Cuatro escenarios para pensar la Universidad Latinoamericana en el siglo XXI.

Conferencia inaugural en el I Congreso Argentino y Latinoamericano de Postgrados en Educación Superior. “En el Bicentenario de la Nación Argentina, Universidad, Nacionalde San Luis, 12-14 de mayo 2010

Estamos en un momento de la historia que nos plantea la necesidad de una profunda reflexión. Los grandes cambios en el escenario geopolítico, acompañados de la revolución tecnológica y epistemológica nos obligan a repensar muchas de las certezas políticas, culturales y gnoseológicas que compartíamos durante el siglo XX y que orientaban nuestra comprensión de la universidad ¿Cómo pensar la universidad latinoamericana a la luz de estos cambios en un horizonte de futuro? Si el futuro es compromiso, es preciso abordarlos en el marco de cuatro compromisos que a continuación señalo.

El compromiso nacional: se expresa al menos en tres instancias vinculadas: democracia, equidad y proyecto nacional. De paso, plantea el perfil del Estado: Es el Estado de Bienestar el que ha permitido que la universidad sea un servicio público, equilibrando su presencia con la autonomía.

No podemos pensar la democracia, especialmente en el Cono Sur de Nuestra América, sin tener en cuenta que vivimos en sociedades con las más grandes desigualdades del planeta, ni lo que fueron las cruentas dictaduras de la segunda mitad del siglo pasado. La universidad latinoamericana en ese sentido tiene un compromiso fundamental, debe constituirse en un laboratorio democrático, de ponderación y análisis y orientación de la opinión pública para desarrollar políticas de equidad y para que no vuelva a surgir la tentación autoritaria.

La Universidad debe formar en la democracia. En particular en sociedades donde existen “democracias imperfectas”: Sociedades que vienen saliendo de dictaduras, auténticamente duras, revoluciones inmóviles, sociedades que viven en el filo de la línea entre democracia y autoritarismo, democracias en que se ha instalado la corrupción… La historia se teje entre anécdotas y realidades. Recientemente en Guatemala la víctima de un asesinato Rodrigo Rosenberg, acusa de su muerte desde la tumba al presidente Colom, lo que recientemente se desmiente, afirmándose que fue el mismo Rosenber quien escenificó su muerte. Los militares de Honduras levantan al presidente en pijamas y lo meten en un avión para sacarlo del país. Si a estos dos casos agregamos los enfrentamientos de las comunidades nativas con las grandes empresas (caso de Bagua en el Perú), tenemos que en cuestionar la definición misma de la democracia; gobierno del pueblo.

La democracia nació con la Revolución francesa bajo la inspiración de los principios de libertad, igualdad y fraternidad. El conflicto entre igualdad y libertad ha marcado toda la política de América Latina en el siglo XX y sigue dividiendo la región entre los proyectos de Chávez y Morales y el proyecto neoliberal, que entiende por libertades, fundamentalmente garantizar la propiedad privada y la sociedad de libre mercado, mismo a costa de la igualdad social. La democracia no es sólo elecciones (legalidad), condición necesaria pero insuficiente. Implica asimismo la vigencia del estado de derecho (legitimidad: implica las libertades y garantías de los ciudadanos). En el umbral del Bicentenario el ideal es todavía lejano. Sin embargo hay avances: Todos los gobiernos, salvo Cuba, han llegado al poder por elecciones.

A su vez la universidad del bicentenario tiene que comprometerse con la democracia. Debe cancelar el espíritu dictatorial y ejemplificar la memoria. Es su función histórica y ética guardar la memoria. Sobre el olvido no se puede construir una auténtica democracia. Pero, no basta sólo con recordar. Es preciso saber. El recuerdo, a menudo, y sobre todo el recuerdo del recuerdo está demasiado contaminado por los mitos y por los imaginarios simplificadores de la historia. Cuando la memoria rompe su fidelidad con la historia la remplaza la imaginación. Y hace del pasado un permanente presente. Hay que saber medir la distancia entre el presente y el pasado. Y en este sentido la memoria debe estar permanentemente encauzada por la historia. Es función de la Educación mantener una memoria fiel a la historia, Evitar los desacuerdos de la historia que dividieron la España en dos y enfrentaron dos Chiles.

