El Dictador también tiene quien le escriba

Cuenta en Azul, Rubén Darío, que un día ante un rey —un rey burgués— se presentó un poeta. Después de escucharlo hablar, el rey, aconsejado por sus filósofos, decidió ponerlo en el jardín a dar vueltas el manubrio de una caja de música, a cambio de la comida y con el compromiso de que se callase.

¿Moraleja?

Hoy es aún más evidente que en la época de Darío. Pero, si el escritor silencioso haciendo girar la manivela es del gusto de los dictadores; hay todavía otro que estiman más que éste, aquél que de la caja de música saca odas a su favor.

Existe la mala costumbre, bien que a menudo se denuncie teóricamente, de seguir hablando de los “escritores comprometidos” como si sólo pudiesen ser tales cuando son de izquierdas. Los hay también de la otra banda, les prevengo, ¡y cómo!

El caso Darquier de Pellepoix tuvo por consecuencia episódica que se echase una mirada en Francia sobre los escritores del fascismo[1]: Maurras se mencionó reiteradamente; la famosa carta de Céline a Doriot, donde manifestaba sus puntos de vista sobre los judíos, ocupó las primeras paginas de Les Nouvelles Littéraires y el Magazine Littéraire dedicó un número a Drieu la Rochelle, a propósito de obras recientemente publicadas sobre él.

Yo voy a hablar del mismo fenómeno en América latina donde los Darquier de Pellepoix no pertenecen a la historia, sino que están sólidamente instalados en el presente.

Ya en el siglo pasado los escritores se enfrentaron pro o contra la dictadura. Y si en Ecuador, Juan Montalvo, llegó a decir a la muerte del dictador: “mí pluma lo mató”; su contemporáneo Juan León Mera, no sólo defendía al tirano García Moreno (quien, entre otras cosas, por la Constitución de 1869 había privado de la nacionalidad a los no-católicos) sino que encargó a su literatura de difundir la ideología del régimen. En Cumandá, su novela más importante, los valores del conservadurismo político circulan gemelos con los de un catolicismo integrista avant—la—letre.

Siempre los tiranos han tenido necesidad de un plumífero a su lado para que realce sus hazañas. Los panegíricos gozan entre ellos de casi tanto prestigio como los monumentos ecuestres. Roa Bastos, en Yo el Supremo, pinta al doctor Francia acompañado permanentemente de su escribidor, encargado de narrar su historia hasta en los últimos detalles —¡Escribe!, ¡escribe!, Patiño—. Y Patiño escribía lo que Vuecencia decía (“No te pido que me adules Patiño”, le corregía Francia, por añadidura).

Hoy como entonces los dictadores buscan apoyarse en los escritores: poniéndolos silenciosos a dar vueltas la manivela, como paradójicamente el propio Darío, cuyo monumento era el único que competía en la ciudad de Managua con los erigidos en honor de Somoza; utilizándolo como sombra bajo la cual probaban oscurecer el genio de los otros, de aquéllos que consideraban sus enemigos. Algo parecido ocurrió con Gabriela Mistral  en el Chile de la dictadura. Su nombre y su figura la auparon los dictadores, no con verdadero amor, sino tratando de hacer olvidar el genio de Neruda. Y son tener idea que desde su tumba con sus escritos les decía que los detestaba.

Pero, aparte de estos silenciosos sepulcrales, a quienes sólo la muerte les impide reclamar por esta usurpación de sus imágenes, hay otros que sostienen con más o menos pudor, pero con decidido brío los regímenes militares. En Chile se vio cuando poco después del golpe no faltaron los poetas que corrieron a prestar su adhesión a Pinochet. Algunos se desengañaron pronto. Otros han dejado insignes monumentos de su compromiso, cual este himno al nuevo régimen: Chile es así, escrito por un poeta surrealista –Braulio Arenas-, que en la época se declaraba simpatizante de Allende. Transcribo sólo alguna estrofas:

Era la angustia por doquier,
era el hampón y era el terror,
el tribunal al que cedió,
falsa etiqueta popular,
era la hambruna, el arsenal,
era el ladrón detrás del juez,
el camarada agitador
con cinco muertes a su haber,
era el resquicio de la ley,
era el reinado de la jap
con largas colas por doquier,
banderas rojas por doquier,
mercado negro por doquier,
era el despojo sin piedad,
saqueo y robo, impunidad,
era el canalla, como rey,
era la orgía más bestial,
y por la calle, a plena luz,
se paseaba el criminal.

