El abate Molina y su obra

por M. A. Rojas Mix

 ¿Quién es el abate Molina?

Sus biógrafos cuentan que vino al mundo el año cuarenta del “Siglo de las Luces” (1), agregando —aun cuando éste es un punto discutible—, que nació en Talca, en una hacienda rica en ejemplares de la fauna y flora chilena. Circunstancia que todos subrayan cuidadosamente pues parece ser significativa para comprender las posteriores inclinaciones del abate por la historia natural.

El nombre de su madre se discute; sin embargo, aún frente a esta incertidumbre, todos concuerdan en señalar que el abate descendía, por ambas líneas, de honrada estirpe criolla  (2).

De sus estudios se dice que los inició en Concepción y Talca, y que dos años después de incorporarse al curso de noviciado en la Compañía de Jesús fue enviado a una residencia que los jesuitas tenían en Bucalemu. Entre esta fecha —1757— hasta 1767, año de la expulsión de la Orden, Molina aprendió francés e italiano, perfeccionó sus conocimientos sobre historia natural e inició sus estudios de latín y griego.

Ya exilado se radicó primero en  Imola, donde recibió las sagradas órdenes (1773), y luego en Bolonia, ciudad de gran nombradía académica, en la que tuvo oportunidad de trabar contacto con algunos de los intelectuales más eminentes de Europa.

En 1776 publicó el Compendio della storia geografica, naturale e civile del regno del Chile, obra que, al ser editada anónima, le fue atribuida por los historiadores del siglo XIX a Gómez de Vidaurre hasta que Barros Arana se encargó de hacer justicia basándose en una simple confrontación de los textos (3). Algunos años más tarde—1782— apareció el Saggio sulla storia naturale del Chile que lo consagró ante la opinión europea. Iguales elogios mereció el segundo tomo impreso cinco años después; Saggio sulla storía civile del Chile. El éxito de sus obras lo hizo dar a prensa una segunda edición corregida y aumentada de la storia naturale (1810). Finalmente, sus discípulos le rindieron homenaje reuniendo en dos tomos que aparecieron en 1821, catorce memorias científicas leídas por el abate.

Hasta aquí lo que sacamos en limpio de sus biógrafos. Sería posible revisar casi todos los trabajos que se han escrito sobre Molina, y fuera de agregar uno que otro dato a los ya señalados, es poco más lo que de ellos podríamos obtener. Mucho se ha estudiado, pues, la vida y el anecdotario de Molina; por el contrario, su pensamiento, uno de los más ricos y sugestivos de todos aquellos que escribieron durante la Colonia, permanece casi absolutamente desconocido. Y esto, lejos de ser una exageración, es una triste realidad; pues fuera de botánicos y zoólogos, que han continuado sus investigaciones (4), el tono de los trabajos realizados por nuestros historiadores está dado por estos dos ;artículos cuyos títulos a continuación reproduzco: De por qué el abate Molina es talquino y ¿Cómo se llamaba la madre del abate Molina?. Y, mientras se escribían estos “ensayos”, permanecían sin estudio y aún sin merecer el privilegio de una traducción a la lengua originaria del autor, catorce memorias escritas en italiano; de las cuales, dos al menos, demuestran a Molina como uno de los grandes pensadores americanos, al nivel de los más finos intelectuales europeos de la época.

Menguado homenaje es, pues, para un pensador de esta altura, la atención que le han dispensado nuestros historiadores.

Es preciso cambiar de rumbo. No se puede seguir hurgando en el anecdotario familiar de cada uno de los hombres que han tenido cierta relevancia en nuestra historia: un pensador no se puede estudiar de la misma manera que un aventurero, ni ser simple objeto de una curiosidad histórico-genealógica. Basta ya de que los historiadores se sigan preocupando de sí la madre de Molina era fulana o zutana o de sí el abate nació en este o en otro lugar. Hay muchos estudiosos serios de la filosofía que nunca se han planteado como problema fundamental cómo se llamaba la madre de Hegel o de Marx: y ello, no los ha perjudicado mayormente en la comprensión de estos autores. La aclaración de estos hechos, que apenas si interesan a la historia del cotilleo, debe quedar postergada frente al estudio de la significación y alcance del pensamiento de un autor. Es hora de dar vuelo a modernas orientaciones historiográficas y de reducir a su justo lugar los epígonos de la pequeña historia biográfica, que todavía se mantiene, cual vieja cotorra, gárrula y hueca, ocupando algunas tribunas desde las que debía renovarse el pensamiento histórico.

Un carácter diferente parece revestir el libro que anuncia el señor Jaramillo. en el cual presenta a nuestro abate como primer evolucionista y precursor de Teilhard de Chardin. Este autor, al menos, se preocupa de incursionar en el campo de las ideas. Desgraciadamente, las conclusiones a que llega son en extremo aventuradas; pues considerar a Molina como el primer evolucionista, con una “teoría más amplia y avanzada que Lamarck y el propio Darwin” y como precursor de Teilhard de Chardin, no se justifica sino por la pasión con que el señor Jaramillo ha procurado realzar la figura del abates (5).

