Economía y cultura en la comunidad Iberoamericana

A fines del mes de enero fue presentado en México y Washington el informe de la CEPAL y el Banco Mundial: Inversión extranjera en América Latina y el Caribe, señalando que Europa comenzaba a superar a EEUU en inversión en América Latina, gracias a España. España era el primer inversionista de la UE. Iba detrás de los EEUU, incluso los superaba en el sector financiero, donde los bancos españoles representan el 32,5% de los activos totales de los 20 bancos extranjeros más grandes de América Latina (Los EEUU un 30%). NOTA: En un viaje a España durante su efímero período presidencial, De la Rúa (diciembre 1999-diciembre 2001) señaló que España, con una inversión de 6 billones de pesetas, había llegado a ser, durante la década que acababa de concluir,  el primer inversionista mundial en Argentina, por encima de los EEUU.

Michel Mortimer, que coordinó el informe de la CEPAL,  señalaba que el rápido ascenso de las empresas españolas en América Latina contrastaba con la dificultad con que se expandían dentro de Europa y la dificultad aún mayor que tenían para ello en el mercado mundial más competitivo, concluyendo que los que les permitía este desarrollo eran sus ventajas competitivas, esencialmente sus vínculos históricos, culturales y lingüísticos. La apuesta es importante y el riesgo es grande, pero ha sido la manera de España de enfrentar el reto de la globalización. Sobre esto se refirió de la Rúa a una riqueza más intangible (haciendo buena letra): el valor económico de la lengua española que no está sujeta a “fuerza hegemónica alguna” y que por ello “no transporta cargas de poder, algo que no se puede decir de otras lenguas”.

El País (27/02/2000), que comentaba le informe de la CEPAL, dedicaba el resto de la página a una entrevista a David de Ferranti, Vicepresidente del Banco Mundial, cuya afirmación sustancial era que “los españoles deberían hacer más relaciones públicas con América Latina”.

las relaciones públicas son esencialmente relaciones culturales

Las relaciones de España con América latina pasaron por diversas fases, de la idea de comunidad iberoamericana , a la idea de puente y de portavoz. Así a medida que España iba avanzando en su integración dentro al UE y considerando a ésta una prioridad. Hoy es tarea realizada y España no sólo es miembro más de la Comunidad Europea, es la quinta economía de Europa, y esta a la cabeza de los países de la comunidad a la hora de invertir en América Latina, sino que pese significativamente dentro de ella. Sin embargo, el desarrollo económico de España la llevó naturalmente de nuevo a América Latina. Allí encontró el campo privilegiado para sus inversiones. Su expansión en Iberoamérica ha sido la forma de responder al reto de la globalización. Difícilmente el país que es el primer inversionista de América Latina puede seguir considerándose sólo un  portavoz o un puente, la idea de comunidad vuelve por otro camino, la devuelve la fuerza de la cultura; porque es ella la que ha llevado de la mano la economía y no a la inversa

Un aspecto sin embargo es negativo, señala el Informe: la preocupación que existe en Latinoamérica que esta  expansión sea parte de una reconquista española. Es preocupación es justamente consecuencia, más que de la precariedad de las relaciones públicas de España con América, de que la globalización se oriente casi exclusivamente a aspectos económicos y comerciales, sin que vayan acompañados de un desarrollo de las relaciones culturales.  que contribuya a afirmar esa identidad común sobre la que se construye la confianza, la confianza que reconoce el valor mutuo, donde las relaciones son horizontales y de tú a tú, donde el trato no pasa ni por la extranjería ni por la hegemonía. Ese respeto que hoy reina, por ejemplo, en las relaciones literarias, Donde todos los escritores que escriben con eñe se miden con los mismos criterios de valor y se admiran o se critican desde una misma literatura. El reconocimiento de la literatura latinoamericana  ha consolidado la idea de comunidad, tal vez más que la economía, porque no genera desconfianza. Ha sido un gran paso adelante. No hay que olvidar que en pleno modernismo, don Marcelino Menéndez Pelayo no podía creer que Rubén Darío  fueras un buen poeta porque la poesía americana todavía estaba en la infancia.