Uno de los condicionamientos más fuertes de la memoria es el modo de tratar las dictaduras. O de no tratarlas. Para no hablar del pasado se dejan intactos los vestigios: La memoria de Bronce. Monumentos, santuarios, nombres de calles (En Chile, 11 de Septiembre). Cuando quienes detentan el poder ignoran intencionadamente aquéllos aspectos del pasado cuyo recuerdo pudiera hacer peligrar la convivencia, no hacen más que debilitar la convivencia. Toda sociedad debe saber vivir con su pasado…

Es necesario mantener no una memoria vindicativa, pero si una memoria paradigmática. Asentada sobre la justicia y que sepa medir bien las distancias entre el presente y el pasado. Sólo sobre esas bases podemos construir una cultura de paz. Porque la cultura de paz es una tarea privilegiada de la Universidad. Kant decía que la paz no forma parte de la naturaleza humana, que hay que instituirla.

El compromiso democrático no es sólo con la democracia liberal, un individuo un voto, sino también con la democracia social y ética. De la misma manera que hablamos de un desarrollo sustentable tenemos que pensar en una democracia sostenible. Hay materialidades que no son compatibles con la democracia. Por ejemplo no es compatible con ella el desequilibrio social ni la pobreza. La democracia aparece concretada en la Constitución, cuando garantiza la igualdad de oportunidades y precisa su ecuanimidad ideológica, fundamentalmente asociada al Estado laico. El mandato constitucional que garantiza la igualdad de oportunidades lo cumple el Estado a través de la educación pública. Es la concepción de la Educación Superior como palanca del desarrollo, como recuperadora del capital humano cualquiera sea su condición social, lo que da el carácter de servicio público a la universidad.

La democracia ideológica es la tolerancia. Los integrismos tampoco son compatibles con la democracia. La mentalidad laica, que no se ve condicionada por ideas previas, es la que mejor se adapta a la función crítica de la formación universitaria. Para la sociedad laica Dios es de la esfera de lo privado.

Le educación en valores es para igual instancia democrática. Un capítulo fundamental en este espacio es el compromiso ético. Un compromiso que la universidad debe considerar en su formación y que en grandes líneas comprende el respeto a la dignidad de las personas y los derechos humanos, el Estado de derecho, el pluralismo, la justicia, la solidaridad, la igualdad y la libertad.

La educación es lo único que puede consolidar la democracia en un mundo en que la mundialización desafía al Estado Nación.

El compromiso regional: el desarrollo y la interculturalidad. En América latina hay que distinguir tres procesos políticos. A) Renovación de los sistemas próximos a los europeos, tanto de derecha como de izquierda, de Colombia y Perú, o las socialdemocracias de Brasil y Chile B) Procesos innovadores, Venezuela y el neobolivarismo o el socialismo bolivariano ¿A dónde conduce? C) El indigenismo andino, Bolivia. Un proceso, éste, que revisa la historia para recuperar el pasado cultural indígena: en política, justicia, cultura, ciencia…. El discurso de Morales en la IV Cumbre Continental de Pueblos Indígenas el 29 de mayo 2009, es significativo: “Nos dijeron que hubo un descubrimiento cuando hubo una invasión, que hubo una conquista cuando hubo un genocidio y ahora nos dicen que quieren integración e insertarnos en la economía mundial cuando lo que quieren es saquear nuestras riquezas. Eso no quiere decir que no va a haber diálogo (No hay futuro en la soledad, y puede durar cien años). Más que una revolución, Morales sienta las bases para un verdadero diálogo de civilizaciones, para hallar puntos de asociación para el futuro.

El concepto de región es polivalente, puede abarcar varios países, un continente, una zona geográfica o una división administrativa. Puede comprender un mosaico de países que comparten una realidad étnica, tienen un vínculo cultural o una interdependencia económica.

En el marco del compromiso regional están dos cuestiones asociadas: la cuestión transfronteriza y la intercultural hay pueblos que son uno más allá de las fronteras. La zona aymara entre Chile, Perú y Bolivia, el Norte Argentino con Bolivia y Paraguay; México y Guatemala hasta donde alcanza la zona maya.