En primer término, es preciso recordar que las ideas evolucionistas no eran una novedad a comienzos del siglo XIX; no hay que olvidar que Lamarck publicó su Philosophie zoologique seis años antes de que se leyera la discutida memoria de Molina y que ya en el XVIII numerosos biólogos como Adanson, Maupertius, Benoist de Maillet, Robinet y otros (6) . se habían pronunciado contra el fijismo estricto, postulando un transformismo limitado o amplio. Sin embargo, lo más importante es que Molina no es evolucionista, a lo más podría afirmarse que sustenta un transformismo limitado (7). En su memoria sobre las Analoas menos observadas de los tres reinos de la Naturaleza, Molina postula una suene de continuidad entre estos reinos,   afirmando que el paso de uno a otro es gradual; y que los “cuerpos que componen” cada reino no por eso dejan de participar de ciertas características del otro; empero, nunca piensa el abate que “este paso gradual” sea producto de un proceso evolutivo que ha tenido lugar en la naturaleza después de la Creación. Su visión de la naturaleza es estática y no dinámica como sería para un evolucionista. En ninguna parte habla, por ejemplo, de que surja una nueva especie, y las únicas modificaciones que acepta son en el tamaño, en el color o en la calidad del pelaje; pero sin que esto implique la aparición de una nueva especie (8)  Molina es fijista, pero piensa, como pensaba el propio Linneo, que en la creación no hay “saltos”, sino que Dios ha ido gradualmente desde lo más simple hasta lo más perfecto, creando una cadena, sin solución de continuidad, donde el último individuo de un reino se une con el primero del otro. Los Reinos —afirma el abate— son divisiones hechas por el hombre que tienen un puro carácter metodológico y que de continuo son desvirtuadas por la realidad, pues “La naturaleza se complace muy a menudo en echar por tierra los límites que nuestras fantasías tratan de poner a sus operaciones” (9). Más aún, Molina se declara expresamente partidario del preformismo y contrario a la teoría de la generación espontánea (10); lo que en el siglo XVIII significaba, casi siempre, la postulación de un fijismo rígido; pues, esta triple convicción configuraba una de las tendencias en que se dividían los biólogos de la época. Tendencia que .se oponía a la de los epigenistas, que creían en la generación espontánea y en general eran partidarios del transformismo (11). En síntesis lo que Molina procura en su memoria es “probar que no hay distinción absoluta entre los cuerpos que se asignan a los diversos reinos de la naturaleza”(12) y que esta continuidad es producto de una creación gradual, pero en ningún caso la atribuye a una evolución.

Desde este punto de vista la comparación entre Molina y Teilhard de Chardin carece de sentido, salvo que se quiera insistir en señalar similitudes entre las vidas de ambos jesuitas; pero hay que tener cuidado de no entusiasmarse en exceso con estas analogías, pues se corre el riesgo de caer en algunos vicios de comparación propios del mismo Molina y de su época, como cuando refiriéndose a Caupolicán, al compararlo con otros grandes hombres que desempeñaron papeles análogos en la hisitoria, decía de el: “que estaba desfigurado por el efecto de un ojo lo que tuvo en común con otros generales”13.

Por último, “Poner de relieve —como dice pretender el profesor Jaramillo— . . . la trascendental influencia de la obra de Molina sobre las cumbres del pensamiento científico mundial”14, nos parece una tarea en extremo difícil de realizar. Para hacer honor a la verdad, la obra del abate se difundió mas por el interés que manifestaba el siglo XVIII en lo exótico que por su carácter científico, como prueba de esto baste señalar que fueron precisamente sus “memorias científicas” las únicas que no despertaron el interés de los traductores. De esta suerte hablar de  su influencia “sobre las cumbres del pensamiento científico mundial”, nos parece un exceso. Mucho más adecuado es tratar de ver la real difusión de las obras del abate, así como su auténtica repercusión.

En el hecho la obra de Molina tuvo limitada resonancia en América española. En Europa, en cambio, alcanzó una difusión mucho mayor, especialmente entre los círculos de más alcurnia intelectual. Así, por ejemplo, ocurrió en Alemania, como lo demuestran estos dos hechos: Molina es citado por Kant, poco después.

Aparecer la traducción alemana del Saggio sulla storia naturale 15 y Humboldt,  pasar por Bolonia, le hace una visita con el fin de trabar contacto personal con el (16). Lo misino ocurre con la joven intelectualidad norteamericana, lo que se manifiesta en las Notes on Virginia, obra en que se advierte que el propio Jefferson, futuro Presidente de los Estados Unidos, estaba basta te familiarizado con el pensamiento del abate (17). No obstante, donde sus ideas alcanzan mayor significación, es entre los numerosos jesuitas exilados que polemizaron en el Viejo Continente con los que pretendían demostrar la inferioridad de América.