Las dificultades  para consolidar la idea de comunidad, que por cierto siempre será la unidad dentro de la diversidad, son múltiples  y, por cierto, muchas son lastres del pasado: el desconocimiento mutuo en que hemos vivido. Los prejuicios y estereotipos con que en general se ha abordado esta relación y ellos de parte y parte, la poca atención que en general las universidades han dado a los estudios iberoamericanos, lo que ha hecho que durante siglos la interpretación de la realidades históricas haya quedado confiado a la pluma de especialistas no necesariamente afectos a España. Como fueron los autores de la llamada Leyenda Negra: franceses, ingleses, holandeses; a la que ingenuamente España, respondió con una leyenda blanca, no menos mistificadora ni más fiable. Finalmente pero no por último, la desconfianza que en los medios democráticos e intelectuales de América inspiró una idea de la Hispanidad con la cual se pretendía construir la comunidad hispanoamericana, desconfianza que empezó a desaparecer con la transición, pero que sólo puede terminar de disipar la cultura solidaria y democrática.

Pese a que nos une la lengua, las relaciones culturales entre España y América Latina siguen siendo una asignatura pendiente. Especialmente las que no pasan por el mercado. El desarrollo de la cultura y de la educación cuando sigue las directivas del mercado, en particular cuando éste funciona bajo la óptica del puro contexto dominante, nos lleva a ir contra nuestros propios intereses. Es así que dentro de una visión planetaria, debemos pensar desde la perspectiva regional. Así, que en el marco de la relaciones con los EEUU y con la UE, incluso en el contexto iberoamericano que nos une con España y Portugal, debemos pensar con pertinencia nacional y latinoamericana: equilibrando las relaciones, robusteciendo la solidaridad y teniendo clara las prioridades. La trascendencia de nuestros vínculos históricos con España y Portugal hace patente que la especificidad de la  política española y portuguesa  respecto a Nuestra América no debe desaparecer dentro de las relaciones UE/América Latina. Como tampoco deben desaparecer las relaciones específicas de América con España y Portugal en una eventual regionalización de todo el continente dentro del TLC. Es preciso estar en los dos frentes, en el de la integración económica y en el de la integración cultural. Entre otras cosas porque si la integración económica todavía estamos realizándola, la integración cultural y lingüística es una realidad desde hace siglos, pero una realidad que a menudo olvidamos, en particular en nuestro proceso de contextualización al que hacíamos referencia más arriba: Piénsese sólo lo mucho que ignora la educación española las realidades hispanoamericanas: ¿qué se aprende en el colegio de la llamada Hispanoamérica? ¿En cuantas universidades españolas existe la especialidad? La visión de América Latina –mismo en las universidades, salvo por cierto señaladas excepciones- incluso el lenguaje, comenzando por el epíteto de “sudaca”, están cargados de estereotipos -Ya Mario Benedetti constató que no era necesariamente un término cariñoso-. Y, salvo en el campo de la creación literaria a la cual es imposible no reconocerle que ha renovada la lengua castellana,  domina una marcada desconfianza intelectual. Un ejemplo es significativo. Es un hecho que con el exilio republicano reverdeció la cultura latinoamericana. Y los nombres de las grandes figuras del exilio español son referentes culturales y figuran hoy en los libros de textos de todos los países de América Latina. Pero, ¿qué pasó con el exilio latinoamericano en España? ¿Cómo fue su aventura intelectual? ¿Quienes fueron considerados maestros en el mundo ilustrado o universitario? ¿Estaban los “sudacas” menos preparados, eran menos inteligentes, menos cultos que en su época los maestros españoles?, ¿o se les dieron menos oportunidades? En una época donde todavía España vivía en la oscuridad cultural en que la había sumido el franquismo. ¿Fue tal vez un fenómeno de época, donde los peninsulares estaban fascinados por el pensamiento europeo y por la integración con ese continente que hasta entonces  para ellos comenzaba al otro lado de los Pirineos? Incluso recurrían a autores franceses e ingleses cuando se trataba de entender a América Latina o para interpretar su propia historia. Más que nada fue un problema de desconocimiento. Hispanoamérica  sabía mucho más de España que España de América Latina en sus respectivos exilios. Desde su más tierna infancia los “niños sudacas” estudiaban la historia de España y su literatura. Incluso eran asignaturas prioritarias, junto al catecismo, en los numerosos colegios que regentaban los “hermanos cristianos”. Los intelectuales latinoamericanos conocían y apreciaban el pensamiento español. Hasta la guerra de Hispano-cubana, América se nutría del ideario francés. Efecto paradójico de la guerra de Cuba fue que restableció las relaciones entre España e Hispanoamérica. En particular, en el campo intelectual, se difundió con fuerza el pensamiento de la “Generación  del 98” y el de Ortega y Gasset. Pero el reconocimiento  no fue recíproco. América se enriqueció en su mejor comprensión de España, España se quedó en los estereotipos de la infantilización colonial. Por eso, si hablamos de la realidad iberoamericana como una comunidad, tenemos que enseñarla como tal. Es preocupante que todavía hoy América Latina como asignatura casi no aparezca en los programas de estudios secundarios, incluso universitarios, de las instituciones peninsulares.

