Dejemos abierto el paréntesis: Oswaldo Guayasamín, pintor ecuatoriano (Quito 1919- )

Es un triste faena cuando uno se ve obligado a cerrar el paréntisis de la vida de un artista, es aún más triste cuando el hombre ha sido un amigo. Por eso quiero dedicarle estas líneas de despedida simplemenete a Guayasamín, Oswaldo: Pintor ecuatoriano (Quito 1919-   ).  Así lo siento todavía vivo. Como vivo permanecerá en su obra.  Como vivo seguirá estando en toda América Latina, en particular en la América andina: la del indio y del campesino.

Guayasamín es uno de los artistas emblemáticos del arte americano. La otra América, la del Sur del Río Bravo, vió nacer en este siglo una serie de pintores de excepcional magnitud; únicos,  porque a la vez que crearon un estilo propio, su forma de ver el mundo caracterizó el sentimiento nacional y el continental. Fué el caso de Diego Rivera, Orozco y Siqueiros, en cuyos murales todos los mexicanos ven sus rasgos propios; de Tamayo, Torres García, Lam, Matta, Botero, de Frida Kahlo.

Los mexicanos fueron los pintores de la revolución y del México del siglo XX, Torres García, el uruguayo, valorizó y transformó en vanguardia las formas esenciales del Río de la Plata enmarcándolas en espacios geométricos; Lam, el cubano, ahondó en las raíces africanas de las Antillas; Matta, chileno, unió los dos continentes en sus espacios, más que surrealistas, “realistas del sur”;  Botero, colombiano, recuperó lo americano “engordando” lo europeo; Frida Kahlo supo recoger una vivencia femenina, que, sin dejar de ser indígena, iba más allá de todas las fronteras…, y Guayasamín dió imagen a la América andina…

Unido por el sentimiento indigenista y telúrico a los muralistas mexicanos, y compartiendo con ellos su admiración por Picasso, Guayasamín buscó sus raíces en la tierra y en la gente. La geografía volcánica de Quito y la realidad india, de la cual él formaba parte, son los temas preferentes de sus primeras épocas, y son expresión de una intensa búsqueda de identidad. Más que la historia le interesan a Guayasamín los espacios, la abrupta geografía que contempla dominador desde el Pichincha o reverencial desde el Ichimbía. Más que el pasado le interesa el alma del Ecuador y de de ese espaldar americano que son los Andes. Realidades, que atraviesa de parte a parte en una serie de pinturas, la más famosa de todas (Al ecuatoriano le gustaba realizar grandes series): las manos, que forman parte de “La Edad de la Cólera” Toda la sociedad y el conflicto socio-político se refleja en “las manos-del-dolor”, “las-manos-de-la-Ira” etc.

Dijimos en otra ocasión, que Guayasamín afirmaba que su nombre quería decir “Ave blanca que vuela”, pero que los antropólogos y los lingüistas le replican apuntándole que en quitu, la lengua de los indios cara que habitaban el Ecuador las cuatro sílabas de su nombre: gua-cha-sa-mine, significan “casa grande el saber”. Dejemos a los artistas y eruditos con sus dudas. La verdad es que los dos significacos nos convienen. Por una parte para despedir el ave blanca en su último vuelo, por otra para recordar que en Cáceres, el artista dejó una auténtica “Casa Grande del Saber”. Extremadura le está reconocida por haber instalado la sede española de la Fundación Guayuasamín en la Casa de los Pedrilla, una Casa grande para el saber y la culturas iberoamericanos. Es una deuda que tiene con el artista que supo comprender generosa y desinteresadamente que en esta tierra se encontraba el verdaero vínculo con América, mucho más que en otras regiones de España ,donde tenía sus galerías e intereses económicos.