Es precisamente esta polémica la que impulsa a Molina  sus obras. Ellas nacen como una réplica a la tesis que sostenía la “debilidad”  o “inmadurez” de las Américas, y que se origina a  mediados del siglo  XVIII con las obras de Buffon y de De Pauw, corifeo de todos aquéllos que posteriormente  sostuvieron la decadencia de las especies y del hombre en el Nuevo Continente. Desde la publicación del Compendio Anónimo el abate se pone en la línea de los que procuran desvirtuar los argumentos de Buffon y de De Pauw; como Gian Rinaldo Carli, Clavijero, Juan de Velasco y otros jesuitas: Jolis, Paramas, etc.(18).

Buffon había sido el primero en sostener la degeneración de las especies animales en América. A ello replica Molina que en el Nuevo Continente no se ha producido propiamente una degeneración, sino que las especies, son distintas. Por otra parte, abundando en algo que había planteado el propio Buffon, sostiene que todo el problema es un problema de denominaciones y que ha sido el afán de los europeos de aplicar sus nombres familiares a especies nuevas, sólo porque tenían algún parecido con las que ellos conocían, lo que ha confundido a los científicos. Es precisamente cuando Molina afirma la singularidad de las especies americanas, cuando rechaza la idea de una evolución degeneradora, aceptando, sólo, modificaciones en los individuos, incapaces de alterar la especie. Buffon y los biólogos de la época aceptaban variaciones en los componentes de una especie como consecuencia del clima, de la alimentación y de la domesticación, pero sin que estas modificaciones importaran la aparición de una nueva especie; en este sentido postulaban un transformismo limitado. Ahora bien, para Buffon toda transformación implicaba necesariamente una degeneración, pues pensaba que las especies eran tanto mas perfectas cuanto menos han variado; ya que al cambiar se debilitan, porque se alejan de sus prototipos ideales. Por cierto que estos prototipos eran los del Viejo Mundo, en cuyo suelo fueron creados todos los animales, pasando luego hacia a América, donde casi siempre degeneraron. Es a esta predilección por el Viejo Continente que opone Molina una nueva concepción.

Otro argumento de Buffon para demostrar la inferioridad de América frente a Europa, era la pequeñez de los animales americanos. El biólogo francés partía afirmando la superioridad de lo grande sobre lo pequeño. Lo grande —decía— es más estable, lo que significa que permanece siempre más próximo a la forma creada por Dios, y por lo tanto más próximo a Él; lo pequeño, en cambio, es variable, por lo que está más sujeto a corrupción y en consecuencia más alejado de Dios (19). En síntesis, se pensaba que desde las formas perfectas creadas por Dios, sólo se podía evolucionar hacia formas más imperfectas. Ahora bien, Buffon atribuía al clima la alteración de la forma exterior en las especies, lo que hacía que éstas tuviesen que degenerar necesariamente en América, pues se creía que este continente era el que había permanecido más tiempo bajo las aguas del mar, acababa de emerger y aún no había terminado de secarse. Ello hacía que “los hombres fueran fríos y los animales pequeños, porque el ardor de los unos y el tamaño de los otros dependían de la salubridad y del calor del aire (20). Estas ideas sobre el carácter enervante de los climas cálidos se extendieron tanto en el siglo XVIII, que incluso sirvieron para cohonestar los argumentos de aquellos que sostenían la “servidumbre natural de los indios”; así, por ejemplo, Montesquieu, en el Esprit des Lois, admitía que en los países cálidos se generaba una natural predisposición hacia la esclavitud; admirando, por el contrario, la libertad que florece entre el frío y el hielo (21).

A semejanza de Buffon, Molina cree también en lo que podríamos llamar un transformismo limitado, es decir en una alteración de los individuos, pero sin que esto signifique la aparición de una nueva especie. Asimismo, piensa con el francés, que esta modificación se debe principalmente a circunstancias climáticas. De este modo, al hablar de los pájaros de Chile nos dice: “La vasta montaña de la cordillera es, por decirlo así, el semillero de los pájaros terrestres y fluviales, a donde se acoge por la primavera un buen número de todos ellos para acudir con mayor seguridad a su propagación respectiva, y donde, al asomarse las primeras nieves, se retiran a los llanos y a los montes marítimos, acompañados de su innumerable descendencia, debiéndose atribuir a la mansión que hacen en aquella montaña, cubierta continuamente de nieve, la variedad de colores que se ven en muchos individuos de una idéntica especie, pues en cuantos hay diferentes colores, he observado yo pájaros blancos enteramente (22). La diferencia sustancial con Buffon reside en que el abate no piensa que toda alteración dentro de la especie signifique necesariamente una degeneración de ésta; por el contrario, en América meridional las especies europeas han experimentado incluso progresos debidos a las favorables condiciones climáticas de este continente; así, pues, Molina sostiene un transformismo en ambas direcciones, que no significa degeneración, sino tan sólo cambio y adecuación a circunstancias ambientales diferentes. “Son poquísimas —afirma el abate— en la América meridional las especies de cuadrúpedos que se pueden llamar verdaderamente unos mismos con los que vemos en el antiguo hemisferio, y cuyos individuos, o bien conservan la misma estatura, o bien la han aumentado con su perenne propagación y continuo vivir en un clima favorable” (23). Como se ve Molina también rechaza la idea de que el clima de América sea enervante para los que habitan su suelo.

