Ecuador: La Gracia barroca

La grâce barroque. Chef d’oeuvre de l’école de Quito. Exposición, Nantes, Musee du Château de ducs de Bretagne, du 18 juin au 27 septembre 1999; Paris, à la Maison de l’Amérique Latine du 28 octobre 1999 au 23 janvier 2000.

Si la reforma protestante fue iconoclasta y rechazó hasta muy tarde la idea de convertir al otro, el catolicismo español practicó la evangelización por la imagen, de acuerdo a las consignas del Concilio de Trento. La “gracia barroca” es pues, más que el donaire del gesto, la gracia divina, necesaria para que la imagen pueda salvar al hombre

Evangelizar era educar,  instruir para el bien común, que consistía en participar en la gran tarea evangelizadora, en rescatar para Dios el alma de los indios.  De paso servía también para liberar a los conquistadores del trabajo y crear una clase servil, que hiciera en América lo que sus amos -ahora con pretensiones de ser nobles caballeros- habían hecho en España cuando eran aldeanos.

Desde que se fundó la Real Audiencia de Quito, las órdenes religiosas comenzaron a educar a los indios: los franciscanos primero, los benedictinos, los dominicanos, los agustinos y los jesuitas, más tarde. Todos los conventos crearon talleres de pintura, escultura y ebanistería para poder decorar las iglesias y conventos que se fueran construyendo. Así se formaron artesanos indígenas y, de entre ellos, salieron los artistas. Al principio los talleres fueron dirgidos por curas y frailes. Ellos instruyeron a los indios en la iconografía religiosa.

Con mano de obra indígena se construyó gran parte de los primeros santuarios y claustros. Los muros y altares fueorn decorados con obras que venían de los más famosos talleres de España; pinturas de maestros de la escuela de Sevilla y de Valladolid: Zurbarán, Valdés Leal y Murillo; esculturas de Hernández, Pedro de Mena y Martínez Montañés. Durante le siglo XVI el arte religioso en Ecuador fue casi exclusivamente español.

Hacia fines del siglo los artistas autóctonos toman la mano. Indios y mestizos serán los grandes maestros, y prácticamente los únicos durante el resto de la Colonia. Es la llamada “Escuela de Quito”; una forma de hacer, una manera, que inicia un indio genial: Andrés Sánchez Galque, autor de Los Embajadores Negros, tela que cuelga en el Museo de América de Madrid.

La exposición menciona pocos nombres. Sólo a fines del siglo XVIII se comienza a firmar y a fechar las obras. La mayoría figuran anónimas. Testimonio indirecto de la importancia y lo extendido de la “Escuela de Quito”. De los artistas conocidos,  dos son notables, ambos de estirpe indígena: Uno es Bernardo de Legarda, por sus figuras  de busto, policromadas y estofadas, por sus Angeles y Arcángeles, su emblemática y alada Virgen de Quito; que se inspira directamente de “la mujer vestida de sol” que figura en El Apocalípsis de San Juan y probablemente en el grabado con que lo ilustró Durero, y por la que considero su obra maestra, Santa Rosa de Lima, llevando al Niño, con los ropajes henchidos de fervor y movimiento. El otro es  Caspicara, tallador de santos, tan hábil con la gubia y el color que los dejaba palpitantes de vida: San José que comunica sutil y tiernamente con el Niño, y la Virgen del Carmen, velando beatífica, mientras un Angel, contempla extasiado al Niño, son sólo un par de ejemplos. Manuel Chilli, como se llamaba Caspicara, amaba traducir, con expresividad barroca, sentimientos y sensaciones.

Entre las obras que figuran anónimas, El Cristo de la Deposición, que nos transporta a la Hora de las Tinieblas, es sobrecogedor por su expresividad, la perfección de formas y la argucia del artista de retajar los hombros para que pase el paño y caigan los brazos con la pesantez de la muerte. Sorpredente resulta también el Atlante andrógino: de lengua barba y abultadas tetas; ¿o es un remedo de la Mujer barbuda de Ribera?

De las pinturas,  la perla es El Cristo de la Columna de Andrés Sánchez Gallque, en un estilo que recuerda a Sassetta, figura del Quattrocento sienés: el mismo gusto por los ritmos lineales  del gótico, asociados a relieves firmes y modelados al estilo del primer Renacimiento florentino.

Como en el Barroco brasileño, expuesto en el Petit Palais, es el siglo XVIII el que domina: De Las 59 obras expuestas, hay unas pocas telas del s.XVII y la de Sánchez Galque, que data del XVI. El resto, pinturas y esculturas, todas siglo XVIII.

La Escuela de Quito fue una industria floreciente; comenzó a exportar sus creaciones en el siglo XVII, pero el XVIII será la época de oro del tráfico santoral. Se hacían obras en serie: los “atajos”. Innumerables son las las Vírgenes de la Misericordia, los San Migueles y los Cristos de “los azotes” (o Cristo de la Columna). Los escultores crearon una verdadera industria de montaje: exportaban cabezas, manos y pies, y en el lugar de destino fabricaban los cuerpos y hacían las ropas. Eran las famosas “esculturas para vestir”. Incluso los artistas viajaban, instalándose en Bogotá. Lima o Santiago de Chile, o donde no existían talleres de arte y artesanía.

Si América se funda baja la influencia europea, el arte quiteño hace singular lo americano. Contribuye a crearlo en el maridaje del Viejo con el Nuevo Mundo, dando fisonomía propia a la cultura del continente, porque se difunde sin límites, se fabrica en cantidad y los encargos no sólo vienen de las órdenes religiosas, también de los particulares. Era un arte ligado al fervor popular y generó un gusto por su imaginaría,  que no declina hasta mediados del siglo XIX. Pero que subsiste hoy en la artesanía popular, que continúa reproduciendo los antiguos modelos, para recordarnos que nuestra americanía es el mestizaje.

MRM