Derechos humanos y cultura de paz

Para quienes hemos vivido el horror de las dictaduras y contemplamos día a día a través de los múltiples medios informativos el desamparo del ser humano  frente a las persecuciones, las guerras tribales e imperiales, la tortura, el hambre, el desarraigo  que lo asedia en los diversos puntos del planeta,  la defensa de los derechos humanos, así como tratar de asegurar una cultura de paz,  nos parecen un compromiso ético ineludible para la humanidad.

Los derechos humanos son inherentes a la persona, irrevocables e inalienables, lo que implica que no pueden transmitirse, enajenarse o renunciar a ellos Por definición, este concepto es universal e igualitario, e incompatible con los sistemas basados en la superioridad de una casta, raza, pueblo, grupo o clase social determinado.

Generalmente se considera que los derechos humanos tienen su raíz en la cultura occidental, al menos a Occidente corresponden las declaraciones que han tenido mayor alcance: La Declaración de los Derechos del Hombre y el ciudadano de 1789  y la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, adoptada por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El primer uso constatado de la expresión “derechos del hombre” (iura hominum) es un texto de Volmerus de 1537,  que se encuentra Historia diplomatica rerum Batavia-rum. Que los derechos humanos hayan sido declarados por Occidente,  no impide que sean universales puesto que son consustánciales a la dignidad humana.

La gran cuestión es que no hay necesariamente consenso en la interpretación de los términos. Toda decisión sobre qué derechos son humanos implica asumir una posición respecto a qué es derecho e implícita o explícitamente sobre qué es lo humano. Muchas violaciones o limitaciones se derivan de concepciones restrictivas y excluyentes de Humanidad.  Por otra parte, también plantea desacuerdos el relativismo cultural que sostiene que todos los sistemas sociales son respetables y que no se puede desatender a las realidades históricas y culturales de cada nación ni a las tradiciones, normas y valores de cada pueblo ¿Pero todas las prácticas culturales son respetables? ¿También aquellas que mutilan a la mujer y persiguen la diferencia? ¿La identidad cultural –otra pregunta- es un valor que está por encima  de la libertad, de la dignidad de la mujer y de la paz?.

Algunos filósofos y juristas consideran que sólo se puede hablar de derechos humanos a partir de la época moderna, otros estiman que son una constante. En todo caso no son fijos. Ya Francisco Suárez en el siglo XVI y,  antes de él Santo Tomás de Aquino,  afirmaron que la ley natural poseía algunos preceptos de carácter absoluto y otros de carácter histórico,  que podían modificarse según la elección que de ellos hicieran los hombres y que sus dictados sobre materias mudables, podían ser diferentes si la realidad cambiaba.  Si vamos al fondo de sentido de lo que son los derechos humanos, tenemos que aceptar que ellos existen desde que reconocemos al otro como prójimo. Esa es la razón  por la que forman parte del derechos natural y están estrechamente vinculados al derechos de gentes (que son los derechos del otro, del gentil, el extranjero),  al derecho internacional y a la cultura de paz. Pero,  como el concepto del otro evoluciona y la paz se ve amenazada en su andadura por la historia, la política y la ciencia: desde las guerras hasta las nuevas tecnologías, constantemente surgen nuevos derechos humanos.  Sabemos que no todo no es pensable en cada época. La esclavitud es el mejor ejemplo. Hasta fines del siglo XIX se mantenía en Cuba y Brasil la idea de que la esclavitud no era contraria al derecho natural (Fig. 2) . Y todavía se mantiene una violación soterrada de los derechos humanos, que  pasa a menudo por la manipulación del lenguaje, como cuando se llaman interrogatorios las torturas,  el caso de Abu Gharib,  o cuando se presentan como “daños colaterales” la muerte de civiles en guerras de destrucción masiva. Pero también sabemos  que los conceptos pueden ser interpretados de muy diversa manera y que en toda enumeración se pueden establecer prioridades en las que se alegue que un derecho por ser principal puede ofender a los otros.