Un capítulo relevante de la interculturalidad es el patrimonio intangible. Patrimonio indígena, que implica un rescate y una reivindicación de las culturas sometidas por la conquista. El intento de desarraigo de las cosmovisiones indígenas comenzó con la conquista y la evangelización. Se continúa en la época republicana con la idea de crear un Estado nacional en cuyo interior se desarrolla una cultura nacional que es la cultura dominante a la que las otras tenían que someterse. Rescatar la cultura implica ir a sus fuentes primigenias y articularlas al pensamiento moderno, donde se escuchan voces hasta hace poco inaudibles. Voces que enriquecen nuestra sabiduría. Formas de conocimiento que han estado estigmatizadas con los nombre de superstición, magia o hechicería.

El patrimonio intangible engloba lo más profundo de la identidad, de la cultura viva de un pueblo, de sus tradiciones orales, de sus manifestaciones culturales, su sabiduría. Una frase del escritor mali, Amadou Hampáté Bá se ha hecho famosa: “En África cuando un anciano muere es como si una biblioteca se quemara”..

Sin duda que la cuestión fundamental del compromiso regional es el desarrollo. Decir que el desarrollo debe ser sostenible, sustentable y pertinente es ya un lugar común. Se repite que el desarrollo económico tiene que concebirse como un medio para alcanzar el fin, no como un fin en sí mismo y debe ser compatible con el uso sostenible de los recursos mundiales. Pero… La cuestión es cómo avanzamos en los hechos.. El FMI constata que desde el 2006 la subida del precio de los alimentos ha disminuido notablemente el poder de compra en los hogares más pobres.  El desarrollo sustentable reposa igualmente en la diversidad cultural. Ella es el cuarto pilar de la política de la sustentabilidad. Pero el desarrollo debe ser también pertinente. “Satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”]. Así se lee en el Informe de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (Comisión Brundtland: Nuestro Futuro Común). Mas brillantemente lo expresó en una época un sabio amauta: “Vivimos en una tierra prestada por nuestros hijos y debemos devolvérsela como nos la entregaron”.

La universidad latinoamericana -en particular la universidad andina- debe hacerse cargo de estos cambios políticos, sociales y económicos y de la emergencia de los valores soterrados.

El compromiso continental: Acercanza es una palabra de la que nadie ha documentado su uso desde 1494, y que, en una reciente reunión de los Académicos de la lengua (creo que todavía en el 2009), estuvieron a punto de sacarla del diccionario porque no se usaba desde que Colón desembarcó en América. La palabra, que además tiene un toque afectivo quiere decir: “De acercar. Proximidad. Relación”. Felizmente se opusieron algunos ilustres académicos y la palabra quedó ahí para recordarnos una asignatura pendiente en la agenda política latinoamericana y en la de sus universidades. El compromiso continental es la acercanza, tanto en política como en Educación Superior. Construir un espacio académico de Educación Superior latinoamericano, no es solo fundamental para la universidad, es relevante para hacer avanzar la integración política. He criticado mucho la Declaración de Bolonia por su carácter deshumanizador de la universidad y por el peligro colonialista que implica para América Latina copiar ese proceso, pero, de otro lado, debo reconocer que es un gran proyecto para Europa, uno de los más importantes aportes de este siglo a lo que es la construcción europea.

América Latina tiene esa ventaja sobre Europa, puede que la única, una identidad cultural común evidente, basada en la lengua, como palabra y lenguaje, como imaginario cultural que nos une, y que hace que todos nos emocionemos escuchando un bolero “Usted me desespera, me mata me enloquece y hasta la vida diera…” o nos desconsuele un tango: “Partió una noche…” En América Latina la identidad nacional está doblada por la identidad continental. Por la cultura, tal como la precisó en su punto primero la Declaración Final de la Conferencia Mundial de la UNESCO sobre políticas culturales, que se celebró en México en 1982: “Cada cultura representa un conjunto de valores únicos e irremplazables, ya que las expresiones y formas de expresión de cada pueblo constituyen su manera más lograda de estar en el mundo”.