Como miembros de la Comunidad Europea España participa íntegramente de la política de ésta con América Latina. En grandes líneas estas relaciones se perfilan preferentemente económicas y comerciales. Lo que se pueden verificar ya en 1995, entre líneas,  en el Acuerdo Marco Regional, MERCOSUR/UE firmado en septiembre en Montevideo.

Interés preferencial de Europa ha sido tomar posición frente a los EEUU en uno de los mercados que se perfila como de mayor desarrollo a medio plazo; y, last but not least, mantener protagonismo político en el Cono Sur frente a la influencia geográfica de los EEUU. Contrapartida para MERCOSUR: Más inversiones directas, nuevas empresas conjuntas y mayor acceso a la tecnología y al know how europeos. El interés de entonces de los países de MERCOSUR, como señaló el Instituto de Relaciones Europeas‑Latinoamericanas, residía en incluir en el plazo más breve el conjunto de sus exportaciones agrícolas en una futura zona de libre comercio con la UE, dado que estos productos constituyen su ventaja comparativa más importante frente a Europa. No faltaban los temores recíprocos: MERCOSUR teme la competitividad de la industria europea, y la UE la potencia agrícola de MERCOSUR.

Para la idea de Comunidad Iberoamericana no es suficiente con los acuerdos económicos. La política española no puede agotarse ahí. España tiene relaciones específicas con América, en particular en el campo cultural. Mucho se ha hablado de la cultura europea, tal vez ella exista o llegue a existir. Pero el primer paso de la cultura es la lengua, y en este sentido está mucho más claro que ya existe una cultura iberoamericana, que se basa en ella, aunque no se agota en lo puramente lingüístico. La lengua es una patria, dijo Unamuno; y es verdad, pero cuando decimos lengua decimos literatura, sutilezas del idioma que van más allá de la palabras: ironía, humor, imaginario común, arte, incluso sentimientos. Es por eso que en lo cultural que dentro de la política europea debemos plantear, como se ha hecho en otros países, la excepción cultural iberoamericana, que abra mayores campos a nuestra lengua, a nuestra cultura y a nuestro arte.

Extremadura, durante el gobierno de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ha apostó firmemente por esta idea, que no es sólo una idea para vincularse con la otra orilla o una nostalgia regional, es una idea de España. En este marco se creó el Centro de Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica (CEXECI), del que fui su fundador y director. Y se inauguró una política cultural que se difundió a través de múltiples actividades de intercambio, participación conjunta y diálogo: publicaciones, exposiciones, relaciones universitarias, cursos de temporada y seminarios en España y en América Latina. Se creó a la revista Con eÑe. Letra emblemática de nuestra koiné en la cual navegaba nuestra cultura y nuestro pensamiento. Se desarrollaron numerosas acciones culturales que nos aunaban como fue por ejemplo la Exposición sobre La Gráfica Política del 98. Hecho histórico –la guerra Hispano-Cubana- que inicia para nosotros el siglo XX y que es una fecha señera de nuestro pasado común.  Exposición que partió de la Casa de América de Madrid y a numerosos ciudades de América: La Habana, San Juna de Puerto Rico, San José de Costa Rica, Santiago de Chile, Guanajuato y México, Buenos Aires, Córdoba y La Plata en Argentina, Montevideo, Quito, Porto Alegre, etc.