Esto ha hecho que incluso se haya echado mano de ellos para legitimar las dictaduras. El caso de Chile es un ejemplo palpable. Se justificó el golpe de Estado recurriendo al derecho natural. El argumento era simple. La política de socialización democrática de Salvador Allende habría infringido la ley natural y, en consecuencia, “el orden natural y divino”. En particular atentando contra la propiedad privada…, que figuraría como prioritaria entre aquellos derechos naturales que le habían sido dados al hombre por Dios. Y “estos derechos —sentenciaban, citando a Pío  XII (25.XII. 1949)— son hasta tal punto inviolables que contra ellos ninguna razón de Estado, ningún pretexto de bien común podría prevalecer”.

Los ideólogos de la dictadura citan abundantemente el iusnaturalismo español. Se inspiran en las teorías de Francisco de  Vitoria, Francisco Suárez y Juan de  Mariana. A los que se agrega el tomismo, inspirador en el siglo XVI de todos los doctores aludidos y que los glosadores contemporáneos reciben igualmente del neotomismo francés. En particular en su más grande representante, Jacques Maritain, que tuvo enorme influencia en las juventudes católicas de la primera mitad del siglo; sobre todo, en las demócratas cristianas .

Cierto es que ni el pensamiento tomista ni el iusnaturalismo español tuvieron en su época nada de reaccionario; al contrario, su concepción  del Estado apuntaba, precisamente, a limitar un poder que se perfilaba ya próximo al absolutismo y a prevenir el Estado totalitario. Más,  no es así como lo entendió la dictadura

Argumentaban sus ideólogos, parafraseando a Vitoria, que el bien común no debía confundirse con el bien de la mayoría. La tesis de beneficiar al mayor número –continuaban- implicaba una completa inversión de los justos términos. “La verdad al respecto es muy distinta. El Estado tiene por fin el bien común; y el bien común es el bien de la persona alcanzado en comunidad (Vitoria), el bien propio alcanzado en comunidad”.  Con esta tesis denunciaban la reforma agraria y la expropiación de los latifundios.

En el hecho, es a propósito de la propiedad privada que las tesis iusnaturalistas se desarrollan en Chile,  asociadas a la implantación de políticas neoliberales. Se decía que la naturaleza espiritual del hombre lo capacitaba para laborar por su propia subsistencia y que con ello, se habría  instituido el principio de la libre iniciativa (léase libre empresa ). El Estado debía respetar el derecho natural del hombre desarrollando una misión puramente supletoria, regida por el principio llamado de “subsidiariedad”. Supondría, asimismo, la  subsidiariedad el rechazo al  socialismo y la defensa del autoritarismo y de la sociedad jerarquizada.  La conclusión era que quien atenta contra la propiedad privada, atenta contra Dios, contra el orden divino; y, en consecuencia, desencadena el derecho de resistencia o de rebelión ¡Era la teoría de la sedición!

Santo Tomás, él mismo, interrogándose sobre si la propiedad privada era o no de derecho natural, llegaba a conclusiones muy diversas.  La primera, consistía en el hecho de que el hombre es un ser que desea su conservación, asegurando la integridad de todo lo que en derecho defiende su naturaleza. Es decir que  lo primero que define el derecho natural es el instinto de conservación. En este sentido Santo Tomás señala que la naturaleza no ha exigido de modo absoluto la propiedad privada. Y toma un ejemplo de Platón, que pudo haber tenido una extraordinaria actualidad durante las dictaduras.  Preguntándose  si las cosas recibidas en depósito deben devolverse siempre, concluye, que este principio admite numerosas excepciones ¿Si guardo la espada de alguien –se pregunta- que ha perdido la razón y puede ocasionar con ella grave daño, debo devolvérsela a su dueño?