La integración académica. Implica la defensa de un patrimonio del que nadie habla: el patrimonio profesional, que no es lo mismo que el patrimonio gnoseológico. El saber y el conocimiento deben estar al alcance de todos. Es la aplicación del conocimiento lo que puede transformarse en un bien de mercado. Podemos aceptar que en un país tan pobre como Haití, tan maltratado por los elementos y la historia, tan necesitado de profesionales de la salud como lo ha demostrado el reciente terremoto. El 80 por ciento de médicos y personal paramédico formado con los fondos de los contribuyentes haitianos parten a trabajar a los EEUU. No tengo cifras de América Latina, pero si las tengo de África y son aterradoras: cada año 20.000 profesionales de la salud emigran de África. Hay más médicos del Benín trabajando en Francia que en el Benin. Al traer médicos de África los países ricos economizan el coste de su formación. Se calcula que Gahna ha pedido €1999 millones en gasto de formación de personal de la salud, que emigró terminado sus estudios. Y piénsese que el coste formación de un médico en los países ricos es diez veces superior. Al mismo tiempo la tasa de mortalidad infantil de niños de menos de un año es 1 de cada 10 en África, mientras que en Francia es 1 de cada 200.

 

La voluntad de integración recorre alegremente todo el continente. Las realidades son, sin embargo, menos risueñas. Nuestra América navega todavía en incertidumbres agobiantes y los procesos de integración viven momentos de crisis en las fronteras de múltiples organizaciones continentales: SICA, CAN, MERCOSUR, UNASUR…

¿Cómo se sitúa la universidad latinoamericana frente al compromiso continental? Es una urgencia. Y tenemos premura porque cada vez quedará más de manifiesto que la estrategia unilateral resulta extremadamente costosa mientras que la cooperación ofrece soluciones más eficaces y duraderas. Se trata de configurar estrategias comunes que organicen los agentes sociales en beneficio de nuestro propio interés. En ese sentido debemos crear un espacio de educación común: el espacio latinoamericano del conocimiento, que reconozca la diversidad y pluriculturalidad de etnias de todas las regiones de América Latina. Un espacio en el cual, a semejanza de lo que establece la Convención para la protección de la diversidad cultural de la UNESCO, del 2005, la educación, como la cultura, no sean tratadas exclusivamente desde la perspectiva de su valor comercial. Un espacio que sea asimismo capaz de integrarse a nivel global, porque ese es el ámbito en que las culturas han de convivir. De lo contrario, si queremos actuar en solitario, nos arriesgamos a quedarnos al margen en un mundo que es cada vez más interdependiente.

Creo que en pocas cosas hay que seguir modelos ajenos; pero, en el terreno de lo práctico es conveniente que el sistema sea compatible con los que existen en Europa y en los países anglosajones. Al crear ENLACES (El Espacio Latinoamericano de Educación Superior) en la reunión de Cartagena de Indias (2008), se pensó, no en encuentros ocasionales, sino en una auténtica política de integración que consiguiera homologar los estudios para facilitar la libre circulación y el intercambio de estudiantes. Si queremos avanzar en la integración hay que instaurar el Sistema Latinoamericano de Transferencia de Créditos (SLATC) y estructurar las titulaciones en un triple ciclo, de grado, postgrado y doctorado, equiparables en todos los países y también fuera de América Latina. Esto permitirá aumentar la tasa de movilidad de nuestros estudiantes que en América Latina es limitadísima. Por otra parte, la idea de tronco común con asignaturas en mosaico -eventualmente un año- se impone cada vez más para dar el marco de valores a la formación profesional y ofrecer a los alumnos la posibilidad de rectificar sus opciones.

En realidad tenemos que avanzar en el Bicentenario con una propuesta para relanzar la idea de América Latina en todos los campos. Una propuesta que implique a la universidad, que tenga en consideración el mundo y el momento que estamos viviendo para pensar nuestras prioridades éticas, intelectuales y científicas, que prevea a las transformaciones del conocimiento y las integre en las currículas y en los métodos docentes. La propuesta universitaria del Bicentenario debe apuntar a formalizar una universidad que comprende que así como tenemos que abrir los- saberes a la transdiciplinaridad, tenemos que extender la docencia superior a la transuniversidad para aprovechar al máximo nuestros recursos académicos, compartir las excelencias del saber de nuestras casas de investigación y estudio, y hacer de la universidad un auténtica palanca del desarrollo continental y de la integración social multicultural. Partiendo para esto último de dos conceptos que la ideología de libertad de mercado ha dejado de lado: el de justicia y el de solidaridad.