No obstante, aun frente a estas discrepancias, el abate mantiene siempre con el gran biólogo francés una posición polémica, seria y científica, reconociendo constantemente su valor como gran naturalista. Lo que ocurre es que “questo grand’uomo e stato male informato su questo punto como in molti altri concernenti la storia naturale d’America”; o bien, que a veces, “questo grand’uomo…si lascia trasportar troppo da suoi favoriti sistema” (24). Muy distinto es el tono que adquiere Molina cuando tiene que enfrentarse con De Pauw. Buffon, además de ser un gran naturalista, no había incluido al hombre en sus apreciaciones sobre la degeneración de las especies en América. Aun cuando en algunos pasajes escritos por el biólogo francés, el indígena aparece sujeto a las mismas limitaciones que los animales, y en otros llega a afirmar que la naturaleza ha utilizado en el Nuevo Mundo una escala de distinta magnitud, reconoce que “el hombre es el único a quien midió con el mismo módulo”; procurando dejar especialmente clara esta afirmación en una obra posterior, donde alarmado, quizá, por las proyecciones que han adquirido sus juicios en manos de De Pauw, reitera categóricamente que el americano es igual al europeo, sólo que históricamente más joven(25).

Mucho más atrevido, y desde luego, menos limitado por la seriedad científica, el prusiano procura demostrar junto con la degeneración de las especies animales, la del hombre. En efecto, tanto  en las Recherches philosophiques sur les Américains, de 1768, como en la réplica a sus confutadores publicada dos años más tarde —Défense des Recherches philosophiques sur les Américains— y en oíros escritos posteriores (26), De Pauw sostiene la tesis que el americano es una degenerado, física e intelectualmente, y que en él ha desaparecido incluso el afán y la fuerza para perpetuar la especie. Al referirse a los animales, no le basta con afirmar la degeneración de las especies, sino que se pone a hacer mofa de ellos, en el mismo tono, aunque sin la gracia con que lo hiciera Voltaire. Fue el genial enciclopedista quien terminó de poner en ridículo al puma americano, llamándolo “león tímido”, “enclenque y cobarde”, y describiéndolo como aquel león del cuento, que criado entre las ovejas, desarrolló un terrible complejo de inferioridad al ser incapaz de balar o de embestir como sus hermanos. Así, pues, junto a este puma que es una caricatura mal hecha del león del Viejo Continente, De Pauw pone un homúnculo que es también una mala caricatura del hombre europeo. Y este juicio no lo restringe tan solo al campo físico y fisiológico, pues cuando se refiere a los talentos, a la cultura o a las posibilidades de desarrollarlos en América, tiene frases que de atrevidas llegan a ser ingeniosas; por ejemplo, hablando de la enseñanza, dice que en el Cuzco había una especie de Universidad, “donde ciertos ignorantes titulados, que no sabían leer ni escribir, enseñaban filosofía a otros ignorantes que no sabían hablar”. Todo en América era degenerado, pensaba De Pauw, hasta el punto que él mismo se sentía afligido frente al terrible espectáculo que significaba “ver a una mitad de este globo tan castigada por la naturaleza, que en ella todo era o degenerado o monstruoso” (27).

Las ideas del prusiano prendieron en dos autores que les otorgaron una difusión mucho mayor, gracias a la buena fortuna que hicieron sus obras, y que además, por la circunstancia de ser eruditos prestigiados, transformaron las fantasías de De Pauw de literatura folletinesca en literatura científica. Uno de ellos es el abate Raynal, que llega a sostener en la Histoire philosophique et politique des établissements et du comecrce des Européens dans les deux Indes, que los indios americanos sufren de infantilismo sexual y son casi impotentes. El otro es William Robertson, quien en The Hisiory of América afirma que “el principio de la vida parece haber sido ahí —en América— menos activo y vigoroso que en el antiguo continente. . . ; las diferentes especies animales que le son peculiares, son, proporcionalmente, mucho menos numerosas que las del otro hemisferio. .. La naturaleza fue no sólo menos prolífica en el Nuevo Mundo, sino que también parece haber sido menos vigorosa en sus productos. Los animales pertenecientes originariamente a esta zona del globo dan muestras de ser de una raza inferior: no son tan robustos ni tan feroces como los del otro continente… ” (28).

