El Bicentenario: Una historia en imágenes. Guatemala.

Toda Ibero América parece haber decidido conmemorar el Bicentenario de una u otra Independencia. El movimiento independentista se inicia en Nuestra América en 1810 y se extiende en la América del Sur hasta fines de 1824, cuando Sucre con un ejército de patriotas de todo el continente derrota en Ayacucho al último ejército español. La dimensión hispánica y continental del hecho, no debe hacernos olvidar que antes,  al iniciarse el año 1804, Haití había declarado ya su independencia conjuntamente con la abolición de la esclavitud. Recientemente se reunieron en Río de Janeiro Lula da Silva y Cavaco Silva para conmemorar los 200 años de la llegada de la familia real portuguesa a la ciudad carioca, el 8 de marzo de l808. Entre 1808 y 1822 el país fue sede de la corona portuguesa sin dejar de ser colonia. Les queda a los brasileños por conmemorar 1824, cuando de imperio a imperio el país se hizo independiente con don Pedro I, y 1889 cuando dejó de ser imperio y pasó a ser república. Por esas fechas, años después, en 1898, obtuvo Cuba su independencia de España –aunque quedó bajo la Enmienda Platt. Y no digo Puerto Rico porque acabó asociado a los faldones de los EEUU. Pero no sólo las naciones de América, también España está de Bicentenario. Goya pintó las fecha: el 2 de mayo de 1808,  cuando el pueblo se levanta atacando con  palos y cuchillos a los  mamelucos, mercenarios egipcios del ejército francés, que recordaban a los españoles los temidos moros,  y el 3 de mayo, el día siguiente, cuando contempló desde su ventana la ejecución de los sublevados. Goya fijó para la historia las  imágenes del levantamiento con que se inicia la Guerra de Independencia.

En América Latina nos preparamos desde la vuelta del siglo a esta   commemoración. El  Bicentenario es un jalón que nos obliga tanto a mirar la historia como a avizorar el futuro. Abre espacios para la reflexión. Obliga a plantearse muchas preguntas. Sin  duda muchas de las que se han propuesto carecen de  sentido histórico, como si valió la pena la independencia. Son preguntas que pertenecen al género de la ucronía, no de la historia. En el concreto campo de la historiografía, el Bicentenario  obliga a pensar la forma de difundir mejor los hechos históricos fundacionales y de los años transcurridos desde entonces. En Centro América –por ejemplo- como evaluar desde la perspectiva del Bicentenario papel histórico de Morazán. Conmemorar quiere decir “recordar con”, memoria conjunta, colectiva. A eso tenemos que abocarnos. La historia es la base de nuestra identidad, la que da sentido a nuestra cultura. Pero como decía Ortega y Gasset la identidad cultural no es solo un elemento que se busca en el pasado sino que mira al futuro, en tanto es un proyecto colectivo. Yo escribí en alguna parte que las raíces de la identidad estaban en el futuro.

La historia hay que contarla; para que la nación exista es necesario que se cuente. Si no se cuenta  no construye una imagen que le permita hacerse. No hay posibilidades de crear un imaginario nacional sin  un relato sobre los orígenes de la nación, sus cualidades únicas, sus héroes y sus hazañas. Mas es preciso analizar cómo se cuenta la nación. En el contexto del Bicentenario debemos comenzar por establecer las secuencias de acontecimientos  que  preparan los hechos. Desde luego la independencia no se produjo de un día para otro, se fue causando con los años. Desde el siglo XVIII empieza a desarrollarse con el pensamiento de la Ilustración una idea de progreso que se asocia a un sentimiento nacional naciente; sentimiento que se expresa particularmente a fines de la Colonia en el amor a la tierra, en la pugna por la libertad de comercio y en los deseos de autonomía; sentimiento que incuba el criollismo intelectual  que se exacerba precursor en el exilio jesuita. El abate Molina que escribe en Bolonia  el Saggio sulla storia naturale del Chile (1782) y cinco años más tarde el: Saggio sulla storia civile del Chile es el mejor ejemplo de este sentimiento que inscribe la historia de Chile en la senda del progreso. En la mima línea escriben otros jesuitas que venían de los distintos reinos de la América colonial: Clavijero en su Storia antica del Messico, (Cesenea, 1780-1781);  Benito María Moxó que, aunque peninsular y nada afecto al movimiento independentista, en su Cartas Mexicanas (1805), a la vez que resalta la empresa evangelizadora, reconoce el valor de  las antiguas civilizaciones mexicanas, Juan Pablo Viscardo, peruano exiliado en Londres que pidió la ayuda británica para la independencia hispanoamericana y escribió Cartas dirigidas a los españoles de América (1799), el ecuatoriano Juan de Velasco con su Historia del reino de Quito, que terminó de escribir en Faenza en 1789, pero no fueron publicadas hasta 1841-1844;  y la obre de prolongado título del paraguayo José Jolis: Saggio sulla storia naturale della Provincia del Gran Chaco, e sulle patriche, e su’costumi dei Popoli che l’abitano, insieme con tre giornali di altrettani viaggi fatti alle interna contradedi que’Barbari (1789)