Finalmente, el derecho de resistencia. Desde su formulación,  en el siglo XVI, tanto entre los tratadistas, como entre los literatos de la época, el derecho de resistencia aparece como reivindicación constante de la sociedad frente al Estado.  Calderón en La Vida es sueño, escribe: “En lo que no es Justa la ley/ no ha de obedecer al rey”. Por su parte, todos los juristas de la escuela española —además de Mariana, su principal defensor— lo reconocen en forma clara. Vitoria decía que “cuando la ley no corresponde al bien común ya no es ley” y Suárez afirmaba por su parte: “ley injusta no es ley”.

Al dictador, sin embargo, el derecho de resistencia le sirve para justificar el “pronunciamiento”. Incluso aquéllos que en principio lo apoyaron y luego fueron perseguidos, cuando no asesinados por el propio dictador, como el ex-presidente  Eduardo Frei, explicando el golpe al  periódico madrileño ABC, decía: que en Chile el derecho de rebelión se hacía un deber y que éste era algo proclamado por todos los autores; como, por ejemplo, el padre Mariana en España. “Así pues —concluía— los militares han realmente salvado al país de una aniquilación total”

La manipulación de los derechos humanos y el derecho natural, haciendo incluso alusión al derecho divino,  nos muestra hasta que punto es necesario anclar estos derechos en una interpretación ética que impida toda perversión.  Es por eso que es necesario educar en la cultura de la paz. Es desde ella desde donde debemos interpretar el contenido de los derechos humanos.

¿Qué comprendemos por cultura de paz? Un abanico de sentidos se abre cuando nos planteamos la pregunta, también surgen muchas dudas sobre determinados contextos históricos y zonas fronterizas. Por ejemplo, ¿el sometimiento es paz? ¿La evangelización es paz? ¿Lo fue en América? ¿La denuncia de la violencia es una forma de paz?

Necesario es constatar que la paz puede visualizarse como situación y como valor. Como situación, es esencialmente relativa. Es un concepto que se precisa en un momento histórico determinado, adquiriendo formas diversas, formas de época. Por el contrario, la paz como valor es trascendente.

El sentido de la paz tiene que ver con nuestra idea del hombre y la estimación que tengamos por él. El concepto de paz tiene que plantearse la cuestión del “otro”, la noción de prójimo: ¿quién es nuestro prójimo y cuáles son sus derechos? Para el integrista, el gentil no tiene derecho a la paz; para Sarmiento el bárbaro tampoco lo tenía y Bolívar, en el Discurso de Jamaica, veía una sociedad en paz aquélla en que mandaran los criollos: “por su dulzura ilimitada y sus cualidades intelectuales, el indio por temperamento no pretende la autoridad y el negro se considera como “miembro de la familia de su amo…”

La paz,  bien que toma forma con la historia,  es expresión profunda de la humanización del hombre. Como tal va quedando anclada en símbolos. El hombre es un animal simbólico, decía Cassirer. De ahí la importancia del arte en la fundación de la cultura de paz.

Tres textos fundamentales nos sitúan, a lo largo de la historia, tanto en la comprensión de la paz como en su problemática: Las Filípicas de Cicerón (43 a C.), El Leviathan (1651) de Hobbes y La paz perpetua  (1796) de Kant: La primera y más famosa definición de paz es dada por Cicerón: “Pax est tranquilla libertas”. Como punto de partida el orador romano asocia tranquilidad y libertad en la idea de paz. 1800 años más tarde,  Hobbes la precisa como la cesación del estado de guerra. En el Leviathan asevera que esforzarse por la paz es la ley fundamental de la naturaleza. Kant en Zum ewigen Frieden, por su parte,  afirma que el estado de paz entre los hombres no es un estado de naturaleza; por lo tanto debe ser “instituido”.

