerra total. Las naciones y los hombres se agotan en ella y surge, entre las masas, un anhelo de paz y estabilidad, con lo que preparan el camino para otro rasgo característico de la fase de desintegración; el establecimiento de un Estado Universal por la facción| más fuerte. Este Estado, que representa el dominio despótico de una minoría dominante sobre un proletariado reacio, es la forma cómo ésta responde al reto que le ha lanzado el “proletariado interno”. A su vez, esta respuesta de la minoría se convierte en un reto para el proletariado, quien responde con la creación de una Iglesia Universal, llamada a durar más que el Estado mismo y a trascender la civilización en la cual se gestó; pero que es incapaz de detener el proceso de desintegración. Por el contrario, siendo opuesta a las creencias y fundamentos de la minoría dominante va a socavar todavía más la civilización. La Iglesia Universal es la respuesta del proletariado interno; mientras que el proletariado externo responde al reto armando hordas de bárbaros y lanzándolas contra el Estado Universal. Finalmente, el Estado Universal sucumbe. En primer lugar, porque es intrínsecamente débil, pues la minoría ha dejado de ser creadora y no se impone ya por su atractivo, sino por la fuerza; y, en segundo lugar, sucumbe minado por la Iglesia Universal y por el avance de las hordas bárbaras.

CONCLUSIONES

Como vemos, el establecer una separación abrupta entre la Antigüedad y el Medioevo, constituye un resabio del pensamiento de los historiadores humanistas. En realidad, ha sido en gran medida la valorización del Renacimiento y la consideración de la Edad Media como época oscura que separa dos períodos de luminosa racionalidad, lo que ha llevado a los historiadores a la aceptación de una periodificación histórica. La Historia, sin embargo, como ya lo señalaron los románticos, es un todo continuo, en que la visión del mundo de una época va siendo lentamente reemplazada por otra, pero sin desaparecer, ya que se mantiene dentro de los supuestos configuradores de las épocas siguientes. Es decir, hay una periodificación. dentro del continuo —lo que podemos afirmar válidamente, ya que continuidad y periodificación no son términos excluyentes ni antitéticos. La formación de una nueva visión del mundo, significa el advenimiento de un nuevo período sin que esto implique una solución de continuidad; pues la nueva imagen del mundo se origina en una permanente acción del hombre que transforma, a un ritmo más o menos acelerado, la realidad; pero esta acción se orienta y se realiza desde la experiencia del pasado.

El estudio de la economía en la Temprana Edad Media, en los términos que lo realizan Dopsch y Pirenne, nos demuestra este acertó. Entre la economía del Bajo Imperio y la Merovingia no se advierte ningún cambio radical; y en esto, la hipótesis del historiador belga mantiene plena validez. Su tesis sólo ha sido controvertida, cuando, olvidando el principio que le sirvió de guía, volvió a sostener la existencia de una ruptura violenta entre el período Merovingio y Carolingío. En este punto, casi todos los historiadores actuales se inclinan a seguir el surco labrado por Dopsch y a ahondar en la idea de una continuidad económica que se modifica lentamente a lo largo de la Historia. No obstante, el mérito de Pirenne es que ha sido él quien ha llamado la atención de los investigadores sobre la importancia del estudio económico para la comprensión de este problema, y en este sentido, su problemática no pudo ser más fecunda. Tan fecunda, que aquellos que lo critican sólo han destacado este aspecto de su teoría, olvidando que junto al problema económico, aunque subordinado a éste, Pirenne planteó problemas artísticos y culturales. En este aspecto, su tesis, todavía no impugnada, mantiene plena validez.

Por otra parte, al concluir este ensayo, queremos destacar el significado que tiene el estudio del fin del mundo antiguo en aquellas concepciones morfológicas de la Historia que procuran establecer una forma general, válida para todos los procesos de decadencia cultural. Considerando el sentido total que Spengler y Toynbee le atribuyen al proceso evolutivo, se reconoce de inmediato en ambas concepciones el primado de una idea de periodifícación cíclica —cerrada en Spengler y abierta en Toynbee— a modo de categorías para la comprensión del desarrollo histórico. Sin embargo, al estudiar en particular los períodos de crisis advertimos como en su interpretación prima la imagen de la decadencia romana, que se extrapola —como se observa en la utilización del término cesarismo— a todos los procesos análogos de la Historia Universal. La imagen de la decadencia romana es, en último término, el principio eurístico confígurador de la idea de decadencia.

