El cronista que oculta al filósofo. Imaginario y filosofía en Nuestra América

Miguel Rojas Mix
Director del CEXECI

A la pregunta sobre si hay filosofía en América Latina  podría, como dice un chiste, darse una respuesta breve y otra menos breve. La primera  sería simplemente sí y,  la segunda: sí,  la hay.

La discusión es recurrente sobra la existencia, sobre la utilidad de la filosofía o sobre qué se entiende por filosofar. Hacer filosofía para  Kant era embarcarse en el “vasto y proceloso mar de la especulación en que nada es seguro y el fracaso es siempre posible.

La filosofía es el arte de problematizar y quien problematiza se encuentra con una realidad esquiva, con la duda, pero es desde la duda desde donde el hombre avanza en su  humanización,  de ella han surgido los resortes más aguerridos de su inteligencia y algunos de sus más altos ideales: el pensamiento crítico, la multiculturalidad, la democracia… ¿Qué otra cosa es la democracia sino la duda de unos tengan siempre la razón y otros estén siempre equivocados?

Es propio de la condición humana el filosofar. En la medida que todo hombre utiliza el saber para beneficiarse de él. También es propio de la mentalidad etnocéntrica negar al otro, como ha sido propio de la mentalidad eurocéntrica negar al colonizado la capacidad filosófica. Y propio de la mentalidad del colonizado negarse a sí mismo la capacidad de filosofar. Un trauma que nace con los ciclos históricos, que Giambattista Vico revela en la Ciencia Nueva (1725): sólo en el último de dichos ciclos, “La edad de la razón”, aparecía la filosofía, y un modelo que retienen las concepciones morfológicas de la historia: Europa estaría en la Edad de la razón, en “La edad de los hombres”,  mientras que   la extera europa, se hallaría en la “Edad heroica”, donde los hombres tienen el don de la poesía pero alejados de la razón y la filosofía.

Estas concepciones,  que expresan una visión sobre la posibilidad de pensar según la “Edad” de cada civilización, han hecho fortuna en la comprensión de América. En el pensamiento europeo han llevado a la ignorancia de nuestro continente  y, en el imaginario popular, se arrastran en una serie de estereotipos. Un par de anécdotas resultan significativa.

Hace unos años, en una reunión parisina, la esposa francesa de un amigo y conocido pintor chileno y ex esposa de un acreditado filósofo griego, con el que había vivido y frecuentado los medios intelectuales más sofisticados de la década los sesenta y setenta,  me espetó hablando de América latina: “La ventaja que ustedes tienen es que no necesitan pensar, para eso estamos los europeos”

En los ensayos que reflexionan sobre América Latina es corriente la frase “tenemos que pensar por nosotros mismos”. Esto alude por cierto a la castración intelectual que genera el colonialismo cultural, pero también a la desconfianza que tenemos en nuestros pensadores. Un elogio corriente que se le hacía en mi época a un intelectual latinoamericano de fuste era  que“parecía un intelectual europeo” En ese sentido nos resistimos a reconocer como pensamiento referencial el nuestro, que es lo que crea la tradición filosófica. En realidad no es que en América Latina no haya filosofía, lo que nos cuesta es construir una tradición filosófica. Hacer de nuestros autores un referente prestigioso, citarlos ex autoritas. En un  libro polémico que se editó con motivo del Quinto Centenario: “Nuestra América contra el Quinto Centenario” un conocida autora desarrolló brillantemente la idea de que había que pensar por nosotros mismos, pero cuando llegó al final de su reflexión y necesitó para concluir apoyarse en una cita referencial y prestigiosos, sentenció: Porque, “como dice Sartre…”

Por ello el título de mi intervención: “El Cronista que oculta al filósofo”.