Entre estos tres conceptos y en el marco de la comprensión de lo que en cada época es históricamente pensable, se sitúa nuestra problemática de la paz. Si Cicerón define la paz como la libertad tranquila en un mundo esclavista como era el romano, es pensando en la paz social. La paz que trajo el Imperio, la pax romana, que alcanzaba a todos los personas del imperio, pero los esclavos, según el derecho romano, no eran personas sino cosas. He aquí la circunstancia del concepto. Hay que medir el concepto en su  circunstancia. Hoy, que entendemos por humanidad todos los hombres, la libertad tranquila nos plantea esencialmente la convivencia y el respeto erga omnnes, hacia todos.

Si Hobbes define la paz como el antónimo de la guerra, es por la dificultad de imaginar la paz sin concebir la guerra; en particular en una sociedad como él la piensa, en que el “hombre es el lobo del hombre”.   De paso conecta el autor del Leviathan la paz con el pacifismo y, a partir de éste, la cultura de paz se proyecta hacia el antimilitarismo y el rechazo a los exterminismos: desde las guerras étnicas, religiosas o sucias, hasta la amenaza nuclear.

Finalmente, Kant advierte que no es de la naturaleza humana de donde debemos esperar la paz, sino de la cultura. Eso significa “instituir”, establecer, crear, instaurar una cultura de paz.

Comencemos por el concepto de Hobbes: la paz es la cesación de la guerra, que nos permite hacer un recorrido histórico por el imaginario de paz. La cultura de paz es la que se opone a toda violencia. Podemos pues definir la paz como el fin de la violencia, o la lucha contra la violencia, pero en la idea de lucha contra la violencia, ¿no estaríamos ya rompiendo la paz? El sistema de seguridad internacional inicialmente previsto por la Carta de la O.N.U. preveía que el Consejo de Seguridad tenía la posibilidad de “tomar las acciones militares que juzgara necesarias para el restablecimiento o el mantenimiento de la paz y la seguridad internacional”. La paz tiene que ser la paz de todos, tiene que estar sustentada por el irrestricto respeto a los derechos humanos, porque si no la paz de unos puede ser la destrucción del otro. La paz de la Humanidad. Humanitas es un concepto que viene del latín y que en una de sus acepciones quiere decir que abarca a todos los hombres.

Curiosamente la paz no aparece en el arte de todas las culturas. Es fundamentalmente un concepto occidental. La paz existe en otras culturas;  sin embargo, la paz como valor, como ideal de convivencia, como rechazo de la guerra es un concepto occidental, que requiere pasar de la idea tribal del hombre al concepto de  hombre universal. ¿Cuál es la base de esta noción en que se basa todo el pensamiento de paz? La idea de que el otro es mi prójimo. Para la tribu, la tribu vecina es su enemiga, para el hombre universal la nación vecina es su hermana.  La idea de paz está unida a la idea de identidad, a la noción de sí mismo y el otro. Al que se le hace la guerra es al otro, por eso es que es muy importante definir quién es este otro; por lo mismo es que un principio básico para la paz es el diálogo cultural. En particular si queremos lograr la encarecida “alianza de civilizaciones”

La paz es difícil e imprecisa de representar. Pero para ganar la paz  y sobre todo para conservarla se necesita un imaginario. Porque  él es el depositario  de la  memoria,  y la imagen hecha emblema es una referencia inmediata del discurso de paz. Símbolos que la representen: la paloma de Picasso, “Make love not war” (Fig. 3) fue el lema de una generación pacifista…

El desarme general y completo es la aspiración de los movimientos pacifistas. De manera más limitada, la prohibición de determinadas armas caracteriza una especie de forma “honorable de guerra”, una política que tiende a limitar los conflictos y a precisar los objetivos. En la práctica diplomática hemos conocido ambos criterios. Desde el Congreso de Viena (1815), la SDN (1919)  y los primeros años de la ONU representan la aspiración a un desarme total y completo. A partir de los años 60 se limita a la política de disuasión, se orienta únicamente a impedir la utilización del arma nuclear.