Los pueblos se cuenten y se imaginan. Hace años que me dedico a estudiar los imaginarios históricos. A trabajar la imagen como documento, no a utilizarla como ilustración. La imagen tiene la ventaja de agregar el sentimiento a la información, por eso los símbolos nacionales resultan tan emotivos. Es mucho más duro ver una masacre en televisión que leer el suceso en un periódico. Además revela lo que los textos a menudo no muestran, incluso lo que ocultan, las circunstancias en que las cosas se vivieron; las imágenes  realzan la acción y, eventualmente, a sus protagonistas los transforma en íconos referenciales. El imaginario nacional  es fundamentalmente un referente que me indica quién soy en el planeta, fija mi identidad, me enseña a reverenciar y a emocionarme, a la vez que condensa  valores y principios en que la nación fundamenta su cohesión.

La nación es una comunidad imaginada…

Toda nación tiene que dar una imagen de sí misma que reproduce en sus símbolos patrios. Los himnos nacionales dan testimonio. La Marsellesa define la Francia por el sentido republicano con que se cancela la Monarquía: “Adelante, hijos de la Patria” –exclama. La revolución los ha hecho ciudadanos, han dejado de ser súbditos del rey. Los chilenos cuando entonan el himno nacional, cantan a la geografía.  La geografía siempre fue una obsesión, un elemento significante   de la identidad chilena. La magnifica Neruda: “Antes de la peluca y la casaca/fueron los ríos, ríos arteriales/fueron las cordilleras…” ,  enloquece a Benjamín Subercaseaux: “Chile una loca geografía”. Y Huidobro, con ingenio, alude a sus desacompasadas dimensiones cardinales  cuando anota: “los puntos cardinales son tres: norte y sur”. Todavía comenzando el siglo XX decían los historiadores eurocéntricos mirando a la extera europa que hay pueblos que sólo tienen geografía, pero no tienen historia. Chile ha hecho de su geografía, historia; en parte porque desde Ercilla a Miguel Ángel Asturias y Neruda, artistas y escritores telúricos y los historiadores del género, han pensado e imaginado el país ajustado en su paisaje.

Cuando la historia se cuenta, siempre se imagina. A menudo asalta la duda sobre cuál es la parte de realidad y cual la dosis de fantasía en un relato. Según sea la proporción estamos en la ficción o en la historia. En historia la imaginación a menudo toma forma de ideología: selecciona hechos y personajes para legitimar situaciones de poder o de casta. Voltaire satirizando esta práctica decía: “Los historiadores son unos tramposos que hacen triquiñuelas con los muertos”.  En los años cuarenta del siglo en que nací se publicó un tomo titulado Episodios Nacionales, guardo un ejemplar en mi biblioteca. Ilustra 150 hechos que constituirían  el devenir histórico de Chile. Como su prólogo lo reconoce, son todos –de cerca o de lejos- hechos de armas.

Hace algo así como diez lustros que comencé a estudiar las representaciones sociales y los imaginarios. América Imaginaria que publiqué a comienzos de los años noventa culminó una investigación que em llevó por varios países de América y me trasladó a Alemania, Francia y España. Más recientemente partí a la búsqueda de un método para abordar el conocimiento visual. El imaginario: civilización y cultura del siglo XXI, es obra de hace poco más de un año. Complementar los procedimientos tradicionales de investigación histórica con el estudio de la imagen no sólo profundiza la comprensión de los hechos, sirve asimismo para desenredar  la historia de los estereotipos que embrollan nuestra comprensión de los hechos. Abre un espacio a la crítica histórica pues permite ver cómo evolucionan los valores y precisa las circunstancias, el contxto, en que se desarrolla la lectura de los hechos. El discurso que hoy se maneja  de la multiculturalidad o de la interculturalidad, en el siglo XIX y hasta hace poco -si es que todavía no subyace al socaire de las palabras-, estuvo marcado por la dicotomía “civilización y barbarie”, un imaginario que pasaba y pasa por el lenguaje, como cuando refiriéndose a las luchas mapuches contra el conquistador se habla de “tropelías” de los indios.