Molina escribe sus obras como respuesta a estos detractores, tratando de mostrar en forma objetiva y científica lo que realmente es este continente. No obstante, su replica toma un tono violento cuando entra a polemizar con algunos autores, especialmente cuando se refiere a De Pauw, a quien estima un ignorante presuntuoso, que “ha escrito de las Américas y de sus habitantes con la misma libertad que pudiera haber escrito de la

luna y de los selenitas” (29). Frente a las afirmaciones sobre la degeneración del indígena, el abate asume una posición histórico-evolucionista, afirmando que todas las sociedades pasan por las mismas etapas en su evolución histórica, y que los indígenas americanos se encuentran en una fase ya superada por las sociedades europeas; pero, mucho más próximos a ella que a la de la barbarie primitiva. Por otra parte, sostiene que, lejos de ser una raza  decadente, los americanos poseen una vitalidad mucho mayor que la de los europeos, a quienes ha capturado la molicie y la debilidad que se produce en la última etapa del proceso evolutivo social (30).

 

Las ideas anteriores vinculan a Molina con Rousseau, quien en los Discours sur ¡’inegalité, lamenta que la humanidad no se hubiese detenido en la última etapa del proceso evolutivo, que es la civilización del salvaje. Los progresos siguientes han acercado al individuo a una aparente perfección, pero en el fondo han producido la verdadera decrepitud de la especie, pues el hombre ha perdido la fuerza juvenil que tiene el “buen salvaje”. En realidad, la obra de Molina aparece infiltrada por los primeros brotes del pensamiento romántico, al que lo vinculan sus aseveraciones sobre la fuerza y la vitalidad creadora de loa pueblos primitivos. Es probable, incluso, que haya conocido la obra de Herder, que invierte en este punto la ideología dieciochesca. Por otra parte, su concepción del desarrollo histórico y del curso paralelo que siguen las naciones en su progreso parece inspirada por las ideas de Vico. Ahora bien, aun cuando el abate no haya conocido directamente a Vico, debía estar familiarizado con su pensamiento a través de la obra de Gian  Rinaldo Carli. Este autor había publicado en 1780 las Lettere Americanae, donde respondía a la diatriba de De Pauw, reivindicando para mexicanos y peruanos el más alto grado de civilización, y explicando este desarrollo por esa “ley natural”de las naciones” de que hablaba Vico. Molina piensa, también, que toda la historia de la humanidad debe entenderse por analogía, pues “la mente humana puesta en las mismas circunstancias se forma las mismas ideas” (31). Por otra parte, ampliando las ideas de Carli, a quien cita reiteradamente, dedicándole, incluso, la Storia naturale, reivindica para los chilenos el más alto grado de civilización y sapiencia administrativa.

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Nuestra intención es publicar en esta revista la traducción de dos memorias que son, sin duda, las más importantes escritas por Molina. La que ahora presentamos: Sobre la propagación sucesiva del género humano y la que trata sobre las Analogías menos observadas de los tres reinos de los tres reinos de la Naturaleza}. Los planteamientos expuestos por el abate sobre el poblamiento de América, que aparecen en la primera de estas -memorias, lo señalan como un hombre de gran intuición científica; pues, carente de casi todo testimonio —piénsese en el material acumulado en los últimos años por arqueólogos y etnólogos sobre relaciones intercontinentales—, Molina se sitúa en una posición que concuerda con las mas modernas teorías que se han esbozado para explicar los orígenes del hombre americano.

El  problema de la aparición del hombre en America era uno de los que inquietaba la curiosidad de los científicos en la época del abate. Desde antiguo se bosquejaban numerosas teorías, que iban desde la peregrina identificación de América con el país de Ophir y la atribución de un origen semita al americano (32), hasta planteamientos como los de ]osé de Acosta, quien en el siglo xvi, al publicar la Historia Natural y Moral de las Indias, sostenía que el poblamiento de América debía de haberse verificado desde Asia.

Molina comienza en su memoria por rechazar las teorías que postulaban un origen independiente de los hombres en diversos lugares del globo, afirmando a continuación que el nuevo continente ha sido poblado en varias oleadas y desde distintas partes del mundo. Probada le parece la teoría de un poblamiento desde el Asia, luego que Cook, siguiendo los indicios de Behring, descubriese el estrecho en 1779. Por allí habrían pasado en oleadas sucesivas los pueblos de la Tartaria China, estableciéndose desde el norte hasta el golfo de México. Los últimos en llegar, separados varios siglos de las primitivas migraciones, habrían sido los mexicanos: pueblo más culto que desplazó a los bárbaros que les habían precedido. Sin embargo, no todos los indígenas americanos penetraron por el estrecho de Behring. Los más meridionales, culturalmente distintos de los del norte, no parecen ser tártaros; según el abate provenían de la India oriental y habían llegado a América a través de las islas del Pacífico sur. De éstos, los peruanos y los chilenos serian los últimos en arribar, afirmando Molina, por las notables semejanzas que se advierten entre sus respectivas culturas, que serían de origen greco-indio y que habrían pasado a América poco después de la expedición de Alejandro a la India. Finalmente, desde Europa noroccidental habrían venido corrientes de noruegos, quienes poblaron las partes más septentrionales de América.