Definir la paz es pues, de acuerdo a la concepción de Hobbes, cancelar la violencia, la cual aparece bajo diversas formas. Señalemos sólo algunas: El fin de la guerra: Implica la denuncia de la violencia. Precursor en denunciar la violencia de la guerra fue Goya con sus serie: “Los desastres de la guerra”  (Fig. 3.)  Fusilamientos del 3 de mayo de 1808). La violencia de la guerra civil en España fue vivamente denunciada por Picasso en el Guernika (Fig. 4)  ;  Igualmente se opuso el arte  al fascismo y al nazismo acuñando símbolos de rechazo a la guerra: como el fotomontaje de Heartfield: La Paloma ensartada en la bayoneta (Fig. 6). El Movimiento de la Paz que se desarrolla después de la II Guerra Mundial y que se expresa en varios congresos tiene por fundamento el miedo generalizado que provoca la “guerra fría” y el recurso al arma atómica. Las luchas contra las dictaduras que se multiplican en América Latina al “calor” de la guerra fría, son estigmatizadas por el arte llamado “de protesta” o “comprometido

De acuerdo a la temprana frase de Cicerón, la paz es la tranquilla libertas. Es decir, avanzar en la paz social. En este punto quiero aludir sólo a tres temas. Uno es relativamente históricos, aunque todavía no está saldado. Los otros son actuales.  Histórico es la lucha por la paz del africano en América en la sociedad esclavista. Si la búsqueda de la paz coincide con la reivindicación de derechos,  emergente en estos momentos  el despertar de los pueblos indígenas que buscan la igualdad política y cultural para sellar la paz con la sociedad de la conquista (Fig. 7). Actual es –en ese sentido- la búsqueda de la paz social, con todo lo que ella implica. Los dos primeros no están saldados, porque subsisten el racismo y la discriminación, y como tales son problemas sociales que se incorporan al conjunto de cuestiones sobre las que debe pronunciarse la paz social.

Es imposible mantener de manera permanente la paz generalizada en la sociedad mientras subsistan las injusticias sociales Por lo tanto su mantenimiento sólo puede consistir en acciones que tiendan a reducir los factores de conflicto,  a atenuar sus efectos. La disposición más eficiente para mantener la paz es en primer lugar eliminar las causas mismas de los conflictos. Por lo tanto toda organización o toda disposición que acerque a los pueblos desde un punto de vista social, económicoo cultural tiende a aplacar un número importante de motivos de antagonismo. Así pues, desde el punto de vista político, la primera acción para el mantenimiento de la paz consiste en reducir las desigualdades y armonizar las condiciones de vida.

En América Latina este discurso se expresó en la “Denuncia” de la represión y la tiranía en el llamado “Arte Comprometido”. En las luchas de resistencia contra los regímenes autoritarios que iban desde las dictablandas hasta las dictas más duras que hasta entonces habíamos conocido. Este arte de resistencia tenía ya precedentes importantes en el arte español de la República, en la denuncia del franquismo. El tema de justicia y paz va a ser particularmente importante en el Cono Sur, en particular para restablecer la sociedad democrática después de las dictaduras. La denuncia se extiende a diversos campos: denuncia de la tortura, de los campos de concentración, del rapto de niños, del dolor de las madres

A ello, y a otros motivos de violencia, como el racismo que toma formas de guerra en el Oriente Medio o de políticas segregacionistas de la emigración en la UE, se agregan nuevos temas, productos de reivindicaciones que hacen que la paz social exija cada vez espacios mayores y mejores de convivencia para que se establezca. Desde luego no hay que olvidar que la idea democrática es esencialmente una idea de paz: El contrato social se hace para mantener la paz social.

Para imponer la idea del otro es preciso valorarlo, si despreciamos su cultura no sólo no lo podemos considerar nuestro prójimo, sino que incluso ejercemos violencia contra él en sus formas culturales. El eurocentrismo, como todo etnocentrismo, es agresión para el otro.