No sólo las repúblicas americanas, prácticamente todas las naciones nacen hace aproximadamente dos siglos. Cuando la Revolución francesa cancela la monarquía y se inicia la república. Toda nación necesita un imaginario inclusivo para fusionar el cuerpo social. La nación es una comunidad política imaginada como intrínsecamente limitada y soberana. Es  un proyecto que se alimenta de una imagen de síntesis. Una figuración compuesta de un conjunto de efigies a la vez heterogéneas y coherentes a partir de las cuales  se plasma la vida del grupo social. Heterogéneas pues comprende diversos géneros, y coherentes porque todas apuntan a una idea cohesionadora de la nación.

Los países de América Latina comenzaron hace 200 años a construir su imaginario nacional.

El imaginario nacional es un referente. Son hechos iconizados por el arte o narrados por la literatura que aluden a la construcción de la nación. Los países de Centroamérica –como los restantes de América del Sur- para independizarse debieron abandonar el imaginario histórico español y construir su propia imagen, recoger en estampas la vida cotidiana.  Para ello tenía que heroizar personajes y hechos recientes. A esa tarea se dieron artistas de dentro y de fuera del país, al igual que se volcaron los escritores para captar el ritmo de la guatemalidad, de la ecuatorianidad, de la chilenidad, de la argentinidad…,  exaltar la naturaleza, captar el cotidiano  y, en definitiva, narrar la vividura nacional. La pintura va a acreditar la presencia de una nueva clase dominante. En ese sentido los géneros privilegiados son el retrato y el retablo histórico. José Gil de Castro, “El Mulato Gil” fue el gran maestro de la iconografía del prócer americano y de la casta emergente, del criollo que tomaba el poder. Perpetuar el hecho histórico es una forma de crear la identidad nacional. Muchos de los artistas conocidos a principios de siglo son extranjeros, casi todos fueron grandes retratistas, cronistas sociales o pintores de historia, Monvoisin, Rugendas y Charton, figuran entre los más señalados. A Monvoisin se le debe  la famosa tela de la renuncia de O’Higgins  y a Rugendas la más exhaustiva exploración de la sociedad chilena. Sarmiento decía: “Humboldt con la pluma y Rugendas con el lápiz, son   los dos europeos que   más a lo vivo han  descrito la América”. Chile en particular,  donde Rugendas pernoctó diez años, dejando  cantidad de dibujos y pinturas. Algunos sirvieron par ilustrar la vida cotidiana en la Historia Física y política de Chile de Claudio Gay (París, 1854). Charton se volcó en el costumbrismo. Dejó numerosas acuarelas de escenas y personajes popular en Chile y Ecuador y en Quito una escultura ecuestre de Simón Bolívar. Entre sus dibujos recuerdo uno que me sigue fascinado, El velatorio del angelito. Tal vez porque cuando niño, en un pueblo de cobre –Potrerillos a 2800 m. de altura en la precordillera de los Andes-, asistí a ese velatorio y me dejó un recuerdo imborrable. Todos esos artistas,  viajeros y nacionales,  participan en construir la iconografía de la nueva nación, en crear la nación en imágenes. En algunos países esta tarea comenzó al unísono con las luchas de la independencia; en otros fue más tardía.  En Guatemala donde la pintura se mantiene silenciosa en el siglo XIX, hay que esperar hasta comienzos del siglo XX para encontrar una valoración plástica de la independencia: Iriarte y Rafal Beltranen pintan, el primero, La conspiración de San Salvador y El Acta de la Independencia de Centro América. Y el segundo,  con motivo del centenario, realiza veintiséis retratos de los próceres, que se conservan en la Municipalidad de Guatemala,  y tres cuadros sobre El 15 de septiembre de 1821. A los artistas europeso del imaginario nacional se le suman los artistas republicanos ya más avanzado el siglo: Antonio Salas en Ecuador que con Charton realizó escenas de costumbres quiteñas que fueron publicadas en delicados grabados de “testa” por L’Illustration de Paris, En Colombia surge un artista desconocidos exaltando el heroísmo de las mujeres de la Independencia con el cuadro La ejecución de la Pola en 1817 y, más tarde, el maravilloso costumbrista Ramón Torres Méndez, a quien Botero le debe más de una vela; en Argentina –muchos de los pintores europeos no fueron viajeros, sino emigrantes y figuran ente los artista nacionales como Carlos Enrique Pellegrini o Bacle que introdujo la litografía. Ambos se entreveran con Carlos Morel en la construcción de la iconografía argentina; en Chile Manuel A. Caro quedó famoso en la historia por su zamacueca…  También están los que sin pisar el suelo americano  ilustraron desde Europa la gesta emancipadora. En París encontré el original del Famoso “Abrazo de Maipú”. Pocos lo saben, pero es obra de uno de los más grandes pintores románticos: Géricault.