Y de improviso terminó
la pesadilla tuvo un fin:
Chile se alzó con gran poder
y disipó la oscuridad.

Chile es así:
no tiene nada que ocultar,
aquí no hay muro de Berlín,
tampoco existe el paredón,
de cara siempre a la verdad,
en cuerpo y alma siempre así,
tiene un futuro en que creer,
tiene un pasado que mostrar,
tiene un presente que vivir:
Chile es así.

En Argentina, la tradición de los escritores que han apoyado a las dictaduras es bastante larga. Ella culmina, con Borges, pero se inicia con Lugones y pasa en los años treinta/cuarenta por un best-seller: Hugo Wasta.

Gran poeta, mejor prosista, Leopoldo Lugones es el ancestro espiritual de Borges. En 1924, invitado por el gobierno de Leguía a celebrar el centenario de la batalla de Ayacucho, pronunció en Lima un bienfamado discurso: La Hora de la Espada. “Para felicidad del mundo —decía Lugones— la hora de la espada ha sonado una vez más y los gobiernos militares han desbancado a la democracia, al pacifismo y al colectivismo. Porque los militares son mejores que los políticos y porque ellos son los jefes designados por el Destino y mandan en virtud del derecho innato de los mejores, con la ley… o contra ella”. Seis años más tarde publicó La Patria Fuerte, en la que renovaba su diatriba contra la democracia, afirmando que Argentina no sería una gran nación sino el día que abandone el sufragio universal. En quiénes maduraba la influencia del poeta, manifestase en un hecho simple:  La Patria Fuerte fue publicada por la Subcomisión de Instrucción del Círculo Militar.

Hugo Wast, seudónimo de Gustavo Martínez Zuviría, fue autor de numerosas novelas: El Kahal, Oro, Juana Tabor, El 666, Las Aventuras de don Bosco, La Corbata Celeste, etcétera, fue el escritor más prolífico y popular de la Argentina y otros países de Hispanoamérica entre los años treinta y cuarenta. Casi olvidado después fue reeditado torrencialmente a partir del golpe de 1976. El mismo prólogo se repite en todas las reediciones: “Fue un argentino insigne, fidelísimo a su religión y a su patria. Sobre su obra y su persona pesa un silencio canallesco”. Sólo en la reedición de El Kahal  Oro, libro de un antisemitismo feroz, se agrega un párrafo a este introito: “Se interesó además en los problemas y lacras de su amada tierra. Este libro es prueba de ello”. Aparte del antisemitismo del que da pruebas sobre todo su novela Oro (Saludada por el ABC de Madrid, en el momento de su aparición, como la novela más importante escrita estos últimos años), Hugo Wast se destacó siempre por su catolicismo integrista. Nombrado por el general Ramírez ministro de la Instrucción Pública en 1943, destituyó al profesorado liberal. Pensaba que había que cristianizar la Argentina, estimular la natalidad en vez de la emigración; y que había que extirpar las doctrinas de odio (id est: las que se fundaban en la lucha de clases) y el ateísmo.

Hugo Wast ejerció asimismo una enorme influencia en España, en especial sobre los escritores franquistas y monarquistas católicos.

Pese a sus declaraciones recientes en defensa de los derechos humanos —tibias—, Borges sigue siendo para los militares y sus acólitos el paradigma del intelectual. Consideran que es él quien mejor encarna los valores del “occidentalismo”: “Conocedor eximio de las literaturas, de las germanas nórdicas, de la francesa y de la inglesa y de las obras fundamentales de la cultura occidental… (Y lo que es lo más importante). En medio de la actual maraña de literaturas supuestamente comprometidas, o que en el fondo no son sino imitaciones o instrumentos de las posiciones marxistas, Borges ha constituido un testimonio tenaz e insobornable de adhesión a los principios que inspiran al Occidente y en los cuales se basa la concepción de la dignidad y el valor supremo de la persona y de la inconcialibilidad con el materialismo histórico”.