Como ya lo señalamos,  el tema del otro es fundamental para la cultura de paz. De él nace el derecho de gentes que evoluciona en derecho natural, generando la escuela de los ius naturalistas españoles:Vitoria, Suárez y Molina, y en derecho internacional con la monumental obra sobre la libertad de los mares de Hugo Grocio. Derecho de gentes, porque, para quienes hayan olvidado las etimologías, gentes viene de gentiles; es decir, el otro. Contra el otro, contra el gentil, se han hecho varias guerras santas: la de la Reconquista española, que  fue de cristianos e infieles, las cruzadas de los católicos, y la yihad de los árabes. El espíritu de cruzada es un tema que los dictadores de los tiempos modernos han manipulado para intentar legitimar la violación de los más elementales derechos humanos: Las cruzadas de Franco, las de Pinochet y de otras dictaduras que defendían el modo de vida occidental y cristiano, se divulgaron incluso en los tebeos.

En el mundo actual parece volverse al primitivismo de la tribu, a las guerras étnicas, como fueron la de la purificación étnica en la antigua Yugoslavia, y la no menos étnica contra los tchechenios se suman las guerras económicamente estratégicas, como es la de Irak. Y se mantiene conflicto incesante entre israelitas y palestinos. Guerras que siguen siendo expresión del rechazo a la alteridad  y del deseo de destrucción del otro, que altera mi idea de paz o amenaza la paz del mercado.

Por ello es que para desarrollar la cultura de paz es fundamental visualizar al otro como mi prójimo y reconocerle sus derechos. De ahí la importancia de una estética integradora de las culturas y de los diferentes conceptos de belleza, que destruya los rechazos etnocéntricos: como han sido los del arte occidental por el arte extraeuropeo. Una cultura más que de tolerancia, de sincretismo, en que el uno se enriquezca del otro, en un plan de igualdad en cuanto forma de creación humana. El humanismo y la universalidad del hombre  sólo pueden hoy pensarse desde la paz de las culturas, de la interculturalidad y de la alianza de civilizaciones. Ambas nociones sólo consiguen perfeccionarse en el sincretismo, en la apertura de una cultura a otra

Pese a los focos tribales, que siguen existiendo en el planeta, la idea de humanidad ha avanzado -con pasos de paloma-, pero ha avanzado. Es tarea nuestra impedir que retroceda y contribuir a ese avance. Hasta hace apenas veinte años nadie reconocía ni la inteligencia ni la belleza negra. La mujer y el hombre negro eran pintados como expresión de estupidez y fealdad: Hoy son Premios Nóbel de Literatura y reinan en las pasarelas de la moda. Entre la imagen de la criada gorda de Lo que el viento se llevó y la estilizada Naomi Campbell hay apenas algo más de medio siglo, pero hay años luz de distancia en el camino de la inteligencia y perfección  del sentimiento de lo humano..

Finalmente, la historia nos muestra que Kant tenía razón, que no es de la naturaleza humana de donde debemos esperar la paz, sino de la cultura, que es la que nos ha dado humanidad, en el sentido de sensibilidad, de compasión de las desgracias de nuestros semejantes, de humanitarismo. Shakespeare decía que son personas “aquellos que han saboreado la leche de la humana ternura” Y Graham Greene anotaba que “ser humanos es un deber”. La paz es un deber de humanidad. Concepto éste, de humanidad, de sentidos múltiples, que si implica flaqueza, implica igualmente benignidad y por extensión se refiere  a las bellas artes y a las letras, es decir a la cultura. Es por ello que la paz hay que  “instituirla”, crearla, instaurar una cultura de paz.

Instituirla implica educar, formar en. Es un mandato educativo. La cultura de paz debemos integrarlo en nuestros curricula. Contribuir  a cumplir ese mandato, que es también ético, es una de las razones que nos ha llevado a organizar este encuentro.