Importantes han sido igualmente las relaciones académicas que se han desarrollado apoyando la creación de una comunidad académica iberoamericana, porque pensamos que en esta cooperación y en la coordinación de nuestro sistema académico, entendido como docencia, investigación y extensión cultural, está nuestro futuro, el de Iberoamérica de una y otra orilla, especialmente frente a la necesidad de abordar la globalización con criterios de pertinencia que sin pretender ni mucho menos, rechazar la mundialización, que debe ser una beneficio para todos, nos permitan defender nuestra identidad cultural, y seleccionar aquello que refuerce nuestra creatividad y no la cohíba. Para ello tenemos que responder simultáneamente a cuatro compromisos: el compromiso, nacional, el regional, el continental y el planetario.

Es en ese marco que es preciso entender las relaciones iberoamericanas. Los latinoamericanos no desean  mantener relaciones, como existían antes: cunado dominaba la ideología de la hispanidad y gobernaba el caudillo, de superior a inferior, con el discurso de la Madre Patria y todo aquello que,  algunos creían y sigue creyendo, daba una superioridad de ancestros sobre los “hijos dilectos”, propia del imaginario colonial. Justamente la literatura ha enseñado a los españoles a ser modestos, Porque si en un comienzo los conquistadores llevaron  a América la lengua, Los escritores hispanoamericanos, desde Rubén Darío en adelante, han sabido enriquecerla y, en particular, durante ese gran apagón cultural que fue el franquismo, conservarla y devolverla opulenta a los escritores peninsulares de la transición.  Plumas maestras fueron las de Neruda, García Márquez, Vargas Llosa, Octavio Paz, y paro de contar…  Y continúan surgiendo en las nuevas generaciones

Si durante mucho tiempo dominó la relación paternalista, los gobiernos socialistas se propusieron establecer nuevos vínculos,  relaciones horizontales, tratando de olvidar las prepotencias del pasado. Constataron que Latinoamérica no es una tierra joven que está aprendiendo de España. Es un mundo adulto, con un enjundioso pasado, que tiene fondos culturales muy ricos por explotar y compartir. Es cierto que –según los países- pueden estar más o menos retrasado en algunos aspectos económicos y sociales ‑ aunque hoy sus tasas de crecimiento los están poniendo rápidamente al día‑  pero no está en desventaja con respecto a España o Portugal, en aspectos de creación cultura, de experiencia ni de inteligencia. Incluso muchas de sus universidades ocupan en el ranking internacional puesto mucho más elevados que las peninsulares. No se trata de borrar la memoria. Los países colonizadores deben recordar todo lo que ha sido su presencia en América, “las luces y las sombras” como dijo un día el Rey Juan Carlos, pero sobre todo es preciso que afirmen una voluntad de establecer un intercambio verdadero, sin resentimientos ni prepotencias. La idea de comunidad se sostiene sobre una serie de vínculos: las letras nos unen, siglos de historia nos son comunes, compartimos valores culturales. Todo lo cual reafirma una solidaridad fraterna que apunta al mutuo beneficio y desarrollo.

Frente a otros modelos de comunidad,  la Comunidad Iberoamericana –como decíamos-, posee un principio capital de inclusión: la lengua y la cultura. Desde los griegos la idea de comunidad descansaba sobre la lengua; los otros, a quienes no se les entendía el idioma, se les llamaba “bárbaros”: los que hablaban como los pájaros.

La cultura funciona sobre diversos registros de inclusión.