Así escribía en el momento de ser condecorado Borges por Pinochet un diario de Santiago de Chile. Aprovechando la ocasión la Universidad le otorgó simultáneamente el título de doctor honoris causa.  Porque él instituía —decía el rector-delegado en el discurso de recepción— junto con “otros hombres superiores, una esperanza de salvación frente a una civilización que agoniza y languidece” y porque —continuaba—: “su obra ayudaba a combatir contra lo feo, lo grotesco, la náusea, el odio, la violencia, el mal gusto, la crueldad, el egoísmo (¡Cómo debe haberse reído el propio Borges escuchando este discurso!).

Y bien que Borges se dice a—político, tratando de terciar sobre sus hombros esa capa germánica de la invisibilidad que tanto le atrae, sus declaraciones, al igual que sus libros, no son menos comprometidos que los de los llamados escritores de izquierda. Sólo que él se refiere a su compromiso como abstracción y que sus glosadores a-criticos (Yo me considero un fascinado lector crítico) tildan sus reaccionarios dislates de “irresponsabilidad creadora”, de gusto por las paradojas o de sentido del humor negro. En otra parte he intentado mostrar que esta “irresponsabilidad” es de una coherencia sorprendente con la visión del mundo que recorre su escritura y que se recorta a la perfección dentro de la ideología oligarco—militar: “Mis abuelos —dice él mismo en Dulcia Linquimus Arva— fueron soldados y estancieros”. Aquí me limitaré únicamente, y para concluir, a citar el discurso con que el autor de La Historia Universal de la Infamia aceptó el título de doctor honoris causa de manos del rector—delegado, delegado de Pinochet.

Pero hay además otro hecho, un hecho que sería cobarde silenciar. Y el hecho es que nuestra época como todas las épocas, es una época de anarquía; como todas las épocas es una época de transición. El tiempo es transición; el tiempo es siempre turbulento río de Heráclito y quienes lo viven no pueden pensar que viven una época plácida. La serenidad pertenecer al pasado, pertenece a la memoria o pertenece a la esperanza. Pero la serenidad nunca es presente. El presente es siempre tembloroso. El presente puede ser destruido en cualquier momento, el presente es frágil. Y, sin embargo, hay un hecho que debe confortarnos a todos, que debe confortar a todo el continente, y acaso a todo el mundo. En esta época de anarquía, sé que hay aquí, entre la cordillera y el mar, una patria fuerte. Lugones predicó la patria fuerte cuando habló de la hora de la espada. Yo declaro preferir la espada, la clara espada a la furtiva dinamita. Y lo digo sabiendo muy claramente, muy precisamente, lo que digo. Pues bien, mi país está emergiendo de la ciénaga en que estuvimos. Ya estamos saliendo por obra de las espadas, precisamente. Y aquí  ya han emergido de esta ciénaga. Y aquí tenemos: Chile, esa región, esa patria que es e la vez una larga patria y una espada honrosa.

¿Apolítico?
¿Irresponsabilidad creadora?
¿Gusto por las paradojas?
¿Sentido del humor negro?

 


[1] Louis Darquier de Pellepoix (18971980) político francés de extrema derecha, antisemita rabioso. Después de la victoria del « Frente popular crea su propio partido, la  Unión anti-judía de Francia, próximo a las tesis de la Alemania nazi. Durante la Ocupación es nombrado Comisario General a las cuestiones judías Con la Liberación huye a España. En 1947 es condenado a muerte en contumacia.  En 1978, concede una entrevista à L’Express, y declara cínicamente « Os voy a decir exactamente lo que ocurrió en Auschwitz. Es verdad que se gaseó, pero fue para matar los piojos» Esta entrevista es el caso a que me refiero.