El concepto de filosofía es un concepto ondulante de significados dispares. Y dividido en “corralitos” como dirían los argentinos con humor negro: Filosofía, de la ciencia, filosofía de la historia, filosofía del arte, etc. Es posible que sea Platón en el Eutidemo quien ha articulado  mejor los diferentes significados del término: “el uso del saber en beneficio del hombre”. Sus dos elementos, “saber” y “beneficio del hombre”, que  concurren en la mayoría de las definiciones que se han dado de la filosofía. Hasta Kant, que en Crítica de la Razón Pura precisa la filosofía  como la ciencia que relaciona todo conocimiento con el fin esencial de la razón humana”, siendo este fin “la felicidad universal”  Si articulamos estos términos  en el marco de una  filosofía del saber, como lo expresa  Aristóteles   en la Metafísica que “todos los hombres tienden por naturaleza al saber”, esto significa  que el saber no es el privilegio de una élite, sino que cada hombre puede contribuir  a su adquisición y a su incremento. La búsqueda y la organización del saber constituyen desde ese punto de vista tarea fundamental de la filosofía. En ese sentido la búsqueda del saber se opone a otro concepto platónico el de ignava ratio: la razón perezosa, la ignorancia que es la  ilusión del saber, hoy enquistado en lo que llamamos sentido común.

Justamente esta ignorancia filosófica, produjo a fines del siglo XVIII diatribas sobre nuestro continente, como fue la obra del prusiano Cornelius de Pauw. Diatribas que, asociadas a otros estereotipos filosóficos, gestaron una mirada de depreciación de América, y del americano en cuanto alteridad. Tesis axial de este imaginario ha sido el escamoteo de la historia. Todavía a comienzos del siglo XX hay historiadores que afirman que hay pueblos que sólo tienen naturaleza y carecen de historia.  Contra esta visión reaccionaron los jesuitas que llegan en exilio a Europa después de la supresión de la orden (1767 expulsión por Carlos III, 1773 supresión, 1814 restauración)

Quiero referirme particularmente a dos de ellos porque figuran en la lista de los cronistas chilenos, tal vez sin percatarse o al menos sin tener en cuenta  que sus respuestas al exilio y su defensa de la naturaleza  y las culturas americanas dieron lugar a importantes reflexiones filosóficas. El exilio es tiempo de filosofar. Filosofaron histórica y teológicamente los jesuitas. Filosofó sobre la identidad del continente Francisco Bilbao, dándole el nombre de América Latina. Nombre de cuya autoría  han querido apropiarse los franceses. Es tarea nuestra reivindicarlo. Filosofaron políticamente sobre la identidad y el desarraigo los exiliados de la última hora.

Pero volvamos, in exempli  gratia, a nuestros filósofos ocultos bajo el término de  cronistas.

La sensación de injusticia y la nostalgia del terruño provocaron, entre estos jesuitas exiliados, un fuerte sentimiento crítico hacia la Roma Papal,  encendiendo su pasión americana. Al llegar a Europa les resultó insoportable la imagen de América que allí circulaba. Como americanos se les miraba a través de una serie de tópicos desvalorizantes productos en gran medida de la difusión de la obra de Cornelio de Pauw : Recherches philosophiques sur les Américains, ou Mémoires intéressants pour  servir à l’histoire de l’espèce humaine. Estas “investigaciones filosóficas…” sostenían que el Nuevo Mundo era enervante para la vida, que allí todo degeneraba: las especies vegetales, animales; y, por cierto, el hombre: física y mentalmente.

La indignación de los exiliados alumbró un  sentimiento que fue precursor del espíritu independentista y de la formación de los Estados nacionales. Acuñó en ellos una actitud que no podemos llamar sino “patriótica”, aunque todavía la patria (nación) no estuviese constituida. Un sentimiento que creció en el exilio: con la necesidad de reivindicarse frente a Europa y de resistir a las razones de una iglesia oficial que los abandonaba. Se adentraron en la filosofía de la historia y en la teología con el fin de insertar la realidad americana en el suceder universal, o anunciar el fin de los tiempos y la consumación de los hechos de los hombres; redactando historias, ensayos, compendios y tratados para desvirtuar esas “calumnias” y explicar los aconteceres de sus “reinos”, sin olvidar el acaecer del reino escatológico: el Reino de Cristo del Fin de los Tiempos, de la Quinta Monarquía,  donde la Roma Papal,  convertido en la Prostituta de Babilonia, recibiría su justo castigo.

Instalados en Imola, cerca de Bolonia, dos jesuitas chilenos, abordaron estos cometidos. Juan Ignacio Molina, autor del Saggio sulla storia civile del Cile y otras obras [1],  y Manuel Lacunza, autor de La Venida del Mesías en Gloria y Majestad.