Si estamos convencidos de que nuestro futuro planetario está en la integración, la universidad debe comprometerse con ese destino en una política de cooperación académica. Como escribí en Siete preguntas a la Educación Superior del siglo XXI, es necesario incluir en los curricula del futuro la creación de redes temáticas, multidisciplinarias y asociativas de universidades, destinadas a responder y anticipar los desafíos sociales, a desarrollar la pertinencia de la investigación científica, formando a las nuevas generaciones en concepciones mucho más amplias, que abarquen e integren el conocimiento de la historia, la literatura, la cultura alfabética y visual, las ciencias y las artes en estructuras comprensivas de todo el continente latinoamericano; ordenaciones que les hagan sentir que tienen una identidad común. A diferencia de la destreza profesional que se adquiere en el claustro de una especialidad, el conocimiento creativo es una obra abierta, de ingeniería. Consiste en saber tender puentes entre la vida, las artes y la ciencia.

El Bicentenario debe comprometerse en echar las raíces de la identidad latinoamericana. Pero si se cree – como yo creo – que estas raíces están en el futuro. Debe formular un proyecto continental, de integración democrático basado en nuestra multiculturalidad y sellada por la cultura de paz y en la lucha por la igualdad de oportunidades que es lo único que puede garantizar la paz social. Una lucha que tiene que asumir la universidad, en particular en países como los nuestros donde hay tantas diferencias sociales y étnicas que salvar: Un proyecto que sólo puede garantizar una universidad que no esté ni bajo la torre de marfil ni bajo la torre del shopping, sino que esté en la plaza pública, que, desde los griegos, ha sido el espacio ciudadano por excelencia. Un proyecto de integración democrática que comprenda a todos los abuelos de nuestra América, al abuelo indio, al español, al negro y al inmigrante.

El compromiso planetario: La globalización: Una nueva visión del mundo, un nuevo imaginario político y cultural surge cuando la historia cancela la geopolítica bilateral marcada por la guerra fría. La irrupción del mercado, presentado como arbitro de la política y generador de valores, modelos sociales y culturales, hace que conceptos políticos como los de izquierda y derecha sea hoy preciso redefinirlos. Y si pensamos concretamente en el campo universitario nos encontramos con que el concepto mismo de universidad parece cambiar. La idea de universidad física se diluye en la de universidad virtual; el concepto de docencia pierde sus competencias para transmitir conocimiento. El conocimiento está a la mano, en cualquier espacio y en el click de una tecla. Y si el docente no se califica por la transmisión del conocimiento tiene que definirse por una nueva función. En el marco de la economía del conocimiento le basta con transformarse en “coach” en prácticas fundamentalmente económicas. En el campo de la sociedad del conocimiento -y distingo claramente entre los dos proyectos-: debe volver al maestro. Formar para configurar masa crítica. Investigar para renovar el conocimiento y desarrollar criterios de pertinencia y ética para proyectarlo en el contexto nacional y social. Por encima de la trama de los saberes debe enseñar a pensar y a relacionar el conocimiento, sólo así es posible formar intelectuales, profesionales y científicos creadores que son los necesita la sociedad, la empresa, la nación y América Latina para enfrentar el siglo XXI.

El conocimiento mismo toma nuevas formas. Por una parte cuestiona la sabiduría encapsulada en el concepto de especialidad y se abre a la mutildisciplinariedad en una concepción de los saberes comunicantes, multi- o transdisiciplinaria, donde los conocimientos se comunican sin “reducirse”. Se desmitifica la certeza ontológica de la ciencia, que llevó a la reflexión humanista por los senderos de la imitación para travestirse en ciencia positivista, cerrándole el camino a la interpretación. Un cientifismo mal entendido llevó a los humanistas a forzar el lenguaje científico y a caer en un absurdo y desorbitado mar de citas, una enfermedad que en otro lugar he llamado

citorrea, donde los árboles no dejan ver el bosque, donde las referencias al pensamiento ajeno no dejaban ver el propio. Se cambió el citar por el pensar.