¿Qué puede, pues,  proponer para los procesos de integración?

En primer lugar la democratización.

Por principio la cultura autoritaria es contraria a la idea comunitaria. Dentro de una comunidad internacional es más difícil sostener el autoritarismo, que se funda esencialmente en el reforzamiento del Estado‑nación, en una idea blindada de nación, jingoísta; definida por concepciones geopolíticas hacia el exterior y la teoría de la seguridad nacional hacia el interior.

En ese sentido adjetivamos la cultura como cultura democrática

Función específica de la cultura es asimismo,  participar en crear una nueva conciencia regional. La conciencia integradora debe reforzarse con el intento de unir en el contexto comunitario el conocimiento de la historia, la literatura, el arte con las problemáticas sociales, económicas.  Unirlas en estructuras consecutivas y comprensivas, por períodos e instituciones, con el objetivo de afirmar su continuidad histórica. Se trata de investigar y establecer las relaciones de inseparabilidad de acción y reacción entre los fenómenos y el contexto.

Y pasamos de la ciencia a la política, de la reflexión a la acción, cuando esta relectura del conocimiento la realizamos desde el punto de vista del desarrollo de la comunidad, lo que equivale a preparar su lugar en el mundo. En este sentido la cultura hace una alianza con los propósitos políticos y con las emociones. Lo que requiere por cierto que la cultura desarrolle símbolos de reconocimiento colectivo. Un puñado de ellos nos vienen de la ya citada literatura. Si los franceses se reconocen en la realidad cartesiana, nosotros nos reconocemos en el quijotismo, en el donjuanismo, en la fantasía borgeana, en la soledad de Macondo o en la imagen romántica del Ché.

La especificidad iberoamericana  y la “excepción cultural”?:

A fines de 1993 una gran movilización de intelectuales franceses exigían que se excluyera del GATT sobre libertad de comercio los productos culturales, en especial cine y televisión, porque la industria audiovisual de los EEUU estaba pulverizando a la francesa. Lo que pedían era la “excepción cultural”

Si ampliamos el tema y lo llevamos más allá de la pura industria audiovisual, la idea de que la cultura debe ser protegida y puesta aparte de los retretes y las salchichas, y defendida de una competencia en la que podría desaparecer, privando al pueblo de su tradición y de su identidad espiritual ¿tiene sentido? ¿Tiene sentido la idea de una excepción cultural en una geopolítica de bloques, donde los países se integran en regiones económicas que no sólo no coinciden con su comunidad cultural sino que la lógica comercial puede tender a separarlos cada vez más? .¿Tiene sentido utilizar este criterio para defender el contexto iberoamericano frente a lógicas de integración diferentes esencialmente económicas y comerciales?

Es más fácil responder por un sí que mostrar el cómo.

¿Cómo se protege la cultura?: ¿con barreras? Cuotas mínimas del 50% en el audiovisual era la idea de los franceses. ¿Creando una comisión de censura para determinar qué es lo auténticamente iberoamericano y qué es lo espúmeo? Tengo una profunda desconfianza en el sistema de cuotas, porque puede confundir la cultura con el chovinismo cultural y este es un deslizamiento peligroso. Y ni hablar de la censura. La historia ha demostrado suficientemente que ninguna cultura se protege con la censura. Todo lo contrario.

Tampoco se trata de adoptar posiciones derrotistas, como la que apunta que no hay nada que hacer, que ya hay grandes sectores de la cultura donde se ha producido una definitiva desnacionalización, y que ésta es la tendencia del planeta.

¿Es realmente así?

Es así en el caso de la industria audiovisual, por lo que respecta a los capitales invertidos y a la globalización del mercado financiero y empresarial. Todo el mundo sabe que la Cías distribuidoras cinematográficas constituyen un mega sistema de distribución e imponen cupos a los exhibidores: cuando éstos quieren hacerse con una película de éxito les obligan a adquirir una veintena, y mantienen reservas de espacios y períodos de tiempo en las salas para impedir que películas no controladas por ellos puedan ocuparlas.