Molina, al sostener que la corriente más antigua viene de Asia, se acerca a la teoría sostenida por Hrdlicka y la “Escuela Norte-americana”. Empero, rechaza el exclusivismo de esta teoría y le parece más lógico atribuir las diferencias culturales, especialmente las que se observan entre los aborígenes del norte y los del sur, a vinculaciones con otras culturas que a una diferenciación iniciada después del asentamiento en América. En este punto, si no por las partes de que consta al menos por la relación entre las partes, se acerca a Paul Rivet y a su teoría sobre el origen múltiple del hombre americano.

Las lucubraciones de Molina sobre este aspecto son verdaderamente sorprendentes, sobre todo si se piensa que coinciden con algunas de las más curiosas teorías bocetadas en este siglo, como las de Harold S. Galdwin, quien en Men out of Asia afirma que la última oleada de pobladores serían griegos que llegaron a América desde la India después de Ia invasión de Alejandro. Es curioso observar como al pronunciarse sobre este problema, la rica fantasía de Molina, lo lleva a sustentar ideas que tendrán mayor futuro que las de otros científicos de su época. Incluso, más que las que surgen acuñadas por el extremo celo científico de Humboldt, quien basado en las observaciones y testimonios que pudo recoger en sus. viajes por América, afirma que estas civilizaciones se originaron exclusivamente desde Asia. Sin embargo, ya entonces alguien se había adelantado a Molina en sus concepciones; y éste era nada menos que uno de los fundadores del derecho internacional: el holandés Hugo Grocio, quien sostenía en el siglo xVii que América había sido poblada por asiáticos, escandinavos y oceánicos, afirmando que los peruanos tenían un origen chino, lo que adquiere, con las más recientes investigaciones, un grado cada vez mayor de verosimilitud.

Lo más sorprendente, sin embargo, es que Molina pensara en un contacto entre la India y América; pues, lo que entonces fue una fantasía, se llenó de probablidades con los estudios de Robert Heine-Geldern y Gordon F. Ekholm. Las investigaciones de estos autores que fueron presentadas en una obra publicada en común en 1949 —Significant Paralleis im the Symbolic Arts of Southern Asia and Middle América (33)—, señalaron  notables analogías entre las culturas de América y las de la India, de Asia Sudoriental y China. Entre otras, señalaron semejanzas entre el arte del budismo hinayana y ciertas esculturas mayas y en la utilización en ambas áreas del loto como motivo ornamental. Similitudes especialmente notables se advirtieron al comparar el mudo de ornamentación de la escuela de Amaravati con los edificios de Chichen-Itza. Asimismo, reconocieron motivos de carácter chino,  del siglo viI a. de C., en algunas de las esculturas de las más antiguas civilizaciones del Perú; la de Chavin; así como influencia  de la época Han en México y Guatemala. Sin embargo, mucho más numerosas, son las huellas de la cultura Dongson, de Indochina, que se manifiesta, sobre todo, en la forma y decoración de los objetos de metal y en los procedimientos metalúrgicos utilizados por los aborígenes de América del Sur. Las relaciones entre ambos continentes resultan bien probables cuando se sabe que en Asia meridional existieron navíos de cerca de 50 m. De eslora y que podían cargar de 600 a 700 hombres; es decir, mucho mayores que aquellos con que Magallanes cruzó el Océano Pacífico. Por otra parte, a menudo navíos asiáticos que han perdido sus mástiles o sus timones son arrastrados a las costas de América. Bastaba con que uno solo de los que en aquel entonces arribó con las corrientes hubiese vuelto, para que se conociese, al otro lado del océano, la existencia de un nuevo continente.

Fuera de eso resulta muy difícil imaginar que toda una serie de técnicas complicadas como la fundición con molde de cera, la extracción del estaño de la casiterita, ;la aleación de éste con el cobre, la coloración del oro por métodos químicos, el tejido, el itak y el batik, el parasol usado como insignia real, la invención del mismo juego con reglas bastante complicadas (pachisi en India y Asia suroriental y palloti en México), la existencia de los mismos sistemas cosmológicos, así como la identificación de los distintos puntos cardinales con idénticos colores, puedan ser concebidos independientemente por dos o mas civilizaciones, sin que medie ningún contacto entre ellas (34).