Es preciso reconocer la existencia de un nuevo humanismo que aune, en la reflexión, las ciencias y las letras. Un pensamiento que se ejerce en el cruce disciplinario entre todas las ciencias, una forma de mestizaje intelectual – Personalmente adoro los mestizajes- que reivindica la filosofía, en la medida que ella tiene como función trazar mapas de la realidad. Platón definía al filósofo como el synoptikós: el que tiene la visión de conjunto, el que señala lo pertinente y lo relevante y esboza nuevos imaginaros, cosmovisiones provisorias, pero coherentes. El desarrollo del conocimiento humano es multidimensional y dependiente del contexto. Hay que acostumbrarse a una forma nueva de pensar que comprenda las especializaciones también por sus relaciones. El conocimiento y la cultura se renuevan desde la interfecundación de distintas disciplinas. ¿Cómo se compone en este marco el conocimiento? En una combinación de formación humanista y habilidades profesionales. En una integración del saber en equipos multidisciplinarios La multidisciplinaridad será cada vez más necesaria en la lógica de la transmisión digital de la información- La permeabilidad entre la ciencia, el arte y las letras es una exigencia del aggiornamento académico. Se equivocan quienes contraponen las ciencias a las humanidades y al arte. Todo forma parte del mismo forcejeo: la persecución de lo real.

Desde estos compromisos es preciso pensar el futuro: Ortega y Gasset comentaba que lo malo de la vida humana es haber nacido ya. En realidad siempre llegamos tarde al futuro, por eso tenemos la responsabilidad de pensarlo y construirlo para las generaciones que nos siguen y que están en condiciones de alcanzarlo a tiempo.

Pero, ¿Podemos hacerlo? ¿Está en el marco de nuestras responsabilidades construir una universidad que pueda responder a estos cuatro desafíos: que amplíe la democracia, desarrolle la pertinencia del conocimiento para avanzar en el desarrollo regional y que privilegie los estudios culturales para acompañar el proceso de mestizaje en marcha. Una universidad que sirva de basamento al proceso de integración latinoamericana y que trabaje en construir nuestra sociedad del conocimiento?

Hoy más que nunca es necesario pensar la universidad desde una Filosofía. Eso le da su singularidad en tanto expresión latinoamericana. Pero la Filosofía en su sentido más original, según la definía Sócrates en el Eutidemo de Platón: como “el uso del saber para ventaja del hombre”. Lo que quiere decir que de nada sirve la ciencia si no sabemos servirnos de ella. Es pues desde una Filosofía que se plantean las preguntas sobre el saber de la Universidad y desde una praxis desde donde se interroga sobre su función formadora y profesional. Pero “saber servirse” alude también a la pertinencia. En realidad es desde una Filosofía desde donde nos planteamos la pertinencia del uso del saber.

Wittgenstein en el Tractatus Logico-Philosophicus define la Filosofía como una actividad de reflexión crítica que pretende aclarar el intelecto y eliminar el sinsentido. No hay mejor definición de la pertinencia.

Hay que enseñar a pensar en latinoamericano. Sólo el pensar por nosotros mismos puede generar pertinencia. El conocimiento se teje sobre una doble urdimbre: la erudición y la familiaridad. He criticado repetidamente lo que llamo la exterioridad interpretativa, los modelos que se nos impone desde fuera sugiriendo conocer nuestra realidad mejor que nosotros. Nosotros mismos en nuestra aulas a menudo reproducimos un “colonialismo académico” en la medida que enseñamos más a citar que a pensar. Es preciso formar en el pensamiento crítico. Los años que he enseñado en universidades europeas y visitado universidades estadounidense me han hecho comprender la importancia que para el conocimiento tiene la familiaridad. He visto cómo la erudición sin familiaridad conduce a las más peregrinas interpretaciones de la realidad ajena y a la más superficial comprensión. Visiones alienadas, sin sensibilidad, que luego, desgraciadamente, son reproducidas por nosotros mismos como consecuencia del colonialismo académico. Señalando las tres grandes facultades del espíritu humano: la sensibilidad, el entendimiento y la razón, Kant rehabilita la sensibilidad, desterrada de la República desde Platón, acusada de ser la fuente de todos los errores. Sensibilidad es el factor de percepción que subyace debajo del concepto de familiaridad que yo destaco en la validez del conocimiento, es la materia prima del saber. Son las intuiciones y las percepciones particulares nacidas de la experiencia. Es un marco que da sentido al conocimiento en relación como este se sitúa en el tiempo y en el espacio. Sin estas formas a priori de la sensibilidad no es posible percibir nada ni conocer nada. Son las bases de la pertinencia que en definitiva no es otra cosa que el pensamiento crítico. El pensamiento crítico no significa demoler la razón sino por el contrario, reforzarla determinando con precisión su campo de aplicación legítima.