Agreguemos a lo dicho el valor que el mercado fija a la cultura y veremos cómo ésta puede ser manipulada por aquél. En este punto habría que invertir el razonamiento de los neoliberales. No es el papel del Estado el que hay que reducir (aunque haya que controlarlo), es el papel especulativo del mercado el que es cada vez más preocupante, como poder fáctico esencial para asigna sentido y valor a la cultura: a través del circuito de galerías, de grandes ediciones, prensa, etc.

Pero si es así en tanto a la globalización del mercado cultural, no puede serlo en cuanto a la globalización de la cultura misma. Eso sería reducir al mundo a una sola interpretación. La globalización cultural es siempre la cultura de un centro, y es manejada por ese centro, por lo tanto es monocultura. Lo que en la periferia produce la proletarización cultural. Es frente a este concepto que debemos defendernos de la globalización y desarrollar la regionalización, a través de formas de resistencia cultural, o mediante la defensa de una excepción cultural en el marco regional. Debemos castizar y americanizar la cultura global. Los productos artísticos son también mercancías pero El Greco, Velázquez, Goya y Picasso forman parte del alma de España, como lo forman el estilo “manuelino” o el coro de voces de Pessoa de la de Portugal y Cortázar, Amado y Carpentier de la de América latina. Es la defensa del estilo lo que significa regionalizar, de un estilo específico que es también visión del mundo, como lo puede ser el Macondo maravilloso de García Márquez, el pantagruelismo geográfico de Neruda, el afroamericanismo rítmico de Nicolás Guillén, o el universalismo babélico de Borges…

¿Cuál es el papel de las instituciones regionales y los poderes públicos en la defensa y la promoción de los valores culturales? Deben mantener una política cultural y lingüística. Se trata de defender un espacio lingüístico y cultural (también político de proporciones insospechadas en el próximo siglo).

No se trata de “dirigismo cultural”: Dentro y por la cultura iberoamericana todas las formas de creatividad son legítimas y necesarias. Contra ella, nada. Y este “contra” no quiere decir la crítica, indispensable a toda cultura, ni el diálogo sincrético que recoge las influencias de otras culturas, que son fundamentales para alimentar y diversificar el espíritu creativo. Aludimos simplemente a lo que atenta a su continuidad o a sus referentes emblemáticos, como el intento de suprimir la “ñ”, por ser una letra incómoda para el lenguaje informático.

¿Qué se protege?: los valores y la identidad cultural, pero no con simples mecanismos administrativos, sino dando posibilidades de calidad para competir en las mejores condiciones con los factores globalizadores y para mestizar éstos. La definición de la cultura iberoamericana es el mestizaje, es una sociedad indo‑hispano‑afro‑asio‑euroamericana, y ahora menos que nunca puede renunciar a ese particularismo, frente al fenómeno de globalización.

El problema esencial hoy para desarrollar una producción cultural, no es la creación ni la fabricación; hay que tener en cuenta lo que representa el desarrollo de nuevas tecnologías: el ordenador personal, el vídeo… El Desktop ha revolucionado la edición. Permite a los particulares editar sus propios textos. El problema esencial es la distribución. Es tal vez en este sentido que tiene que orientarse la “excepción cultural”.

La defensa de los valores, como de la identidad cultural, al igual que la “excepción cultural” parecen sospechosas cuando se asocian al nacionalismo cultural.

¿La defensa de la cultura iberoamericana puede ser una forma de nacionalismo?

Depende de lo que se defienda. Si lleva al rechazo de otros valores culturales, o implica discriminación cultural, lo puede ser y en el pero sentido. Pero si se refiere a la consolidación de la identidad y desde ella a desarrollar un aparato crítico para , por ejemplo, desarrollar  en la  sociedad globalizada los criterios de pertinencia y  relevancia que nos permitan seleccionar de la sociedad del información lo que convienen a nuestra  desarrollo y a nuestra convivencia intercultural para crear la sociedad del conocimiento latinoamericano, sin duda, no.