Lacunza y Molina representan dos filosofías completamente distintas y contrapuestas en la búsqueda del sentido de la historia. .  Lacunza, una concepción escatológica de la historia, que venía de la Edad Media y Molina el pensamiento racionalista engendrado por la Ilustración y centrado en el progreso. Con  la idea de progreso la Ilustración cancelaba el Antiguo Régimen. Se dice que fue Voltaire en sus Essaies sur les moeurs et l’esprit des nations el primero en afirmar que le motor de la historia no es la voluntad de Dios; sino la razón humana. Para ello forjó el concepto de filosofía de la Historia, oponiéndolo a la interpretación teológica de los hechos del hombre. Si Lacunza hace todavía Historia teológica,  historia de la salvación, Heilgeschichte, y es de la estirpe Irineo, Tertuliano y Lactancio hasta Joaquín de Fiore (c. 1131/1202), el abate Molina concibe ya filosofía de la Historia, Weltgeschichte y pertenece a la familia espiritual de Vico, Voltaire, Herder y Humboldt…

Desarrolla el abate una interpretación sistemática de la Historia Universal, donde los hechos se unen en secuencias lógicas y coherentes y se dirigen hacia un objetivo, un telos, que les da sentido. Es ese sentido de futuro peculiar del alma fáustica de que habla Goethe. Molina seculariza el esquema y desarrolla una morfología de la historia, donde las sociedades pasan por edades, que  son etapas del progreso. Dentro de este esbozo sitúa la preocupación principal de su exilio filosófico.

Su tesis fundamental es que las primeras artes derivan de la constitución  de la propiedad privada: “derecho plenamente establecido entre los chilenos (se refiere a los aborígenes)…  De este principio fundamental comenzaron a brotar las primeras artes, que pedían las necesidades de la natural conformidad, no menos que aquellas de la constitución política”[2].Del comercio depende, según Molina, el número de la población y el grado de cultura de un país.

Al mismo tiempo que el comercio acrecienta las formas materiales de la cultura, engendra y perfecciona una serie de cualidades en los hombres: “Los hace humanos, complacientes y amantes de hacer el bien”[3].  Los convierte en lo que acostumbramos a llamar un “hombre civilizado”.

En este marco afirma que los pueblos americanos no son sociedades degeneradas –como se decía en Europa-, sino sociedades que han tenido un ritmo de progreso más lento.

Por otra parte, proclama “la singularidad de América”.  Nuestro continente no es aprehensible de acuerdo con los valores y formas europeas, sino que tiene sus propios valores y formas.

El valor de Molina radica principalmente en estos puntos.  La reivindicación de Chile y América y su incorporación en el flujo de la historia universal en un plan que ya anunciaba las concepciones evolucionistas y desarrollistas de los siglos siguientes. Nadie en su época supo señalar como él la singularidad de Nuestra América.  En este sentido reivindica una nueva imagen de América e inicia lo que podríamos llamar una antropología filosófica del hombre americano, camino por donde se han aventurado y continúan adentrándose muchos intelectuales del exilio.

*   *   *

Lacunza es , sin duda,  el más enigmático de los pensadores americanos del siglo XVIII.. En 1790, termina de escribir La Venida del Mesías…, pero nunca obtuvo la licencia para publicarla. Probablemente por su crítica al Papado y a la Iglesia institucional,  aunque mantiene que esta iglesia corrompida-que había expulsado la orden- , no por ello deja de ser depositaria de la verdadera fe.

La obra tuvo gran difusión pese a la censura. Antes incluso de que hubiese completado el texto ya circulaban extractos o copias más o menos auténticas. Fue incluida en el Índice en 1824, pero sólo en 1941 el Tribunal del Santo Oficio declaró que el milenarismo no podía ser enseñado en ninguna de sus formas.

Como todo milenarista, Lacunza se fundan en el Apocalipsis[4] para afirmar que, después de la muerte del Anticristo,  se instaurará el reino de Cristo y de los santos, que durará mil años.

Característico de la concepción providencial de la historia,  es que tiene como  motor la Voluntad de Dios y por fin la Salvación, es decir la vuelta a Dios. Los hechos de los hombre se ordenan en razón de el telos escatológico en estaciones precisas: la Creación, la Caída,  la Redención y el  Apocalipsis,  con un factum decisivo: la muerte de Cristo,

A diferencia de Molina, para  Lacunza, la historia sigue siendo concebida como un plan providencial, en el que se cumple la voluntad divina.