Es en estos aspectos de la problemática general de la Historia Universal, como son las ideas de continuidad, de periodificación y de decadencia, donde radica; a nuestro juicio, la importancia fundamental del estudio del fin del Mundo Antiguo.

Notas:

•Agradezco al maestro Félix Schwartzman, quien, generosamente, me ha brindado en éste, como en otros trabajos, sus profundas y enriquecedoras sugerencias,

1. Los autores cristianos vieron en estas palabras una profecía del nacimiento de Cristo, pero se trata más bien, sobre todo siendo palabras de Virgilio, de una visión de la época de oro imperial. Cf. Égloga iv. También Eneida, vi, 850-55; y Plinio el Viejo, Historia Natural v, 39 y 40.

2. Cf. Latouche: Los Orígenes de la Economía occidental (Siglos iv a xi) . Col. Evolución de la Humanidad (63). México, 1957.

3. Brun, J.: El Estoicismo, Eudeba, 1962; Vernon Arnold, E.: Román Stoicism, Cambridge, University Press, 1911.

4. Cumont, Franz: Les Religions Orientales dans le Paganisme Romain, Librairie Orientaliste Paúl Geuthner, París, 1929.

5. Katz, Solomon: The Decline of Rome and the Rise of Medieval Europe, Cornell Uníversity Press, 1957.

6. Gibbon, Edward: The Decline and Fall of the Román Empire; Eveyman’s Library; London, 1934.

7. Piganiol, André: L’Empire Chrétienne, Paris, 1947.

8. Dopsch, Alfons: Fundamentos Económicos y Sociales de la Cultura Europea. F. C. E., 1951.

9. Dopsch, Alfons: Economía Natural y Economía Monetaria, F. C. E., México.

10. Lombard, M.: “Mahomet et Charlemagne. Le problème économique”, Annales, Economies Sociétés Civilisations, 1948, pp. 188-199.

11- López, R. S.: “Mohammed and Charlemagne; a revision”, Speculum, T. XIII, 1943, pp. 14-38.

12. Cipolla, C. M.: “Encoré Mahomet et Charlemagne …”, Annales,Economies Sociétés Civilisations, 1949, pp.5 a 9.

13. Bolin, S.: Mohammed, Charlemagne, and Ruric; loc., cit., t. I, 1953, pp. 5-39.

14. Grierson, Ph.: “Carolingian Europe. and the Arabs: the myth of the mancus”, Revue belge de Philologie et d’Histoire, 1951, pp. 1059-1074.

15. Himly, Fr. J.: “Y a-t-il emprise musulmane sur 1’économie des États europeens,
du VIIIe au XIe síécle? Une discussion de témoignage”, Revue suisse d’Histoire, t. v, 1955, pp. 31-81. Los tres últimos artículos citados me ha sido imposible consultarlos, así que las referencias que hago sobre las ideas de estos autores son indirectas. Los cito en la esperanza de orientar a otro lector más afortunado.

16. Perroy, E.: “Encore Mahomet et Charlemagne”, Révue historique, t.ccxii, 1954,
pp. 232-238. Hay que señalar que este autor no comparte con Himly la idea de
que no hubiese relación monetaria entre Oriente y Occidente; por el contrario,
él pertenece, junto con Lombard y Mme. Renée Daehaerd (“Le monmayage des Carolingiens”, Annales, E. S. C., 1951) , a quienes piensan que el sistema monetario
carolingio se alineaba sobre el sistema monetario árabe.

17. Boutruche, Robert: Seigneurie et odolito, Le premier âge des liens dhomme à homme, Aubier, Paris, 1959, pp. 41-43.

18. Perroy, loc. cit.

19. Spengler, Oswald: La Decadencia de Occidente; Espasa-CaIpe, Buenos Aires., 1952.