La relevancia de la información puede ser técnico‑científica o socio‑culural. La pertinencia y la relevancia tienen igualmente que ver con el contexto cultural. En este sentido se asocia al valor que la información tiene para ese contexto social,   es el medio social el que debe determinar la pertinencia.  Incluso es indispensable tener investigación propia para determinar la pertinencia de la tecnologìa globalizada; es decir para saber qué debemos comprar. Esta es la piedra de toque del diálogo cultural. El colonialismo mental comienza precisamente cuando la globalización o el mercado deciden desde el exterior lo que es relevante en la tecnología, la historia, la cultura o el pensamiento del otro. Cuando nos comprendemos desde una “exterioridad interpretativa”.

En le campo académico la pertinencia se aprecia diferentemente si se pasa de la perspectiva  de lo público a la de lo privado. Dos visiones que se contrapusieron en una época en Chile como lo laico y lo confesional. Hasta el pustsh del ‘73 la sociedad chilena se equilibraba sobre dos pilares culturales, la universidad pública, esencialmente la universidad de Chile y la Técnica del Estado, hoy USACH por un lado, y la universidad Catòlica por otro. La una representaba el modelo laico la otra el clerical. Después del golpe,  la jibarización que sufrieron las universidades públicas, hizo que el espíritu clerical se extendiera sobre la sociedad civil. Hasta el punto de ser el último pais del mundo occidental opuesto ferozmente a la ley de divorcio.  La universidad privada puede defender su excelencia en un compartimento estanco de la formación puramente profesional. En cambio, inseparable de la universidad pública es la formación de las generaciones  futuras. Ella articula y desarrolla el proyecto social en el campo de la cultura y de la  investigación. Ella tiene un compromiso esencial con la pertinencia del saber y su transmisión.  En Nuestra América es desde las Universidades desde donde se piensa la sociedad y esa es tarea de las ciencias sociales: las renovaciones del modelo se expresan en la cultura. Es por eso necesario un renacimiento de las ciencias sociales.  Sin negar los niveles de excelencia que puedan alcanzar las universidades privadas, ellas funcionan con otros criterios, no tienen las responsabilidades sociales de las públicas y pueden practicaer una educación rentable, privilegiando su orientación hacia el mercado fente a la responsabilidad social. Como dijimos pueden permitirse discriminaciones y privilegios (salariales, por ejemplo) que no son posibles en la universidad Pública. Cuando además reciben subvenciones del Estado esto genera una manifiesto agravio comparativo.

Con realismo debemos decir que junto con los procesos de integración política, debemos ver cómo  ‑dado el tono de la modernidad‑  y si tiene sentido plantearse iniciar ya la construcción de una América Latina virtual, que prepare los pasos siguientes de la integración. El hecho es que hoy la influencia de los medios resulta esencial  para formar o desarrollar una conciencia colectiva.

Por ejemplo  si los derechos humanos nos vinculan como ciudadanos planetarios, el diario vivir nos hace ciudadanos de comunidades más pequeñas. Estos seres son diferentes, pero los armonizamos. En caso contrario caemos en los fascismos en lo regionalismos agesivos, etc. Pero tenemos que aprender a vivir omo ciudadanos del planeta ¿En que medida el juicio de Pinochet no es expresión de este nuevo fenómeno que ha generado la globalización, de que somos ciudadanos del planeta, además de serlo de naciones y de regiones?

Finalmente,  volviendo a la idea de Comunidad Iberoamericana.

Para desarrollar un espacio cultural común y afirmar una cultura iberoamericana, con los matices o las especificidades de lo hispano, lo lusitano y lo americano en un permanente dialéctica de mestizaje es preciso cambiar las tradiciones hegemónicas, cuestionar la legitimidad de las versiones dominantes de lo que es cultura y crear tradiciones culturales y, sobre todo, interculturales, alternativas.

¿Cuáles, pues,  serían las funciones de la cultura para fundamentar la idea regional en el cuadro de mundialización, armonizado con lo nacional, lo regional y lo continental que manifiestamente va a caracterizar la geopolítica del siglo XXI?

Simplemente preparar el futuro.