Guayasamín acuñó la imagen del Ecuador del siglo XX. Esto es evidente desde que uno llega a Quito. Sus formas están  en todas partes: nos abordan apenas descendemos en el areopuerto -más aún podríamos decir desde que salimos de Barajas-, adornan los muros ilustres más modernos de la ciudad por los que pasamos cuando nos dirigimos al hotel; la Fundación Guayasamín es uno de los principales lugares de visita de la capital,  y la casa del pintor, reservada a los amigos, un verdadero museo.

No falta quien critica esa sutuosidad, ese vivir rodeado del arte de varias épocas históricas (la precolombina, la colonial y la contemporánea) que llaman lujo inca y virreinal, pero el pueblo no. Saben que el pintor ha salvado muchas cosas del despojo de los traficantes y que ha construído un patrimonio artístico no para él, sino para el Ecuador.

El país se hace dueño ese legado ahora, en plena crisis económica y política (Con excepción de unos pocos gobiernos -entre ellos el de Rodrigo Borja- el Ecuador ha tenido en este siglo la desgracia de estar constantemente en crisis). Es de esperar que ella no afecta a la conservación de esta magnífica herencia que recibe el pueblo ecuatoriano.

Más que el indigenismo, encarna Guayasamín lo que se ha dado en llamar, en arte y en literatura, la corriente telúrica. La de los artistas que reinvidican en sus obras el suelo en que nacen. Por ello su mirada se tiende para captar la ciudad, zigzaguea entre los valles y se eleva hasta las cumbres. Es la tierra lo que buscan sus pinceles, la tierra de los antepasados, y la propia, pues si en su obra hay una memoria histórica, ella está allí siempre en función de un presente. En su gran serie “La Edad de la Cólera”, donde las manos expresan todos los sentimientos y cada situación en que el hombre pueda encontrarse, vemos que el dolor no tiene tiempo -aunque sí historia-, pasa sin cambios del ayer al hoy. Es por ello que siempre el “indigenismo” de Guayasamín tuvo como protagonista al hombre actual… Su  obra está  destinada a hablarnos de un ser atrapado en el color de la piel y la miseria, que se retuerce en el sufrimiento y lucha por escapar de él…

Pero también en su obra está  el resto de la sociedad. Y sus series de retratos nos lo prueban. Nos dejan el testimonio de los hombres que configuran el mundo del cual a él fue testigo. Capta a cada uno con la dignidad que merece: los valora, presentándolos como responsables estadistas, señeros intelectuales o mágicos poetas…, o los reduce a grotescas caricaturas, cuando considera que han sido verdugos de su pueblo… Hace años, cenando con él y el poeta Jorge Enrique Adoum en la casa de Borja, le sugerí que hiciera una exposición con estos últimos y los titulara como hizo un día un poeta chileno con unos poemas, que quiso guardar anónimos, “retratos punitivos”. El mundo entorno y el amor están por igual presentes en la obra del quiteño, que pinta a la mujer y a Quito sin cesar: en verde, azul, rojo, ocre o amarillo…

La Fundación Guayasamín es el reconociminiento de un indiano a Extremadura por su labor iberoamericana. Del magnífico patrimonio del ecuatoriano pueden disfrutar hoy tanto los extremeños como los ecuatorianos (También hay una Casa Guayasamín en Cuba). En la colección figuran, además de sus pìnturas y dibujos, piezas relevantes de su colección precolombina y tablas de arte colonial

No faltan quienes critican -y a veces severamente- la obra de Guayasamín, les molesta tal vez su telurismo. Se equivocan, como en su época se equivocaron los críticos literarios a quienes les molestaba el sabor a tierra de Rulfo o el de Neruda. Más allá de los gustos personales o las preferencias de estilo y de época, lo que importa en un artista es su significación- Y en esto no hay duda que no son quienes lo critican los que definirán lo que es el arte latinoamericano, sino el propio Guayasamín con su obra. Sin duda que la suya es una imagen de identidad para Ecuador y para toda la Indoamérica, una imagen que atraviesa la cordillera de los Andes y junto con el ave blanca vuela hacia la posteriodad

Miguel Rojas Mix
Director del CEXECI