Todos los exegetas que comentan el Apocalipsis, se ocupan del sentido de la historia, porque ahí termina el imperio del hombre y comienza el reino de Dios. Es el caso de Lacunza, para quien, en definitiva, el sentido de la historia es que conduce a un mundo nuevo, físico y moral: a un reino terrenal, donde renace la justicia, la paz y la solidaridad. En ese sentido podemos hablar de utopía; incluso de “utopía concreta”. Porque no es un mundo inalcanzable, sino uno que no existe todavía pero que está en el futuro del hombre.  Un “en-ninguna-parte  todavía!”, pero que estaría situado en el tiempo y en el espacio: en esta tierra y al fin de los tiempos. Allí donde surja la Nueva Jerusalén.

Para Lacunza es en la sociedad de los Bienaventurados donde llega la caridad a su perfección (o la sociedad a su perfección)- Sociedad idílica, que  concibe como una especia de socialismo primitivo, pues de ella desaparecerá la propiedad privada[5]. Dado que todos son herederos de Dios, coherederos, todos heredarán los bienes de la tierra.

Así Lacunza concluye:” mas como la caridad, que es el vínculo de la perfección, estará entónces en el grado mas perfecto á que puede llegar, no habrá ni podrá haber entre tantos hijos de Dios, aquella fría palabra, mío y tuyo; sino que será tuyo lo que es mío, y mío lo que es tuyo, lo que es de todos será de cada uno, y lo que es de Cristo será de todos: Dios será todo en todos.”[6]

A Lacunza y a Molina es preciso analizarlos en el marco del pensamiento filosófico de fines de la Colonia y comienzos de la Ilustración. Tiempos revueltos, de acabamiento de “antiguos regímenes”, secularizantes, de renovación del pensamiento; y de cambios sustanciales en las concepciones y en el imaginario social e histórico. Si los analizamos en el contextos de la problemática actual se descubren anacrónicas paradojas y contradicciones. Lacunza ha sido recuperado –salvo escasas excepciones- por el pensamiento tradicionalista conservador; sin embargo su idea del Reino de Dios sobre la tierra del cual desaparece la propiedad privada los sitúa en el socialismo utópico. Por otra parte, Molina ha sido reivindicado por el pensamiento progresista, pero su idea de que las artes y el progreso nacen del mercado lo haría un precursor del neoliberalismo.

Lo que es claro es que ambos fueron pensadores de fines del siglo XVIII, y el marco de su comprensión debe situarse en el paso del siglo XVIII al XIX. Una épocas-bisagras, donde conviven hombres del ayer y del mañana. De ahí el interés de compararlos. En stricto sensu  cronológico Lacunza y Molina.  fueron contemporáneos, pero no en sentido filosófico.

Molina y Lacunza son apenas dos ejemplos del pensar filosófico, pero el mejor ejemplo de cómo el cronista oculta al filósofo. Precisamente porque el pensamiento queda aislado en la medida que no logramos construir una tradición –salvo algunas excepciones como el Grupo Hiparión en México- Es la falta de tradición, la lectura apresurada de nuestros pensadores,  como se manifiesta en las encontradas interpretaciones de Lacunza y Molina, lo que nos hace dudar de que haya filosofía en América y lo permite que se usurpe frecuentemente el pensamiento americano, como es el caso citado de Bilbao. Y esto sin hablar del pensamiento filosófico precolombino del que queda como símbolo la imagen de  Nezhaulcóyotl. Ni del más contemporáneo que se plantea a través de la identidad el futuro de nuestra América y nos propone una filosofía de la imaginación, que necesitamos perentoriamente ejercitar.

 


[1] Cf. Rojas Mix: La idea de la historia y la imagen de América en el Abate Molina.

[2]  H. Civ.; L.I, pág. 122.

[3]  H. Civ.; L. IV, pág. 265.

[4] XX,1-9

[5] El socialismo se puede definir in-extenso e ir muy atrás en la historia a buscar sus precedentes,en el profetismo judío y en el siglo de las Luces. Cf. A. Lichtenberg, Le socialisme au XVIII siècle, Paris 1895)

[6] T.III, C. xvi, 434