Es importante asimismo no confundir la sociedad del conocimiento con la economía del conocimiento, que es la orientación que ha dominado hasta hoy en las universidades europeas, después de la Declaración de Bolonia y de acuerdo a las expectativas del Tratado de Lisboa, y que subordina la universidad al mercado. La universidad debe comprender que este modelo de Educación Superior también debe repensarse luego de la caída del sistema financiero.

Por otra parte nunca hemos tenido mejores condiciones de hacer realidad la posibilidad de crear una universidad latinoamericana. Esto está ahora perfectamente a nuestro alcance si la pensamos como una universidad virtual, que además podría establecerse on-line sobre grandes redes multidisciplinarias de profesores y estudiantes de distintas universidades. La formación on-line está consolidándose como una alternativa a la enseñanza presencial. Por otra parte puede ser también un buen medio de financiamiento universitario. Aunque los precios de los máster varían mucho un MBA en Global Executive cuesta €89.500 y como anécdota otro en Derechos humanos y democracia €4.200.

Por razones académicas, incluso financieras, nuestras universidades no pueden permitirse formar nuestros alumnos en grado y perderlos en el postgrado. Una idea nebulosa del prestigio hace que los estudiantes prefieren los postgrados españoles, incluso en universidades cuya calidad reconocida está a menudo por debajo de las nuestras. Para retener y atraer a los estudiantes, no basta con desarrollar la calidad, es también necesario destacar el prestigio de las universidades. Retener a sus estudiantes y su secuela, retener a sus profesionales, va a ser una importante tarea del siglo XXI, de las universidades de la periferia para avanzar en su desarrollo y responder a las necesidades sociales y creativas de nuestros países. Se dice que el capital humano será la gran riqueza del siglo XXI. No podemos permitir la diáspora de profesionales formadas con el dinero de los contribuyentes. No es posible, que como en Haití, el país más azotado por la miseria y las calamidades y más necesitado de atención m médica, más del 80% de los profesionales en salud, emigre hacia países ricos. Nuestros países no pueden permitir que como en África (ni África tampoco) se pueda calcular en miles de millones de dólares o de euros lo que pierden los países en formación de profesionales que, apenas titulados, parten a ejercer en los países ricos. Cuando reflexionamos sobre el postgrado, hay que tener claro que el postgrado puede ser, y es, un primer paso hacia la evasión. Reforzar el prestigio de los postgrados en nuestras universidades, es pues, una tarea imperiosa.

 

           6 Miguel Rojas Mix, chileno, escritor y filósofo, es Doctor en Filosofía en la Universidad de Colonia (Alemania) y Doctor de estado es lettres en la Sorbona. Catedrático de la Universidad de Chile y Director del Instituto de Arte latinoamericano de la Universidad de Chile. Ha sido Director de Investigaciones del Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona. En España creó y dirigió de 1993-2008 el CEXECI: Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica. Tiene diversos doctorados honoris causa y es autor de numerosos libros. Entre ellos destacan: Los cien nombres de América, 1991, América imaginaria, 1992; El imaginario civilización y cultura del siglo XXI; 2006; Siete preguntas a la Educación Superior del siglo XXI, 2006 y El Dios de Pinochet, 2007. Su obra mas reciente es El Bicentenario: 200 años, 200 imágenes, Córdoba, España, 2010.