Argumentos semejantes a éstos son los que expone Molina para afirmar la emigración de peruanos y chilenos desde la India:

“Yo creo que esta emigración es contemporánea o un poco posterior a la excursión de Alejandro hasta la desembocadura del Indo. Los remotos conocimientos de los chilenos, para no hablar de los peruanos, en el arte del tejido, del teñido, de la fusión de los metales, en el cultivo de las plantas gramíneas, que utilizaban en su pan fermentado con levadura, en la táctica militar, en la hidráulica, en la astronomía, en el juego de ajedrez, de las tablas y de la bola; y, sobre todo, la estructura de su lengua, que dispone de duales, aoristos, participios para todos los tiempos, de todo tipo de composición y, lo que es más admirable, de gran cantidad de vocablos netamente griegos y con la misma significación (35), no dejan duda alguna sobre su origen greco indio” (36).

Esta memoria es muy significativa para comprender el pensamiento de Molina. Al compararla con el resto de su obra vemos que aquí sus concepciones se ponen en contradicción con las expresadas en otra parte. En efecto, el abate desarrolla una sociología histórica “evolucionista” en todos sus Saggios, señalando, como ya lo indicamos, que la evolución de toda sociedad humana es la misma, siendo, incluso, capaz de formarse idénticas ideas sobre el hombre, el mundo, el Más Allá, etc. (37). En cambio, en esta memoria aparece como “difusionista”, atribuyendo la formación de los grandes imperios americanos al contacto con pueblos de alta cultura.

La misma contradicción se advierte entre el pensamiento histórico y sus concepciones biológicas: mientras desarrolla una “sociología evolutiva” para comprender la sociedad, en el campo biológico se mantiene en la línea del pensamiento fijista. Es cierto que tomando aisladamente algunos párrafos podría considerársele un biólogo evolucionista; pero, hay que medir el párrafo dentro del contexto; y éste jamás sugiere la idea de modificación de la especie más allá de los términos aceptados por la biología de Linneo y Buffon. Su única novedad es afirmar, en contra de Buffon, que la modificación de los individuos no significa necesariamente la degradación de la especie.

El pensamiento de Molina, apunta, pues, en diversas direcciones que no siempre son concordantes. Sin embargo, no por ello desmerece como pensador: pues, si bien no creó un sistema omnialusivo, nos legó una obra rica en fecundas sugerencias, como aquellas que sólo conciben los espíritus de intuición poderosa y de fantasía no domeñada por la excesiva erudición.

 

Notas

1. Los biógrafos discuten sobre la fecha de su nacimiento, pero el propio abate confiesa que nació el mismo año en que murió Carlos Sexto Augusto; vale decir en 1740.

2. Parece ser cosa definitivamente probada que el padre de Molina se llamaba don Agustín Antonio Molina.

3. No se necesita más que hacer un simple cotejo del Compendio anónimo con las Historias, natural y civil de Chile; por don Juan Ignacio Molina, para convencerseque todos ellos han salido de la misma pluma.  El estilo fácil y corriente, pintoresco y natural, el colorido de las descripciones, la semejanza de muchos pasajes y hasta las citaciones iguales, dejan ver que aquel Compendio fue el primer bosquejo de un libro que el autor amplió en seguida, modificando, sin embargo, algunos detalles y llenando dos tomos con la materia que en el primer ensayo formaba uno solo”. Barros Arana, Diego; Revista Chilena, T. I, p. 289, Santiago, 1881.

4. Carlos Porter dedicó al abate sendos números de homenaje en la Revista Chilena de Historia Natural; y el prof. Hugo Gunckel editó una revista de botánica que, en honor del abate,  se denominaba Moliniana.

5. Cf. Rodolfo Jaramillo Barriga. El abate Juan Ignacio Molina, primer evolucionista y precursor de Teilhard de Chardin, Revista Mapocho, Año III. Tomo III, NºII. (Todas las citas corresponden a este  articulo).

6. Adanson. Histoire des familles des plantes (1763); Maupertius; Essais su rla formation  des corps organisés (1754); Benoist de Maillet; Telliamed (1748); Jean-Baptiste-CharIes Robinet; De la nature (1766).

7. Esto no era ninguna novedad. Ideas incluso más atrevidas habían sido expuestas por Linneo y Buffon (Cf. Jean Rostand. “Les grands problèmes de la biologie au XVIIIèm siècle”, en Histoire Genérale des Sciences, Tome II: “La Scicnce Moderne (de 1450 a 1800) “, P.U.F., Paris. 1958),

8. Cf. Compendio anónimo. T. XI, pp. 201 y 222 ,  Historia Natural. T. XI, pp. 417. 433, 454, 455, 486, 492; Historia Civil. T. xxvi, p. 108. (Todas la citas de las obras de Molina que aparecen en este ensayo, están tomadas de la edición publicada por la Colección Historiadores de Chile; salvo que se indique expresamente otra edición)

9. Molina; Memoria sobre Las analoas menos observadas de los tres reinos de  la Naturaleza.

10. Molina cita a Charles Bonnet, descubridor de la partenogénesis y campeón del preformismo, señalando que “su hipótesis sobre la evolución- de los gérmenes, …, parece la más probable entre todas aquellas que se han imaginado acerca de la propagación de los seres vivientes”. (Memoria citada)-

11. Cf. Rostand. Loc. cit.

12. Molina: Memoria citada,

13. Historia  Civil, p. 208.

14. “Jaramillo, Loc. cit.