Pero no sólo el contenido, incluso los estilos cuentan en el imaginario histórico. A comienzos del siglo XIX la Independencia marca la ruptura de América con el barroco. Para la clase que aspira a asumir el poder, el neoclásico aparece como correlato artístico de las nuevas ideas. Si el barroco es el arte de la monarquía absoluta, el neoclasicismo es proclamado el estilo de las ideas liberales y de la burguesía emancipadora. El neoclásico va a dar imagen a las recién creadas repúblicas. En Chile, el Palacio de La Moneda, centro neurálgico de la vida ciudadana, es construido por un arquitecto neoclásico, Joaquín Toesca. E1 romanticismo, que sucede al neoclasicismo pregona “el retorno a la naturaleza y el gusto por lo popular”, lo cual significa no sólo el descubrimiento del paisaje, sino además una exploración de la sociedad, de lo cotidiano. Genera la aparición de un costumbrismo que retrata los modos de vida de las nacientes clases sociales, lo que en Hispanoamérica llamamos criollismo; constituye, a la vez una exploración y un acto de fundación de la identidad nacional. Ahí quedan fijados los tipos sociales: el caballero, el ladino, el gaucho, el medio pelo, el futre, el lacho, el roto, el cholo, el huaso…

La Independencia fue un hecho histórico y a la vez una promesa, “la promesa de una vida republicana”. Esa promesa se ilustra en los procesos que el tránsito del pareado de dos siglos ha suscitado. La historia puede condensarse, en la medida que ella remueve la memoria, despierta el sentimiento y convoca la sapiencia. La imagen influye en la creación del valor. Es preciso crear valor para recuperar la autoría y la pertinencia de nuestro pensamiento, recuperar figuras semi olvidadas, como Bilbao, que fue el creador del nombre y la idea de América Latina, de la que luego han querido apropiarse los franceses. Nada sintetiza mejor estos procesos que la imagen. Es por ello que con grupos de escritores, académicos y artistas de varios países de Nuestra América hemos decidido  desarrollar distintos y convergentes proyectos conmemorativo,  el Bicentenario en imágenes: 200 años, 200 imágenes. Exposición doblada por un libro, Una imagen por año, la imagen más significativa de cada año. A guisa de ejemplo una pequeña cronología icónica de América Latina. Por cierto cada país hará la suya, pero se aparecerán muchas coincidencias en el marco Latinoamericana. La idea central es que luego de las exposiciones nacionales o regionales se haga una selección para componer el imaginario continental latinoamericano. Un primer paso a la elaboración de una historia continental  común incluyente Así, a vía de ejemplo y desde la perspectiva continental: Dos fechas que constituyen antecedentes del Bicentenario: 1759 y 1767 expulsión de los jesuitas de Brasil y de la América hispana; 1799-1804 Viaje de Humbolt y Bonpland a América; 1804 Independencia y abolición de la esclavitud en Haití, 1807 La Corte portuguesa se desplaza a Brasil, 1810 Revolución de Mayo en Argentina, 1814 Paraguay, Gaspar Rodríguez de Francia, 1815 Creación de la Liga Federal bajo la autoridad de Artigas, 1818, el Abrazo de Maipú, 1819 Congreso de Angostura, 1823 Guatemala se independiza de México, 1824 Batalla de Ayacucho e Independencia de Brasil, 1829 Revolución federal. Triunfo de Rosa en Argentina; 1830 se disuelva la Gran Colombia, Juan José Flores presidente de Ecuador; 1831 Darwin en las Galápagos. 1836 Batalla de El Álamo; 1839 Guerra entre Chile y la Confederación Peruano-Boliviana; 1845 Domingo Faustino Sarmiento, Civilización i Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga ; 1848 Tratado de Guadalupe-Hidalgo México-Estados Unidos; 1852 Juan Bautista Alberdi: Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, 1855 Andrés Bello Código Civil de Chile. Sirvió de inspiración a los códigos Civiles de Uruguay, Argentina y Brasil, siendo reproducido casi íntegramente en varios países, como Ecuador (1858), El Salvador (1859), Nicaragua (1867), Honduras (1880) Colombia (1887) y Panamá (1903 a 1916). Es la obra jurídica más importante de Latinoamérica ;  1856, Bilbao crea en Francia el nombre “América Latina”, 1864 Ocupación de las Islas Chinchas: Guerra Hispano-Sudamericana: España contra Perú, Chile, Ecuador y Bolivia; 1865 Guerra de la Triple Alianza; 1866 Bombardeo de Valparaíso; 1879 Combate Naval de Iquique; 1882 Fundación de la ciudad de La Plata en Argentina. En 1886 se instala el alumbrado eléctrico, con lo cual fue la primera ciudad en tener este servicio en América del Sur; 1888 Ley Aurea en Brasil, abolición de la esclavitud; 1889  Se crea la United Fruits; 1891  Chile, suicidio de Balmaceda, 1895 Eloy Alfaro Presidente de Ecuador; 1898 Guerra Hispano-Cubana; 1906, Terremoto de Valparaíso, 1903 Se crea la República de Panamá;   1907, Santa María de Iquique, 1910 Revolución Mexicana; 1911, Plan de Ayala. Fin del régimen de Porfirio Díaz; 1918 Reforma Universitaria de Córdoba; 1914 Haya de la Torre funda el APRA; 1919 Asesinato de Emiliano Zapata; 1922 Semana de Arte Moderno Sâo Paulo; 1928 Colombia, Masacre de las bananeras; 1929 Diego Rivera comienza a pintar los murales en el Palacio Nacional de la Ciudad de México, en los que trabaja  hasta 1935,  creando un ciclo narrativo sobre la historia del país desde los tiempos de los aztecas hasta el siglo XX. Es una reivindicación de las culturas precolombinas y y una lectura de la historia colonial desde la perspectiva de la “leyenda negra”; 1930 Uruguay Primera Copa Mundial de Fútbol. Uruguay vence en la final a Argentina 4-2; 1932 Guerra del Chaco; 1935 Muere Carlos Gardel en Medellín; 1936 Trostky se asila en México/ Carlos Saavedra Lamas (argentino), Premio Nobel de la Paz; 1938 Triunfa en Chile el Frente Popular con Pedro Aguirre Cerda; 1941 Carlos Luis Fallas escribe Mamita Yunai; 1942 Se crea el cruzeiro como moneda brasileña; 1945 Primer Premio Nobel de Literatura Latinoamericano: Gabriela Mistral, 1946 Se descubren las pinturas de Bonampak/ Juan Domingo Perón Presidente de Argentina; 1947 Bernardo Alberto Houssay (argentino) Premio Nóbel de Medicina; 1948 se crea la OEA y la CEPAL/ Asesinato de Jorge Elicer Gaitán; 1950 Mundial de fútbol de Maracaná (Maracanazo) Goles de Schiaffino y Ghiggia;1951 Juan Manuel Fangio gana su primer campeonato mundial en Fórmula 1; 1952 Reforma agraria en Guatemala; 1953 Asalto al cuartel Moncada; 1954 golpe contra Jacobo Arbenz en Guatemala/Strossner derroca a Federico Chávez en Paraguay; 1959 triunfo de la revolución cubana; 1960 Inauguración de la ciudad de Brasilia por Juscelino Kubitschek : Lucio Costa principal urbanista ; Óscar Niemayer principal arquitecto. 1962 Mundial de Futbol en Chile (Leonel Sánchez le rompe la nariz a David)/ Independencia de Jamaica; 1963 Golpe militar en Ecuador/ Julio Cortázar escribe Rayuela; 1964 golpe militar en Brasil y en Bolivia; 1967 Miguel Ángel Asturias Premio Nóbel de Literatura/Ejecución en Bolivia de Ernesto “Che” Guevara; 1968 Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín;  1969 El “Cordobazo”/Guerra del Fútbol entre Salvador y Honduras ;1970, otro argentino, Luis F. Leloir, Premio Nóbel de Química.  1971, Neruda, Premio Nobel de Literatura; 1973, La Moneda en llamas. Golpe militar en Chile y en Uruguay; 1976 Golpe militar en Argentina;1979 Termina la dictadura de los Somoza en Nicaragua. Triunfo del Frente Sandinista; 1980 Pérez Esquivel Premio Nóbel de la Paz; 1983 vuelta a la democracia en Argentina con el triunfo de Raúl Alfonsín; 1984 César Milstein (argentino) Premio Nóbel por sus contribuciones al entendimiento del sistema inmunológico ; 1989 gana la elecciones en Ecuador Rodrigo Borja Cevallos ; 1991 Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay firman el Tratado de Asunción, que adopta el nombre Mercosur;1992 Rigoberta Menchú Premio Nóbel de la Paz; 1995, el mexicano Mario J. Molina Premio Nobel de Química ; 1999 Hugo Chávez Presidente de Venezuela. 2006 Evo Morales es elegido presidente de Bolivia; 2007 Rafael Correa es elegido presidente de Ecuador ; 2007, Los Presidentes de Suramérica, reunidos en la Isla Margarita decidieron renombrar a la Comunidad Suramericana de Naciones creada el 2004 en Cuzco como Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).  Así sucesivamente cada país construye su imaginario a la vez que se configura el imaginario Latinoamericano. Si sabemos hacerlas hablar, las imágenes nos dan una información suplementaria, y si  queremos difundir los hechos  ningún medio es más eficaz  para comunicarlos y  transformar la historia de Nuestra América en una identidad de masas.