15. Akad. Ausgabe, vol XIV, p.634, cit. por Antonello Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo, FCE 1960, p. 193.

16. Storia Naturale, 2ª Ed. p. 225.

17. 1ª. Ed. París 1782. Jefferson comparte con el abate la idea que la utilización de los nombres del Viejo Continente para designar las especies animales americanas, era lo que había confundido las cosas.

18. Gian Rinaldo Carli: Delle lettere americane, Cosmópoli, Firnze, 1780, 2 vols.; Francisco Javier Clavijero Historia Antigua de México (1ª. Ed. Casena 1780-1781), Juan de Velasco: Historia del Reino de Quito (1789); José Jolis: Saggio sulla storia naturale Della Provincia del gran Chaco… Faenza 1789, José Manuel Peramás: La República de Platón y los Guaranís, Bs. Ars. 1946 (1ª. Ed. Faenza 1793) Entre otros habría que citar también a Moxó: Cartas Mexicanas (1ª Ed. Faenza 1793), a Fray ServandoTeresa de Mier: Memorias e Historia de la Revolución de Nueva España… Londres 1813 y el hondureño, José Cecilio del Valle

19. Buffon seguía en este punto a Plinio, que describía a los animales por orden de corpulencia, y a Aristóteles, que sostenía que lo estable es superior a lo mudable

20.œuvres complètes de Buffon, ed. Richard, Paris, Delangle, 1827-1828, vol. XIX, p. 21; citado por Gerbi, op. cit-, p. 13.

21. XV, 7-8; xii, 2.

22. Historia Natural, p. 433.

23. “Historia Natural, p. 455.

24. “Este grande hombre que a veces se deja  llevar demasiado de sus favoritos sistemas”; pero «este grande hombre tuvo tan malos informes de esta materia como de otros muchos puntos concernientes a la historia natural de las Américas» (Historia Natural, pgs. 432 v 478).

25. Époques de la Nature, aquí insiste Buffon en afirmar que América no es un continente degenerado, sino un mundo joven e inmaduro, en que la naturaleza por haber nacido más tarde, nunca ha tenido la fuerza que tiene en las regiones mas septentrionales.

26. Recherches philosophiques sur les Américains, ou Mémoires intéressants pour servir a l’histoire de l’espèce humaine, par Mr. de P..,. (l’abbé Corneille dePAUW). G. J. Deckcr, Imp. du Roi, Berlin, 1768-1709; 2 vols. fense deRecherches  philosophiques sur Ies Américains, par Mr. de P… — S.p.i., Berlin, 1770. (Corneille de Pauw) , “Amérique”. En: Supplément a l’Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers. Mis en ordre et publié par M…. — M. M. Rey, Ámsterdam. 1776-1777, vol.I, . pp. 343-354.

Recherches philosophiques sur les Égyptiens ct les Chináis, Amstcrtiam-Lcidc, 1773. Recherches philosophiques sur les Grecs, par M. de Pauw. — G. J. Dcckcr & fils, Berlin, 1788, 2 vols.

Molina cita reiteradamente a De Pauw, y de sus obras se refiere especialmente al artículo de la Enciclopedia; del cual dice: “Las mismas ideas acerca dela pobreza de las lenguas americanas se encuentran mucho más exageradas en el artículo “América” de la vieja y de la nueva Enciclopedia. En él se dice que el diccionario de ellas podría ser escrito en una pagina, paradoja no solamente increíble, pero repugnante a las primeras luces de la razón e indigna de tener lugar en una colección que debe honrar nuestro siglo”.

27. Recherches, vol. Il, p. 185, y Discours préliminaire (citados por Gerbi) . Los

ingenios y la cultura americana fueron defendidos enérgicamente por Garcilaso,

Feijoó y Lope de Vega.

28. Vol. i, pgs. 259-261.

29. Historia Natural (prefacio).

30. Rojas Mix, Miguel: “La idea de la historia y la imagen de América en el

abate Molina”, Revista de filosofía de la Universidad de Chile., Vol. x, Nº 1. 1963.

31. Historia Civil; págs. 169 y 173.

32. Aun cuando los semitas (cananeos, fenicios, cartagineses y hebreos), solían disputar con los egipcios sobre quiénes habrían sido los primeros en asentar su pie sobre nuestro continente.

33. Selected Papers of the xxix th. International Congress of Americarnists”, vol. I, “The Civilizations of Ancient América”, Chicago, 1951, págs. 299-309.

34. R. Heine-Geldern: “El origen de las civilizaciones antiguas y las teoríaas de Toynbee; Revista Diógenes, Buenos Aires, 1956, año IV, Nª 13.

35. Cf. Historia Civil.

36. Memoria sobre la propagación sucesiva del género humano.

37. Rojas Mix, loc. cit