Pero el Bicentenario es también una interrogación sobre el futuro y la cuestión capital es cómo plantearse América Latina, en el contexto de la geopolítica,  los grandes compromisos que presenta el siglo XXI.

Sería ingenuo imaginar el Bicentenario como escenario en que pueden desatarse todos  los nudos del futuro. Pero llegamos a esta conmemoración con cuatro compromisos a los que tenemos que hacer frente. Los cuatro son distinguibles pero están estrechamente relacionados: el compromiso nacional, el regional, el continental y el planetario. El compromiso nacional es la democracia y la disminución de las desigualdades sociales; el regional es el desarrollo, el continental es la integración y el planetario, la globalización. En el revés de la trama que une estos compromisos  se tejen diversas cuestiones: el Estado de derecho y los derechos humanos, la relación entre lo público y lo privado, la conciliación de lo universal y lo particular para construir una modernidad sobre la base de valores propios; el acceso a la sociedad de la información con criterios de pertinencia y relevancia para crear la sociedad del conocimiento (El conocimiento es la información seleccionada y procesada y por eso cada cultura, cada nación, debe crear la suya); la configuración de una idea de nación no excluyente  sino abierta a una comunidad hecha de naciones,  que aloje una sociedad transcultural; la valoración del pensamiento propio como proyecto emancipatorio de formas soterradas de colonialismo, cultural o académico. Al consagrarse, la literatura latinoamericana ha dado un gran paso hacia la independencia cultural; la articulación de un proyecto que tenga como meta la utopía, la utopía concreta. Para todo esto es preciso construir el Estado desde el imaginario pedagógico. Construirlo desde la cultura.

La educación constituye una dimensión fundamental de la cultura.  Y es preciso recordar que el desarrollo cultural y económico es un reto antes que una cuestión técnica. Son la cultura y las circunstancias las que dan un semblante a las promesas de futuro. Hoy son más borrosas de lo que eran para los jóvenes de mi generación. La reflexión  sobre el Bicentenario debe tenerlo en cuenta. En realidad siempre llegamos tarde al futuro, por eso tenemos la responsabilidad de pensarlo para las generaciones que nos siguen, las del Bicentenario,  y que están en condiciones de alcanzarlo a tiempo.